EDUARDO LÓPEZ JARAMILLO (ELJ): SU LUGAR EN NUESTRA POESÍA

Stricto sensu, las malas lecturas son tan buenas como las “lecturas macho” de Cortázar o las lecturas de jurado de concurso o las “sociológicas”, porque todas caben en la estética dominante que es la histeria y la astenia posmodernas.

 

Escribe / Juan Guillermo Álvarez Ríos – Ilustra / Stella Maris

Advertencia

No soy una especie de heredero espiritual de ELJ. No sé si entre los animadores del mundo cultural de nuestra aldea pueda reunirse tal cofradía. Pero el contraste que ofrece la marea de homenajes rendidos en nuestro medio a la persona y obra de ELJ en los últimos años (entre ellos el de Luna de Locos en el último Festival Internacional de Poesía en Pereira que organizara Giovanny Gómez, ese gran gestor cultural que nos arrebató la CoVID19), con la ausencia del poeta, ya en las antologías oficiales o académicas del país, como la pretendidamente “crítica” de Andrés Holguín, que dista mucho de apoyarse en un criterio filológico o poético, y se lee mejor como un viaje hedonista por la obra de sus amigos y afines, ya en los “ajustes de cuentas” de los críticos literarios marginados o heterodoxos, nos plantea al menos una pregunta: ¿estamos equivocados y nuestro afecto sesga una lectura ecuánime? ¿Mejor no ser leído que mal leído?

Stricto sensu, las malas lecturas son tan buenas como las “lecturas macho” de Cortázar o las lecturas de jurado de concurso o las “sociológicas”, porque todas caben en la estética dominante que es la histeria y la astenia posmodernas. E invitan a leer. Los “malos escritores clásicos”, como Dumas padre, siguen siendo clásicos, como afirma Chesterton, y su consagración proviene del lector de la calle, que es un criterio considerado inapelable. No obstante, ELJ no entra en esta categoría: es un happy few, un polígrafo para lectores muy selectos. Tiene, como todos, en cabeza de Shakespeare, sus “malos momentos”, pero son breves. Porque Eduardo, ese autor invisible para la literatura colombiana, rareza de provincia, es un buen poeta. Y en Colombia ellos no abundan, de lo cual no nos disuade la populosa galería de un Harold Alvarado Tenorio (HAT) que, según Orlando Mejía Rivera, reúne a todos los que algo han aportado a esa categoría equívoca que es la poesía nacional, sin que falte ninguno. Mejía Rivera, uno de los intelectuales más sólidos y amenamente diversos del panorama nacional, cela va sans dire, es ante todo prosista.

No obstante, en la lista de HAT faltan nombres. Y, lo que es peor, sobran poetas.

Voy a revisitar mi lectura de la obra de ELJ, adoptando el criterio de HAT, que incluyó en su antología obras en prosa, como Sin remedio, la novela de Antonio Caballero. Y lo adoptaré porque la obra toda de nuestro “poeta mayor” (las comillas son del poeta) goza de una distinta elevación poética y suscita un entusiasmo que el tiempo transcurrido desde su ausencia física solo ha contribuido a atizar.

 

Los textos

ELJ debutó en las letras de molde, con algo de la timidez y reluctancia de un Cavafis, con un opúsculo: Lógicas y otros poemas, diez poemas escritos entre 1967 y 1968, cuando el autor, entonces sólo Eduardo López, contaba veinte años, que publicó a los 32, en 1979. Exhiben una ruptura formal con la tradición poética latinoamericana, influenciados por Cummings y sobre todo por Octavio Paz, siendo el primer número de la colección El Soto y su Donaire, con un tiraje de 1000 ejemplares numerados.

Luego vino un cuidado libro de cuentos con las mágicas ilustraciones a blanco y negro de Maurits Cornelius Escher: Los papeles de Dédalo (1983). Y dos años después el hermoso volumen en cuya carátula se puede acariciar con la vista el mármol pentélico, sus Poemas canónicos de Constantin Cavafy, publicado por el Fondo Editorial de la Gobernación de Risaralda en 1985. Eran los tiempos de la Sociedad de Amigos del Arte, en los que la escena estética pereirana brillaba con la presencia de Miguel Álvarez de los Ríos, Héctor Escobar Gutiérrez, Benjamín Saldarriaga González (Besago), Alfonso Gutiérrez Millán, Julián Serna Arango, Bernardo Trejos Arcila, el enigmático Jaime Valencia Villa (autor de brillantes reseñas a los Poemas de amor del antiguo Egipto, a los Poemas canónicos y a las Memorias de la Casa de Sade), y el propio Eduardo López Jaramillo, y empezaban a despuntar las prometedoras carreras de intelectuales como Liliana Herrera, Alberto Verón y Gustavo Colorado. La noche de la ciudad se caldeaba con, al menos, un evento semanal de calidad estética. Después tenemos Hay en tus ojos realidad, de 1987, un poemario ilustrado con dibujos de Picasso, que contiene algunos de los mejores poemas de ELJ, como Sagesse y su Carta en Prosa a Liliana Herrera, y en 1990 la traducción de los Poemas de Amor del Antiguo Egipto, la aventura de Ezra Pound en el milagro lírico de la adolescencia del país de los faraones.

Sus novelas son logro aparte. Cartas del Nilo, con un guiño o mejor un eco a Memorias de Adriano, se centra en la figura de Akhenaton, el faraón revolucionario que pudo haber inspirado a Moisés el monoteísmo (Freud), y Memorias de la casa de Sade (2002), hitos de nuestra narrativa, que no solo sumergen al lector en sus respectivas épocas, sino que le ofrecen una visión distinta de sus protagonistas en un derroche de (parodiando a Pascal), “geometría y finura”. Con Sade padre e hijo ELJ no alcanza la madurez de su estilo: desde Lógicas su propuesta es magistral, su cometido estético goza de la diafanidad de quien se ha tomado el tiempo para reflexionar sobre lo que persigue y los recursos con los que cuenta, pero quizá para entonces el dominio del instrumento aparece bajo su luz definitiva.

“Quiero ser recordado ante todo como poeta”. Este desiderátum marca nuestra pauta lectora. ELJ merece una aproximación poética a su poesía.

 

Los dos Cavafis

Dos poetas colombianos se destacan por la calidad de sus versiones del poeta alejandrino, HAT y ELJ. HAT me ha dicho que su traducción del Old Poet es superior, más fiel, que las versiones de ELJ.

Tal caso, según mi criterio, no se cumple. Tanto el bugueño como el pereirano bebieron en la Grecia clásica, antes y después. Y ambos son muy cercanos a la sensibilidad de Cavafis. HAT, familiarizado con los yámbicos y con todas las formas métricas, sigue, con su metro de sastre, la extensión de los versos originales en demótico para acuñar los lingotes de su traducción. Pero su propia prosa, aguijoneada por el tábano de su proverbial causticidad, la corta a ráfagas, dando una impresión fragmentaria de la misma, como sugiere aquel “aleteo de verdad” que ha mencionado alguna crítica. Con ELJ sucede lo contrario, su prosa goza de una serenidad tan exquisita que se da el lujo de perseguir el espíritu de Cavafis fuera de los muros de un molde. He aquí un pequeño paralelo que sirva como prueba de concepto de lo que acabo de mencionar, esto es, “respetando el ordenamiento en líneas”, como HAT, o “haciendo prosa de sus versos”, en el caso de ELJ, según la distinción de F. José Férez Kuri en la presentación de la traducción directa del griego de Cayetano Cantú (UNAM, 2008), porque Cavafis es siempre Cavafis, el osado poeta que decidió ver las cosas como son y no traicionar esa visión a la hora de registrarlas en un poema. Solo que ELJ es también un poeta osado, y al verter a nuestra lengua al alejandrino, siguió escribiendo como no podía dejar de hacerlo: “con los huesos”.

 

DESEOS

Como bellos cuerpos

que la muerte impidió envejecer

y yacen, encerrados con lágrimas,

en magníficos sepulcros,

coronados de rosas y a los pies jazmines,

así son los deseos no satisfechos:

aquellos que nunca se gozaron

en una noche sensual

o en una resplandeciente madrugada.

(HAT)

 

DESEOS

Como hermosos cuerpos que murieron jóvenes

y fueron sepultados, -con lágrimas, en rico mausoleo,

coronados de rosas y con jazmines en los pies-

así son los deseos que pasaron sin realización;

sin que ninguno sobreviviera una noche

de sensual deleite o una mañana de plenilunio.

(ELJ)

Quizás el siguiente poema demuestre mejor las dos formas válidas de ser fiel a esta poesía que persiguió “la unión verdadera de lo que es y lo que se enuncia”.

FUI

Nunca me contuve. Me di completamente y fui.

Me di a aquellos placeres que eran casi realidad

y estaban en mi mente;

me di a las vibrantes noches

y bebí un vino fuerte

como sólo los valientes beben del placer.

(HAT)

 

FUI

Nada opuse a mí mismo. Me dejé ir por completo

y fui, atravesando la noche luminosa,

hacia aquellos placeres en parte reales

y que en parte daban vueltas en mi mente.

Y bebí vinos fuertes, como sólo

los valientes de la voluptuosidad beben.

(ELJ)

ELJ se atreve más, cambiando de lugar dos versos, para darnos el Cavafis que él consideró más suyo y que supo traer al castellano con una música de la cual era dueña no solo su alma sino también su obsedante voz de barítono.

 

Una obra sin fisuras

Imagen

tras Imagen tras

Imagen

Stop

Cae la nieve…

(Carta de viaje)

 

Desde Lógicas, su libro fundacional, incubado por 11 años, ELJ tiene ante sí su propósito literario. Su gestión cultural era ya reconocida en la ciudad. Era presidente de la Sociedad de Amigos del Arte, daba clases en el Inem y dirigía el Departamento de Humanidades de la Universidad Católica. Y colaboraba en diversas revistas de Colombia y otros países.

ELJ, poeta vanguardista, se movió con un instinto estético que lo inmunizó, a diferencia de otros poetas, de abjurar de sus primeros trabajos, porque no era un experimentalista, perseguía la belleza como algo que se puede reconocer y que no soporta imposturas.

Medir los versos no suponía para él esfuerzo sino placer. Y al verter los de otros al castellano siguió su pauta “ósea” más allá de la literal.

Una prosodia deleitable, basada en un paladeo cuya prolijidad retoza en el nivel silábico, jalona el ritmo de todos sus textos. Poesía le sobró a su prosa. Nuestra generación, la que siguió a la suya, aprendió de ELJ a jugar con el verso libre, a combinarlo observando su efecto en la página. Él fue nuestro primer Apollinaire.

 

El método de las versiones

La primera versión del poema sale sin tildes, que aplica en una segunda lectura. Vírgulas perfectamente cuneiformes que caen a 45 grados sobre su vocal. Ocasión para corregir, no la impecable ortografía, pero a veces algún vocablo que venga mejor al poema, como ‘casualidad’ en vez de ‘azar’ en “Del cajón”, o ‘jirón’ en vez de ‘trozo’ en “El hombro vendado”. Otras veces, el término se queda en suspenso para una tercera lectura, para lo cual se vale del subrayado, como en la palabra final del primer verso de la tercera estrofa del mismo “El hombro vendado”:

“La rehice, demorándome un poco”, que no aparece en los Poemas canónicos y aguardaría una futura oportunidad.

 

Alguna vez la felicidad de la traducción llegará con el primer intento, como en NOUS N’OSSONS PLUS CHANTER LES ROSES:

 

Desconfiando de lo que es vulgar,

cuántas cosas abandono al silencio.

En mi corazón conservo escritos

muchos poemas. Y esas canciones

sepultadas son las que amo.

Oh primera y pura y libre

juventud entregada al placer!

Oh dulce embriaguez de los sentidos!

Temo que una baja vulgaridad

abuse de sus formas divinas,

probablemente la más bella versión al castellano de ese poema.

 

A veces la palabra a corregir implica otra con la que guarda una simetría, como en LA FOTOGRAFÍA:

Quién sabe qué vida envilecida y sórdida

habrás vivido, qué siniestro el ambiente (…)

cuál alma vulgar debe ser la tuya

que cambian de lugar entre sí para alcanzar una solución feliz.

 

Observador del detalle tipográfico, en sus correcciones prefiere, al signo admirativo castellano, que asfixia lo que pretende exaltar, el inglés, que solo aparece al final de la línea a fin de cumplir su función acentuadora.

 

Decálogo de una estética

Lógicas ya contiene las fórmulas de su concepción poética.

“Inútil pedirle a la palabra un gesto (…) El silencio la habita”.

Tras reconocer esta limitación fundamental, la aventura del poeta es escribir como nunca se ha escrito, con una honestidad que desnuda las cosas y al hombre, con imágenes abiertas (que en Sagesse logra cerrar), desligadas, sin retórica:

 

SAGESSE

Navegante sin brújula por océanos de odio,

doliente peregrino de la desesperación,

amoroso suspiro que devoró la vida

cual un estéril mástil que se perdió en el mar.

Lejanas perspectivas de algo que pudo ser

paisaje luminoso, anhelada plenitud,

campo de fértil trigo dorado por la llama

de un sol inextinguible, eterno, espiritual.

Soñador solitario, constructor de utopías,

con cruel indiferencia te doblegó el destino.

Y mientras tu esperanza se transforma en angustia,

encuentras destrozadas con vandalismo fiero

tus ilusiones todas, las mágicas visiones,

los cantos inaudibles de un corazón feliz.

Mísero caminante desolado de Dios,

ya no construyas nada, tíralo todo al mar.

“La palabra es hija del enigma del hombre”, por tanto, ir tras la palabra genuina es indagar por el hombre, como en INSOMNIO, cuyo primer pareado ya resume una poética:

 

Noche perfecta,

sin luna y sin metáforas.

Entre el bambú,

sólo los ojos del búho.

Sobre las grasas, cenizas

que se evaden, que se van.

¿Contaré con un más allá

de este ahora?

¿Me apasionaré con la muerte del ciervo

en las altas montañas rumorosas de cascos?

 

Como ante los brujos,

levanto los hombros y sonrío.

Me alegra este más acá

de cacerías y pieles.

Aquí mismo, ahora, escucho

pasar un bramido en una nube de polvo.

Si el día vuelve siempre: ¿por qué sueño?

Hay, si se quiere, un tono a lo Barba Jacob en Sagesse, un eco de Quessep en Insomnio, el humor de León de Greiff en Dörtmunder:

 

Belleza de mujer, visiones.

Sin trenzas, una aventura

en Ámsterdam.

-“Nada pasó…”

Bebemos de la jarra y partimos.

Tus burlas me devolvieron la inocencia,

pero siempre se trata de ELJ, que en Hay en tus ojos realidad nos ofrece una varia lección poética.

 

Notas iladas

Los evangelios apócrifos, el lado borgesiano de la poética de ELJ, fueron devota lectura cuyas nuevas, no siempre buenas, adivino al alcance de su mano en su mesa de noche. En ese límpido escepticismo, que me regaló en hojas sueltas con ocasión de visitarlo, supo reconocerse.

“La poesía es materia grave”, me escribió alguna vez, deplorando las terminaciones agudas. Lo que entonces consideré una idiosincrasia ahora es también mi hábito.

La diosa blanca, de Robert Graves, fue una lectura de su adolescencia que un ELJ de 40 años le obsequió a la mía. Solo que él no se contagió de las intransigencias del poeta de Wimbledon. Mi primera Biblia, antes de Borges.

La mitología se hizo en sus poemas actual y aún futurista. Sátiros y faunos se cruzan con los paisanos. Pero, CUANDO SE ENFERMA EL DIOS…:

Lo mejor es darle al dios una aspirina,

contarle a la vida un canto alegre,

soplar las cenizas de la infancia,

convertir la sonrisa en carcajada,

pintar de colores nuestros días

y hacer de la plegaria un canto a Baco

que embriague al dios hasta el suicidio

y que transforme la vida en catafalco

para enterrar sonrisas, colores y plegarias,

la misma aspirina que alivió los oídos de Vangelis heridos por el ruido del mundo, la sonrisa y la carcajada que supo alternar el poeta, el señalado a enfrentar todos los riesgos para que la belleza siga redimiéndonos del mero durar:

 

Leve sombra, pasas, rápida,

entre la arcada y el patio.

Dulce sombra, me desdigo,

pues de criatura se trata.

Huyendo por los rincones

aún más mis ojos inquietas:

sombra furtiva y mirada

que por el aire se cruzan.

Cuerpo vivo, lejano, quisiera

-¡es tanto lo que me espías!-,

verte cambiada en presencia

en todo instante del día.

Soledad de vino y música,

dialogando los espíritus,

tus manos entre mis manos,

desnudos bajo mis sábanas,

 

El mundo primordial, que los vinilos y los libros físicos mojonan, el mundo original inmejorable, llámese país o tierra, playa o mar, en sus versos o versiones, ese mundo en el que ser griego después de todo es apenas cuestión de fe, en contraste con lo facsimilar que nos degrada, vive en la poesía de ELJ, pues si bien

 

La muerte está en nosotros

y es inútil buscarla en otros sitios.

La muerte no nos sigue,

tampoco nos espera. La llevamos

sangre adentro, pulso adentro,

viva en el latido de lo que ya se sabe

y no se espera,

sus lectores, los herederos de su espíritu, sabemos hallar en algún lugar entre sus versos la voz y la mirada del poeta de Pereira.