El conflicto armado colombiano, una historia al parecer interminable, se ha ensañado con ciertas regiones colombianas, esas mismas que constituyen una geografía de la ausencia: no hay cercanía con ellas, tampoco parecieran existir para un gobierno centralista que todo lo mide con los parámetros de una capital burocrática. Memorias de los habitantes de Arauca, ese rectángulo irregular fronterizo con Venezuela.
Escribe / Carlos David Mendoza González – Fotografías / Cortesía
El sonido es difícil de describir, porque nadie está preparado para escuchar algo así, lo más parecido es el estruendo de un rayo al caer. Es tan fuerte que el cerebro, al tratar de asemejarlo y al no encontrar algo similar, solo manda mensajes a todo el cuerpo de ponerse alerta, despertando la adrenalina, el miedo y la necesidad de huir. Te deja en silencio, no te da tiempo ni de expresar por medio de un grito lo que sientes.
Enseguida queda ese bendito pitido que te muestra lo que significa estar aturdido. El aire golpea tan fuerte el pecho que te empuja llevándose el aliento, ablandando cada músculo.
Lo que se puede ver son las ventanas de vidrio explotando por la onda expansiva, las paredes y el piso tiemblan como en un terremoto, el polvo se levanta dejando una nube en el aire.
Pasados unos segundos caen la tierra y las piedras en el techo de la casa, y si este es de aluminio o zinc, amplifica ese sonido; seguido a esto, las esquirlas ─pedazos de vidrio, puntillas, metralla, estiércol y piedras─, salen disparadas a tal velocidad que destruyen y se incrustan en todo lo que encuentran, aunque su objetivo siempre será el cuerpo de la víctima.
Si te acercas al lugar donde sucede la explosión, la pólvora es lo primero que puedes percibir, y si alguien murió, también se identifica el característico olor a hierro de la sangre.
En la mayoría de ocasiones queda un cráter en el suelo, pintado de negro por la pólvora y la tierra quemada.
Quien está cerca de una mina o bomba, experimenta la muerte instantánea, su carne sale volando por todas partes, por lo general no se puede reconocer un cuerpo desmembrado, solo recoger sus partes en bolsas de basura, narran Juana Cruz y Jamer Cruz, madre e hijo que, en el año 2008, vivieron lo descrito anteriormente en una casa a las afueras de Arauquita, Arauca.
Este es uno de los recuerdos más marcados en la vida de los araucanos hasta el sol de hoy.
─ “Había pedazos de carne de ese muchacho por todo el patio, y en las paredes de la casa, al final lo recogieron en tres bolsas; pero otras partes, como una bota con el pie adentro, las encontramos al otro día”, dice Juana.
─“Los gritos desgarradores de dolor y los disparos al aire de los soldados heridos se grabaron en mi cabeza.” “Los gritos desgarradores de dolor y los disparos al aire de los soldados heridos se grabaron en mi cabeza”, así lo cuenta Adiel Mendoza, compañero del niño fallecido en el atentado a un grupo de soldados que cruzaban por un puente a la entrada de Puerto Jordán, el 3 de abril del 2012, en los hechos murieron también dos uniformados.
─“La historia de la guerra en Arauca ha sido un cuartel sin fin”, afirma Zuleima Barrientos, campesina oriunda del municipio de Arauca.
Socorro Tarazona, costurera de profesión, madre de familia, recuerda un poco de cómo ingresaron los grupos guerrilleros al departamento de Arauca. Ella dice que “en 1985 escuché por primera vez de la guerrilla, eso hacían reuniones en las casas para decirle cosas y enseñarle a uno cómo avisar cuanto tuviera el ejército por ahí”. Y la frase más común con la que llenaron la mente de muchos araucanos era “somos del pueblo y para el pueblo”.

Y es que Arauca, entre los años 70 y 90, fue un territorio abandonado por el gobierno de Colombia, era tierra de nadie. “Las llanuras de Arauca eran selvas”, eso dice José Mendoza, pastor evangélico, nacido y criado en el corazón del departamento.
No había ley, “ellos eran el inspector del pueblo, ellos eran la comisaría de familia”, dice Barrientos. “Y pues al comienzo a uno le parecía bueno eso”, confirma Tarazona.
Técnicas de seducción
Las estrategias para integrar gente a sus filas eran muy persuasivas, pues muchos padres dejaban que sus hijos fueran a instruirse en lo que la guerrilla podía enseñarle. Y la idea de soltar un machete y cambiarlo por un fusil no era tan mala en un lugar donde prácticamente no había nada qué hacer
La guerrilla siempre ha sido buena para cobrar favores. Fueron muchos los que se acercaron a los comandantes para que les ayudara con asuntos financieros o problemas familiares, y el precio de estos favores era que al menos uno de la familia debía ser parte de estos grupos.
Así le pasó a un hermano de Zuleima Barrientos, un joven que vendía paletas en las calles de Arauquita, que pidió ayuda a un señor para que le guardara la espalda, y este le dijo: “usted no se preocupe, eso a usted no le pasa nada, cuente conmigo”, cita Zuleima las palabras de aquel hombre. Dicho señor cumplió lo prometido, pero ante las palabras de agradecimiento del muchacho su respuesta fue: “no, usted me debe la vida, y usted se va conmigo”, y se lo llevó para incorporarlo a las filas del ELN.
Cuando las Farc y el ELN comenzaron a matar a cualquiera que vieran hablando con un soldado o un policía, el miedo se hizo tan común como el olor a pólvora por las mañanas.
─ “Aquí no se puede hablar mucho, las mujeres no pueden hablar con la policía y el ejército, porque las pueden asesinar”, escribe Rugdys Navarro, actual bibliotecaria de Arauquita, recordando el año de 1989, cuando llegó con su familia al departamento de Arauca y su padre le dio ciertas instrucciones.
─ “Otro factor importante en esa época era la economía, esta se veía reflejada en el narcotráfico, muchos campesinos tenían cultivos de coca”, cuenta Navarro.
Las guerrillas se las habían ingeniado para hacer de Arauca un gigantesco campo de coca. Pagaban tan bien que, según cuenta una profesora jubilada del colegio Liceo del Llano en Arauquita, “se veían los bultos de plata”, refiriéndose a que el negocio de ser raspachín daba tanto dinero que los campesinos se iban los fines de semana al pueblo para apostar sus bultos de plata o comprar el mercado para la casa.
Otra realidad del departamento es que cada proyecto importante, como la construcción de carreteras, canchas o cualquier contrato jugoso siempre va a pagar un 10% a las guerrillas, 5% a las Farc y 5% al ELN, de no ser así, esos contratos se pierden.
Las calles de principales de cada municipio, antes de ser de pavimento o cemento, fueron pintadas con sangre, y en este punto no importa si fue inocente o no, sino que como lo dice Rugdys “de cualquier forma todos hemos sido víctimas de la violencia”.

Mis recuerdos
Estaba barriendo el techo rojo de la casa donde vivíamos en septiembre del 2013, dentro del anillo de seguridad de la policía, frente a la casa fiscal. Las hojas de los árboles de zapote llenaban con facilidad el desagüe.
Desde la cocina mi mamá pide que alguien vaya por una leche a la tienda. En ese momento le dije a mi hermano menor, Adiel Josué, que apenas tenía 9 años.
─Vaya usted porque yo estoy limpiando acá.
Así que, sin pensarlo mucho, se puso una camisilla blanca de esqueleto para no salir en pantaloneta y chanclas solamente. Tomó la cicla de mi madre, esa cosa era tan alta que nosotros le llamábamos “la burra”, porque ninguno tocaba el suelo cuando nos sentábamos desde el sillín, y para tomar el manubrio había que inclinarse hacia el frente.
Con un billete arrugado de 2.000 pesos salió montado en la burra. Y no quedaba lejos, solo tenía que dar la vuelta a la derecha en la esquina donde estaba la garita y llegar a la tercera casa sobre la acera derecha donde estaba la tienda del barrio.
Cuando de repente se escucharon esos chasquidos tan conocidos, pero tan temidos por todos. El sonido venía desde la garita por donde mi hermano debió pasar. No sé cómo me bajé tan rápido de ese techo y corrí hasta la cocina donde estaba mi mamá, su rostro pálido y su voz quebrada me asustaron aún más. Hablamos preocupados y con el corazón que se nos salía del pecho por el miedo:
─Carlos David, ¡¿dónde está su hermano?!
─Mamá, él salió por la leche a la tienda.
Aterrorizada, y con los disparos aún sonando de fondo, sale hasta la puerta para preguntar por su hijo menor, detrás de ella iba yo diciéndole que no podíamos salir en medio de la balacera.
Los policías pasaban en frente de nosotros con sus fusiles, algunos hasta en pantalonetas y chanclas.
Entre la incertidumbre de no saber si mi hermano estaba bien o no, los policías empiezan a gritar: ¡Niño herido! ¡Niño herido!
A lo que mi madre me mira y llorando me dice: ¡Ese es su hermano!
No sé cómo me mantuve tan sereno en ese momento, pero lo único que salía de mi boca eran palabras de aliento para mi mamá, que en su corazón sabía que algo estaba terriblemente mal.
Cuando los disparos se acabaron, vemos pasar por la esquina al señor de la tienda con la cicla de mi hermano en la mano. En ese momento se nos enfrió la sangre. Y solo pudimos pedirle a un policía que dejara pasar a quien tenía la cicla hasta nosotros.
Y mientras el señor de la tienda nos contaba que vio cómo una señora tomó a mi hermano del piso y se lo llevó en una moto hacia el hospital, nos llega una llamada de un número desconocido. Era una enfermera del hospital San Lorenzo, diciendo que mi hermano estaba en la sala de urgencias por dos impactos de bala, pero que estaba estable y consciente.
Entre lágrimas y dolor mi mamá buscó los papeles de mi hermano y salió corriendo hacia el hospital.
Narra mi hermano Adiel que compró la leche y se subió a la burra para devolverse a la casa, y antes de llegar a una de las vallas de la policía, vio que un hombre saca un revólver y hace varios disparos hacia la garita, luego sale corriendo disparando hacia atrás. “Sentí un quemonazo, así como cuando uno se pringa con aceite bien caliente… en ese momento no pensaba que era una bala”. El cae de la cicla y queda con las manos y las rodillas sobre el suelo.
Nadie se salva de esta guerra, hasta se vuelve común escuchar diariamente que mataron a fulanito, le dispararon a la policía anoche, a tal persona le toca pagar la vacuna la semana que viene.
La bandera del departamento de Arauca es bicolor, con el rojo que representa la sangre de los lanceros que dieron su vida en la batalla del Pantano de Vargas hace más de 200 años. Pero también debería representar la sangre que se derrama injustamente por una lucha sin causa, donde lo único que importa es quién tiene más poder sobre el pueblo.
Debajo de ese rojo está el verde, que representa la riqueza incalculable de las llanuras. Ojalá ese verde sea más grande e importante en un futuro no tan lejano.
Las historias siguen llegando, son voces que por años aplicaron lo de “ver y no contar nada a nadie”, pero hoy quieren gritar tan alto que los cañones se apaguen y las lágrimas dejen de ser motivadas por el dolor.
Mientras todo sucede, mientras estas palabras ruedan, el canto del arauco, esa ave insignia del departamento, sigue esperando en los esteros y en las copas de los árboles que el ruido de los fusiles no apague la voz de la naturaleza. Lo que un día se escribió con sangre, hoy lo plasmo aquí con lágrimas.


