VIOLENCIA DE GÉNERO: PALABRAS, TOCAMIENTOS, GOLPES… MUERTE (1)

No se puede abolir algo de lo que no se habla. La violencia de género existe y crece en nuestra sociedad cada vez con mayor celeridad. De las palabras a los golpes, de los golpes a la muerte. Ni una menos.

 

Investigación / Margarita Rojas y Jhonwi Hurtado – Ilustración e Infografías / Juan Manuel Madrid – Fotografías / Santiago Ramírez

A Paula la asesinaron. A Laura, su pareja la quería solo para él, exclusividad y control eran las raíces de la relación. Ana tiene 16 años y toda la vida ha sentido el acoso sexual, incluso al interior de su familia. Tres historias que para algunos pueden ser solo parte de la estadística de los registros de violencia de género en el país.

A Paula la encontraron muerta en el parque El Oso de Pereira; a Laura su expareja le tiró el celular al piso y le dañó la blusa, a la salida de la Casa de la Mujer en Pereira; a Ana su familia la culpó de que su primo le mostrara el pene. Son tres historias que hacen de espejo a esta sociedad que hasta ahora le ha quedado grande proteger a las mujeres. Las siguen acosando, las siguen abusando, las siguen matando.

Presentamos estas tres historias acerca de las violencias basadas en género; violencias que se repiten en el país constantemente. A pesar de que el Artículo 1 de la Ley 1257 de 2008 estipula que las mujeres tienen derecho a una vida libre de violencias, daños, o cualquier otro detrimento que afecte tanto sus dimensiones socioculturales, políticas, económicas como su misma integridad.

¿Qué significa ser mujer en este país? ¿Por qué deben enfrentarse a un cúmulo de violencias por estar en una relación de pareja? ¿Por qué deben someterse a construcciones sociales erróneas o ser vulneradas por el hecho de ser mujeres?

 

Violencia psicológica: machismo que se viste de sutileza

Es que usted es la que me hace enojar”; “¿usted por qué va vestida así”; “A mí no me gusta que salga con sus amigos, mándeme una foto o la ubicación de donde está”. Son solo algunas de las frases que se han vuelto comunes en las relaciones de pareja. ¿Esto se cataloga como violencia?

Maria José Tobar, psicóloga y activista.

Según la ley 1257 de 2008,  frente a las violencias contra la mujer, se considera daño psicológico a la “Consecuencia proveniente de la acción u omisión destinada a degradar o controlar las acciones, comportamientos, creencias y decisiones de otras personas, por medio de intimidación, manipulación, amenaza, directa o indirecta, humillación, aislamiento o cualquier otra conducta que implique un perjuicio en la salud psicológica, la autodeterminación o el desarrollo personal”.

´Las palabras tienen poder´, se escucha en las conversaciones de pasillo, y sí que lo tienen: tienen el poder de humillar, de asustar, de hacer que las personas (en este caso las mujeres) se sientan cohibidas, sientan que están obligadas a hacer lo que el otro pide, “por amor”.

La violencia psicológica es silenciosa, este tipo de violencia se disfraza de sutileza, es experta en redimir culpas. Una violencia que se ha hecho presente en una sociedad que apoya desde la comodidad de la ventana a quienes marchan y gritan enla calle. Pero, una violencia que aunque sea silenciosa, daña, hiere, y en ocasiones asesina.

María José Tobar, psicóloga y activista integrante de la Ruta Pacífica de las mujeres, Eje cafetero, señala que esta violencia “es la más invisibilizada, la más silenciada y la más normalizada y naturalizada, sobre todo en los adolescentes, es una cosa impresionante con todo esto de la virtualidad y el manejo de las redes sociales”. Tobar adelanta una investigación en estudios transculturales de la violencia en el noviazgo, en España, Colombia y Chile.

 

Laura: el amor no humilla, no agrede

“Sí hay un caso que fue muy directo. Yo tenía 13 años, estaba en la calle, iba a cruzar la carretera con mi mamá, estaba ahí esperando que cambiara el semáforo, y pasó un señor y me tocó los senos, yo tenía 13 años en ese momento. Esa fue una situación muy fuerte, a mí me hizo sentir muy vulnerable. De ahí en adelante he tenido esas situaciones de acoso en la calle. Yo soy una persona que muchas veces me siento muy insegura andando en la calle, con cierto tipo de ropa me siento más vulnerable.”

Laura tenía 17 años cuando ingresó a estudiar psicología en la Universidad Católica de Pereira. A esa misma edad inició una relación de pareja con un estudiante de la Universidad Tecnológica de Pereira. Desde que tenía 13 años, Laura  empezó a sentirse vulnerable por ser mujer, vulnerable por vestirse de cierta forma, vulnerable por caminar sola, se sentía vulnerable por sentir que todas esas cosas para muchas personas eran normales.

Laura estudió en un colegio femenino, religioso, allí tuvo conocimiento de algunos casos de acoso por parte de profesores hacia algunas amigas suyas, pero nunca se hizo público.

A la par con el comienzo sus estudios universitarios, inició una relación de pareja; aunque ambos estudiaban en universidades diferentes, se veían con frecuencia, algo que a ella le agradaba. A pesar de que con el tiempo los malos tratos, las manipulaciones y las exigencias, emergieron. “Realmente la relación siempre tuvo mucha fortaleza y muchos aprendizajes. Este tipo de situaciones, cuando él me trataba mal o cuando yo sentía humillaciones de su parte o que me celaba, yo las veía muy sutiles, pero muchas veces él controlaba mis salidas, que con quién estaba, que si me veía con mis amigos o amigas. Muchas veces me decía que si era que yo prefería estar con mis amigas que con él”. Sin embargo, para Laura, eso era un comportamiento normal.

Laura aceptó que su pareja estuviera presente en todos sus espacios, en todas sus acciones: una presencia espacio-temporal que sentía ´agradable´: “Yo sinceramente lo hacía porque me nacía y me sentía bien compartiendo con él,  pero el debate era por eso, porque había mucho control de su parte por los espacios que yo compartía con otra persona que no fuera él”.

Después de tres años de relación su pareja se fue a vivir a Manizales, a pesar de la distancia las cosas no cambiaron: “yo acá de alguna manera estaba con más tiempo, porque solamente lo veía los fines de semana, pero él igual siempre quería saber dónde estaba yo, con quién estaba, qué hacía, qué no hacía. Las llamadas eran constantes, como de: ah, usted va a salir con tal amiga, entonces la llamo para confirmar si está con ella”

Para esa época, Laura había ingresado a la Ruta Pacífica de las Mujeres, Eje Cafetero, allí en esos espacios de formación empezó a tener otro discurso, a vivir otro panorama, a cuestionarse a sí misma y cuestionar algunos aspectos de su relación que hasta antes veía con normalidad. Algo que para su pareja no era positivo, pues, dice ella, la humillaba o se burlaba de esos espacios.

”Él era una persona que no sabía controlar sus emociones, y entonces cuando se enojaba conmigo me gritaba, me hablaba feo, y muchas veces terminaba echándome la culpa de todo, como: ´vea, pero es que usted me hace enojar, es que usted es la que empieza las peleas, usted para qué sale con éste´. Ese tipo de cosas, como que siempre buscaba la humillación y culpabilizarme de todo lo que pasaba”.

Por la misma naturaleza de este tipo de violencia se dificulta reconocerla, el camino para aceptar que se es víctima es complejo, pues el efecto no es inmediato.

Para la psicóloga Laura Daniela Parra la violencia psicológica se entiende como el uso de poder, una manipulación que se refleja en acciones coercitivas de manera silenciosa, por lo que uno de los problemas principales es que quien la sufre inicialmente no es consciente de ello: “La violencia psicológica es silenciosa, es la que mejor se disfraza y eso es lo que la hace tan peligrosa, porque la persona no sabe qué pasa, se cuestiona si es real o si solo está exagerando la conducta de su pareja. Dejando a la persona en un estado de indefensión y de ambigüedad extrema”.

La violencia psicológica hace también que la misma víctima se sienta culpable, que se responsabilice de las cosas negativas de la relación o incluso de las acciones violentas del otro. Laura señala que eso era lo que vivía ella, pero la situación se agudizó el 30 de septiembre de 2019, cuando se presentó un hecho de violencia física: ese día Laura se preparaba para ir a trabajar y en la noche compartiría con su familia.Era el cumpleaños de su abuela. Así narra ella la acción violenta que terminó en la ruptura total de su relación:

“En septiembre del 2019 acordé con un amigo para realizar un bodypaint, por la situación que pasaba con mi pareja yo no fui capaz de decirle lo que iba a hacer, porque me daba miedo cómo iba a reaccionar, literalmente era miedo, miedo de que se fuera a enojar, de que muchas cosas fueran a suceder”.

Laura realizó el bodypaint con su amigo. Ese fin de semana su pareja viajó de Manizales a visitarla, como era costumbre se quedó en su casa, al otro día la llevaría al trabajo y en la noche irían al cumpleaños de la abuela de ella. Pero las cosas no terminarían así:

“Yo me estaba bañando y él cogió mi celular y se encontró con las fotos del bodypaint. Revisó mi celular y eso también es una forma de control. Cuando yo llegué del baño él estaba serio, no me hablaba, después me llevó hasta el trabajo y ni siquiera se despidió de mí, sino que me dejó ahí y se fue y todo el día no me hablaba, y después del trabajo yo salí para la Casa de la Mujer y él me recogió por la noche, y ahí afuera en la casa de la mujer fue que se presentó esa situación”.

Su pareja se había enterado del bodypaint por las fotos que habían quedado guardadas en el celular. Sin espacio de diálogo, lo que en algún momento fueron palabras fuertes, lo que en algún momento fueron humillaciones o palabras manipuladoras, estalló y pasó a la agresión: “Me cogió el celular, lo tiró al piso, después me cogió, me jaló de la blusa, era de botones y la abrió completamente, dañó los botones, y fue ahí en la calle, me estrujó, me cogió muy duro de los brazos, también hubo un momento en el que me rozó la cara, hubo varias acciones de su parte que fueron muy violentas. Yo en ese momento estaba en shock, no hacía sino llorar y llorar”.

Además de las acciones violentas, la pareja de Laura, como es costumbre en este tipo de violencia, la culpó de todo: “me dijo: ‘es que usted me hace enojar. si usted no hubiera ido o si usted me hubiera contado, nos habíamos evitado todo esto’. Eso para mí fue una ruptura total. Yo en ese momento no quise hacer más nada, lo dejé ahí, hubo un momento en el que calmó, su rabia y se puso fue a llorar. Yo le dije que se fuera, que en algún momento lo hablaríamos pero que ya las cosas ahí ya habían terminado. Yo me fui y ese fue el momento en el cual rompimos la relación”.

Laura no presentó denuncia por violencia física, señala que después de haber terminado la relación, después de varios días, ambos pudieron dialogar, cuenta que su pareja después de ese hecho se cuestionó muchas cosas, pero prefirió no llevar la situación hacia la instancia jurídica.

Mariana Gil, abogada integrante del colectivo Eco Ciudadano, señala que la violencia psicológica no está catalogada como delito por sí sola: “el código penal reconoce individualmente los tipos penales (delitos) que se desprenden de la violencia sexual (tales como el acoso, acceso carnal, actos sexuales), a su vez están los tipos penales que engloban la violencia cuando trasciende a un plano físico y atenta contra la integridad de otra persona (como las lesiones personales, tentativa de homicidio, etc.) En el caso de la violencia psicológica, este no es un delito por sí mismo”, tal vez este factor también influye en la no denuncia de estos casos.

Frente a los daños emocionales que suscitó esta situación de violencia física, Laura recuerda que se vio muy afectada, lloraba todo el tiempo y el sentimiento de tristeza era constante. Agradece que para esa época ya conocía la Ruta Pacífica de las Mujeres y esos espacios que otrora su pareja veía con burla, la ayudaron a recuperarse.

Laura cierra su relato expresando que para abolir cualquier tipo de violencia la educación es fundamental, que tanto hombres como mujeres tienen que dialogar sobre estos temas, y dejar de normalizar las cosas es prioritario, no permitir que este tipo de violencia se siga disfrazando de sutileza: “Porque a veces para la sociedad está bien que a uno lo celen, está bien tener exclusividad completamente con la pareja, o sea, muchas situaciones que uno normaliza y pareciera que está bien que la otra persona humille. De verdad hay que empezar a desaprender y aprender otras formas de relacionarse y también de reconocer otros roles que las mujeres tenemos en la sociedad”.

Este tipo de violencia también se expresa a través de la manipulación, control, degradación o humillación. Según el informe Violencias basadas en género y discriminación, de la Defensoría del Pueblo, la violencia psicológica es la más silenciosa y continúa en aumento. Los mecanismos para prevenirla, atenderla o, incluso, para identificarla, son inexistentes o poco efectivos. Los agresores se pueden presentar en el núcleo familiar, relaciones de pareja o cualquier actor que ejerza un rol importante en la vida de una mujer.

¿Cuántos niños y niñas son violados cada día en Colombia? Hace poco más de dos meses el tema se volvió agenda nacional, tras conocerse la violación cometida por militares a la niña Emberá, en Risaralda.

A mí también: violencia sexual

“No necesariamente me tienen que penetrar, como muchas dicen, para que sea abuso sexual”

Cuando ella tenía 7 años,  un niño de 10 años le dijo que, si quería jugar con él, tenía que chupárselo. Cuando ella cumplió 10 años, su primo, de 13, le pregunto que si quería hacer el amor con él. Tres años después, ese mismo primo, se bajó la cremallera, se bajó el jean y le dijo: “Hey, mira”, señalando su pene erecto. Ella le dijo que respetara y salió corriendo nuevamente de la casa de su abuela. Ese día sí contó lo sucedido. Han pasado los años, ya no le da miedo contar lo que le pasa. Ahora si tiene que romperlo todo, lo rompe.

Se llama Ana*, tiene 16 años. Vive con su padre y su madre y dos hermanos. Ya se graduó de bachiller, su proyecto de grado se basó en  el abuso y la violencia sexual en los colegios. Ana también ha adelantado algunos semestres de Recursos Humanos y Auxiliar de vuelo. Mucho antes de entrar a la adolescencia ha sentido el acoso de los hombres por el hecho de ser mujer, acoso al interior de su familia, acoso en la calle, acoso que siente ha sido permitido por la misma sociedad. Podríamos estar hablando de deporte, hablando de carreras universitarias, o hablando del cometa Neowise, pero no, estamos hablando de acoso sexual, estamos hablando de abuso sexual, estamos hablando de abusos sexuales a niños, niñas y adolescentes.

Ana no tiene la culpa. Las mujeres no tienen la culpa.

“Acoso he sentido toda mi vida. Desde muy pequeña una va por la calle y le gritan: ´¡hey, mamacita!´, y escucha una comentarios que molestan, que causan miedo. Una tan pequeña eso le causa angustia, estrés de estar en la calle, de no querer pasar por ningún lado sola. Incluso con mi mamá hemos ido por la calle y nos gritan cosas”.

A la pregunta filosófica de “quién soy yo”, Ana responde que es una mujer que se ha formado y transformado. Señala que Ana no nació, Ana se formó y lo hizo el día que quiso cambiar su vida, aquel que se dijo: desde aquí empiezo a hacerme respetar y a hacer respetar a los demás.

¿Cuántos niños y niñas son violados cada día en Colombia? Hace poco más de dos meses el tema se volvió agenda nacional, tras conocerse la violación cometida por militares a la niña Emberá, en Risaralda. Tras ese hecho, como un efecto bola de nieve, se han ido denunciando otros casos, solo hasta mayo del presente año se han realizado 7.544 exámenes por delito sexual por parte de Medicina Legal en todo el país, según se encuentra condensado en los Boletines Estadísticos Mensuales de la institución.

Son muchos los nombres que se les da a los actos sexuales sin consentimiento, se encuentran artículos que clasifican cada tipología, aunque Ana los conoce, aunque los ha estudiado, dice que para ella cualquier acto que hagan con ella sin que lo permita, es una forma de abuso sexual: “Para mí el abuso sexual es algo sin consentimiento, puede ser un toque, para mí eso es abuso sexual. Me están tocando sin mi consentimiento, y creo que es mi intimidad, es lo mío. No necesariamente me tienen que penetrar, como muchas dicen, para que sea abuso sexual”.

 

Y la culpa no era mía…

Ana dice que ya no teme hablar del tema, también aclara que sus papás están de acuerdo en que ella cuente las cosas si eso ayuda a otras personas.

Cuando tenía siete años asistió a una reunión con su madre, a quien le estaban haciendo una despedida, algo que ella por su edad no entendía mucho. Solo quería ir, estar y jugar. El lugar de la despedida era la casa de la mejor amiga de su madre, quien tenía un hijo de 10 años de edad. Mientras los adultos departían, el niño la llamó a su cuarto para que jugaran. Todo iba bien hasta que su compañero de juego le dijo: ‘Si quiere jugar conmigo, tiene que chupármelo’. “Era un niño como de 10 años. Y yo ni sabía qué era eso. Eso lo guardé mucho tiempo y cuando uno entra en un proceso, el proceso empieza a arrojar cosas que uno no sabía. Literalmente en ese momento me sentí muy sucia. Yo se lo conté a una amiga y era una niña explicándole a otra niña qué significaba lo que el niño me había pedido. Cuando lo entendí me sentí muy sucia, en la noche me vine para la casa y me bañé. Eso nunca se lo conté a nadie más”.

¿Qué lleva a que un niño o niña no sea capaz de contar una acción de estas a sus padres? ¿Qué hace la escuela, para fomentar que sus estudiantes se acerquen a ellos y confíen cuando viven momentos así?

De los 7544 exámenes médicos que practicó Medicina Legal hasta mayo de este año, por presunto delito sexual, 3457 presuntos agresores han sido familiares. El 85,06% pertenecen a mujeres  y 14,94% a los hombres. Lo anterior significa que,  por cada hombre agredido casi 6 mujeres fueron víctimas de violencia sexual y cada 33 minutos se estima que una mujer es abusada sexualmente, según la Corporación Sisma Mujer.

Antes de entrar a la adolescencia, Ana acostumbraba visitar a su abuela paterna, se sentía a gusto con ella y cuando ella no estaba, se sentía muy a gusto en su habitación. En esa casa vivía también Carlos*, un primo 2 años y medio mayor que ella. Carlos siempre mostró un comportamiento machista, “yo no lo veía mal, porque pues uno viene de una familia machista”, dice Ana.

Aquel día Carlos se comportó muy bien con ella: “Se me hizo extraño, me dijo que nos fuéramos para el cuarto, nos fuimos para el cuarto de él, yo tenía como 10 años, y en palabras textuales, me dijo: ¿quieres hacer el amor?”. Yo ya era consciente de qué significaba eso y le dije: “no, no quiero”. Él solo se reía y no me dejaba salir. A lo último terminé saliendo y no le conté a nadie de mi familia, porque tenía miedo, porque siempre he sido de tratar de ayudar al otro y de tratar de entenderle. No quería que la familia peleara. Lo que hice fue callarme, en el momento pensé que era lo mejor”.

Callar. Nuevamente callar era el camino y la respuesta para Ana.

Dentro de la ley 1236 de 2008 se estipulan varios delitos contra la libertad, integridad y formación sexual, de los cuales se reconocen principalmente el acceso carnal violento y el acto sexual violento. En el caso de Ana, este primer encuentro se define como acoso sexual. Sin embargo, ese no sería el único abuso que sufriría.

A pesar de la invitación abrupta de su primo, Anaseguía visitando a su abuela, aunque ya no lo hacía con tanta frecuencia, siempre manteniendo distancia con Carlos, quien para esa época había ingresado al mismo colegio en que estudiaba Ana, pues lo habían expulsado de otra institución. Siempre había mantenido en silencio lo ocurrido años atrás.

Un día, hace dos años aproximadamente, Ana decide visitar a su abuela. Al llegar, se da cuenta de que Carlos estaba solo en la casa, entonces decide irse, pero  en ese momento llegó su abuela y se quedó, porque ya se sentía tranquila, protegida. Carlos empezó a preguntarle si tenía novio, si ya había dado su primer beso y otras preguntas que la incomodaban: “Yo le respondía cortante. No recuerdo qué pasó y él me dijo: ¡Hey, mira! literalmente me mostró su pene. Yo le dije que me respetara. En ese momento me sentí muy sola y tenía mucha impotencia, porque me sentí indefensa. Mi abuela estaba ahí pero mi abuela no lo vio. Entonces lo que hice fue decirle que me respetara, que eso estaba mal. Me salí, enseguida vive una tía y me fui para donde ella”.

Ana llegó donde su tía en estado de shock, esta vez decidió contar todo, ya no quería cargar con otro recuerdo sola, su tía le exigió que le contara a toda su familia. Ana volvió a la casa de su abuela, dice que no recuerda en qué momento llegaron todos sus tíos, despertó a la mamá de Carlos y le contó lo sucedido, pero las respuestas que escuchaba eran de incredulidad: ‘¿Mi hijo hizo eso? ¿Mi nieto? ¡No! Usted vio mal, usted es la culpable’.Yo estaba rota en el momento, pensaba, ¿mi familia? Quedarme callada tanto tiempo para que pasara lo mismo o pasara una cosa peor. Mis tíos vinieron a pedir disculpas, pero mi papá no las aceptó. Mi papá los echó de mi casa, les prohibió venir acá. Yo en el colegio empecé proceso con una antropóloga, yo veía a mi primo todos los días en el colegio. Fue una época muy dura para mí: yo cambié mi estilo de vida, lo que comía, de saber que ya no podía ir donde mi abuela porque me sentía con miedo”.

El proceso con la antropóloga se dio debido a que Ana se negó a asistir a un psicólogo. Cuenta Juan, docente de la institución a la que asistía Ana, que fue gracias a una actividad en la institución en la que participó ONU mujer, que Ana se contacta con la antropóloga: “Se dio la oportunidad de llevar al colegio una participación de ONU mujer y ahí apareció la antropóloga, en ese momento cuando ya empezó el trabajo, se dio la conformación del grupo de trabajo y ella con el apoyo del proceso de ONU mujer empezó a liderar procesos de niñas dentro del colegio, empezó a hacer círculos de escucha, a contar su historia, a no sentirse y verse culpable”.

Cuando se comete un acto sexual, es común que la víctima esté permeada por múltiples cuestionamientos o comentarios sobre lo sucedido.

Ana les contó a sus padres lo que había pasado. Recuerda que hubo distanciamientos familiares, culpas de un lado y culpas del otro. Pero nadie denunció nada. Ella se fue dos meses de la casa para evitar encontrarse en el barrio a Carlos, aunque en el colegio lo seguía viendo. Y fue allí, en el colegio, donde seis meses después, meses de haber cargado con culpas, con preguntas sin respuesta, que a través de un profesor encontró apoyo y empezó un proceso con una antropóloga. Dice que a su primo ya lo ha perdonado, pero que no olvida lo que hizo y que espera no tener contacto con él nunca más. Asegura que durante las reuniones familiares, a las que dos años después ha asistido en ocasiones, Carlos agacha la cabeza o se retira.

En la Institución educativa Ana se convirtió en una líder, en la voz de otras estudiantes, a pesar de que en algún momento casi se cae el proceso con ella, pues la orientadora de la institución aducía que el trabajo que Ana estaba haciendo con otras estudiantes, podía ser autovictimización: “En colegio la orientadora casi la embarra, porque empezó a poner en tela de juicio lo que ella estaba haciendo con otras niñas, aduciendo una autovictimización. Ya después ella tomó más el control de muchas actividades en el colegio, montó un grupo de investigación sobre abuso y acoso dentro de la institución, montó un observatorio de acoso con las mismas estudiantes de cómo prevenir el acoso por parte de docentes y estudiantes” Señala Juan, el docente que también le brindó apoyo en su momento.

“Yo era una niña, en el momento me dio muy duro, ahora hablo de eso y me da como impotencia. Aunque eso también me ha ayudado a ayudar a otras mujeres, a alzar la voz”.

Cuando se comete un acto sexual, es común que la víctima esté permeada por múltiples cuestionamientos o comentarios sobre lo sucedido. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) una de las diversas razones por las cuales la mujer no notifica o denuncia lo sucedido, es por temor o riesgo de ser juzgadas, marginadas o simplemente que tanto su círculo cercano o las autoridades, no les crean.

“Cuando los familiares no apoyan a la víctima, no le creen o no crean una adecuada red de apoyo, considero lo hacen en su mayoría por desconocimiento de la gravedad del asunto”. Porque el sistema patriarcal por el cual todos estamos atravesados en mayor o menor medida lleva a ‘justificar’ acciones de abuso o a decir ‘se lo buscó, no debería estar allí’… ‘No puede ser’, ‘puede ser una denuncia falsa’… o ‘perdónelo’, aún se cree que es un problema que se pasa la hoja y ya. Conozco casos de niñas que han denunciado y allí están, conviviendo con el agresor”, enfatiza Mabel Adriana Rodríguez Herrera, especialista en políticas públicas y justicia de género.

En cuanto a las secuelas psicológicas, Ana recuerda que por mucho tiempo tuvo miedo de su padre, de sus hermanos, lloraba mucho y comía poco.

“También, no se puede negar que este país es muy conservador y religioso, y pueden llevar las cosas por el tema del perdón o el ‘amor al prójimo’ y ahí invalidan completamente el acto de violencia que ocurrió con esa mujer. Aún es un tema tabú”, termina Mabel.

Ana conoce ahora las redes de apoyo que tienen las mujeres para actuar en casos de este tipo de violencias; sin embargo, dice que de haberlas tenido antes se hubiese evitado muchas lágrimas, está segura de que hubiera tomado decisiones con más celeridad, y hace un pedido a quienes socializan estas redes para hacerlo de manera más dinámica, pues las “charlas o conferencias” aburren en muchas ocasiones.

Ana cierra su relato, reiterando por qué siente que fue abusada sexualmente, más allá de las leyes y decretos: “Yo sé que abuso psicológico es cuando te dicen palabras, y abuso sexual por qué para mí lo es, es lo que yo estoy contando, aún sin que hubiese pasado penetración: porque creo que si usted no le da autorización a la otra persona, para que la persona haga algo que a usted le incomoda o usted no quiere, para mí eso ya es abuso sexual. Eso ya es abuso de muchas cosas, porque así sea el pelo, si yo no autorizo para que me toque, así simplemente mi pelo, no debe hacerlo”.

(Espere mañana: Paula, un hilo de vida perdido en el bosque)

*El nombre de la mujer menor de edad que dio el relato fue cambiado para proteger su identidad.