Ahora bien, todos los elementos de la experiencia fundamental que, según Proust, sirven como punto de partida para la creación, fueron expuestos en el último tomo, titulado El tiempo recobrado, y será a partir de él que expondremos su visión particular sobre la escritura y la obra de arte. Como se viene diciendo, Proust tenía una noción del arte casi religiosa, llena de misterios y de fascinación, y que de alguna manera no se le había dado la importancia y el valor que se merecía. Tanto es el valor que él mismo le atribuyó, que llegó a decir: “la verdadera vida, la vida por fin descubierta y aclarada, la única vida, por consiguiente, plenamente vivida, es la literatura”.

Imagen tomada de: http://carloscastrom.files.wordpress.com/2013/02/marcel-proust.jpg

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 Por: Diego Noreña

Antropocentrismo de la novela

La literatura constituye, entonces, ese valor supremo de la vida por la revelación que nos da del mundo. Revelación según la cual las cosas se nos presentan tal cual son, dado que la materia de la que se sirve es el fenómeno en su estado puro. ¿Por qué hablamos de fenómeno puro? Bien, en Proust la vida es inasible, es devenir, y el error fundamental había consistido en aplicar como modelo, de las ciencias exactas y naturales, conceptos obtenidos mediante la abstracción de hechos particulares a los fenómenos fácticos de la vida. No es, por lo tanto, verdaderamente significativo aplicar estos conceptos del conocimiento formal a algo que está constantemente huyendo de nuestro propio entendimiento. Y aquí es donde la sensibilidad del artista abre una conciencia que logra restablecer dialécticamente la realidad de la vida misma. En un experienciar fáctico, es decir, en la sensibilidad profunda de las cosas, o lo que Marcel Proust simplemente denominó impresión, el yo experienciante no puede ser separado de lo que es experienciado, ya que como explica Heidegger, la experiencia de la vida es algo más que una experiencia que <<toma nota>>, sino que constituye la posición total, activa y pasiva, del hombre con respecto al mundo.

El concepto de impresión que Proust desarrollaría paralelamente con el de instinto, constituiría no sólo su método como escritor, sino su propia postura filosófica frente a la comprensión de la realidad misma. La impresión consiste en la manera como las cosas, o el mundo circundante, queda plasmado en nosotros, pues el momento en el que nos hacemos a una impresión de las cosas, ellas pierden su materialidad y pasan a ser algo inmaterial, de la misma naturaleza que nuestras preocupaciones o sensaciones, de tal modo que ambas son mezcladas en nuestro interior de manera indisoluble. Nuestro yo queda irremediablemente sujeto a las cosas y somos la esencia de las cosas: este doble correlato entre la realidad material o los fenómenos y la conciencia o la realidad psíquica es fundamental en la experiencia fáctica de la vida. La literatura que lograba comprender esto sería capaz de captar la realidad tal como es y no quedarse en una sola descripción de las cosas. Es más, el arte, que según la época era considerado como realista, para Proust no sería más que una vulgar y superficial representación. Sobre ello escribiría Proust lanzándose contra esta literatura, veamos:

 “(…) la literatura que se contenta con <<describir las cosas>>, con dar sólo una miserable relación de líneas y superficies, es la que, aun llamándose realista, es la más alejada de la realidad, la que nos empobrece y nos entristece más, pues corta bruscamente toda comunicación de nuestro yo presente con el pasado, cuya esencia conservaba las cosas, y el futuro en el que nos incitan a saborearla de nuevo”.

La vida del hombre, en este caso, se convierte en la recreación sensible de un mundo en su realidad endógena particular. El papel de la literatura consiste entonces en recuperar, aprehender de nuevo esta realidad heterogénea que experimenta cada individuo y que de otro modo se nos escaparía y quedaría en el profundo silencio de nuestra alma y de nuestra soledad. Cito textualmente a Proust:

Sólo gracias al arte podemos salir de nosotros, saber lo que ve otro de este universo que no es el mismo que el nuestro y cuyos paisajes habrían seguido siendo tan desconocidos para nosotros como los que puede haber en la Luna. Gracias al arte, en lugar de ver un solo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse y, mientras haya artistas originales, tendremos mundos a nuestra disposición, más diferentes unos de otros que los que giran en el infinito”.

Esta diversidad entre el mundo psíquico y la realidad física es en lo que Bergson trató de llamar la atención a las ciencias naturales. Bergson consideraría tanto la realidad psíquica como la física como una variedad de cualidades, continuidad de progreso y unidad de dirección. De esta misma manera hizo una crítica similar Nietzsche a la cosificación de la existencia que hizo el positivismo del siglo XIX, ya que al inmovilizar en una imagen todo lo que está constantemente bullendo y estremeciéndose en el fondo de las cosas, la vida termina careciendo de sentido.

La relación existente entre la diversidad expresada por el mundo psíquico y la literatura tiene una importancia para la filosofía, pues como diría Sábato, la novela siempre fue antropocéntrica, por lo que  el encuentro entre la literatura y la filosofía fue más problemático para esta última por la razón de que tendría que desmitificar al hombre y pensarlo desde sus situaciones concretas, algo en lo que los novelistas ya habían avanzado un gran trecho.

Experiencia de los hechos

Imagen tomada de: http://www.marcelproust.it/proust/disegni_cahiers.htm

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Si bien durante toda la época de postguerra se alzó la filosofía contra la Razón, hubo que replantearse esa tendencia cada vez más ingenua del esnobismo filosófico de afirmar con tanto entusiasmo los instintos, aun cuando fue este violento levantamiento de nuestros más primitivos impulsos lo que nos llevaría a vivir en muchos casos hoy en día a la mismísima catástrofe, desdibujando las metas originales del vitalismo. La filosofía encontraría en la novela los valores espirituales en donde el hombre pudiese estar sobre una delgada línea entre la razón y el instinto; ya que de lo que se trataba no era de sustituir a la razón, sino que el empeño, iniciado quizá con Dostoievsky, era de restablecer el espíritu. La novela albergaría una forma alternativa a las ciencias de comprender el universo. El lenguaje literario iría de la mano con el lenguaje de la fenomenología que es, como consideraría el mismo Heidegger, el genuino pensar filosófico.

En Proust, por lo tanto, hay una importancia por la significatividad con la que la sensibilidad pura aprehende y experimenta la realidad, pues para él, la conciencia es un libro interior lleno de signos desconocidos, y el papel del arte es el de interpretar estos signos como los signos de otras tantas leyes e ideas y convertirlas en su equivalente intelectual. Esto representa por supuesto la ambición que él mismo tendría con la culminación de su obra literaria. En ella, la memoria ejercería un papel fundamental en este experienciar o esta impresión  que se propone como el método genuino del cual partiría todo acto creativo. La escritura era precedida por un momento verdaderamente significativo en el que todas las impresiones emergían de la memoria, pero no a través de un acto volitivo, sino de una manera espontánea. La veracidad de esta realidad recuperada consiste precisamente en esta memoria desinteresada, por la manera fortuita como se habían presentado esas sensaciones. A lo largo de toda la obra, Proust expone cómo esta experiencia con las cosas abría todas las posibilidades para la comprensión del fenómeno puro, que, dada la naturaleza de nuestro entendimiento, frecuentemente se nos escapa o simplemente queda desapercibido.

Pero antes de que se pueda dar una confusión, es necesario aclarar que en Proust encontramos una intuición mística y no una filosofía gnoseológica a favor o en contra del empirismo o el racionalismo. En el experienciar fáctico, tanto en Proust como en Heidegger, lo importante del contenido no es su forma sino que es la significatividad en lo cual sólo tiene carácter objetivo lo experimentado.

En uno  de los pasajes más representativos del último tomo de  La Recherche, el narrador reflexiona sobre este carácter significativo del experienciar fáctico, haciendo alusión a las diferentes impresiones que lo llevaron a reconstruir su propia conciencia. De hecho, algunas de estas experiencias casi que se podrían confundir con una forma de conductismo del mismo Proust, como el caso de la campanita del hotel, o el ruido que hacía una cuchara; otras, por ejemplo, como la del gusto por la magdalena que parecen éxtasis donde él mismo consideraría haber experimentado una felicidad inimaginable. Aquí ya no podríamos hablar estrictamente de una actitud fenomenológica frente a la experiencia misma del ser y de la temporalidad, como hemos venido de alguna manera desarrollando frente al papel que él mismo dio a la literatura y al arte en general con respecto a su valor como verdad, sino que aquí nos encontramos ante una experiencia plenamente mística. En Proust hallamos un misticismo equiparable a la cábala, y en el fondo de todas estas impresiones que van articulando la propia conciencia hay una idea unificadora que es Dios; pero aunque esta idea tiene un carácter religioso —entendiendo religión o lo religioso como aquello cuyo objeto es lo sagrado y que se presenta a la vez como sobre poder terrible (tabú) y como fascinante (maná)—, Proust nunca hace denominación directa a Dios, sino que habla de lo eterno.

La cuestión de la eternidad

Proust en su lecho de muerte. Pintura realizada por Paul Helleu  Imagen tomada de: http://www.marcelproust.it/gallery/proust/proust_helleu.htm

Proust en su lecho de muerte. Pintura realizada por Paul Helleu
Imagen tomada de: http://www.marcelproust.it

Las diferentes impresiones que recupera la memoria espontánea van desplazando al sujeto hacia la certidumbre de su propia historicidad. El sujeto, diluido a través de esta temporalidad, pues el gusto por la magdalena, la campanita, la desigualdad de las baldosas, habrían recuperado para él y traído hacia el presente esos momentos particulares de su propia existencia y la relación que entonces tenía con las cosas que hicieron parte de su  mundo circundante, ahora restituido significativamente; de tal manera que el pasado y el presente ya no eran entidades análogas sino que hacían parte de un mismo instante. Este instante, al no ser pasado ni presente de una manera precisa, se encuentra en un momento extratemporal, y es este desprendimiento del tiempo lo que en Proust significó la eternidad. Así lo describiría él en la obra:

(…)Yo me deslizaba rápidamente sobre todo aquello, más imperiosamente incitado como me sentía a buscar la causa de aquella felicidad (…) Ahora bien, esa causa la adivinaba al comparar entre sí esas diversas impresiones bienaventuradas y que tenían en común el hecho de que yo experimentara a la vez en el momento actual y en un momento alejado el ruido de la cuchara en el plato, la desigualdad de las baldosas, el gusto de la magdalena, hasta hacer invadir el presente por el pasado, hasta hacerme vacilar sobre en cuál de los dos me encontraba; a decir verdad, el ser que entonces saboreaba en mí esa impresión lo hacía por lo que tenía en común en un día antiguo y, en el presente, por lo que tenía de extratemporal…”

Este momento crucial de la experiencia proustiana elucidaría aspectos de la obra que fueron pasados por alto durante mucho tiempo por los lectores. Muchos son los que leen a Proust y lo aman, pero no lo comprenden, en falso entonces se preguntan por qué opera este encanto. Se debe a este fervor místico donde de alguna manera la esencia de las cosas está por encima del mismo tiempo, que tanto énfasis tiene en la obra, y que finalmente es superado por el narrador. De hecho, él mismo describiría cómo esta nueva dimensión extratemporal haría que sus propias preocupaciones sobre la muerte desaparecieran. Se sentía inmortal saboreando ese instante de eternidad que le brindaba la sensibilidad pura de aquellas impresiones del pasado que habían llegado de modo fortuito a su vida cotidiana. En Proust todo esto es solemne. Es la experiencia religiosa genuina y a la vez es el fundamento fenomenológico de una realidad que se expresa a través del arte.

Y así, finalmente, esta obra, que en principio sería menospreciada por lo que aparentemente era baladí e insignificante, ahora representa para nosotros una gran fuente de sabiduría

En especial este último tomo, donde todos estos aspectos serían recopilados de forma reflexiva por el autor al borde de su propia muerte, pues Proust moriría en 1922, pocos meses después de dar por terminada esta obra. Celeste, su ama de llaves, recordaría el momento con una pasión memorable y conmovedora, el momento en el que Proust la llama y le dice: oh, querida Celeste, tengo una gran noticia para darte. He puesto la palabra fin. Ahora ya puedo morir en paz”.

 

Bibliografía:

BERGSON, Henri. Introducción a la metafísica. UNAM. México. 1960.

HEIDEGGER, Martin. Introducción a la fenomenología de la religión. FCE Siruela. Prólogo y traducción Jorge Uscatescu. 2006.

PROUST, Marcel. En busca del tiempo perdido. Traducción de Carlos Mazano. Editorial Debolsillo. 1999.