Páramos con campesinos

Habían pasado 69 años de la escena del desalojo y la casa quemada que recuerda Florentino, cuando se repitió con otra familia, ahora en El Bosque. Esta vez el desalojo no fue ordenado por un terrateniente de apellido extranjero sino por una entidad del Estado.

Texto / Maritza Palma Lozano – Fotografías / Santiago Ramírez Marín 

—Aquí no pudieron sacar la gente, cuando se pusieron que no dejaban pegar un azadonazo ni nada.

El señor, de rodillas sobre su cama, sacude, sacude, sacude y sacude las cobijas, luego las dobla minuciosamente sin bajarse y las tiende en la parte de los pies. Se para, toma su pantalón azul, unas botas pantaneras y el sombrero. De pie se le ven las medias blancas hasta la rodilla y encima otras azules hasta el tobillo, el camisón de cuadros, que le cuelga sobre los muslos, y una chaqueta con rotos sobre el brazo derecho de donde sale la lana del relleno. Su guitarra está guardada en un costal y colgada en la pared.

Florentino Pinillos recuerda que estuvo tocando en un encuentro realizado en los años 70 con los representantes de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos. Sus canciones se intercalaron entre una intervención y otra, eran composiciones del grupo Los hermanos Pinillo. En esa ocasión participó un integrante del Inderena que “aborreció” las ideas de los campesinos y habló de la necesidad de que vendieran sus tierras porque vivían en un Parque Natural. La figura de Parques Nacionales Naturales de Colombia apenas se legitimó en 1977, con el decreto 622 y el Primer Congreso Nacional de Usuarios Campesinos de Colombia se realizó el 07 de julio de 1970 en el Capitolio Nacional de Bogotá con presencia del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo.

 

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Según Florentino, en el encuentro hubo delegaciones de campesinos de todo el país y un dirigente del Meta (probablemente Víctor Félix Pastrana) de quien no recuerda el nombre pero sí sus palabras:

—En El Bosque, en la Laguna del Otún, no van a poder hacer con los campesinos de allá lo que hicieron con dos mil familias de la Serranía de La Macarena, que los sacaron pa’ la calle por lo que se les dio la gana.

Florentino Pinillos

Según decía el representante campesino, si los llegaban a sacar, toda la Asociación les ayudaría a regresar a sus casas “con corotos y todo”. Al final, se acordó dejar una distancia entre las tierras de los campesinos y la orilla del río Otún y se les prohibió aserrar madera.

Florentino sale por el umbral de su oscura habitación con las botas en mano y le dice a Rosa, con tono de orden, que le pase un butaco. Sentado, sacude, sacude, sacude y sacude sus medias, antes de estirarlas minuciosamente e intentar meter los pies. Sus pies se separan de sus medias por unas interminables historias que van encontrando recovecos y se bifurcan en otras tantas historias más. Por ratos Rosa, juguetona, ingenua, interrumpe su charla, se le burla y empiezan a hablar al tiempo. Rosa se rinde pronto, se queda en la sonrisa. En cambio, Florentino permanece con un pie suspendido en el aire, insinuando que en algún momento llegará a la media.

Florentino, Rosa Guarín y su nieta Valentina

En 1942 ya se habían dado los primeros intentos por sacar a los campesinos del páramo, fue cuando surgieron algunas reuniones promovidas por Ignacio Torres Giraldo y María Cano, quienes se citaban con los campesinos a dialogar sobre cómo resistir en sus tierras. Esas reuniones, de las que apenas queda el recuerdo conservado por la tradición oral, se hacían en los potreros de la hacienda Cataluña, que hoy se conoce como el Amparo San Marcos, un hogar de niños huérfanos y abandonados ubicado a un kilómetro del corregimiento de La Florida. 

Por esos mismos años comenzó a gestarse la idea proteccionista que presupone desalojar a los campesinos para conservar los bosques. Aquella idea se materializó con el decreto 1300 de 1941, que dictó medidas sobre la defensa y el aprovechamiento de los bosques, teniendo en cuenta que ya en 1938 el entonces Ministerio de Economía Nacional había hecho las primeras declaratorias de áreas protegidas en Colombia. Entre otras cosas, el decreto permitió que las labores de conservación se respaldaran con inspectores armados.

 

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Cuando el padre de Florentino Pinillos llegó en 1930 a Santa Isabel, Tolima, procedente de Boyacá y con ansias de prosperar a punta de trabajo, se encontró con que Robert Hartmann, un hacendado de origen alemán, tenía una tierra para venderle en la vereda La Yuca. Hartmann se había hecho terrateniente, dice Florentino, a partir de unos papeles falsos. Luego esas mismas tierras las empezó a vender a otros campesinos. Florentino recuerda que les decía:

—Ustedes me dan el primer contado, yo les voy dando recibos de la plata que me van a dejar y cuando ya me acaben de pagar entonces les hago la escritura.

Así se hizo rico rapidito. Era el único que tenía luz eléctrica en esa región. La tierra que le vendió Hartmann a su papá, José Ángel Pinillo, era la tierra más productiva y fértil que Florentino iba a conocer en toda su vida. Lo que se sembraba se daba. Su padre la mejoró y sembró de todo para sacar de ahí e ir pagando la tierra durante veinte años. El problema empezó cuando José Ángel iba a pagar el último contado.

Hartmann, al ver que la finca se había valorizado, se negó a recibirle la última cuota a José Ángel y le dijo que necesitaba que le desocupara.

—El viejo hablaba así, claro que a lo alemán, yo no sé mi papá cómo le entendería. Yo hablo con un alemán y no le entiendo ni pío. Eso era pelea de tigre con burro amarrado —explica Florentino.

Don José vendió todo el ganado para pagar un abogado, pero Hartmann puso otro. Después de años de pleito, don José se gastó todo el dinero que tenía. Al final la policía llegó con orden del juzgado a sacarlos. Dos veces los desalojaron y les quemaron la casa, dos veces el viejo levantó otro rancho y volvió a ocupar las tierras, hasta que en 1950 no aguantó más, fue cuando él y su familia cruzaron la cordillera hacia los lados del antiguo departamento de Caldas, a la vereda El Bosque. Llegaron con una sola res, aprovechando que allí ya vivía su hijo mayor.

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Pedro Machete, es hijo de Orlando y sobrino de Walter. Lleva el mismo nombre que su abuelo, otro Pedro que también era Machete, pero no de por acá, aunque llegó a estas alturas hace casi cien años. Pedro -como María, Nelson, Erika y Mariluz- nació en la vereda El Bosque: es hijo del páramo. Otros, como los padres de Mario, Nelson y Mariluz, venían de tierras cercanas o lejanas; del Tolima, de Boyacá, de Cundinamarca. De allá eran originarias las primeras generaciones que arrimaron a los filos de El Bosque: los Machete, los Valderrama, los Espitia.

Pedro Machete, cuando por fin se dejó tomar la foto

Pedro es tímido pero risueño. Carga y descarga mulas con las maletas de los turistas que suben el fin de semana. Hoy acompañó a un español para que visitara la Laguna del Otún. El nombre lo heredó del abuelo paterno, Pedro Pablo Machete Garzón, quien llegó de Ubaté, Cundinamarca, se presume que en el año 1920. Pedro, el abuelo, andaba con la esposa y algunos hijos; llegaron a Caldas y escucharon el rumor de que en El Bosque los cultivos de papa experimentaban un apogeo; eso los animó para instalarse en aquel paraje remoto donde el río Otún se despeña definitivamente desde los páramos formando un cañón abrupto y cerrado. Con el tiempo consiguieron comprar la finca La Secreta, que pronto cumplirá un siglo de estar habitada por cuatro generaciones de la familia Machete. Acá nació su papá Orlando de Jesús Machete, quien se juntó con Nélida Silva, su madre. A los 13 años Pedro Machete, el nieto, regresó a Ubaté, como quien vuelve a sus orígenes, pero solo duró tres años después de que le hicieron una cirugía en los ojos. A su vuelta se dedicó al trabajo, primero del cultivo de la papa, luego a la producción de queso y ahora también al transporte de turistas. Con el tiempo floreció un amor que durante años estuvo a fuego lento y tuvo tres hijos con Luz Amparo Machete Urrutia, la hija de su tío Walter Machete. 

Como su abuelo, todos los llegados a El Bosque entre 1920 y 1970, venían con la esperanza estimulada por la papa y la tierra. Finalmente le estaban haciendo caso al Estado, el cual profería a gritos que legitimaría las tierras baldías usadas productivamente para la agricultura y el ganado. El asunto es que el Estado cambió de opinión en pocos años y sacó otra ley que ya no los quería ahí. De cualquier manera, fue en estas cumbres donde hicieron vida más de sesenta familias.

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Con historias similares fueron llegando los colonos graneaditos, uno tras otro. Que porque la casa donde vivían se les quemó, porque después de estar en Manizales les contaron que en Pereira el trabajo estaba mejor, porque perdieron sus tierras en medio de La Violencia, y así, cada historia con sus anhelos y desgracias.

Las mujeres que ahora son las más jóvenes intentaron irse en la adolescencia, pero la tierra amarra y algunas como María y Mariluz prefirieron volver al ordeño, al caballo, al queso, a la oscuridad y las velas. María lo hace porque quiere mantener a su hija que vive en la ciudad, Mariluz, en cambio porque quiere criar a su hijo acá, lejos de la ciudad. Otra, Erika, describe su vida como un ir y venir, no se va, tampoco se queda: transita.

Mariluz con su hijo

Erika es parte de la cuarta generación de los Machete, una de las primeras familias que llegaron a este páramo. Nació en Pereira pero desde los cinco años la trajeron a vivir entre el frío de la montaña, en la finca Bagaseca, donde estuvo hasta los ocho. Estudió su primaria en la escuela de la vereda y el bachillerato lo validó en Pereira en una rutina espartana, similar semana tras semana: bajaba los viernes, estudiaba los sábados y regresaba a la finca La Secreta los domingos. Después, hizo estudios técnicos en enfermería y ejerció durante un año en Pereira, antes de regresar para acompañar a su padre y ayudar con la atención a los turistas. 

En las pocas casas donde hay mujeres también atienden turistas. Entonces, una de las habitaciones que era para los campesinos ahora es de cualquiera que paga una noche o dos para dormir entre el frío de la montaña, trepar por los filos a la mañana siguiente, sacarse la foto obligatoria en la Laguna y luego hartarse con la comida del campo -nada gourmet, todo por montones- antes de ver una noche muy estrellada lejos de la ciudad. El español que subió con Pedro antes de dormirse pidió un té pero le dieron caldo y agua de panela.

Ahora, eso de que todos tienen tierra no es tan cierto. En El Bosque también hay agregados o trabajadores de a pie, incansables pero sin nada, como Mario. No hay día en que Mario no suba -o baje- con caballos cargados de bolsos, o vacas cargadas de leche, o mulas cargadas de turistas.

Y cuando la obligación del día se acaba, él -como un mago- saca otras cosas para hacer. Mario no se siente diminuto entre la inmensidad de las montañas que se remontan unas sobre otras en una continua escala de verdes y, muy temprano o muy tarde, se pierden entre espesos telones de niebla. Mario es uno más entre el paisaje, lo anda con caballo en mano o cabalgando al lado del hijo de Mariluz, su actual pareja. Lo anda a tientas en la oscuridad o a plena luz de mañana, lo anda el día entero antes de volver a casa y verla a ella metida en la cocina, o en la habitación, o hablando con los turistas en el comedor, o caminando entre la chambrana completamente cubierta de flores sembradas en ollas viejas. 

Mario Molina, después de ordeñar

En El Bosque todos son trabajadores incansables que apenas detienen su agitado día cuando el sueño manda, pero otros, los que no son Mario, tienen sus propias tierras o herencias.

Tener tierra tampoco significa tener trabajo, ni alientos para trabajar, como en la casa de Florentino. Florentino se la pasa toda la noche sin poder cerrar los ojos y con ganas de orinar, que no pasan de ser solo ganas, luego, cuando llega la madrugada, se rinde ante el día y ante el sueño, se detiene sobre su cama y ahí se queda inmóvil hasta la tarde, cuando lo que no lo dejará mover será el frío o un callo que le salió en el pie. Desde hace días tiene pendiente organizar el cerco y desde hace años tiene pendiente vender la finca, pero nada sucede, todo en la casa permanece suspendido en el pasado y en la oscuridad. Literalmente: en la oscuridad.

—No ve que vivimos acá como unos indios —dice Rosa Guarín, su esposa, entre una risa inocente, reiterativa, con el reflejo de una vela. 

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Habían pasado 69 años de la escena del desalojo y la casa quemada del papá de Florentino, cuando se repitió con otra familia, ahora en El Bosque. Esta vez el desalojo no fue ordenado por un terrateniente de apellido extranjero sino por una entidad del Estado.

El 10 de mayo del 2019 la Corporación Autónoma Regional del Risaralda (CARDER), el Ejército Nacional, la policía, el Instituto Colombiano Agropecuario y Parques Nacionales desalojaron a Albeiro Caleño, a su esposa y un hijo, de la finca Mesones donde él dice que vivía hace 48 años. La autoridad llegó con una orden de captura que nunca le mostró a Albeiro y lo acusó de guardar armas en su casa, de invadir y deforestar 50 mil metros cuadrados de bosque natural perteneciente a un predio que, según la CARDER, había sido adquirido por ellos. Pese a que le dijeron que no quemarían la casa, le echaron candela y tomaron 34 vacas y dos cerdos. La CARDER afirmó que había detenido la mayor deforestación del departamento y que seguirían haciendo ese tipo de operativos. 

Así quedó el lugar donde vivía Albeiro Caleño/ Vídeo tomado del Facebook Junta Comunal La Florida:

En El Bosque ya solo quedan 14 familias. Pero son familias pequeñas, de una, de dos o tres personas. Son los que resisten de aquellos que llegaron a tener tierra y vida hasta la década de 1970, cuando las sesenta familias de entonces en la vereda eran mucho más numerosas. 

Hoy por hoy es común que en muchas de las casas los hombres vivan solos, mientras sus esposas permanecen en la ciudad acompañando a sus hijos para que vayan a la escuela. En 2019 sólo tres niños asistían a la escuela de la vereda. El descenso ha sido significativo año tras año. Según el profesor Jhon Fredy Vinasco, quien trabajó durante 13 años en la escuela, en el 2006 hubo 8 estudiantes. Mariluz Pinillo recuerda que cuando ella estudiaba en 1985 había 22 niños. La escuela finalmente fue cerrada a inicios del 2020.

Escuela Rural Mixta El Bosque

Y también estuvo la guerra. Aún en el 2015 se llegó a notar presencia de grupos armados, quienes de forma misteriosa recorrían El Bosque. Una fuente oficial de Risaralda, que pidió no ser identificada, informó que “hay indicios sobre la presencia de actores armados en la parte alta de Santa Rosa de Cabal”, es decir, la zona correspondiente al páramo.

Aunque los campesinos coinciden en que si bien la gente que se ha ido no ha sido obligada a hacerlo, sí existen otro tipo de presiones y prohibiciones que dificultan la vida en el páramo. Dentro de esas prohibiciones se dio la que impedía el cultivo de papa, que era la principal actividad económica de dónde los campesinos derivaban su sustento hasta el 2006, cuando empezaron a depender de la producción de queso.

Ni en El Bosque, ni en Cortaderal hay un puesto de salud y cuando ocurren accidentes, ellos mismos deben bajar a pie al enfermo en una camilla. Eso fue lo que le pasó a Luz Deyanira en mayo del 2019: estaba lavando ropa cuando se le entró un marrano pequeño acercándose a sus matas de jardín, ella se paró en una piedra, se esquinzó y resbaló partiéndose la tibia y el peroné. Entre cuatro personas la bajaron en una camilla. Salieron de El Bosque a la una de la tarde y llegaron a El Cedral por la noche, a las ocho pasadas, bajo la lluvia. 

Pedro Machete explica que ellos han gestionado brigadas de salud pero la última la llevaron en 2016. Esto, sin contar con que hasta hace tres años todos vivían a luz de vela y que ahora ni siquiera habrá escuela para los más pequeños.

Según Mariluz Pinillo, antes del 2016 estuvo en la vereda una empresa de Manizales que instaló paneles solares para el funcionamiento de las estaciones meteorológicas de Aguas y Aguas de Pereira. Ahí, Andrés Machete sintió curiosidad y en alguna ocasión instaló un panel pequeño para cargar celulares y probar un bombillo, el panel les generó energía para dos horas y desde entonces cada casa se propuso ahorrar para hacer una instalación de paneles que le dieran energía a toda la casa. Hoy toda la vereda cuenta con energía solar, salvo la casa de Florentino Pinillos.

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En el año 2017 el director del Parque Nacional Natural Los Nevados, Efraín Rodríguez, le realizó una medida preventiva a Pedro Machete en su finca La Secreta.

—Bueno jefe, ¿y eso con qué tiene que ver? —preguntó Pedro.

—No, pues con lo que estamos hablando de los Acuerdos —explicó Efraín.

Efectivamente, en el marco del proyecto Páramos: Biodiversidad y Recursos Hídricos en los Andes del Norte, financiado por la Unión Europea para ejecutarse oficialmente entre 2015 y 2018 (aunque se extendió hasta noviembre del 2019), entidades como Aguas y Aguas de Pereira, CARDER, el municipio de Pereira y Parques Nacionales Naturales de Colombia se congregaron para empezar un diálogo con los campesinos que habitan el Parque de los Nevados, proponiendo que abandonen la tenencia de ganado para la producción de queso, su único medio de sustento actual.

En estas circunstancias, la contraparte del proyecto, administrado por la CARDER, consistió en capacitar a la comunidad, a través de un diplomado, para que se dedicara al turismo; se permitiría el arreglo del camino; y mientras se avanzaba en la restricción del ganado, también se permitiría la vacunación de los animales. Además se estableció que todas las partes debían respetar sus linderos y mantener buenas relaciones como vecinos.

El proyecto Páramos, a septiembre del 2016 contaba con un presupuesto de 505.841 euros, lo que en su fecha equivalía a mil millones 638.560.000 pesos sólo para su aplicación en Los Nevados. La totalidad del proyecto buscaba la conservación de páramos en Colombia, Ecuador y Perú, considerando que en estos tres países se encuentra el sesenta por ciento de los páramos del mundo y que son lugares claves para la protección del agua y los ecosistemas. 

Pero a Pedro algo le hacía ruido, así que buscó a un amigo para mostrarle el documento que había firmado:

—Hijo, venga, ayúdeme a leer esto, ¿es que uno es muy bruto o es que uno no entiende?, a mí me parece que a nosotros nos están tumbando —averiguó Pedro confundido.

La medida declaraba que quien firmaba se comprometía a abandonar desde ese momento sus labores, en este caso de pastoreo y ordeño, y que el incumplimiento de tal medida podría acarrear las sanciones que Parques Nacionales determinara.

No sólo Pedro había firmado. A Rubén Lancheros también le habían hecho firmar y a Walter Machete lo habían citado en la corregiduría de La Florida para lo mismo.

En medio del temor algunos empezaron a reunirse para hablar del tema y a una de esas reuniones asistió una delegación de ocho personas del movimiento Parques con campesinos, quienes dentro de sus principios luchan por la implementación de los Acuerdos de paz relacionadas con la normatividad en torno a tierras y la permanencia de los campesinos en los parques nacionales del país, con una premisa similar a la que se empezó a alegar desde los años 70’: que los campesinos sean quienes cuiden los páramos y se les pague por ello.

Los integrantes de Parques con campesinos los invitaron a que se unieran al movimiento desde el cual podrían acompañarlos jurídicamente. En El Bosque acordaron revisar su decisión y mientras tanto acudieron a la Defensoría del Pueblo y a la Procuraduría.

No todo quedó así. En una reunión posterior entre los campesinos y las entidades, realizada ese mismo 2017 en El Cedral -como parte de las reuniones mensuales que hacían parte del proyecto-, llegaron todas las altas directivas de cada entidad.

Sin pensarlo los campesinos se pararon y pidieron que los esperaran un momento. Se iban a reunir aparte. 

—Bueno, muchachos, hay que denunciar la irregularidad con Efraín. 

La situación causó molestias. La directora nacional de Parques, Julia Miranda, le llamó la atención a Efraín y se decidió poner en acta que no se continuaría con la firma de esas medidas. El trato cambió en ese momento, desde ahí se ha logrado que se tenga en cuenta la mirada del campesino porque como dice Pedro “antes nos llevaban arriados”. 

Mario Molina opina que “hay que estar en la jugada porque en lo que estamos, estamos como el cuento, en lo ajeno”, y Mariluz Pinillo aclara “usted tiene que vivir bajo los Acuerdos que pone Parques pero con el tiempo va a quedar Parques solo”.

Mario entre la niebla 

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Pedro está sentado junto a Diego, en la banca encima del fogón. Cenan mientras Erika termina de servirle la comida a los turistas y se sienta en la mitad de los dos, a cenar también. Los platos se amontonan en el lavaplatos, lavarlos a esta hora cuesta congelarse las manos. Ellos continúan sentados, disfrutando el calor a la altura de los pies. De pronto, llega Andrés, quien se mantiene distante, sentado en un comedor de madera. Conversan y Andrés amaga con irse.

—No se vaya que esto se compone —le dice Erika.

Al rato se comparten unas rondas de un cuncho de aguardiente que Erika tenía guardado.  

En lo alto de la montaña la oscuridad y la niebla dejan ver un pequeño rayo de luz que sale de la casa de Pedro. Solo queda el sonido de los grillos que se convierte en una intensa vibración a la puerta de los oídos.

A las seis de la mañana ya entra la luz blanca a las habitaciones de la familia Machete. Se escucha el crujido de los pasos de Pedro por la chambrana y las frituras al fogón preparadas por Erika. Pedro ensilla los caballos. Todo el fin de semana estará transportando algunos turistas entre El Cedral y La Pastora; cuando ellos vayan trepados sobre el animal él los seguirá al mismo ritmo, a zancadas. Subirá y bajará por la misma trocha llena de piedras y pantano, cargará bolsos y aparejos, y cuando regrese solitario cabalgando alguna de sus bestias estará a punto de caerse del caballo, pero solo a punto. Después adivinará a lo lejos entre los potreros el calor de las ollas, cruzará las portadas y caminará por el corredor y la chambrana hasta la cocina, comerá con su hija Erika sobre el fogón de leña, conversarán un poco y volverán a la cama hasta que la luz blanca vuelva a arrastrar hacia él la incansable reiteración de los días.

Este texto hace parte de una serie de crónicas sobre los habitantes de las veredas El Bosque, La Albania y Cortaderal, ubicados en el Parque Nacional Natural de los Nevados. La investigación fue financiada con la beca de estímulos municipales de la Secretaría de Cultura de Pereira en la categoría de patrimonio inmaterial.