A Miguel Loaiza le ofrecieron hacer parte de la reforestación y lo contrataron para arborizar el área que antes ocupaba el caserío de La Albania con 80 mil pinos de un total de un millón de árboles exóticos, entre cipreses, pinos y urapanes, que fueron sembrados en toda la cuenca alta del río.  De La Albania queda el borroso recuerdo que conservan los habitantes más viejos del páramo y uno que otro curioso de las veredas aledañas y de Pereira; donde hubo campesinos y casas, solo habitan pinos viejos entre la maleza.

Texto / Maritza Palma Lozano – Fotografías / Santiago Ramírez Marín

— Una noche decidimos anochecer y no amanecer. 

El pequeño, recién salido del colegio, se montó en uno de los caballos de su papá para cabalgar hasta La Leonera Baja oyendo las noticias en un radio Phillips y avisando a todos los trabajadores que había estallado la guerra y que en el Líbano los liberales estaban listos con sus escopetas y viejos fusiles ante la orden del general Antonio María Echeverry. 

— La primera acción política que hice fue esa, el 9 de abril de 1948 cuando mataron a Gaitán —cuenta Noel Montenegro.

La orden del general Echeverry nunca llegó.

Noel ganó una beca para continuar sus estudios en lo que quisiera. Influenciado por la tradición católica pidió formarse como cura. Continuó su bachillerato en un seminario de Ibagué. Pasaron cinco años y cuando regresaba de unas vacaciones se dio cuenta de que ya no estaba inscrito; otros 24 compañeros también fueron suspendidos. Según recuerda, en aquellos años de sectarismo y violencia entre liberales y conservadores, circuló una orden de las altas jerarquías que prohibía a cualquier hijo de liberales estudiar para cura. Él era uno de esos hijos.

— A muchos les faltaba poquitico para ser curas, ya les habían pelado la cabeza y todo eso —aclara Noel.

El enredo entre la iglesia y la política era tal que durante las misas en Líbano el cura decía que había que acabar con toda la chusma de los cachiporros (liberales), con chicos y grandes. La abuela de Noel, profundamente religiosa, murió días después de un infarto pues no soportó la conmoción..

Montenegro quedó frustrado sin entender por qué Dios no dejaba que los liberales fueran curas.

—Me fui pa’ donde el general Echeverry y le pregunté que cómo era eso, que qué leía yo.

Antonio María Echeverry era un veterano general de otra guerra entre liberales y conservadores: la de los mil días. Él fue uno de los que organizó las primeras guerrillas de autodefensa de los campesinos liberales en el norte del Tolima. El general entregó al pequeño Noel un libro llamado La religión al alcance de todos, y este lo leyó rápidamente en las noches después de su trabajo en una panadería, pero siguió sin entender.

—Usted que sabe, hágame el favor y me explica o dígame cuál libro me leo que me explique por qué la religión y por qué Dios, porque yo tengo muchos interrogantes —le insistió Noel al general Echeverry durante otra visita.

Poco a poco Noel fue entendiendo “que el hombre inventó todas las religiones para dominar a la humanidad y mantenerla ahí dopada”, según dice, y eso le bastó para descansar, al menos su mente.

En el Tolima era frecuente el despojo y la violencia desatada contra los campesinos de uno u otro partido política. Según algunos autores, como Germán Guzmán, Eduardo Umaña y Orlando Fals Borda, en el norte de ese departamento ocurrió el incendio de seis mil hogares, violaciones, torturas y genocidios. Murillo y el Líbano eran tierras de tradición revolucionaria, desde 1929 cuando había prosperado un movimiento conocido como “los Bolcheviques del Líbano”, que fue una fallida insurrección liderada por el Partido Socialista Revolucionario. 

Pero esta tradición chocaba con la ofensiva nacional que el gobierno conservador lanzó contra los liberales, en los municipios tolimenses de Líbano y Murillo ya se notaba la presencia de los policías chulavitas, hombres destinados a acabar con los liberales que se habían extendido desde Boyacá hacia otras zonas de Colombia como los llanos orientales y el Tolima. 

Así fue como Noel, sus papás y sus quince hermanos una noche decidieron anochecer y no amanecer. Como pudieron atravesaron el páramo por La Leonera, cruzando entre los nevados Santa Isabel y Ruiz, por un camino que pasaba a un costado de la Laguna del Otún y bajaba hasta Cortaderal, donde su padre compró la finca La Flora. 

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Paisaje entre la niebla, zona de páramo de Pereira

En ese momento en Cortaderal ya vivía un centenar de personas y los Montenegro construyeron su casa en madera en el mismo lugar donde conocieron a las familias Rivera y Loaiza.

—Luego vino el programa del Inderena (Instituto de los Recursos Naturales Renovables y del Ambiente) y de las Empresas Públicas para comprar todas esas tierras con el fin de dejarlas de reservorio y almacenamiento de agua —explica Noel.

Los Montenegro tuvieron la iniciativa de movilizar gente hasta La Florida para negarse a las compras, pero nada de eso sirvió; aunque fueron una de las pocas familias a quienes les avaluaron las tierras por un valor mayor para comprarlas. Según afirma Noel les pagaron tres veces lo que valía aunque en realidad no fueron las fincas que mejor pagaron. Es cierto que les compraron tres propiedades (una a nombre de su papá, otra a nombre de su tío y otra a nombre de su mamá) que sumadas costaron 34.500 pesos, pero durante esas mismas compras las entidades llegaron a pagar sumas tan altas como los 86.500 pesos por la tierra de Abelardo Giraldo.

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La historia de Miguel Loaiza no es muy diferente. En medio de las mismas condiciones, él y su mamá abandonaron la finca Los Pajonales en el Líbano, en 1949, para coger camino hacia el páramo de Caldas. Ellos, en cambio, llegaron más abajo de Cortaderal, a la vereda La Albania, donde otras quince familias liberales, también salidas de Murillo y Líbano, levantaron sus casas.

Miguel fue un hombre curioso que en lugar de dedicarse a tomar aguardiente se concentró en estudiar. Trabajó en lugares como El Cairo, Valle, y San José del Palmar y Tutunendó, en Chocó. Recuerda cuando pasó noches durmiendo entre la montaña, cerca de la quebrada, solo con la compañía de un perro.

—A mí no me da miedo nada. No. Porque todo en la vida tiene remedio. El miedo es para el que de pronto se acobarda tanto que no encuentra solución para defenderse, porque el miedo es una barrera entre la vida y el fracaso. 

Cuando conoció estas tierras, el camino que bajaba de La Albania a Pereira estaba muy bueno, aunque con el pantano que había a Miguel Loaiza se le volteaban las suelas pa’ arriba mientras arreaba las mulas de carga.

Uno de los hijos de Miguel fue Orlandi Loaiza, quien nació en 1954. 

Orlandi Loaiza

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En 1960 La Albania fue un caserío donde alcanzaron a habitar cuarenta familias, muchas de ellas con tradiciones vivas de la región boyacense de donde eran originarios algunos de sus pobladores, como la preparación de tapetusa, un aguardiente hecho a partir de maíz fermentado y panela, que se saborizaba con anís y se empacaba en botellas de aguardiente, tapado con la tusa del maíz. O las bueyadas, una forma de trabajar con el ganado típica del Tolima, que consistía en que los bueyes también eran acondicionados para la carga.

Por esa época empezó a subir a La Florida un hombre de bigote tupido y mirada fría, quien a partir de ahí coordinó la implementación del Plan Piloto Forestal para el manejo de la hoya hidrográfica del río Otún. Se llamaba Primitivo Briceño Moreno, nacido en Cundinamarca, fue uno de los primeros ingenieros forestales formados en el país, quien ejecutó este plan fundamentado a nivel nacional bajo la Ley 143 de 1960 para la creación de un Centro Piloto y una Escuela Nacional de Adiestramiento en Defensa Forestal y de Aguas en Pereira.

Para tal fin, se destinaron 600.000 pesos anuales para la compra de terrenos en todo el país. En 1960 se invirtieron 500.000 , en 1961 se invirtieron otros 500.000 y en 1962 600.000. Durante la primera compra se reportó el pago de 400.000 pesos por 38 predios que ocupaban 6.000 hectáreas (ver imágenes de las compras).

Buscando justificar este proyecto Primitivo escribió en la exposición de motivos del Plan Piloto Forestal, lo siguiente:

Los colombianos tenemos la idea errónea de que los recursos naturales son fuentes inagotables; consideramos al bosque como un obstáculo para el desarrollo agropecuario, y con este criterio hemos derrochado alegremente nuestro patrimonio forestal y el de las generaciones venideras; la misma legislación autoriza y estimula la destrucción de los bosques para conferir el derecho de propiedad sobre tierras baldías

Con esta Escuela Nacional de Adiestramiento se buscó formar a personas desde los 16 años en el manejo de bosques industriales y en reforestación con especies nativas y especies exóticas como cipreses y pinos. Campesinos como Orlandi Loaiza y ambientalistas como Guillermo Castaño exponen que la forma de actuar de los guardias era intimidante. Según Guillermo, “llegaban los inspectores con gorrito y revólver y eran guardias capacitados por oficiales retirados del Ejército”.

Pino en una de las fincas de campesinos de la vereda El Bosque

Los campesinos empezaron a sentirse acosados por esos guardias forestales, a quienes llamaban policías forestales. Fueron acusados por ensuciar las aguas y contaminarlas con el ganado y la siembra; les prohibieron arreglar el camino y cortar madera para el arreglo de casas y potreros y, aún más, para la venta. Les advirtieron que si lo seguían haciendo los podían multar o hasta meterlos a la cárcel. “Entonces muchos de esos [campesinos] se vinieron de huida de esas palabritas. Yo a eso lo he llamado un desplazamiento con normas, un desplazamiento muy similar al que hacen los grupos armados”, afirma Orlandi.

En dos notas del periódico El Diario, de 1947, en una ocasión firmada por Alfredo Jaramillo y en otra por Luciano García, se manifestaba la preocupación porque el caudal del río Otún venía disminuyendo desde 1940 y señalaban que esto era culpa de la tala realizada por los campesinos, que se había intensificado tras la construcción de la carretera entre La Florida y El Cedral, frente a lo cual la única solución que planteaba ser más duros para hacer cumplir el peso de la ley e iniciar procesos de reforestación para que la selva volviera a ser selva. Alfredo Jaramillo escribió en esa ocasión que la disminución del caudal podría calcularse en un 40%, pues según él en 1917 “el caudal de aguas del Otún era respetabilisimo; para surcarlo se necesitaba ser un excelente nadador”, mientras para 1947, afirmaba, “un simple peatón puede atravesarlo con la mera precaución de arremangarse un poco su traje”.

Bajo esos antecedentes el Plan liderado por Briceño tuvo todo el apoyo de la población que habitaba en Pereira, más no de la que habitaba el páramo.

Primitivo, antes de llegar a trabajar con las Empresas Públicas en 1959, se encontraba en Francia haciendo una especialización. En ese momento coincidió con otros técnicos forestales franceses que estaban explorando Colombia, en zonas como el Amazonas y La Florida, para buscar áreas aptas para la producción de papel, y fueron ellos quienes lo recomendaron como Ingeniero forestal superintendente del Plan Piloto, ya que con anterioridad había participado en el proyecto de reforestación del Páramo de Chingaza.

El mismo Primitivo escribió en su momento:

En las zonas deforestadas se iniciaron trabajos de reforestación donde el alumno aprenderá este largo proceso, desde que el árbol germina en una era apropiada, hasta la implantación de bosques artificiales que servirán de materia prima para la industria local y para la más importante: la fabricación de pulpa para papel.

El proyecto escrito por él mismo y respaldado por el Ministerio de Agricultura, el departamento de Caldas, el municipio de Pereira y Empresas Públicas de Pereira, fue presentado ante las Naciones Unidas para que cofinanciara su ejecución durante cinco años más a partir de 1962 y pretendía reforestar 10.000 hectáreas con bosques artificiales aprovechables para la fabricación de pulpa que abastecería a empresas como Papeles de Colombia, S. A., la cual para la misma fecha funcionaba en la ciudad. Este proyecto tenía la pretensión de replicarse posteriormente a escala nacional con el fin de hacer de Colombia un país forestal. 

Antes de todo esto, en 1955, dos años antes de la creación de Empresas Públicas, el municipio de Pereira ya había hecho la primera reforestación de 50 hectáreas.

Fue este contexto el que dio lugar a que los movimientos populares ambientalistas de la época tuvieran su mayor punto de tensión ya que se encontraban en total desacuerdo con los que ellos llamaron “la política de despojo”.

Con el tiempo, una parte de Empresas Públicas mutó a lo que hoy se conoce como Aguas y Aguas de Pereira, quienes en la actualidad tienen bajo su propiedad 6.509 hectáreas en la cuenca alta del río Otún.

Años después de la implementación del Plan, Primitivo vivió en Bogotá y en 1979 fue gerente del Inderena, justo un año antes de que, según su hijo Alejandro, sufriera un grave accidente automovilístico en 1980. Primitivo murió 28 años después en España.

Vista de Pereira desde la vereda El Bosque

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En 1958, cuando Orlandi tenía cuatro años, rondaba en La Albania el rumor de que el guerrillero Jacinto Cruz Usma, conocido como Sangrenegra, se ocultaba entre la niebla del paisaje; por esto, cada noche, al menos durante quince días, después de las cinco y media de la tarde, los niños de tres familias caminaban por un sendero improvisado entre la maleza para dormir en unos toldos de tela en medio de los cultivos de papa y así salvar sus vidas en caso de algún ataque de la pandilla que lideraba este sanguinario bandolero liberal.

Según Florentino Pinillo, uno de los campesinos más viejos que aún viven en el páramo, Sangrenegra, también nacido en Santa Isabel, se dedicó a matar conservadores por venganza después de que ellos mataran a un familiar suyo por ser liberal. Desde muy joven armó una cuadrilla que se movió por la cordillera central y por algún periodo en los nevados de Caldas y el Tolima. El 9 de septiembre de 1963 atacó a una patrulla, en una zona rural de Pereira, y según el relato de Florentino esa zona rural era la vereda El Bosque:

—Por allá arriba junto a las peñas le hicieron una emboscada a la tropa y mataron cinco soldados —explica Florentino.

Florentino Pinillo

Pasados los años el puesto de policía de la vereda quedó abandonado. En 2020 solo queda un bloque de estructura desgastada sobre la cual hay una virgen en medio de un potrero, justo frente a la escuela. 

Tras 13 años de perseguir a Sangrenegra, quien en su momento de auge también conoció a Almanegra y a Desquite, otros temidos líderes de cuadrillas liberales, murió en abril de 1964 durante otro intento de captura; cuatro meses antes había logrado escapar mal herido de otro ataque, pero su suerte no duró más.

A La Albania empezaron a llegar otras personas de Manizales y Pereira que construyeron mejores casas, hicieron mantenimiento a los caminos y pusieron dos fondas camineras. Una de ellas fue de Arturo Lancheros y la otra de Alberto González.

Miguel Loaiza se echaba casi tres horas caminando desde La Suiza hasta La Albania con el mercado al hombro. Subía por el camino de la cordillera justo al otro lado de una peña conocida como el Chorro de la Guerra. Eran días de domingo en que Orlandi se emocionaba esperando la llegada de su papá, mientras en la vereda muchos aprovechaban para reunirse a jugar en la fonda.

En 1961 Orlandi y su familia se fueron a vivir como agregados por donde actualmente queda la piscícola Pezfresco, exactamente en la finca Callejones, de Miguel Zuluaga. Luego, se pasaron frente a la cascada El Fraile, al otro lado del río Barbo, en una finca de Víctor Castaño, que, según explica Orlandi, reclamaba todas esas tierras desde La Suiza hasta la Laguna del Otún. 

En La Albania no se pudo volver a arreglar el camino, hasta que ya no hubo manera de entrar a lomo de mula. Las entidades nunca dijeron que la gente se tenía que ir, pero como dice Orlandi, bastaba “con impedir que el campesino no hiciera las cosas […] porque el campesino no tenía más de qué vivir”. 

A su tío Horacio Herrera, quien llegó a tener dos fincas y 80 cabezas de ganado, le compraron las tierras por 3.500 pesos, con ese dinero se hizo a una casa por el sector de La Popa, en Dosquebradas, y quedó sin nada más. Con el tiempo comenzó a sembrar hierbas aromáticas en el solar para hacer manojos y venderlos en la galería. De eso vivió. Luego de ser el mejor reproductor de ganado de La Albania murió en La Popa y tuvieron que hipotecar la casa para enterrarlo.

Corría el año 1963 y Orlandi se fue para Palmira, estuvo dos años allí con sus 10 hermanos y sus papás, pero el calor los enfermó. Cuando regresaron, La Albania ya se había acabado, los potreros quedaron solos y las casas empezaban a deteriorarse. En ese momento a Miguel Loaiza le ofrecieron hacer parte de la reforestación y lo contrataron para arborizar el área que antes ocupaba La Albania con 80 mil pinos de un total propuesto de millón de árboles exóticos, entre ciprés, pino y urapanes, que fueron sembrados en toda la cuenca alta del río.

Lo único que nunca prosperó fue la construcción de un teleférico que tendría su terminal en la Laguna del Otún, al lado de un lujoso hotel, y la producción de energía, a partir de pequeñas hidroeléctricas que pretendían alimentarse de seis lagunas situadas en la cuenca alta del río. Según Alejandro Briceño, su padre Primitivo desistió porque se sintió desgastado después de tanto pleitear con los campesinos que quedaban y se resistieron a vender sus tierras, ya que tras haber logrado comprar La Albania y una parte considerable de Cortaderal, la vereda que seguía era El Bosque. 

Después de todo, el camino entre La Suiza y Cortaderal, por el lado de La Albania, terminó completamente cerrado. De La Albania queda el borroso recuerdo que conservan los habitantes más viejos del páramo y uno que otro curioso de las veredas aledañas y de Pereira. Donde hubo campesinos y casas, ahora sólo habitan pinos viejos entre el bosque.

Este texto hace parte de una serie de crónicas sobre los habitantes de las veredas El Bosque, La Albania y Cortaderal, ubicados en el Parque Nacional Natural de los Nevados. La investigación fue financiada con la beca de estímulos municipales de la Secretaría de Cultura de Pereira en la categoría de patrimonio inmaterial.