Navegando en centenares de poemas, Bernal Villegas tuvo y tiene claro que su aventura literaria sólo admite instancias definitivas: conservar u olvidar, destruir o publicar. La vida resuelve pronto, sin duda, lo que la razón demora en comprender y aceptar.
Escribe / Jairo Hernán Uribe Márquez – Ilustra / Stella Maris
LA FASCINACIÓN
“Esta es la ternura cien veces postergada”
(En: Canción del Nuevo Mundo)
A finales de los años ochenta organizamos, en compañía de Alfredo Bernal y otros buenos amigos, una “feria del libro vendible”, cuyo propósito era rematar, al mejor postor, absolutamente todos los libros que poseíamos. Ese desprendimiento radical, llevado al extremo de acabar con cada una de nuestras bibliotecas, fue quizá el rasgo fundamental de un itinerario y una amistad que sobreviven a los años. Pero todo rasgo tiene, en contrapartida, un riesgo. En nuestro caso consistió en la exposición colectiva de nuestros mayores miedos y en el proyecto solidario de superarlos a través de intensas y largas conversaciones bohemias. Dos experiencias, por cierto, de las que no quedan testigos o actores vergonzantes.
Un incidente, sin embargo, menguó el notable éxito de la feria: la colección completa de “Colcultura” (aquella de los libritos de tres pesos, por todos recordada) no alcanzó a venderse porque en cada ejemplar –bien fuera en las solapas o en las hojas en blanco– hacía su aparición traviesa un poema de Alfredo y hubiera sido una imperdonable error disponer de ellos o abandonarlos al azar impunemente.
Un poco después, mientras compartíamos las extenuantes jornadas de alguna transcripción o adelantábamos notas para una investigación cualquiera, volví a tropezarme con muchos más poemas, copando las carpetas y cuadernos y resbalando de todas partes como los restos de un naufragio.
Destacar este rasgo esencial, que fluctúa entre la frugalidad y la desesperación, me sirve de excusa para señalar su riesgo más obvio: el vértigo. La poesía de Bernal Villegas, corriente cotidiana e inevitable, obliga por igual al hombre y al poeta a la exposición pública de su mundo íntimo y, más perversamente, a la esclavitud perpetua de su desgarramiento y a las sucesivas –no siempre dulces– exigencias de un oficio.
Porque, lo que para muchos escritores la publicación de su trabajo suele ser la panacea de su tragedia, en el caso señalado es apenas la extensión de un sacudimiento vital y la renovación de un asombro que posterga la dicha y aplaza la paz interior.
ANVERSOS Y REVERSOS
“Estás conmigo y eso salva tu vida con mi vida ”
(En: Del Amor Herido)
Naturalmente, hay una promesa de redención escondida en cada pesadumbre. Anversos de la costumbre y el tedio, muchos de nuestros actos están encaminados a no ceder ante el infortunio, incluso si la fatiga es extrema. Navegando en centenares de poemas, Bernal Villegas tuvo y tiene claro que su aventura literaria sólo admite instancias definitivas: conservar u olvidar, destruir o publicar. La vida resuelve pronto, sin duda, lo que la razón demora en comprender y aceptar. Durante años, en medio de talleres literarios, jornadas y tertulias diversas, nos preguntábamos por el valor de los materiales y legados, por el mérito de las ediciones provisionales y aún por la ingrata suerte de recitales y libros. Del mismo modo que el ejercicio de leer nos condenó al oficio de escribir, el deseo de entregar un texto a otros (de materializar el hecho estético) se convirtió en una probabilidad incierta con multitud de significados.
Cada lector es, por lo demás, una versión entre miles. Y las versiones e interpretaciones multiplican –para nuestro propio horror– los abismos del ser y la palabra. Confrontados poeta y poema en la versión definitiva de la imprenta, le resta a ambos persistir, dejarse convencer o intentar, a lo sumo, un nuevo derrotero.
Reverso, a su vez, de la opinión ajena, el poeta se extraña y extravía cada vez que intentan definirlo. Y suele ocurrir, como en el reclamo Bernalino, que los versos se sigan haciendo aún en contra de todos aquellos que “inventaron esas fórmulas / del tiempo y la belleza”.
EL VÉRTIGO
“Mi oficio es encender
lo que no arde
y andar en furia
contra la costumbre”
(En: De Cosa Varia)
Concuerdo con muchos lectores y críticos en una afirmación simple: el poeta es un adivino, un disidente y un exiliado. Forastero del mundo y de sí mismo, escindido y descentrado, la función de quien escribe versos es amarga: iluminar en otros lo que en su fuero interior es penumbra y acaso contagiar a los demás de su fascinación, su incomodidad o su delirio.
La impostura del vagabundo, que sin duda conviene a los poetas, conjuga siempre la cruda separación del origen (el barro, paraíso perdido) con la falsa promesa del nirvana (el cielo, paraíso traicionado). Peregrinos, caminantes, errabundos, los poetas pertenecen al devenir de los hechos y las cosas, a la variación más que a la constancia. Traicionados y traicionantes, oscilan en un mundo aparte que repele conformismos y fanatismos. Desacomodados, desacomodan. Maravillados, maravillan. Si resulta difícil encontrar en ellos un sentido totalizador, mucho más lo es definir sus ciclos y sus esporádicos estallidos y fragmentaciones.
“Del Barro al Cielo” no compendia un universo personal, apenas insinúa el tránsito. Se detiene en episodios vitales y reitera sus impulsos más sensibles. Se dilata en viejas historias y viejos mundos, se despierta y sobresalta en amores perdidos y recién hallados, se esfuerza por asir – entre la luz y la sombra– los colores definitivos de una búsqueda. De allí sus temas fundamentales, sus “cosas varias”, sus señales y sus retiradas.
Curiosamente no es una progresión la que suscita y enlaza estos textos, tampoco el fácil y maniqueo recorrido de lo bajo a lo supremo. Constatado el vértigo de la escritura, poema y poeta deciden – contra todo pronóstico pesimista – enfrentar con renovada humanidad las rudezas y maravillas de la vida.
“Yo voy del barro al vino…”, escribe Bernal Villegas, “…y si regreso, / creo que he recorrido mi camino”.
(*) Presentación del libro “DEL BARRO AL CIELO”, poemario de Alfredo Bernal Villegas editado por la Editorial Universidad de Caldas – Colección Artes y Humanidades – en Agosto de 2003.


