El 13 de junio de 2023 Estados Unidos supo de la muerte de uno de sus mayores escritores. Autor de otras novelas como Meridiano de sangre, Todos los hermosos caballos, No es país para viejos y La carretera, algunas de ellas llevadas al cine con éxito comercial. Acá
Escribe / Juan Guillermo Álvarez Ríos – Ilustra / Alfonso Zapico / Librújula
El pasajero, junto a Stella Maris, su última novela después de 16 años de silencio editorial, sigue los pasos de Bobby Western, que es un poco Joseph K de El proceso de Kafka, Meursault de El extranjero de Camus y, en últimas, Pechorín de Un héroe de nuestro tiempo de Lérmontov, volvió a situar a McCarthy, un autor amado y odiado por las mismas razones, su intransigente pesimismo y el estilo sin concesiones, a la cabeza de los prodigiosos narradores norteamericanos contemporáneos, es decir, los más vigorosos del orbe literario. Tras Bobby, el buzo de alquiler que descubre que en el avión siniestrado en el mar falta uno de los pasajeros, van los esbirros de la Administración.
Pero a él no le importa, o parece no importarle, no deja de hacerlo y de hecho cada vez parece que le va importando más, a medida que los indicios tienden a acorralarlo, porque es un héroe de tragedia ática, con todo y ciertos dones superiores que no deben faltar, y un héroe posmoderno, por supuesto, que según la interpretación del propio Lérmontov “somos todos nosotros”, los hombres bichos de la era actual, con debilidades de carácter que hacen temer momento a momento un desenlace desastroso de su destino, y su alma ya está más atormentada de lo que podrán atormentarlo jamás los jueces más implacables de la tierra. No es Edipo, sino un transgresor más antiguo aun, bíblico: ama a su hermana, como Miguel a Ana en el cuento de la Yourcenar, pero no tiene el coraje de Alice para desafiar todas las convenciones y entregarse a ese amor como ella le propone.
Al igual que Joseph K, no sabe por qué lo persiguen, por qué lo fuerzan a esconderse y finalmente a recluirse en el faro de un pueblo perdido en un rincón de la costa mediterránea donde buscará apagarse de a poco hasta desaparecer como Empédocles u otro héroe de la laya. Antes que morir “como un perro”.
Las simetrías con la novela de Kafka son asombrosas. Western es Occidente, nosotros, es decir, América (El desaparecido), la otra novela inconclusa de Kafka, y un poco el enigmático conde West West de El castillo. Un siglo después de la obra del checo, nos confirman que nunca dejamos atrás sus pesadillas. Son las nuestras.
Bobby Western, en los años 80, década de moda, a la que regresan también los hermanos Duffer (Stranger Things), en busca del filón inagotable de la Guerra Fría y de una música fabulosa, se adelanta a Neo de The Matrix. El agente Robert Smith es el mismo agente federal salvo que cambia su black suit por uno de verano y lo sigue acompañado por otro tipo de traza similar no idéntica.
Las matemáticas, la bomba atómica en cuyo proyecto (Manhattan) trabajaron los padres de Bobby y Alice bajo el mando del mismísimo Oppenheimer, la física cuántica, el asesinato de los hermanos Kennedy, los fantasmas tutelares de Knoxville (cuna del autor), el regreso a casa, al hogar donde sólo restan la abuela Granelle y un tío esquizofrénico, las peripecias para recuperar la herencia de la otra abuela, en monedas de oro guardadas una por una en las tuberías de plomo de su casa y cambiadas por efectivo en operaciones al detal con numismáticos por todo el Sur de los EEUU, su flirteo con la tranny Debussy Fields, salpican de circunstancias el destino cuesta abajo de este buzo rescatista fóbico a las profundidades, físico amateur y amante de los autos de carreras, que no se anima a bucear muy hondo en su propio subconsciente y se somete a módicas sesiones de psicoanálisis informal a cargo de su amigo John Sheddan, ante una mesa provista de cervezas y algún plato de haute cuisine que aquél despacha en medio del proceso.
En paralelo, la maravillosa Alice (¿qué lector no la amará?), sucumbe al desencuentro del amor que hubiera podido rescatarla de su apoptosis inexorable entre los fríos muros de la institución (Stella Maris, título de la ficción paralela, en formato epistolar o mejor diario, porque las cartas entre los hermanos no se explicitan: las de Bobby no constan y las de Alice están a buen recaudo de ojos indiscretos hasta que Bobby las confía a su amiga Debussy), en la que se recluye para buscar la ayuda que nadie más, sino su hermano, hubiera podido darle, a menos que conectemos su caso con el del tío materno de ambos y aceptemos el diagnóstico familiar de esquizofrenia.
Con el vigor narrativo de sus 89 años (murió cinco semanas antes de cumplir las nueve décadas), pura maestría dosificada, y un estilo consagrado que lo pone al frente de los grandes narradores actuales de largo aliento, su arte de relojero o de fabricante de violines (como el Amati que compra y después pierde Alice), que cumple en el detalle y se alza en paroxismos de poesía y luego desciende para marcar en impenetrables oscuridades interiores su impronta personalísima, nos hace este regalo que ya nos impresionaba como final y, si alguien hubiera leído en serio y con honestidad en la Academia sueca, y si en últimas alguien responsable y con poder decisorio hubiera buscado con su sanción histórica y crítica que en el vasto reino de la literatura se hiciera justicia, la justicia poética de la que nos habla Martha Nussbaum, McCarthy no debió irse a la morada de sus padres sin antes recibir el galardón del dinamitero. Pero la gran vida literaria es caótica, regida por intereses comerciales antes que por un criterio estético, y el viejo, por fin en una casa como Dios manda (no en un azaroso motel ni en un pozo petrolero abandonado), en Santa Fe, Nuevo México, ha apagado su lámpara y nos deja por toda compañía sus magníficos libros.


