La soledad de los viejos

En 1969, en Cortaderal llegaron a vivir 15 familias en ranchos de madera hechas día a día con el empeño de campesinos que mejoraron los terrenos baldíos y los legitimaron para hacer vida con uno, dos, tres y hasta catorce hijos. Los años transcurrieron entre los cultivos de papa y el ganado para el sustento, pero cada familia lentamente vendió sus tierras a entidades del Estado, al punto de solo quedar dos casas y cuatro hombres. 

Texto / Maritza Palma Lozano – Fotografías / Santiago Ramírez Marín 

El olor dulce de los frailejones, multiplicados sobre los pajonales amarillentos, se extiende por el suelo escalando las suaves ondulaciones de las montañas justo antes de chocar contra las cumbres rocosas entre la niebla. Por el camino, el trote de las bestias apenas deja polvo como humo. Vamos cabalgando por la cumbre de la cordillera central, cruzando un páramo desolado por el que cada tanto se adivina alguna quebradita o abismo.

Después de cuatro horas a galope para terminar los filos, empezar el ascenso y llegar a Cortaderal, entramos a una de las últimas dos casas que quedan en la vereda. No hay nadie. 

Pasados veinte minutos llega don Miguel Rivera, las mulas vienen cargadas con timbos de agua. Desconfía. Entra al pasillo y cierra la chambrana sin pararnos bolas. Se apoya en la baranda y dice:

— ¿Qué necesitan? 

Acepta hablar con nosotros aclarando que no tiene tiempo. Sin embargo, una vez sentados, no le cuesta mucho contarnos sobre su vida.

Miguel es un hombre de rostro delgado con una barba desordenada que pasa por la mitad de sus mejillas hacia el bigote; usa un sombrero hongo negro, cubierto de tierra, y cuando cuenta sus historias no pierde oportunidad para reír. Nació en 1947 y creció entre la memoria del fuego. Tuvo cuatro hijos, todos se fueron de estas montañas y desde hace diez años ninguno ha vuelto a Cortaderal. En 1999 su esposa se murió dejándolo viudo.

En 2019 vive en una casa que construyó en 1985, alejada de su primer hogar, pero que lleva el mismo nombre de la finca donde vivieron sus padres: La Floresta.

Miguel Loaiza

Miguel tiene recuerdos de cuando aún no había nacido, cuando los atados de panela venían envueltos en hoja de platanillo y se arrumaban al pie del fogón de leña. Al parecer, quienes serían sus hermanos mayores prendieron esas hojas y el fuego les cogió ventaja. Los primeros que alcanzaron a ver la humareda fueron los integrantes de la familia Cañón. La gente se alertó apenas vio la casa prendida, pero cuando llegaron ya no había nada qué hacer. Los cuatro niños, en lugar de salir de la casa, se habían metido debajo de la cama. Murieron todos. Luego solo vivieron en la memoria de Miguel, que nunca los conoció porque aún no había nacido cuando la casa de sus padres se incendió.

Con los brazos cruzados fija su mirada mientras recuerda, mientras habla. No se sabe si la fija en la nada, en la memoria o en el nombre de la finca repintado en lo alto de una casita que queda justo enfrente.

 

Le puede interesar: TIERRA DE NADIE

 

“Siempre he estado con la cosa de de pronto estarme unos días hasta que uno pueda (…) si no se puede vender pues ya cuando vea uno que ya no es capaz hay que irse abriendo (…) [aunque] una tierra prácticamente de toda mi vida no es fácil de abandonarla”. 

Se levanta para caminar hacia la cocina y trae aguadepanela en pocillos. Continúa luego de ofrecerla a los visitantes. 

“Uno no es dueño de nada, que por estar nosotros en Parques Nacionales no tenemos nada, ninguna posesión vale plata”, aclara, sentado con los brazos fuertemente cruzados a la altura de su pecho.

Cuando tenía 18 años Miguel fue a llamar a su papá para que almozara. Miguel, el padre, estaba tumbando unos árboles de encenillo usados para sacar carbón. Miguel se quedó parado viendo cómo el tronco se iba por la montaña, pero tras un momento de distracción se percató de que el tronco estaba enganchado a otro árbol y le gritó a su papá. 

Pese al berrido, el estruendo de los árboles cayendo no dejó escuchar nada y el tronco terminó sobre él y con él, aunque no lo mató allí mismo. Entre cuatro personas lo bajaron en una camilla por La Albania. Lo llevaron al pueblo con vida, pero no se salvó. Corría el año 1965.

 

Le puede interesar: PÁRAMOS CON CAMPESINOS

 

Corta su charla y nos recuerda que debe irse. Salimos de su casa y cuando apenas estamos caminando hacia el cerco de la entrada señala un pedazo de panel solar que hay en el techo aclarando que esta fue la primera casa de toda la zona paramuna que tuvo uno hace más de 20 años, en la misma época en que en su casa tenía comunicación por radio teléfono. Todo lo dañó el ejército cuando pasaba siguiendo a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional.

¿Pero a ustedes les llegaron a hacer algo? pregunto.

No. ¿La guerrilla pues qué?, eso llega uno que otro pa pedir aguapanela pero eso no van a llegar todos en grupo responde Miguel con su voz arrastrada entre siseos.

Y eso llegan y tampoco se van a quedar aclara Mario, un joven campesino de El Bosque que nos acompaña.

Tampoco se van a quedar asevera Miguel.

Van de paso termina Mario.

El ejército sí llega y se amontona por acá en un plan de estos y llega a humillarlo a uno y si se ponen muy bravos son capaces de matarlo, esos sí lo matan a uno explica Miguel terminando su charla.

Al salir, tomamos el mismo camino que él y lo acompañamos hasta el charco donde está recogiendo agua mientras pasa la sequía. Va lento. Nosotros continuamos hacia la casa de Gustavo Rivera antes de que se haga más tarde.

Cuatro días después encontramos a Miguel Rivera en El Cedral, un refugio que queda donde termina la carretera rural que corre en sentido contrario al río Otún y antes de empezar el camino de arriería, angosto y de grandes rocas, que sube hasta el Parque Nacional Natural de Los Nevados. Su semblante es distinto, sus brazos ya no están cruzados y sonríe fácilmente con el júbilo de quien ha olvidado mucho con unos cuantos tragos de licor. Cuando le contamos que pal páramo ha empezado a llover celebra empuñando su mano.

Valle de frailejones

***

El papá de Miguel Rivera llegó a la región antes de 1922, desde Boyacá. Fue el primero de una seguidilla de hermanos que vinieron a hacer vida en el Viejo Caldas, en un momento en que el país, salido de la Guerra de los Mil Días, se creía en etapa de paz y desarrollo industrial. En 1920 surgieron movimientos obreros, el Partido Comunista de Colombia en 1930 y el movimiento campesino que vivió su auge entre 1925 y 1935. Fue en esta época cuando se propiciaron debates sobre el problema agrario y el poder de los terratenientes, pese a que durante el régimen de la “Concentración nacional”, entre 1930 y 1934, fueron perseguidos por la naciente República Liberal –de igual o peor manera que durante la Hegemonía Conservadora establecida entre 1886 y 1930– debido a que muchos de los terratenientes contra los que luchaban en zonas de conflicto eran liberales. 

Para 1936 se estrenó la Ley 200, constituida como la Ley de tierras, la cual plantea una reforma agraria y dicta la creación de zonas de reserva forestal –con lo que se pretendía conservar el recurso hídrico– al tiempo que se validó la legalización de terrenos baldíos a particulares.

Por esa época, en Cortaderal vivían otras familias, como los Solano en la finca El Reflejo, los Sierra en La Italia y los Espitia en El Cofre. Muchos de ellos habían huido de Boyacá, un Departamento sometido a la economía del minifundio –economía que reproducía la pobreza–.

 Entre 1948 y 1953 vivió enfrentamientos entre las guerrillas y una facción de la policía que actuaba irregularmente a favor del Partido Conservador y con financiación del Estado: Los Chulavitas. Los campesinos boyacenses, sin mayor conocimiento de lo que sucedía, fueron utilizados para aprovisionar este grupo y a su vez eso los convirtió en un blanco que hacia 1949 los llevó a vivir fuertes desplazamientos en Miraflores y luchas a muerte en Cocuy, Güicán, Boavita, Chita y Rechiniga. Fue en esos años convulsos cuando los Rivera abandonaron definitivamente su tierra natal en Boyacá y se fueron a abrir monte en los páramos del Viejo Caldas.

Casa construida por la Familia Rivera Pinilla

El panorama local planteaba bajo la Ley 4 de 1951, en su artículo 2, destinar 500.000 pesos “para el pago de las indemnizaciones a que hubiere lugar por razón de la expropiación de predios de dominio privado, cultivos y mejoras existentes dentro de la zona que se declara de utilidad pública” y justo se determinaba de utilidad pública la zona forestal aledaña al río Otún y sus afluentes, incluido el páramo de Santa Rosa.

Pero de manera muy seguida las mismas leyes nacionales se contradijeron y en solo 10 años la Ley 135 de 1961 planteó que si una zona tenía usos agropecuarios de importancia para la economía, podía aspirar a ser titulada aún si era de reserva. 

Así fue como en 1969, en Cortaderal llegaron a vivir 15 familias en ranchos de madera hechas día a día con el empeño de campesinos que mejoraron los terrenos baldíos y los legitimaron para hacer vida con uno, dos, tres y hasta catorce hijos. Los años transcurrieron entre los cultivos de papa y el ganado para el sustento, pero cada familia lentamente vendió sus tierras a entidades del Estado, al punto de solo quedar dos casas y cuatro hombres. 

El interés de las entidades por comprar las tierras de Cortaderal se debía a que esta vereda hace parte del municipio con la mayor cantidad de área de Páramos de Los Nevados y bosque de páramo, en Risaralda, ya que mientras Pereira tiene 7.986 hectáreas, Santa Rosa de Cabal tiene 13.217.

***

Para llegar desde la casa de Miguel Rivera a la de sus primos, hay que bajar por un camino empinado lleno de grandes piedras sueltas, como para irse metiendo por una grieta de la montaña. Son más de las cuatro de la tarde y el frío cada vez se hace más intenso.

Cuando llegamos solo está Néstor Rivera Pinilla. Gustavo está trabajando y Reyes se fue a visitar a una familiar en Dosquebradas. Así que nos sentamos en la cocina para esperar a Gustavo. Ya está oscuro adentro. 

Néstor Rivera está todo untado de polvo y grasa; prepara chocolate y calienta las arepas. Lleva la chaqueta abierta, una gorra ladeada y el machete enfundado. Cuando necesita agua sale por la puerta de madera, dividida horizontalmente en dos partes, agachándose siempre pese a que está completamente abierta, entra y sale, entra y sale; entre la cocina y el patio, entre el humo y la niebla.

Alegremente tararea “La ley del monte” y menciona a su hermano decapitado hace 21 años, por razones que Néstor no sabe explicar y Gustavo preferirá callar diciendo “esto es mejor en silencio”.

Néstor Rivera

Desde que nos recibió, Néstor no para de cocinar, agradece por haberle espantado, durante unas horas al menos, su soledad. A luz de vela cocina arroz, papas, aguadepanela, calienta el cuchuco, saca las ollas del fogón a mano limpia y luego sirve tazas y platos a rebosar; lava la loza, organiza el molino.

Cuando estamos subidos en una tabla que hay a lo ancho del fogón, concentrados en la imparable labor de Néstor, llega Gustavo, con sombrero de vaquero, saco y el poncho doblado sobre el hombro; camina con linterna en mano y le habla con voz baja a Néstor, no se esfuerza, de cualquier manera él no lo escucha. Se sienta en una banca bajita, se quita las botas pantaneras y se baña en la cocina: lava su cara y mete los pies en un balde con agua caliente.

— Qué pena de Mario que no esperó el alguito —dice Néstor— ¿Ustedes por qué no se quedan hasta el lunes? insiste— ¿Van a venir en diciembre?

Mario no venía a esta vereda desde hace 30 años cuando aún era un adolescente y apenas aprendía a trabajar la tierra.

Néstor camina encorvado alrededor de la cocina como metiendo su cabeza entre los hombros. El fogón es un planchón de cemento cubierto de madera que alcanza la altura de la cadera y ocupa la mitad del salón.

La neblina se mezcla con el humo de la leña que se abre camino por toda la cocina hasta treparse en el techo de madera, donde han quedado cristales negros de grasa colgando de los troncos más bajos; el resto del entablado y la paja, como la cubierta de las ollas que están sobre el fuego, son de un color negro petróleo. Van a ser las 10:00 de la noche y Néstor ahora muele maíz para hacer pan de queso.

— Deje eso así hombre, vamos a dormir —dice su hermano Gustavo. Pero Néstor no lo escucha. 

Néstor, Gustavo y Reyes, los tres hombres que viven en esta casa, donde de día golpea el viento y de noche la oscuridad, son los únicos que aún quedan vivos entre 14 hermanos.

A la mañana siguiente, Néstor está en la cocina, como si nunca se hubiese ido de ahí. Amaneció cantando fuerte bajo el hilo de luz que entra por el techo. Gustavo, en cambio, está ordeñando las vacas al lado de las casas de bahareque y paja donde pasaron los últimos años sus padres, Agustín Rivera y Eduvina Pinilla.

Gustavo Rivera

Cuando Gustavo vuelve al lado de su casa, se sienta en un pedazo de tronco y cuenta que su padre, José Agustín Rivera Cifuentes, hermano de Miguel Rivera (padre), llegó de Motavita, Boyacá, en el año 1922 –en plena Hegemonía Conservadora– con la expectativa de que en el Páramo de Santa Rosa había buen trabajo. “Mi papá le compró esta finca a unos Salinas de purallá del Tolima”, a Pacho y Belisario Salinas, explica, sentado en medio de un fuerte viento que se encoca entre la montaña.

Desde su llegada a Caldas Agustín pleitió por la tierra que le vendieron, ya que Abraham Sierra no lo quería dejar meter. Según Gustavo, “le echó la ley” y “le sacaron hasta los coroticos afuera al viejo”, pero a final de cuentas “él quedó aquí, quedó eterno”.

En 1947, su padre Agustín Rivera hizo una partición de tierras voluntaria, correspondiente a la finca Toldafuerte, con José Alvarado Bermúdez, la cual quedó notificada en instrumento público ante la notaría única de Santa Rosa de Cabal. 

Gustavo explica que en ese momento les decían que “estas tierras debían ser compradas a los campesinos [para] que no las talaran más”, frente a lo cual él piensa: “por una parte, bueno, que para preservar el agua (…) yo estoy de acuerdo con la fauna, con todo eso, pero que no acaben el ganadito, sí, que no acaben los campesinos del todo”.

Gustavo recuerda que su padre le decía “‘estecen hasta donde puedan y si les compran, vendan’ pero yo no sé, han tenido deseos, pero no han compadecido como son los negocios serios”. En cambio, explica, “hemos sostenido una casita que nos dejaron los viejos”. Mira siempre hacia el pasto y repite sereno “soy un anciano ya, pero estoy bregando a hablar por ellos (los hermanos) mientras esté vivo”. 

Insiste en el apego por la tierra, especialmente de Néstor, que nunca sale de la finca. Apenas menciona que tuvo un hijo y que su mujer Marleny hace muchos años se fue y nunca volvió.

Entre labor y labor, a Gustavo y a Néstor los acompaña el silencio, no dialogan entre ellos, cada uno sigue el destino de su quehacer y se entregan por completo a él. Gustavo ayuda a ensillar los caballos y se sienta por un momento en la puerta principal que conduce a las habitaciones. En el fondo solo se escucha el ruido de una radio.

Cuando Néstor se despide tararea de nuevo la canción de siempre y sostiene la mirada con su cabeza y su caminar un poco torcido, tembloroso.

Los caballos golpean sus cascos con las piedras sueltas del camino, atrás quedan solo ellos dos al lado de la casa cercada con madera, en medio de las cruces enterradas cada tres de mayo y acompañados por tres perros que están tomando claro de maíz con leche.

Este texto hace parte de una serie de crónicas sobre los habitantes de las veredas El Bosque, La Albania y Cortaderal, ubicados en el Parque Nacional Natural de los Nevados. La investigación fue financiada con la beca de estímulos municipales de la Secretaría de Cultura de Pereira en la categoría de patrimonio inmaterial.