MIRANDO EL RÍO CAUCA

…y era una gran alegría ver este río.

Jaime Jaramillo Escobar.

Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris – Fotografías / Laura Franco Salazar

Detrás de las montañas está el río. Jericó amanece despejado. Se escucha el sonido de los frenos de la escalera que baja desde el alto Marita hasta la esquina del parque. Al frente, entre enredaderas de maracuyá, se ve el movimiento de la neblina revelando la vereda La estrella. A un costado, entre plataneras, las fachadas que reciben el sol. Al otro, un hombre guía sus vacas por un potrero empinado.

La mañana está tibia. “Hoy no lloverá”, dice un hombre de sombrero en las bancas del parque. Espera que en uno de los negocios esté listo el café. En su rostro no cabe la prisa.

El río Cauca es la meta, llegar hasta su calor, desearlo, sentir el viento que se desplaza con la corriente.

La altura

Los pasos de Jorge Restrepo, Bejuco, guían la salida del pueblo. Las montañas de Jericó envuelven la mirada y llaman a detener los pasos. Bejuco sigue el camino que baja por un adoquinado hacia la vereda La pista, antes de tomar unos rieles por donde las casas se hacen menos frecuentes y se abre la cercanía de los cultivos de café. Parece que el sol se carga en la espalda, pero las nubes que traen el agua vienen del corregimiento Buenos Aires repartiendo chorros por montones.

En el camino todo es sorpresa. La tierra está seca. Los charcos de los últimos días desaparecieron por el calor intenso de la mañana. El cielo es azul hacia al fondo, justo encima del cañón del río; también es exuberante y limpio.

Los pasos de Bejuco son ágiles, largos y constantes. Hace suya la tierra que pisa, una posesión de la memoria que se reproduce cada día, con cada nuevo paso que sigue el rumbo hasta su finca. Va fijo en su caminar, le importa el ritmo, llegar al destino para que la jornada rinda. Señala los liberales que crecen entre los cafetales.

En una parada, se acomoda el sombrero y extiende la mirada con el esfuerzo de su mano. Lo que se ve es Concordia, como una nube pequeña y blanca pegada en la montaña. Hacia esos lados también la lluvia se adueña del paisaje.

Habla sobre los nuevos vecinos, extranjeros que están comprando las tierras de Jericó. Dice que cada vez serán más, que la gente se está yendo a la ciudad a ganarse cualquier cosa. Lo suyo es el campo. Y cómo no, con solo ver estas montañas uno quisiera hundirse en la tierra.

El camino se cierra por un atajo entre árboles de buena sombra. Por los desniveles y los charcos, se sabe que las mulas todavía pasan cargadas. Arriba se destapa la vista. Un alambre de púas marca el límite. Esta es su finca. Este es el primer premio. Ya no hay más subida. Atrás, las extensiones de café cercanas, las montañas que llevan a Támesis al frente, las primeras casas del pueblo a otro costado. Abajo, pequeño, como una marca fina sobre la tierra, el Cauca.

Las gotas de agua empiezan a caer. No representan riesgo. Son llevaderas, refrescan. Se avanza entre cafetales y potreros. Con el machete hay que cortar algunas ramas que impiden el paso. Bejuco mira los bebederos, organiza las estacas torcidas. Atravesando uno de los potreros y en un descenso no muy pronunciado, aparece la casa vieja, pasada por una pintura roja que resalta su forma en medio del paisaje verde.

El corredor en madera da con el balcón. Las barandas también son de un color rojo en barniz. Allí el descanso del cuerpo que se encoje en maravilla. El Cauca se abre a la vista, de nuevo fino, niño, plateado, como una aguja curvada que cose la unión entre elevaciones. A un lado la subida a Fredonia, al otro -el nuestro- Jericó. Es más vida la vida desde este balcón del camino.

El río se dobla detrás de la peña que esconde las vegas de los bajos de Támesis y La Pintada. A veces, muy pocas en el año, cuando el cielo es azul y claro, surge de los picos verdes la altura del Nevado del Ruiz. Hoy solo se ve una espuma blanca que parece limpiar las montañas, esconderlas en el misterio del cambio de color según la presencia del sol.

Abajo el río, abierto en dos brazos, forma una playa provisional que se inunda en invierno. Continúa en una aparente estabilidad, como si se pudiera cruzar descalzo. Se ve Puente Iglesias, que separa el suroeste cercano del suroeste lejano. El río sigue en curvas dóciles, siempre por el engaño de la distancia. Desde esta altura se posee el poder de las aves, las formas engrandecen el ánimo. Hay una sensación de eternidad que se concentra en la mirada.

Al otro extremo, una casa campesina se cuela en el último registro del río. Los cafetos crecen sobre pendientes casi inaccesibles. Algunas construcciones en proceso rompen el ideal de tejas de barro y largos corredores. Los bloques son hijos de otros paisajes, enfatiza Bejuco.

El río seguirá llenándose por los pasos de Bolombolo y Santa fe. Seguirá hasta lograr más grandeza. Por ahora, las tángaras y los carpinteros se posan en el cebadero de la jacaranda. Las gotas de lluvia se han ido más al oeste.

Justo frente al balcón, sentados en sillas de madera, el tiempo no duele ni espanta. El tiempo es este instante limado por la naturaleza. Bejuco se ríe sabiendo el privilegio de su cotidianidad. El Cauca es parte de sus ojos.

El mirador

El calor de la tarde cede en intensidad. El descenso desde el pueblo es primero tendido y luego inclinado. La dificultad que se percibe en la subida es la misma en la bajada. ¡Qué curvas más bravas! Incluso pasan algunos atrevidos en bicicleta. La curva de la virgen infunde pánico, hasta los carros se quedan sin impulso.

La atracción del paisaje devuelve la atención a otro balcón del camino. Se trata de un negocio, El mirador de las olas. En realidad, lo único que importa del mirador es que devuelve la plenitud y la belleza del paisaje, una experiencia de totalidad concentrada en las montañas que bajan hasta el Cauca.

Otra vez el río, desde otro lugar, con otros matices. No hay posibilidad de renunciar a estas imágenes. El pensamiento es otro, sin discurso, sin palabras añadidas ni adornos. El pensamiento y el asombro son la misma actitud: estar sobre las maderas delgadas del mirador tomando para sí toda la imagen que se abre desde el centro del río.

Todavía no llega la rapidez de las aguas. Siguen estáticas en lo profundo. Más cerca se notan las fincas de recreo y, como consecuencia desastrosa, el olvido de los cultivos campesinos. Muchos dueños viven lejos, en medio de edificios, y vienen solo dos veces al año a habitar tierras que no oyen ni palpan.

Interesa lo que crece sobre el río, crestas enteras formando una línea sobre el cielo. Curvas que se imbrican y quiebran el horizonte. Más arriba el cielo se descarga, se toca en un blanco grisáceo y espumoso con el verde oscuro de la vegetación. Atrás, muy lejos, las montañas son ceniza sobre un fondo blanco. La luz se intuye, se contiene en el cielo, creando un contraste de lluvia.

El río es origen, se esconde en arboledas que lo arropan por tramos. Más adelante se abre intermitente, hasta que se lo traga el declive de la cordillera. Desde este punto se adivina la ciudad, como un pensamiento menor, sin capacidad de interrumpir este momento de silencio y vivacidad. Es un desplazamiento por la emoción: el Cauca parece la raíz de todo lo que vemos.

Las cercanías

Llegaremos a la altura del río en la noche. Con esa certeza se termina de difuminar cualquier asomo de desesperación.  Luego del paso por la Cascada y las partidas al municipio de Tarso, se siente el calor pesado. Las quebradas cercanas van cruzadas por piedras y palos que arrastraron en las jornadas de invierno. Los ojos se sorprenden al ver las peñas que quedan atrás. La mirada ahora es humilde. El poder de las alturas cede. La pequeñez que se contiene en el ánimo se protege en la sombra de los grandes árboles.

Entre arbustos y ramas, la tarde parece incendiar los cerros. El Tusa y el Bravo se delinean por el fuego del cielo. Se ven lejos. Es una distancia que necesitamos. Impacta. Bajamos de la montaña sin abandonarla. La sensación es de descanso, como quien ve la plenitud lejana, pero posible.

La noche viene en nubes oscuras que anticipan la tormenta. Al nivel del río somos hijos de las alturas. Pasan los minutos y el cielo sigue encendido. Las formas resaltan más.

Kilómetros después la carretera principal. A la izquierda Bolombolo y a la derecha Puente Iglesias. El ambiente es cálido. La noche se pega al cuerpo. Avanzamos pensando siempre en la presencia del río. Vamos contracorriente. Luego de un retorno moderno se divisan negocios, cantinas y zonas de parqueo. Las cantinas suenan vallenatos a todo volumen. Todavía no se escucha el río, solo se ve la oscuridad detrás de la vegetación que está debajo del puente.

A la altura del puente nos detenemos, el peso del río se escucha. Es fuerte. Se escucha como una armonía entre la serenidad y la furia. No se ve su inmensidad, solo se presiente, se sabe por su ritmo constante. Aquí las gentes llevan el río en sus palabras y gestos.

Dos pescadores esperan el bus mientras toman refresco en una tienda. Sus rostros quemados registran su paso por las orillas. Recuerdo las palabras de Chuma, eventual pescador de Jericó, sobre sus días de pesca, acampando en un barranco, armando las carnadas a la espera del bocachico, el barbudo, el bagre o la dorada. Me contó que el río es sereno, un silencio de aguas, donde solo los sonidos del canto de los pájaros o del movimiento de las ramas de los piñones son deseables.

Antes de hacernos sobre el puente, la lluvia viene en gotas gordas. El río se escucha vehemente. No hay que verlo con la luz de la tarde para saberlo. Está en todas partes. El poblado es el río. La vida es el río. Su ritmo define el ambiente. Basta con los reflejos que la noche permite en su corriente.

Coda

Nos llevamos el Cauca en la memoria, como otras veces, para que la mirada conserve la certeza del movimiento de la vida.

MIRANDO EL RÍO CAUCA