26 años no fueron suficientes

A 90 años de su muerte, recordamos a Luis Tejada, uno de los más grandes cronistas de la historia de Colombia. Un hombre que vivió a prisa, murió joven y dejó una obra que todavía espera a ser leída por el país que aún la ignora.

LUIS TEJADA

 

Por: Lina Alonso Castillo/Razón Pública

Luis Tejada Cano nació en 1898 en Barbosa (Antioquia) y murió en Girardot (Cundinamarca) en 1924. Su infancia transcurrió en ese campo antioqueño del que después huiría en busca de la agitación propia de la ciudad y de sus corrientes poco ortodoxas, único teatro donde se permitiría la primera fila al espectáculo de entrada.

De estirpe libre pensadora (sobrino de María Cano, recordada como “la flor del trabajo”), sus padres decidieron iniciarlo con las lecturas del censurado periódico El Espectador, al ver la constante expulsión de los colegios por los que pasaba su hijo. El niño también se empapó desde temprano de lecturas de Anatole France, Arthur Conan Doyle o el mismo Edgar Allan Poe.

Vivió de y para escribir, y lo hizo en la prensa, pues la publicación de un libro en aquel entonces suponía grandes dificultades. A su llegada a Bogotá en 1917 lo aguardaban el “dulce monstruo de abrazo crepitante”  (como describió la locomotora), el “gusanillo de hierro” (que vio en la bala), y el “animal vertiginoso y detonante” (el automóvil).

Vivió de y para escribir, y lo hizo en la prensa,
pues la publicación de un libro en aquel
entonces suponía grandes dificultades.

Las dos columnas más recordadas en su carrera son las de El Espectador, iniciadas en su regreso a Medellín en 1920. Una con el nombre de “Gotas de tinta” y la otra “Mesa de redacción”, que son parte del monumento poético de una obra de más de 500 crónicas.

El mismo año de su muerte se editó el único libro de Tejada, Libro de crónicas, el cual no pudo ver impreso por la temprana cita que tuvo con la muerte, pero que se encargarían de publicar aquellos que sabían de la fuerza y la renovación que este trabajo contenía para la escena literaria nacional.

Su vida no solo transcurrió en las páginas de la prensa pues también fue un luchador revolucionario, se dedicó a defender a los obreros y a una labor de propaganda comunista que buscaba el “advenimiento del hombre nuevo, del buen hombre, del hombre”, que para ese entonces parecía tener vigencia.

Al ser esta política una suerte de golpe eléctrico en el espíritu de una cantidad de focos reverberantes sin orden alguno, el sentido de esta labor estaba en educar y entregar a ese naciente proletario una luz o conciencia de lo que tenían frente a sus ojos ¿Acaso no es labor del poeta traducir para los demás los síntomas y patologías del mundo? En el caso de Tejada fue así.

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Retrato de Germán Arciniegas por A. Pérez y Soto.
Fotos: Biblioteca Nacional de Colombia

El cambio de siglo en Colombia

Escribir en Colombia a inicios del siglo XX era saludar de golpe a una modernidad convulsa y frenética como el país que la recibía. Se supone que desde 1886 hasta 1930 la “hegemonía conservadora” venía imponiendo los modelos ideológicos y sociales a los que debía responder la nación, de acuerdo a facultades tan propias de un abad con un séquito de monjes que se jugaban las ropas del país de acuerdo a sus antojos, de guerra en guerra y de pillo en pillo en cabeza de este monasterio.

La literatura colombiana venía de una larga tradición de nombres y estafetas que promulgaban la conservación de moldes ajustados a los intereses unificadores del Concordato (1887) y por eso nos encontramos con personajes como Miguel Antonio Caro, Guillermo Valencia, Rafael Maya, Marco Fidel Suárez y una lista de gramáticos que veía en la reescritura de los clásicos la única voz representativa de un pueblo que, en su gran mayoría, no sabía leer.

El pregón de ideas preconcebidas era la norma. No obstante, sucesos como la modernización, la Revolución rusa de octubre de 1917 (hecho tan significativo para el grupo de poetas y escritores de “Los Nuevos”) o la entrada de fuerzas imperialistas al país en torno a la explotación bananera y petrolera, avizoraban la industria aplastante en la que se habría de convertir el caos capitalista.

No era momento de seguir esos pregones, no era tiempo de elocuencia ni de cisnes, la escritura, despojada de ese inmanentismo saturado de antaño, debía ser fruto de la situación de lo que alguna vez Octavio Paz llamaría “la conquista de lo cotidiano maravilloso”, eso eterno transitorio que despedía todo ídolo.

El homo sapiens de hierro esparcía su tufo por todo el siglo XX y era la labor del poeta acudir al llamado, entrar en trance con su época.

 

La crónica como arte

En medio de todo esto, el poeta y cronista antioqueño Luis Carlos Tejada Cano con solo 26 años de vida dejó en claro que la prensa podía llegar a ser bastión de una estética literaria dispuesta a un público mucho más amplio que el de la misma poesía, y dispuesta a un horizonte mucho más vasto que el de las grandes ideas y los finitos universos ya retratados.

Tejada, como uno de los fundadores de lo que podría llamarse la primera generación literaria que ha tenido el país, los “Nuevos” (antes del grupo en torno a la revista Mito en los años cincuenta), asistió a un tiempo transgresor que contó con la respuesta y participación de artistas como Luis Vidales, Jorge Zalamea, José Mar, el caricaturista Ricardo Rendón, León de Greiff y Silvestre Savinsky.

Sus crónicas eran fichas de rompecabezas
y más de un registro era un elogio
a la ruptura.

Así pues, Luis Tejada, siendo un escritor tan poco conocido en su propio país, logró lo suficiente para describir una geografía de ese espacio allanado entre identidades y migraciones en pugna, e hizo una clara demostración de lo que significaba escribir a la sombra moral de un régimen enfrascado en las ruinas.

Basta con recordar un fragmento de uno de sus escritos para asistir a la transformación mencionada que aparte de mostrar sus lecturas, permite compararle con el lenguaje en el que Azorín labraba temas tan descartados en sus libros como el cronista en sus columnas:

“Yo afirmo que la Higiene se está convirtiendo en una tiranía horripilante y absoluta, contra la cual va a ser necesario rebelarse en masa. Ya el pueblo, con su instinto inefable, desconfía de ella y la odia como a un insoportable soberano, como a un verdadero aniquilador de libertades y de tradiciones, que está haciendo del mundo, antes libre, bello pintoresco, una aburridora máquina de matar microbios. La mejor manera de eliminar a los microbios es tragárselos sistemáticamente (…) Que no nos quiten nuestra mugre, lo único que da color, sabor y espíritu a la ciudad (…) La Higiene, aun cuando no fuera oprobiosa, sería siempre inútil.”. (“Tiranía de la Higiene”, Gotas de tinta, 1977, pág. 268)

 

El cronista, periodista y político Luis Tejada Cano. Foto: Biblioteca del Banco de la República

El cronista, periodista y político Luis Tejada Cano.
Foto: Biblioteca del Banco de la República

Fugitivo entre los cánones, sus temas aparecen frescos en el ambiente plomizo de esa Bogotá de los años veinte con sus cafés y sus nuevas vías. Tanto el humo, las ranas, los trajes, los ataúdes, las zanahorias o los mismos mendigos eran objeto de su escritura y de su lenguaje, un abanico de analogías se desplegaba para exponer esa nueva literatura totalmente desprendida de cualquier retórica anquilosada en pro de grandes proyectos.Sus crónicas eran fichas de rompecabezas y más de un registro era un elogio a la ruptura, su dialogismo consistía no en rendir cuentas, ni en cálculos prosódicos, sino en tomar pequeños fenómenos que circundaban la vida aglomerada de las ciudades para anotar en ellos la presencia de lo perenne, temperamental e inasible y agregarles ese torrente emocional, vehículo del escritor entre lo que vive y lo que dice.

Su estandarte era la pereza, la lucha contra el trabajo, -aunque sea contradictorio en un comunista tan lúcido como lo fue-, la verdadera intención de su escritura estaba en la mezcla de la reflexión filosófica que él mismo proponía, sus meditaciones en una butaca eran canto a la modernidad y el ocio, padre creador; “noble arte de vagar, antes que propagar la moderna fe del trabajo y del progreso”, que llegaba a desvirtuar un género como la crónica, para poetizar y renombrar entre los escombros a los mismos escombros, traerlos a la escena donde se disputaban el protagonismo los perros callejeros, los pantalones, los vestidos, la corbata, las sillas o un sombrero “refugio del alma”.

Inteligencia, bondad y visión eran las tres virtudes apostólicas que personas como Jorge Zalamea pudieron detectar en él, sumadas a una ironía inherente en todo buen observador y en todo revolucionario. Desde joven, su compromiso con la prensa fue objeto de admiración entre sus lectores como Germán Arciniegas quien lo designaría como príncipe de la crónica o filósofo de lo cotidiano.

Las revistas El SolRigolettoVocesGlóbulo rojo, entre otras, serían testigos de un lenguaje que experimentaba con fantasmas y no con dioses, con zanahorias y no con rosas, con vagabundos y no con próceres dando así el aliento de fugacidad que determina la formación de cada historia.

Tal vez sin pensarlo dilucidó lo que le faltaría a los periodistas, poetas o prosistas de ahora: contener el alma de la época en sus escritos. Llegará el momento en que Luis Tejada ocupe el lugar que merece entre la historia literaria colombiana, mientras sigamos caminando entre los signos perecederos del tiempo, estaremos tratando con la materia prima de sus mal designadas “crónicas”.

* Estudiante de Literatura con énfasis en investigación, crítica y teoría literaria de la Pontificia Universidad Javeriana. Diplomada en Latín del Instituto Caro y Cuervo y egresada de Teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

 

El cronista, periodista y político Luis Tejada Cano.
Foto: Biblioteca del Banco de la República