El progreso no llega a los colombianos, tampoco a los guaireños, mucho menos a los pobladores de Chancleta, Patilla, Roche, Tabaco… los directamente afectados; el progreso es en primer lugar para la empresa.

Por: Gloria Inés Escobar

Cuando los entes gubernamentales van a defender ante el país un proyecto de inversión, venta o concesión de recursos naturales o de mega estructura, muestran una proyección de prosperidad, progreso y desarrollo. De acuerdo a las ilusiones que se nos venden, las regiones y los pobladores directamente involucrados en tales proyectos por estar asentados en la zona de instalación o influencia, van a obtener beneficios tales como empleo, mejoramiento de su calidad de vida, infraestructuras educativas y de salud modernas, servicios públicos eficientes y un largo etcétera que incluye, por supuesto, toda una serie de compensaciones económicas por los daños y/o pérdidas causados como si todo en la vida pudiera repararse con el dinero.

La historia de ilusiones y mentiras no es nueva, ha ocurrido en Segovia (Antioquia), Suárez (Cauca), Alto Sinú (Córdoba), Alto Andágueda (Bagadó – Chocó), Alto y Medio Inírida (Guinía)…  y sigue ocurriendo en Cajamarca (Tolima), Marmato (Caldas), Santurbán (Santander), El Paso, La Jagua de Ibirico y Chiriguaná (Cesar), Albania, Barrancas (Guajira)… Los lugares son distintos, las propuestas diferentes, las empresas involucradas –casi siempre trasnacionales– vienen de varias regiones del llamado “primer mundo”, las comunidades a las que llegan son diversas pero son similares los intereses que se persiguen, las estrategias que se utilizan, los daños que causan y sobre todo el dolor, la pérdida, el desplazamiento, la miseria, la violencia y la injusticia que padecen las comunidades, quienes siempre terminan siendo arrasadas y despojadas de todo, hasta de su dignidad, con la complacencia y, en la mayoría de los casos, colaboración, del gobierno.

Cuando se instalan estos proyectos, hoy más numerosos con toda la fuerza que les imprime la locomotora minera, lo que vive la gente no se publica, lo que la comunidad dice no se difunde, lo que padece el pueblo no se muestra, las infamias que se cometen se ocultan o se disfrazan porque estas grandes empresas y su aliados incondicionales (las entidades gubernamentales) tienen un discurso engañoso que contrasta y contradice la realidad, discurso encubierto que algunos medios de comunicación a su servicio, amplifican y embellecen.

Así encontramos el falso discurso sintetizado en frases efectistas utilizadas una y otra vez sin vergüenza alguna: Desarrollo Sostenible, Responsabilidad Social, La comunidad pertenece a la gran Familia X, Capital con Rostro Humano, Empresa X de la mano de tal comunidad; Si a la empresa X le va bien, a nuestra familia también; Fortalecimiento del capital social, etc., etc.; cámbiense las X por nombres como Drummond, Anglogold Ashanti, Frontino Gold Mines, Pacific Rubiales, Eco Oro Minerals Corp., Gran Colombia Gold, Cerrejón o cualquiera otro y no hay diferencia, todas las empresas utilizan variantes de una misma mentira. Y si a esto le añadimos unas cuantas fotos (también variantes de un solo patrón) en las que aparecen los funcionarios de tales empresas entregando regalos, abrazando cariñosamente a miembros de las comunidades, donando mercados o kits escolares, inaugurando escuelas, sembrando árboles… la mentira queda documentada. Y si finalmente le anexamos la cantidad de acuerdos, pactos, articulados y leyes, grandes y pequeñas, elaboradas a la medida, todo el proyecto queda legitimado, aunque los acuerdos con las comunidades no se cumplan, los pactos no se respeten o las leyes se acomoden o interpreten a favor de las trasnacionales.

Cerrejón: otro engaño

Lo que ha venido pasando por 30 años en La Guajira con la multinacional Cerrejón es un buen ejemplo para ilustrar todo lo hasta aquí dicho. En La Guajira las comunidades afros, wayuu y los campesinos mestizos de caseríos del municipio de Barrancas, principalmente, gracias a esta empresa dueña de una de las minas de carbón a cielo abierto más grandes del mundo y propiedad de empresas extranjeras como la BHP Billiton, Xstrata y Anglo American, han padecido el infierno, como muchos de ellos lo afirman, o como dice Wilman Palmesano, presidente de la Junta de Acción Comunal de la Comunidad de Chancleta, por donde quiera ha pasado el Cerrejón, ha sembrado la pobreza, muertes, enfermedades.

El Cerrejón miente cuando afirma que practica una minería con responsabilidad social, miente a pesar de sus numerosos y bien editados artículos en prensas y revistas, como la llamada Mundo Cerrejón; miente cuando en uno de sus 11 principios consignados en Estilo Cerrejón, afirma que “Trabajaremos en dirección a hacer sostenible la vida de las comunidades de nuestro entorno. Además de ser un imperativo moral, reconocemos que Cerrejón es sostenible en la medida en que el desarrollo de La Guajira lo sea”. Esta mentira se respira y se vive cuando se pisa el suelo de Chancleta, cuando se hace reconocimiento en los territorios de los resguardos y asentamientos indígenas, cuando se visita lo que fue Tabaco, arrasado por la empresa de la mano de la fuerza pública, cuando se va a lo que queda de Patilla. Miente porque allí las familias campesinas desplazadas por el Cerrejón, o en peligro de serlo, perdieron su autonomía alimentaria así como la posibilidad de ofrecer a sus hijos un terreno en el que construir sus propios hogares para su futura familia como es costumbre entre los campesinos, y perdieron también lo más valioso para ellos: su tierra, su sustento, su identidad.

Con una voz serena pero con la contundencia y seguridad de la experiencia vivida, Wilman afirma: “hoy en día la empresa nos convirtió en paupérrimos, de ser pobres pasamos a paupérrimos, porque a la empresa le convenía nuestra situación y se fue adueñando de todas las tierras de las comunidades, las tierras productivas, las tierras donde cultivaban los campesinos y lo hizo de una manera tan engañosa”. En otras palabras, lo que el Cerrejón ha logrado en lugar del desarrollo prometido es empobrecer a las comunidades, degradar y destruir ambientalmente gran parte del territorio de La Guajira y del rio Ranchería y, además, destruir el tejido social.

Frente a esto, el discurso de la empresa en cuanto a su “relacionamiento con la comunidad y fortalecimiento” del capital social, pierde toda credibilidad y se convierte en un insulto más para sus pobladores. Así lo reconoce Palmesano cuando afirma que ellos (se refiere al Cerrejón) “promulgan el desarrollo para las comunidades, pero resulta que no es así como ellos dicen, porque no lo practican, ellos practican es la destrucción de las familias, ¿por qué? Porque por medio de engaños, por medio de dádivas van conociendo las idiosincrasias de cada familia y de esta manera las llegan a conocer tan perfectamente que se da cuenta cuál es la debilidad de cada uno de los habitantes de las comunidades y por ahí lo atacan“.

Asimismo, cuando El Cerrejón anuncia que es carbón para el mundo y progreso para Colombia, también está mintiendo porque el progreso no llega a los colombianos ni siquiera a los guaireños ni mucho menos a los pobladores de Chancleta, Patilla, Roche, Tabaco… los directamente afectados; el progreso es en primer lugar para la empresa que es la que se embolsilla billones de pesos, la que se apropia de toda la ganancia y, en segundo lugar, para la red de corrupción del gobierno central, regional y local que además de venderse a la empresa, se queda con las exiguas regalías, obtenidas después de las múltiples exenciones arancelarias que se le entregan a las trasnacionales, para repartírselas como buenas aves de rapiña que son. La comunidad, en cambio, pasa a engrosar esa cifra de pobreza extrema que de acuerdo a algunos cálculos alcanza las 2.000 millones de personas en el mundo. Pero claro, como ya se mencionó, esto no se muestra, no se dice, no se divulga; como siempre la pobreza se esconde, se niega o mejor, se sepulta bajo una montaña de mentiras, una montaña tan grande como la escombrera que El Cerrejón va formando a medida que dinamita La Guajira.