Una novela de gran tamaño y valor en la que Marcel Proust sintetiza todas sus reflexiones sobre el arte, la literatura, la memoria, la conciencia como temporalidad, etc. Todo esto visto a la luz del lenguaje filosófico de la fenomenología, pasando por el misticismo, la religión y, lo que llamó Heidegger, la experiencia fáctica de la vida; aspectos que creo fundamentales para la comprensión general de los alcances estéticos y filosóficos de la novela.

Por: Diego Noreña
A partir de 1913 sucede algo excepcional en el mundo de las letras: se publica el primer tomo de En busca del tiempo perdido (À la Recherche du temps perdu) o simplemente La Recherche, como es conocida esta novela, cuya aparición representaría para la literatura el surgimiento de una nueva forma de comprender el arte y, al mismo tiempo, la aparición de un estilo único que, junto a Ulysses de Joyce, marcaría una notable influencia en todos sus contemporáneos.
En medio del clima efervescente de una Francia agitada entre la belle époque y La Gran Guerra, Marcel Proust emprende lo que sería para él un viaje hacia los profundos abismos del alma, buscando en los recodos de la memoria una conciencia sobrenatural que le daría pistas acerca de la naturaleza de todas las sensaciones que constituyen la experiencia de la vida. Su obra, tal vez el más original ensayo sobre las pasiones y el espíritu, le tomaría aproximadamente veinte años en ser escrita. Su empeño sobrepasaba los límites de la obsesión y de la excentricidad, pues las páginas de La Recherche fueron escritas durante un largo período de febril ostracismo, en donde el autor trataría de acercarse a lo que él mismo llamó el núcleo de su corazón.
A lo largo de esta extensa novela, constituida por siete tomos, de los cuales sólo cuatro fueron publicados antes de morir, Proust toma elementos de su propia vida, pero resulta un error reiterativo considerarla una novela autobiográfica, dada la naturaleza de su estilo y de su ambición estética. El narrador no puede confundirse con el autor, pues el mismo Proust comprendía que la obra de un escritor no es necesariamente el reflejo de su carácter moral y espiritual, y que de alguna forma, escribir abre una dimensión del yo desconocida fuera de la escritura, pues el arte, para él, es el producto de un mundo secreto y en gran parte misterioso.

El gusto por el detalle
Una de las características del estilo de Proust consistió en tomar como punto de partida una vaga intuición sobre la temporalidad del yo y de las cosas, y tiene como fundamento una experiencia que podríamos comparar con la de los místicos o la que nos produce la música. En efecto, la novela nos muestra un individuo representado como una entidad fragmentada cuya unidad consiste en la memoria, y es esta unidad a la que llamamos conciencia. La forma en la que está escrita esta obra posee la particularidad de haber invertido el énfasis del relato, que son los acontecimientos narrados, por el cuadro, es decir, por las descripciones ornamentales, los paisajes, los colores, etc.
Proust logró hallar en lo insignificante, donde aparentemente no pasa nada, lo verdaderamente importante. El cuadro, por lo tanto, pasó a ser el relato, magnificando los momentos ordinarios. Esto no fue bien recibido por la crítica, quien lo acusó de ser un escritor frívolo; incluso sus propios amigos no entendían muy bien la intención de esta inversión. Al respecto, él mismo escribiría: ·…me felicitaron por haberles revelado con <<microscopio>>, cuando, en realidad, había recurrido, al contrario, a un telescopio para percibir las cosas muy pequeñas, en efecto, pero que estaban situadas a una gran distancia y cada una en un mundo. Mientras que yo buscaba las grandes leyes, me llamaban escudriñador de detalles”. Es verdaderamente irónico que se le haya hecho este señalamiento, pues Proust, lejos de ser un frívolo, sería testigo de que mientras el país se nublaba por los vientos de la guerra, la aristocracia parisina, comparada por él con Pompeya, seguía en los salones organizando fiestas suntuosas.

El narrador de La Recherche describiría cómo la explosión de un volcán, que sería la amenaza latente de ataques aéreos por parte de los boches—como eran entonces llamados despectivamente los alemanes—, los sorprendería acicalándose, y la banalidad de sus gestos y de su frivolidad quedaría eternizada. “Las futuras generaciones se instruirán contemplando a Sosthène de Guermantes petrificada mientras se pinta sus cejas falsas; será materia lectiva la frivolidad de toda una época”. Este fuerte rechazo y la decepción que produjo en Proust la aristocracia, a la que él mismo perteneció y con la que él mismo compartió gran parte de su juventud —período de vida que consideró desperdiciado por la pereza, la disipación de los placeres, la enfermedad y las manías—, recorrería todas las páginas como un insistente retrato de la sociedad francesa. La particularidad que tuvo, en este caso la novela, consistió en caricaturizar estos hechos y a sus protagonistas, a fin de mostrarnos este retrato cada vez más vívido y elocuente. El caso Dreyfus, por ejemplo, que desató en Francia una violenta ola de antisemitismo, sería un acontecimiento que al ser narrado en la novela, nos mostraría la profunda banalidad y el esnobismo de la clase intelectual. Pero por otra parte, será materia de nuestra exposición comprender de qué manera Proust concibe los alcances de su misma obra, pues más allá de estas particularidades estilísticas, el genio proustiano radicó en la búsqueda de una verdad que se revelaría a través de la estética; y consideraba que la elucidación de estas grandes leyes era el objetivo principal del escritor.
Ahora bien, todos los elementos de la experiencia fundamental que, según Proust, sirven como punto de partida para la creación, fueron expuestos en el último tomo, titulado El tiempo recobrado, y será a partir de él que expondremos su visión particular sobre la escritura y la obra de arte. Como se viene diciendo, Proust tenía una noción del arte casi religiosa, llena de misterios y de fascinación, y que de alguna manera no se le había dado la importancia y el valor que se merecía. Tanto es el valor que él mismo le atribuyó, que llegó a decir: “la verdadera vida, la vida por fin descubierta y aclarada, la única vida, por consiguiente, plenamente vivida, es la literatura”.
(Continuará…)
Bibliografía:
BERGSON, Henri. Introducción a la metafísica. UNAM. México. 1960.
HEIDEGGER, Martin. Introducción a la fenomenología de la religión. FCE Siruela. Prólogo y traducción Jorge Uscatescu. 2006.
PROUST, Marcel. En busca del tiempo perdido. Traducción de Carlos Mazano. Editorial Debolsillo. 1999.


