UN RÍO QUE LAME SUS PROPIAS RIBERAS

Reseña al libro Hay en tus ojos realidad del autor Eduardo López Jaramillo donde puede intuirse cierto diálogo con el teatro griego, pues la disposición estructural suscita la idea que más allá de leer un poemario por capítulos, se asiste por escenas al drama del deseo en la soledad del amante.

 

“Hay un silencio en cada ser.

Una soledad en cada cosa.

Una angustia que roe los rostros:

río que lame sus propias riberas

y así crece”.

Eduardo López Jaramillo

 

Escribe / Hugo Oquendo-Torres[1] – Ilustra / Stella Maris

 

En la obra Hay en tus ojos realidad (UNE, Pereira, 1987) del poeta pereirano Eduardo López Jaramillo se ratifica lo ya señalado por Martin Heidegger en su filosofía: “el lenguaje es la casa del ser”. Y es tal vez a esta casa a la que el autor convoca, bajo el aura del ritual, donde presenta un recorrido ameno a quien se acerca por los diversos rincones del lenguaje habitado. Quizá por ello, con el tono existencial del iniciado en los cultos mistéricos, el autor deja trazada la intencionalidad de presentar el drama del amante herido por la ausencia del otro, ¿su espejo, su poesía o el silencio?

Mas, antes de continuar el desarrollo de este drama interior, vale la pena decir en lo concerniente al estilo y a la indagación estética de López Jaramillo, que, como resalta Rigoberto Gil Montoya, al poeta pereirano lo distingue “un estilo directo, poco adjetivado, elegante, proclive al aforismo, con frases cortas y siempre profundas, en virtud de las resonancias históricas que el lector puede hallar en ellas”. De igual forma, resulta esclarecedor lo acotado por Giovanny Gómez, refiriéndose a la suma poética Noche de cada noche (2015), al aseverar lo siguiente:

Se puede dar cuenta el lector de la preocupación del autor por el lenguaje, sus posibilidades, su capacidad de sugerencia y su relación con el espacio en blanco como un silencio figurado. Desde las temáticas que se desarrollan en este trabajo de escritura hay una dedicación en señalarnos la fragilidad y el poder del instante, de la belleza como realización y búsqueda, una fijación y extrañamiento desde donde se explica el deseo.

Es decir, en el estilo de López Jaramillo puede percibirse una poética inclinada por el trabajo cuidadoso del lenguaje. Dicho cuidado no sólo se refleja en la composición textual, en la disposición de los versos y en la figuración del silencio en el espacio en blanco, sino también en la limpieza y calidad del libro impreso, cuya caja tipográfica y las ilustraciones en los interludios probablemente dan pistas hermenéuticas para adentrarnos en su mundo.

Además, podría indicarse, como uno de sus variados rasgos, que su estilo está signado por el surrealismo, comprendido aquí como un asalto de imágenes disruptivas, en donde a través de la técnica de gradatio busca “producir un efecto anímico acumulativo sobre la sensibilidad del lector”. Esto puede verse reflejado en uno de sus poemas:

Habla, que las palabras son imagen del silencio.

Cada palabra lleva el lastre de lo inconfesable.

Cada palabra es un lecho humedecido

por la cúpula o el sueño. Toda palabra es fábula.

Es decir, por medio de la técnica de gradatio el autor, a quien atiende su llamado, presenta superposiciones de planos estéticos hasta llevarlo a la experiencia del encuentro con lo poético, ¿semejante a un golpe de dados?

Con respecto a los motivos literarios de Hay en tus ojos realidad, sin lugar a duda, está presente la sed del hombre “soledoso” que sufre la ausencia. Pues, como bien lo precisa Giovanny Gómez, es el deseo uno de los grandes contenidos de su obra poética. A lo mejor por ello, el autor planteará su pensamiento poético a través de los tópicos recurrentes de la desnudez y la presencia del cuerpo. Desnudez que acaso significa una forma de hierogamia del espíritu al encontrarse con lo bello. Esto puede inferirse en la estrofa del poema En la memoria del tiempo somos polvo:

Era hermoso ver llegar la mañana de puntillas

y sentir el sol de verano, desnudos,

como atletas. Nosotros, los muñecos de trapo.

Por ende, en esta misma línea de pensamiento, el cuerpo se tornará a lo largo del poemario en el lugar de la experiencia de la manifestación del eros. Eros que deviene en la plenitud del sujeto poético construido por Eduardo López Jaramillo.

En cuanto a la estructura del libro, vale la pena comentar al respecto: del poema de apertura, más la secuencia de los siete capítulos, acompañados por las ilustraciones Suite Vollard de Pablo Picasso, podría intuirse cierto diálogo con el teatro griego, pues la disposición estructural suscita la idea que más allá de leer un poemario por capítulos, se asiste por escenas al drama del deseo en la soledad del amante. Sin embargo, debe hacerse cierta precisión, porque, aunque se advierte una cercanía de López Jaramillo con el mundo clásico, no puede ubicarse la obra en una estética grecolatina. En este sentido, define Gil Montoya: “Tal vez estaba un poco cerca de los Grecolatinos en algunos intereses temáticos, pero muy alejado de ellos por su entera vocación artística, la misma que lo mantuvo siempre lejos de los escenarios del poder político”. A ello, también es vital anexar que aquí lo clásico no debe confundirse como la emulación del mundo grecolatino, el cual desde una visión aristocrática regional exalta el ideal de la belleza relacionado con lo blanco, la raza y lo divino, más cercano al imaginario del “titán labrador” definido por Paloma Pérez Sastre; sino que la poética de López Jaramillo pasa por los intersticios de la noche arcaica, donde la estética es más cercana al culto de Dionisos que al de Zeus, portador de la égida. Además, como señala Cecilia Caicedo, no puede negarse el espíritu universalista del poeta pereirano. O “ecuménico” como se definió él mismo en una entrevista para el programa radial La Buhardilla.

Por esta razón, si se sigue tal secuencia dramática en Hay en tus ojos realidad, quizás por esto el poema Pórtico, a modo de invocación a la musa, plantea de entrada el pacto narrativo entre la obra y el iniciado:

Regresa, intuición que la pluma dibuja,

gracia pura del ser, palabra oscura

y de claros enigmas. Hondo es todo silencio,

las cosas vividas siguen presentes y vivas.

Vuelve, rumor del verbo, bienamada Poesía.

Te he venido buscando: déjame reencontrarte,

sutil alma del mundo, inaudible emoción mía.

Aquí la poesía escrita con P mayúscula se transforma en la metáfora de lo deseado y los capítulos sucesivos serán los parlamentos interiores del yo-amante que en los infiernos del abandono padece la sed del amado. A lo mejor, por esta razón en el capítulo de vida y muerte queda enunciada la angustia:

Hay un silencio en cada ser.

Una soledad en cada cosa.

Una angustia que roe los rostros:

río que lame sus propias riberas

y así crece.

Y dicho deseo impostergable llevará por vía del escepticismo al amante a descubrir lo absurdo de la vida: “Los hombres sacrifican/ en holocausto fiero toda su sed ignota/ de amable renacer. Y con su ánfora lúgubre,/ en el altar sagrado, la muerte hace jirones/ las dádivas piadosas que te negó el amor./ […] Ya no construyas nada: tíralo todo al mar”. Este tono de lamento hace recordar la obra Elegías del Duino de Rainer Maria Rilke, donde lo bello se transforma en objeto de terror.

En la querella de los bufones el sujeto poético con un tono irónico ¿devela la tragicomedia del hombre moderno? Con total certeza no podría aseverarse, pero sí es claro que, entre Romanos, el melódico, y Yorick, igualmente éste se sabe un bufón, como todas y todos ante este gran teatro llamado mundo. Y a manera de contraste, en el capítulo intermitencias, el tono asume un matiz introspectivo, de quien se desnuda ante la noche. Acaso, no es en vano que Carta en prosa sea uno de los poemas más luminosos en la voz poética de Eduardo López Jaramillo donde puede percibirse esa nocturna desnudez.

Aquí, en la aldea, juega un maduro sol

con el cemento. En la plaza ya hay mangos

y en el zoológico nació ayer un oso gris.

Lo demás es lo mismo: rostros, demoliciones,

Los milagros que puede hacer un blue-jeans

o una camisa a rayas, cuando cruzan la esquina.

Fatigando las aulas con mis guantes de tiza,

intento repetir lo que han dicho otras voces

aunque parezca siempre ser la primera vez.

Ya, con respecto a afán de amor y olvido, retoma el tono elegiaco, en el cual el yo-amante de nuevo deviene en deseo, es así en Invocación: “Amor siempre invocado, vuelve,/ recobra con los ojos abiertos/ toda la transparencia que somos”. Y es aquí, donde por ventura, la presencia de lo amado ratifica la simbología del cuerpo tornado en una hierofanía del eros. En el poema Nocturno de Pittsburgh alumbran algunos destellos: “Alegría sin fechas,/ torrente rojo entre verdes,/ imagen girante que me mira y que miro./ Es la luz del relámpago: llegas. Es el día”.

El quinto capítulo, claridades de otras partes, es una evocación de la estancia del poeta por Europa, volviendo a la forma experimental que recuerda su primera obra Lógicas y otros poemas (1979). Del mismo modo, en habitantes del alba continúa con el tono experimental, donde por sobre las construcciones de las imágenes lógicas, privilegia la necesidad primitiva del decir del individuo ante el acontecer del tiempo y la cruda ausencia de lo amado:

Hoy

Ayer

En muchos días a la redonda,

días mordidos

(labios o manzanas),

Vueltos viento,

este sitio sin claves

se consuma.

Y desde esta perspectiva, en el capítulo final perfil sin sueño juega con la métrica y la construcción surrealista de los versos donde plasma una reescritura del soneto clásico. Para, posiblemente, presentar al sujeto poético embriagado de tanta noche, ido en el vuelo de la palabra, extranjero de sí, quien ha descubierto una cruda verdad: “Muy altas esta noche las estrellas,/ con su canto inmortal nos extravían”. Por otro lado, y ya para concluir, es necesario aseverar lo siguiente: asistir a la apuesta estética de Hay en tus ojos realidad es hacer de manera simultánea un pasaje por la desnudez poética; pero, también es ir al encuentro de las y los autores que acompañaron a Eduardo López Jaramillo en el río de aguas curvas de la noche.

[1] Hugo Oquendo Torres. Teólogo, poeta, cuentista y profesor catedrático de la Escuela de Español y Literatura, Universidad Tecnológica de Pereira. Correo: hugo.oquendo@utp.edu.co

Breve selección de poemas

 

               Las palabras

 

Para Álvaro Mutis

 

Hay un silencio en cada ser.

Una soledad en cada cosa.

Una angustia que roe los rostros:

río que lame sus propias riberas

y así crece.

 

Mira, llega el tiempo

batiendo sus alas metálicas

como si fueran aspas de molino.

Y he aquí el mundo, tomando baños de sol

en una playa cósmica. También la muerte,

sirviéndole de concha al molusco de la vida.

Y desde siempre,

el hombre,

idéntico a sí mismo a pesar de su historia.

 

Es muy poco lo que cambia el hombre:

acaso la tibieza de su máscara,

la sonrisa de sus manos;

quizá el ritmo de su sexo o de sus lágrimas.

 

Habla, que las palabras son imagen del silencio.

Cada palabra lleva el lastre de lo inconfesable.

Cada palabra es un lecho humedecido

por la cúpula o el sueño. Toda palabra es fábula.

 

                 Playas de Éfeso

 

No existen mares: sólo el océano

fluye prolongando su abrazo.

Un mismo punto habita el principio y el fin.

Tiempo ordenado, espejos, arena innumerable:

¿murmuraréis un sueño en la cabecera de cada acto?

 

De esto, a veces, dudamos. Y bajo la presión

del recuerdo, junto al peso de un cuerpo,

intuimos que las cosas nunca regresan idénticas

y que el Heráclito sobreviviente no es el mismo

que imaginara escribir sobre un trozo de arcilla:

“el océano es un río circular, sin retorno”.

 

En esto, a veces, creemos. Y con nostalgia

recordamos ese mar girante de aguas curvas,

ese mar-serpiente erizado de velas: tiburón

o puercoespín de los sueños. El mar regresa,

siempre regresa y no es el mismo. Nadie surcará

dos veces las mismas aguas. Lo confesamos ahora,

cuando monótonas olas se rompen y sonríen.

 

    En la memoria del tiempo

              somos polvo

 

Guijarros en medio de un río,

las palabras huyen de nuestras manos

como agua. También los días y el placer.

 

En la angustia temblaron, asustadas,

nuestras horas. No hubo tiempo:

sólo un largo discurrir bajo la luz.

 

De pronto, por el cotidiano trasegar y sufrir,

alguien cantó esas ideas, el amor, el viento

que corría sudoroso entre los sauces.

 

Era hermoso ver llegar la mañana de puntillas

y sentir el sol de verano, desnudos,

como atletas. Nosotros, los muñecos de trapo,

 

los espantapájaros de mañana y de siempre,

anhelamos volver a recordar.

En la memoria del tiempo somos polvo.

 

                    Sagesse

 

Navegante sin brújula por océanos de odio,

doliente peregrino de la desesperación,

amoroso suspiro que devoró la vida

cual un estéril mástil que se perdió en el mar.

 

Lejanas perspectivas de algo que pudo ser

paisaje luminoso, anhelada plenitud,

campo de fértil trigo dorado por la llama

de un sol inextinguible, eterno, espiritual.

 

Soñador solitario, constructor de utopías,

con cruel indiferencia te doblegó el destino.

Y mientras tu esperanza se transforma en angustia,

encuentras destrozadas con vandalismo fiero

 

tus ilusiones todas, las mágicas visiones,

los cantos inaudibles de un corazón feliz.

Mísero caminante desolado de Dios,

ya no construyas nada, tíralo todo al mar.

 

Olvida tus anhelos, tu inútil idealismo,

la belleza furtiva de tus días de ayer,

el himno apasionado de tus miradas cálidas,

la luz estremecida de un dulce padecer.

 

Nada esperes de nada, ni de nadie.

También has sido esclavo del humano destino:

nacer sin desearlo, sufrir sin merecerlo,

morir, cuando ya todo ahoga en amargura el alma.

 

Serenamente aléjate. No interpongas nostalgias

entre el ayer dorado que vio tu amanecer

y la lluvia sencilla que derrama en las sienes

el tiempo caminante que te hace envejecer.

 

Cazador de amarguras, recolector de

angustias en las mieses de Job,

náufrago de la vida: el final ha llegado

y todo te convida a desaparecer.

 

A perder tu figura de profeta iracundo,

a despeinar los vientos en pos de infinito

y a buscar en la noche de todas las pupilas

en todo inaccesible del paisaje de Dios.

 

Ya no supliques nada. Los hombres sacrifican

en holocausto fiero toda su sed ignota

de amable renacer. Y con ánfora lúgubre,

en el altar sagrado, la muerte hace jirones

 

las dádivas piadosas que te negó el amor.

No rebajes tu orgullo, que es tu único tesoro,

no entregues tu inocencia de humano condolido

y en el ara de tu alma, incinéralo todo.

 

Ya no construyas nada: tíralo todo al mar.

 

            Carta en prosa

 

A Liliana Herrera

 

 

Entre mis ojos he tenido tu imagen

bañada de naturaleza. Los melódicos

grillos, las intermitentes luciérnagas,

son pura fosforescencia en las letras

con que escribes cascada o agua fría.

Sin este cansancio por la Antigüedad,

cuando mencionas el vino, la vegetación,

te imaginaría en un bosque de Tracia,

hipnotizada tras el tamboril de Dionisos.

 

Aquí, en la aldea, juega un maduro sol

con el cemento. En la plaza ya hay mangos

y en el zoológico nació ayer un oso gris.

Lo demás es lo mismo: rostros, demoliciones,

Los milagros que puede hacer un blue-jeans

o una camisa a rayas, cuando cruzan la esquina.

Fatigando las aulas con mis guantes de tiza,

intento repetir lo que han dicho otras voces

aunque parezca siempre ser la primera vez.

 

Devano el laberinto de traducir al viejo

poeta alejandrino. Aun no arribo al espejo

que vio el hermoso cuerpo del mancebo,

pero seguramente te lo enviaré en romance.

Escribe con frecuencia, que aspiro entre

tus páginas aroma de altos árboles.

Fue muy bella la noche del sábado en mi cuarto

y lamenté de pronto tu previa invitación. –“Chénier”,

me dices. No sé, tal vez. Quizá en lo tímido.

 

           Muy altas esta

         noche las estrellas

 

Muy altas esta noche las estrellas

proclaman la impaciencia de tu huida

y en las claras raíces del desvelo

perdura esa fragancia enardecida.

Quise que fueras para mí la dura

luz que no cesa en el clamor del día,

la sentida tiniebla en que maduran

los ojos de los tigres y mi anhelo.

Mas tu gusto mortal rompió los hielos

de la idea purísima en que ardías

y otras rosas de sangre le rindieron

su homenaje de arena a tu estatura.

Muy altas esta noche las estrellas,

con su canto inmortal nos extravían.

 

     Breve reseña biográfica

 

Eduardo López Jaramillo (Pereira 1947-2003). Adelantó estudios en la Universidad Nacional de Bogotá, luego inició estudios de Ciencias sociales y filosofía en la Universidad de Lovaina (Bélgica); tomó varios seminarios en la Universidad de la Sorbona (Francia); en la Universidad de Pittsburgh participó en un curso de verano con el poeta Octavio Paz y en el Central Community College de Chicago (USA) profundizó en el estudio de la lengua inglesa. Además, de traducir, también escribió poesía, cuento, ensayo y novela, asimismo escribió una serie de artículos para diversos periódicos y revistas literarias. Trabajó como Jefe del Departamento de Español del INEM Pereira; fue profesor de la Universidad Tecnológica de Pereira, acompañando el curso de Historia de la literatura; presidente de la Sociedad Amigos del Arte y director de la revista Pereira Cultural. Dentro de sus obras publicadas se encuentran: Lógicas y otros poemas (Poesía, 1979), Los papeles de Dédalos (Narraciones, 1983), Los poemas canónicos de Constantin Cavafy (Traducciones, 1985), Hay en tus ojos realidad (Poesía, 1987), Poemas de amor del antiguo Egipto (Sobre traducciones de Ezra Pound, 1990), El ojo y la Clepsidra (Ensayo, 1995), Memorias de la Casa de Sade (Novela, 2002) con la que ganó el XIX Concurso de Novela Aniversario Ciudad Pereira del Instituto de Cultura Municipal; y su obra póstuma Cuando escuches de grandes amores (Ensayo, 2015).

 

 

Bibliografía

 

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            posnadaísta. En: Historia de la poesía colombiana. Bogotá: Casa de Poesía Silva.

Castaño Guzmán, Ángel. (2016). La voz poética de Eduardo López. Entrevista a Giovanny

            Gómez. Bogotá: El Espectador.

Caicedo, Cecilia (1988). Literatura Risaraldense. Colección de Escritores Pereiranos, Vol.

  1. Pereira: Gráficas Olímpica.

——————– (2003). Sobre la poesía de Eduardo López Jaramillo. Pereira. En: Revista Pereira Cultural. Número 18, Julio. Pereira.

Colorado Grisales, Gustavo (2013). Memorias de la casa de Eduardo. Tomado de:

http://miblog–‐acido.blogspot.com. Consultado 07 de marzo 2023.

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———————- (2016). El deseo como contenido en la poesía de Eduardo López

            Jaramillo. Monografía. Pereira: Universidad Tecnológica de Pereira.

Heidegger, Martin (2006). Carta sobre el humanismo. Madrid: Alianza.

López Jaramillo, Eduardo (1987). Hay en tus ojos realidad. Pereira: UNE.

Pérez Sastre, Paloma (2007). Los años veinte y la literatura escrita por mujeres en Antioquia.

            Del “Titán labrador” a “las muchachas escritoras”. Universidad de Antioquia.

Medellín. Revista Estudios de Literatura colombiana. N°. 21, julio-diciembre.

Rilke, Rainer Maria (2010). Elegías del Duino. Medellín: Universidad de Antioquia.