El complejo de páramos de Tota-Bijagual-Mamapacha, entre Boyacá y Casanare, es la zona que la Agencia Nacional de Minería (ANM) declaró como viable para llevar a consulta popular sobre su explotación minera por parte de un particular. Acá un recorrido donde se resalta su importancia ambiental. La comunidad protesta.
Texto / Sergio Retavisca G. Fotografías / Lina Gasca M.
A medida que subimos se empieza a sentir el frío incisivo del páramo, las montañas y todo nuestro alrededor comienza a verse gris, cubierto por las nubes que están a punto de estallar, amenazando con el primer brote de lluvia. La cantidad de vegetación característica de un páramo empieza a ser cada vez más visible; se ve la macolla, los chusques y los frailejones por doquier, los árboles cubriendo una buena parte de la carretera sin pavimentar y el sonido lejano del agua cayendo por las quebradas, eran las primeras impresiones que daba una parte del complejo de páramos de Tota-Bijagual-Mamapacha, en una zona llamada Pantano grande, aproximadamente a dos horas y media del municipio de Tota en el departamento de Boyacá.
Según el Ministerio de Ambiente, Boyacá contiene la mayor extensión de páramos en Colombia y el complejo Tota-Bijagual-Mamapacha es uno de ellos, que se extiende por gran parte del departamento de Boyacá y Casanare, con una extensión de 151.497 hectáreas, cubriendo a 19 municipios como Sogamoso, Aquitania, Tota, Siachoque, Pesca, Toca, Firavitoba, Monguí, Mongua, Gámeza, Miraflores, Rondón, Zetaquira, Topaga, San Eduardo, Tuta, Iza, Cuitiva y Berbeo. Su jurisdicción se divide entre Corpoboyacá (95%) y Corporinoquia (5%).
En la primera parada que hicimos para apreciar la magnitud del páramo, se reconocía una de las tantas acumulaciones de agua y el nacimiento de una de las principales fuentes hídricas que abastece al río Fuche y al río Sogamoso, razón por la cual varios pobladores de Tota, Zetaquira y Pesca decidieron defender este territorio para preservar sus tradiciones y conservar la armonía del ecosistema que los provee de un elemento tan vital como el agua.

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El pasado 30 de julio, algunos pobladores de Tota, Zetaquira y Miraflores, con el apoyo de las administraciones municipales y de algunas personas de las veredas aledañas al páramo, alzaron su voz en una protesta pacífica en contra de la Agencia Nacional de Minería (ANM), debido a una audiencia pública que se iba a realizar ese mismo día en la Casa Cultural de Tota, con el fin de presentar este proyecto extractivo a la población y proceder a la consulta previa del título minero GEI-151 del titular Juan Ricardo Leguizamón Vacca, el cual consiste en una solicitud de exploración minera que se había pedido en el año 2005, pero que en su defecto, la ANM, después del estudio técnico y jurídico declaró, el 19 de noviembre de 2020, que esta solicitud y las delimitaciones territoriales cumplen con los requisitos exigidos por la normativa vigente, por lo tanto, se definió como viable para ser presentado a dicha audiencia de participación ciudadana.
Gracias a esta razón los pobladores de Tota, Pesca y Zetaquira crearon el Colectivo Defensa Páramo Tota-Bijagual-Mamapacha cuando se enteraron de la extensión territorial del título minero que iban a otorgar y las problemáticas que esta exploración generaría en el medio ambiente del páramo. Rodrigo Nomesque, líder del colectivo, ha recalcado que este documento estaba desactualizado, puesto que después de tantos años la vegetación ha cambiado y la pérdida de la flora que hoy alberga el páramo, más la contaminación de varios nacimientos de agua, afectaría de manera irreversible a la población. Es por esto que los miembros del colectivo piden a la ANM que niegue ese permiso para preservar la vida del territorio, reconociendo que la población de Tota no tiene vocación minera sino agrícola y turística.
Aquellos daños ambientales irreversibles que puede generar esta explotación minera en el territorio que abarca dicha exploración, el cual acoge la jurisdicción y territorio de los municipios de Pesca y Tota, sería la deforestación de gran parte del ecosistema y la contaminación del nacimiento del río Fuche, perjudicando a otros ríos, puesto que este afluente se une con el río Mueche, el cual delimita con Siachoque y Rondón, formando el río Lengupá y siendo el río que baña 7 municipios que conforman la provincia de los alrededores del páramo.

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Eran las 6 de la tarde cuando llegamos al municipio de Tota, a la plaza central del pueblo. Su estructura se destaca por sus casas coloniales y una fuente muy particular que tiene las esculturas de cuatro campesinos con sus ruanas y sombreros. En estas épocas y en específico ese día, se sentía la tranquilidad y la soledad del pueblo, apenas unas cuantas personas se refugiaban de la lluvia bajo los aleros de las casas y dentro de algunas tiendas que estaban abiertas.
En una de esas tiendas entramos para encontrarnos con quien sería nuestro primer contacto del Colectivo Defensa Páramo Tota-Bijagual-Mamapacha, Rodrigo Nomesque, un hombre de mediana estatura, de piel morena y muy gentil, oriundo de Tota y administrador de salud como su profesión. Con el acento característico de Tota y mientras cargaba en sus manos un pan y un tinto, nos contaba uno de sus proyectos a futuro con el páramo, que consistía en abrir caminatas ecológicas en un camino muy antiguo, recorrido por los abuelos, bisabuelos y tatarabuelos de Rodrigo, llamado el Camino Real de la Miel.
Este tramo pedregoso lo atravesaron las generaciones pasadas de Tota para llevar sus cultivos de papa, cebolla, habas y frijol e intercambiarlas por plátano, miel y ají que traían del otro lado del camino los pobladores de Zetaquira. Aquellos intercambios también generaron una mezcla cultural que se ve reflejada en las coplas de sátiras que hay entre los pueblos de Zetaquira, Tota y Pesca; un cambio de bienes que enriqueció las culturas de ambos municipios.
Rodrigo cree que hay que conocer su pasado, conservar las tradiciones que se están perdiendo y generar conciencia sobre uno de los ecosistemas más preciados para las poblaciones aledañas que subsisten gracias a este complejo de páramos. Por esta razón, su iniciativa se empezó a gestionar desde el año 2019, una idea que surgió de la necesidad para conservar los páramos, una alternativa a la minería y una apertura económica hacia el pueblo y sus habitantes con el turismo que atraería estas actividades.

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Al siguiente día, a las 6 de la mañana, en la plaza central del pueblo de Tota, teníamos una cita con Rodrigo, algunos miembros del colectivo y otros invitados para recorrer un pequeño tramo del Camino Real de la Miel en la provincia de Lengupá. A parte de ver la incalculable vegetación del páramo y conocer aquel recorrido de antaño, otro de los propósitos de visitar esta provincia fue enseñarnos una parte, donde se supone, quieren proceder con la exploración minera, un territorio virgen y lleno de biodiversidad que la población quiere conservar para las siguientes generaciones.
Mapa donde se evidencia la zona de intervención del título minero GEI-151 (mapa sacado de la ANM), junto a una fotografía de una parte que abarca el título minero, la cual se vería afectada de ser aprobada.
Aunque el camino sea mucho más extenso, el grupo ya había pactado finalizar el recorrido hasta una de las primeras casas que servían como hospedaje para los campesinos que se trasladaban y también en las que vendía guarapo para aquellos pobladores. Estas casas están distribuidas a lo largo del recorrido, pero actualmente se encuentran abandonadas. La iniciativa que nos contaba Rodrigo era la propuesta que habían enviado al Ministerio de Cultura, un proyecto que consta de reiniciar la funcionalidad de aquellos hospedajes que algún día fungieron como propulsores económicos de la población.
Al ir avanzando y con una lluvia que iba y venía, empezamos a escuchar sobre las alteraciones que había tenido el camino, ya no era aquel tramo pedregoso que dificulta la caminata, ahora es un sendero aplanado que, supuestamente, sirve para que los vehículos puedan pasar sin mayores dificultades, aunque en todo el recorrido no hayamos visto ninguno.
“Hace dos años, cuando vinimos, se había experimentado una ruta totalmente selvática, no había mano humana. Entonces yo veo ahora que se destruyó mucha fauna. Realmente, ahorita venía hablando con doña María (campesina del sector del páramo en la provincia de Lengupá) y me dijo que estos caminos no fueron provechosos para ellos, porque si podemos ver, hicieron una carretera con baches y donde hay derrumbes, entonces realmente no hay un aporte al campesino porque un carro no entra, en cambio sí hay mucha vegetación destruida. Nos entristece grandemente y ojalá no sigan construyendo más carreteras porque terminarían con la vegetación e historia”, comenta Maritza Riaño, miembro del colectivo.
Sin embargo, eso no le quitaba los paisajes donde sobresalen aquellas montañas cubiertas de árboles y sus praderas verdes, donde se apreciaban las casas de los campesinos con su techo rojo y el exterior de las paredes pintado de blanco, acompañado de sus huertas y el ganado que fijaba su mirada mientras pasábamos por su lado.
Después de casi dos horas de camino y de haber atravesado una pequeña quebrada, un puente abandonado donde había un altar de la virgen María y caminos empinados, llegamos a la primera casa de hospedaje y el fin de nuestro recorrido. Su fachada es blanca, tiene dos pisos y un balcón que rodea la casa donde hay ropa abandonada, colgada en las rejas de madera del segundo piso, como si alguien todavía habitara aquella casa.
En ese lugar nos sentamos para comer queso con bocadillo y descansar. Entre charla y risas, algunos miembros del colectivo nos contaron su inspiración y sus ganas de proteger al páramo. Una miembro tenía la iniciativa porque le habían traspasado ese amor y cuidado hacia este inmenso ecosistema de generación en generación, otros sentían la necesidad de hacerlo por la importancia del páramo y otros sentían una conexión única e inspiracional con aquel ambiente puro y natural.
Maritza Riaño, emprendedora del ecoturismo, contaba que su primer acercamiento al páramo fue por su papá, quien le contaba todas las historias que él vivía desde sus 20 años, recorriendo el páramo, trabajando las tierras, pero siempre anteponiendo el cuidado a los recursos naturales.
“Mi papá me decía que cuidemos el agua, que no construyamos. Él murió en 1996, por lo tanto, nos queda esa responsabilidad que nuestros abuelos y papás nos dejaron. De solo salir a la puerta y ver la montaña que está a lo lejos y saber que de allá es que nos llega el agua, es increíble”.
Elver Ordóñez, enfermero y artesano por tradición, guarda en su memoria las lecciones de su abuelo y de su padre cuando le enseñaron a crear los canastos y la nunca con sus propias manos. Él explica que los materiales para la artesanía tradicional se recolectan de los chusques y de otros elementos que nacen en el páramo, que sirven para las esteras y otros saberes artesanales, por eso mismo, recalca la importancia de conservar aquellos ecosistemas y las tradiciones con responsabilidad ambiental.
“Yo quisiera defender el páramo por el medio ambiente que hay, por la biodiversidad de plantas, de aves y animales endémicos de la región. En este complejo está el puma, el oso andino, actualmente se dio el avistamiento de un jaguar y el tejón que ya casi no es muy común verlos. Es bueno conservar el páramo para mantener la salud del medio ambiente, de las personas”.
El profesor de música, gestor cultural de Zetaquira y miembro del colectivo, Gabriel Concha, también nos compartió su experiencia y relación con el páramo, el cual es su fuente de inspiración. Su ritual consiste en subir al inmenso ecosistema con sus instrumentos, pararse al lado de una quebrada o un cuerpo de agua y empezar a tocar, dejándose llevar por los sonidos naturales, aquella voz que emerge del páramo.
“Para mí el páramo es esa cobija, un espacio de paz donde puedo reencontrarme, recargar mis energías, mi batería interna. Es un lugar de inspiración. Hay una experiencia muy bonita que es subir con mis instrumentos musicales al páramo y allí encontrar la inspiración necesaria para expresarme de manera artística. El arte también ha sido una forma de expresión para defender el páramo”.
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Actualmente la audiencia del título minero se encuentra suspendida debido a que la ANM y la Agencia Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) no asistieron a la audiencia pública y hasta el momento no se sabe una razón clara de su inasistencia. La comunidad y el Colectivo de defensa del Páramo de Tota-Bijagual-Mamapacha considera este hecho como una victoria parcial. Sin embargo, aún existe el miedo de la citación a la audiencia y que esta no se le informe a la población y así adjudicar el título minero, provocando el temor y abriendo paso para que la comunidad defensora del páramo esté en alerta.
Por esta situación, han creado una red de comunicación entre la provincia de Lengupá, de Sugamuxi y de Márquez para compartir información sobre todo lo que suceda en el complejo de páramos y poder tener una reacción pronta frente a cualquier hecho que atente contra la vegetación y fauna del páramo.
Gabriel Concha, miembro del colectivo, menciona que históricamente han luchado contra varios intentos de explotación minera en lo que es la herradura de páramos de los municipios de Tota, Zetaquira y Rondón.
“Hace unos años se logró suspender una explotación minera de carbón que estaban desarrollando en la jurisdicción del municipio de Rondón. Afortunadamente tuvimos el respaldo de CorpoBoyacá”.
Sin embargo, Concha comenta que algunas personas han intentado hacer minería a pequeña escala, pero, en este caso, él explica que se ha intentado concertar con las personas y tratar de concientizarlos del daño que ocasiona la minería en el medio ambiente, en la fauna, flora y a las fuentes hídricas que otorga el páramo. Boyacá es el segundo departamento con más títulos mineros (1.342) de Colombia, según la ANM, por eso, los miembros del colectivo entienden que estas personas buscan un sustento económico e intentan concertar con algunas de estos pobladores para la reforestación de la parte afectada.
De regreso al municipio de Tota, después de casi dos horas de recorrido a pie y otras dos en carro, llegamos a las cuatro de la tarde, donde nos esperaba una de las comidas representativas de la región, la picada boyacense. En aquel almuerzo nos dimos cuenta que las nueve personas que habían recorrido aquel tramo estaban interesadas en generar un cambio en la economía de Tota y de sus posibilidades para hacerla sostenible con el medio ambiente, la conversación giraba en torno a las alternativas que podían surgir con el turismo y la conservación de todas sus tradiciones. Aunque estuvieran descansando, seguían proponiendo con pasión ferviente la salida de la minería dentro del complejo de páramos, defendiendo al ecosistema que los provee de vida, como ellos decían, y buscando soluciones para que la minería no fuera una opción.
Fotografías del camino Real de la Miel y su trayecto.






