LA MANO ROJA

Una lectura a El silencio fue su reino

Escribe / Hugo Oquendo-Torres

         Apalabrar el erotismo como la violencia, al parecer, resultan ser dos motivos que se tornan espinosos en la lengua. Acaso, el primero, por tratarse de un tema vedado por el moralismo religioso, que hemos heredado; y el segundo, porque en nuestro país denunciar a los asesinos es un acto temerario. Quizá, por ello el hecho de interpelar a tales paradigmas –sin tapujos ni malabarismos metafóricos– resulta ser un acto subversivo. Y éste es, probablemente, uno de los rasgos estéticos más significativos en la obra de la poeta Yorlady Ruiz López, en cuya trayectoria cabe decir que es poeta y artista, licenciada en Artes Plásticas y magíster en Estética y Creación de la Universidad Tecnológica de Pereira; integra el colectivo cultural Magdalenas por el Cauca, el cual trata el fenómeno de la desaparición forzada en el marco del conflicto armado colombiano, donde emplean el performance, la pintura y la instalación.

         En el año 2002 fue ganadora del Premio Nacional en la XII Festival Internacional de Poesía de Medellín; en el 2006 recibió el Premio Ministerio de Cultura Pasantías Nacionales; ha publicado los poemarios: Versos para tu fresca alborada (1998); Novela inconclusa (2001); Poemas para Juno (2009, Ataraxia 2023); en el año 2012 con la obra Diarios íntimos (2019) ganó el Premio de Poesía Colección de Escritores Pereiranos; luego en el 2014 fue merecedora del Premio Nacional en artes visuales a nuevas prácticas artísticas del Ministerio de Cultura; en el 2021 publicó El silencio fue su reino (Luz de Luna) y con el colectivo Magdalenas por el Cauca, compuesto por el artista Gabriel Posada y Yorlady Ruiz, en el año 2022 ganaron el Premio de la Fundación Barba Varley.

         En lo concerniente a El silencio fue su reino (Luz de Luna, 2021), se percibe una indagación poética en la que se “ahorran las búsquedas retóricas de la metáfora”, inquiriendo por medio de un estilo directo acerca de las violencias ejercidas sobre el cuerpo. Manifestando en ello a un cuerpo revelado, roto, desvalido, violado, fragmentado, vengado o como reza uno de sus versos: “canto rodado entre la mano y el ajo, piedra de la rabia y el silencio”. Con respecto a la estética de Yorlady Ruiz López, señala el poeta e investigador literario Mauricio Ramírez, que: “Dice las cosas como las siente y por eso incomoda siempre, porque nuestra realidad, tan acostumbrada a los eufemismos y cansada de la violencia, se siente siempre agredida por la honestidad”. Y es bajo esta honestidad –una suerte de río de sangre–, en el que es confrontado quien se acerca a la obra para descubrir su propio rostro en el otro, la otra.

        En un ámbito compositivo, al libro lo protege una cubierta que posee un dibujo hecho por Gabriel Posada, el cual tiene dos colores: negro y rojo mate, ¿tal vez una simbología del grito? El tono poético concuerda con éste. Dentro de la escena se recrea la figura de una mujer a la orilla de un río, contemplando con la mirada aturdida el cadáver de un hombre, a quien los gallinazos le picotean el rostro. ¿Su padre, esposo, amante o amigo? ¿Una Antígona que llora a su hermano insepulto? Posiblemente no lo sabremos. Lo que sí, es que, al quitarle la piel roja y negra al libro, éste queda desnudo en sus huesos, ¿acaso una metáfora del descarnamiento de aquellos hombres y mujeres que ha devorado esta guerra? Desde una óptica estructural, la obra está compuesta por veinticinco poemas, los cuales están separados por seis ilustraciones que sugieren los matices de una naturaleza muerta.

         Si obras como Novela inconclusa, Poemas para Juno y Diarios íntimos manifiestan una naturaleza viva poetizada en el erotismo –esa pulsión intensa por el vivir y el entregarse con placer a la pequeña muerte–. La noción de tal erotismo es suscitado en una serie de poemas, donde empleando como sujetos poéticos a diversos personajes femeninos, como: Lilith, Medusa, Narcisa, Diana, Eva, Sherezada, entre otras, reescribe subvirtiendo un modelo heteronormativo, para presentar a la mujer como sujeto de deseo, de su historia. Un ejemplo de esto queda plasmado en el poema Diana cazadora, cuando la voz poética clama en la tercera estrofa:

Diana cazadora

deja su rastro de sangre,

se derrama en cada encuentro,

mira a su ciervo sin piedad.

No quiere tomarlo,

solo observar la muerte en sus ojos.

(2019, p. 14).

         Por ello, si la fuerza erótica expresada en los anteriores poemarios deviene en una naturaleza viva; en El silencio fue su reino, queda poetizada una naturaleza muerta, dada no en el sentido del final total, la derrota, sino en los colores rojo y negro de una interpelación, que es a su vez resistencia y denuncia de las atrocidades manifestadas en las diferentes formas de violencia cometidas contra el cuerpo, y de un modo específico, el cuerpo de la mujer.

         Aunque no es el único, también en los motivos prima el binomio vida-muerte. Quizás, ¿estos son los colores distintivos de la búsqueda en la estética de Yorlady Ruiz López? Asimismo, otros motivos giran en torno al encastillamiento de la mujer dentro del espacio doméstico; igualmente, la violencia sistemática que con el hambre condena a muerte a la niñez. Además de tomar figuras femeninas míticas, a manera de provocación, también recurre al panteón del mundo cotidiano donde aborda las violencias domésticas y sexuales, a través de la voz de la partera, la madre, la hija, la puta, la bruja, la violada, la huérfana, la desplazada, la desterrada e incluso la vengada…, ya que, es innegable la fuerza nemésica del poema Se alzó un olor:

Se alzó un olor.

Cualquiera que pasara fuera sentiría invasivo

el ambiente de grasa y pimienta,

alguna especia, quizá tomillo y un tris de ajo.

Jamás pensó que esa carne fuera tan parecida a la de un cerdo.

(2021, p. 27).

         Ante ello, se infiere una resignificación del cuerpo femenino como sujeto de rebelión. Pues, como reza uno de sus versos, “La que fue crucificada, muerta y sepultada/ regresó de los infiernos”, para tal vez meterse los dedos en la vulva y manchar nuestro rostro con su mano roja.

 

 

Selección de poemas

De Novela inconclusa (2001)

Tengo el sexo marcado en la piel

en cada ojo

en esta boca

y me niego a rechazarlo

como un adelanto de la vida

un fantasma herido de cuerpos

que reclaman una muerte sin pudor.

Porque morir es ejecutar el cuerpo

tengo el sexo en cada párpado

en mi pupila laberinto de líneas

en cada hombre tengo mi sexo de mujer

de hombre

lacerado

ansioso

como una muerte que siempre

está dispuesta a levantarse

a pesar de su traqueo de huesos…

De su pálida, de su pálida.

De Poemas para Juno (2009)

Le leo poemas al Dios de las aguas

por eso me entiende

me lava

me arrastra

El dispone su auditorio de peces

A ver si aprenden a no morder el anzuelo

él libera sus muertos y los muestra al dolor de mi vientre

ocioso

aprende algún poema

y lo dice en las tardes o en las noches

la gente culpa espíritus inocentes

que apenas se acercan al poema de la soledad

Yo le leo poemas al Dios de las aguas

que se fue poniendo oscuro

misterioso

que cada vez que voy llora su desventura

y me dice el poema de su tristeza

Fosas comunes

Papá

ahora que veo ese montón de huesos

en que quedó tu cuerpo

hay en mi recuerdo un borracho de camisa roja de rayas

tumbado en el piso de la casa

pesado

Donde estás no debes acordarte ¡qué bueno!

Ella se quedó como muda

tú decidiste no volver después de llevarnos y

traernos ocho días a caballo entre tus desvaríos

y tu voz que se iba en las noches

que se hacían eternas para que revivieras

¿Fuiste al río?

Parecía

porque los pies de la fiebre

de lo muerto

se pusieron arrugados

¿Qué pescaste?

Te pescó la muerte y nos dejó el silencio en la casa

esa casa caída

recuerdos de cañas y cacao

¿Cómo se llama este extraño terror que me dejas?

El olor

ese olor fuerte

cualquiera

se condensa en mis fosas comunes

las vacunas

los cables

eras un extraño conectándose a otra dimensión

allá fuiste sin ganas

ya ves

la muerte como nos encara al vacío

nos contradice

solo nos queda un poquito de memoria

Que tus caballos muertos te traigan de regreso

 

De Diarios íntimos (2012)

Diana cazadora

Diana

cazadora

escribe cartas de amor,

letreros aburridos.

Le gusta más el veneno

que lleva a la bestia a la muerte,

a su cuerpo,

ese único placer que la deleita

y la llena.

Su mejor presa.

Diana cazadora

deja su rastro de sangre,

se derrama en cada encuentro,

mira a su ciervo sin piedad.

No quiere tomarlo,

solo observar la muerte en sus ojos.

Frutos de cosecha

 

Ya que nunca fui buena

para aumentar dineros,

un buen amante me dio la primavera

o la aurora,

o la dicha,

o esa cosa bella

en cualquier parte del globo

que se parece a piel, a boca,

a fruto que se abre

y se derrama.

De El silencio fue su reino (2021)

La que fue crucificada, muerta y sepultada

regresó de los infiernos,

bajó a la ciudad,

fue a plazas

y caminó en las calles.

La que fumó tabaco y pregonó extraños futuros,

la que fue ultrajada, viuda y desgraciada,

la que lavó ropas ajenas en ríos y caños,

la que vio manchar las sábanas con la sangre de sus

hijos.

Ahora se sienta a la diestra y siniestra

de todos nosotros,

muda,

casi transparente,

regresa al fuego fatuo de la noche moribunda

y cierra los ojos para abrir los nuestros.

Eunice no sabía leer,

pero aprendió a escribir en las piedras.

Ella que no albergó en su vientre la continuidad

de su especie

(para no condenarla al lavadero y la cocina),

crió seis hijos ajenos

y machacó con la piedra día a día sales y especias

entre más de 5840 almuerzos, por más de 16 años.

No sabía leer,

pero, leía cartas y el tabaco,

así,

entre bruja,

nana y cocinera

con el paso de los años,

me heredó una piedra

con la huella de su mano izquierda:

tesoro encontrado y revelado,

piedra recorrida desde la Divina Providencia hasta

Alejandría;

los barrios donde le conté a la piedra mis secretos,

forzándola a mi diestra,

resistiéndola golpe a golpe.

Piedra cocinada,

domada,

amoldada,

pulida,

canto rodado entre la mano y el ajo,

piedra de la rabia y el silencio.

Piedra desnuda,

cuerpo de Eunice revelado en su origen.

No usó el cuchillo

aun así

en medio

de mis piernas

un hilo de sangre

dibujó

un río.

Se alzó un olor.

Cualquiera que pasara sentiría invasivo

el ambiente de grasa y pimienta,

alguna especia, quizá tomilla y un tris de ajo.

Jamás pensó que esa carne fuera tan parecida

a la de un cerdo.

En cada chirrido de la sartén sentía alivio,

la tranquilidad que añoró tantos años

con la espera paciente y el esmero de ser una buena

mujer.

La casa parecía más grande,

incluso los platos por primera vez le parecieron bellos,

los restos de comida dibujaban paisajes, formas de

vida.

De pronto presintió juventud

y sus ojos traspasaron el espejo,

tuvo la sensación de inocencia en los pies.

No le importó que el colchón transformara las flores

rosas en un lila profundo,

aquel cuerpo al fin,

dormiría todo su sufrimiento.

Los gritos se detuvieron

sobre los viejos trastos de la casa.

La marca de grasa y mugre detrás de la silla aún

dibujaban ese cuerpo.

El silencio fue su reino, no probó bocado, pero lavó

los platos.

Bibliografía

Ruiz López, Yorlady (2001). Novela inconclusa. Pereira: Sociedad de Arte y Literatura.

 (2019) Diarios íntimos. Pereira: Códice.

 (2021). El silencio fue su reino. Pereira: Luz de Luna.

 (2023). Poemas para Juno. Pereira: Ataraxia.