Jugarse a sí mismo contra el propio destino es la gran apuesta de un hombre vacío desde adentro en el cuento “El ruletista” del escritor rumano Mircea Cărtărescu, otro eterno premio Nóbel siempre aplazado, opinan algunos.
Escribe / Juan Camilo Grisales López
“El ruletista” de Mircea Cărtărescu comienza de una manera singular: un escritor fatigado de sí mismo, agotado de la escritura, incluso nos dice que no lo volverá a hacer nunca más, emprende en su último atisbo de lucidez —o uno de los últimos— la ardua tarea de describir lo que siente. La literatura, en su esencia, es el desnudo de nuestros pensamientos y emociones más profundos; un intento de plasmar con palabras los gritos del alma, una labor nada sencilla, que solo unos verdaderos lúcidos logran conseguir.
Exteriorizar lo que solo nosotros podemos sentir es un indiscutible acto de intimidad que los escritores y los auténticos poetas expresan con sagacidad, nos zambullen en este mundo tan íntimo lleno de enigmas, logran transmitir de una forma extraordinaria miles de sensaciones fantasiosas e ilusorias que dan un sentido de identificación.
Este es el caso del escritor del que no se nos dice nombre o apariencia: un hombre que intenta plasmar con palabras sus reflexiones, se encuentra hastiado de escribir sin la esperanza de poder saltar más allá de su propia sombra. Él siente que ya dio todo de sí y afirma que solo ha tenido un sentimiento amargo porque cree que la literatura no es el mejor medio para decir algo real sobre sí mismo. Así lo expresa: “con las primeras líneas que despliegas en la página, en esa mano que sujeta la pluma entra, como en un guante, una mano ajena, burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurren en todas direcciones como si fuera un azogue, de tal manera que sus burbujas deformadas cristalizan la araña o el gusano o el fauno o el unicornio de dios, cuando de hecho tú solo querías hablar sobre ti”.
La literatura es la ventana al corazón de miles pensantes incómodos consigo mismo y con sus realidades que los exceden, palabras a las que nosotros mismos les hemos dado una connotación sumamente artística: un significado y un valor que nos ayudan a ahondar en nuestros pensamientos más íntimos, porque pensar y reflexionar sin vocabulario es imposible, al fin de cuentas la escritura desahoga el espíritu ansioso por liberarse.
Con la fuerza con la que un cañón dispara una bala, el escritor logra concebir en las páginas de un libro la soledad a la que se somete para explorar sus más profundas abstracciones. Una simple hoja de papel se convierte en portadora y pañuelo de nuestros sentimientos, perpetuándolos en la eternidad.
El narrador nos relata la historia del ruletista. Asegura que es un personaje que existió, un hombre con un destino trazado; la muerte será la guía de su vida, dejándolo parado al final de su camino. Su reconocimiento era tal que todas las personas deducían de quién se estaba hablando cuando de la ruleta se trataba. Al decir el ruletista se referían solo a él, ya se había hecho un nombre, y como se dijo anteriormente, su suerte no tenía sentido, o no sé si llamarla suerte, en la ruleta sobrevivió a cada ronda, pero en otra clase de juegos perdía, viéndose abatido una y otra vez. Solo podía batallar con desesperación quejándose de la mala suerte que poseía, casi lloraba por la humillación de perder siempre, su único dios no le beneficiaba.
Él, como alguien que vive en un sinsentido, se entrega al alcohol y en un año se degrada muchísimo, no tenía trabajo y habitaba constantemente lugares de mala muerte. Con el tiempo logra ser reconocido y se convierte en el mejor del juego, ya es su propio patrón y a su vez es un ruletista. “En él asistimos a la historia de un hombre que a pesar de estar signado por el fracaso se transforma ante nuestros ojos en una suerte de auriga del destino, es la representación misma del azar, al cual parece dominar de manera cautelosa pero férrea”, afirma el profesor Cristian Cárdenas en un artículo de 2014.
Logra sobrevivir a cada una de las rondas de este juego, viéndose ceñido entre los hilos de la muerte en cada una de ellas, pero no se imagina que la muerte le tenía otro desenlace. Podemos pensar que el ruletista se percata de que su destino no es sucumbir de esa forma, su mala suerte lo ayuda porque él apuesta en cada ronda que morirá, en su contra, pero su mala suerte de manera paradójica le beneficia condenándolo a vivir; se vuelve un experto manejando su destino. En el fondo —muy en el fondo—, el ruletista sabe que podría morir, pero aun así, decide confiar en su mala suerte que parece más bien un chiste mal contado; en su sinsentido de la vida confía que sobrevivirá y lo hace.
Como en las epopeyas heroicas de Homero, el ruletista tiene un destino trazado, el cual sin importar qué haga llegará a cumplirse, por esta razón tampoco existe en este mundo tal cosa como el libre albedrío, solo se dan opciones forzadas porque fuera de ellas no hay otras posibilidades. Las elecciones del ruletista se basan constantemente en posibilidades de morir o vivir, en la realidad que vive no se le da más, tan siquiera puede asumir su muerte como destino; en medio de su penumbra, por mucho que se intente matar no lo consigue. Eso puede explicar por qué siempre que jugaba tenía una cara de espanto que dejaba sin aliento a los que lo veían, aunque él sabía que iba a sobrevivir su rostro refleja el espanto de enfrentarse a un juego contra el azar y la muerte.
Su suerte le había enseñado que si apostaba a su favor iba a perder, la ruleta no fue la excepción, apostando siempre que moriría llega a ganar cada una de las rondas, era un juego contra dios y la muerte, enfrentándolos cara a cara. Al final, nadie sabía por qué él seguía jugando, era un patrón, tenía grandes sumas de dinero, lo más probable es que solo lo hacía para sentir algo, tal vez para creer que todavía tenía control sobre su vida y que su dios no lo tenía sometido a seguir una ruta.
El escritor, en sus últimas palabras de aliento, explica la inmortalidad que tienen los personajes en las historias, expresando que todo puede ocurrir en los mundos ficticios, en la literatura, donde un sujeto como el ruletista llega a ser más poderoso que el azar. En este mundo las leyes del cálculo de probabilidad pueden ser infringidas. El ruletista no podía vivir en el mundo, lo cual de cierto modo es una forma de decir que el mundo en el que vive es ficticio, es literatura.
Él también cree que es un personaje y se siente alegre de saberlo, porque los personajes nunca mueren, viven siempre mientras su mundo sea leído. El escritor que está afrontando el final de su vida se da aliento a sí mismo imaginando que vive dentro de una historia, no le importa si es una buena, solo quiere plasmar su inmortalidad en algo, se quiere vender un cielo donde él pueda vivir para siempre. Para un hombre que ve el final de sus días, cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer en el infinito.
Cuando el inconsciente deje de creer en un destino y se haga dueño de su propia vida dejará de creer incluso en el azar, así como el escritor y el ruletista son dos personajes de Mircea Cărtărescu, cada uno con su existencia trazada, siendo él su dios, el creador de su destino que ellos llamarán azar. Uno estará condenado a tener una de las más oscuras de las suertes y no tendrá poder ni sobre su propia muerte, feneciendo así por la eternidad; el escritor, a su vez, tendrá lo que tanto quería, vivir plasmado para siempre como el personaje de una historia, una realmente buena, los dos atrapados en el juego del eterno samsara.


