¡Eso, precisamente la crónica! Ese es el tono de Luis Alberto cuando conversa y escribe, porque su postura vivencial es la de relatar la vida cotidiana, con las reflexiones que se pueden tomar como atisbos de certezas, o como lo dice: “conversar y escribir sobre cualquier cosa”.
Escribe / Andrés Esteban Acosta – Ilustra / Stella Maris
La librería está en el segundo piso de una casa tradicional. Se presiente que no es solo un lugar de libros leídos. El recinto reconcilia al visitante con una sensación de apacibilidad y añoranza. Una pequeña mesa barnizada destaca en un centro que de inmediato invita a la conversación. Un vidrio la conserva. Los butacos enseñan el oficio de guardar la postura para saber dirigir la mirada y la palabra. Los muebles están contra la pared, apuntando a ese centro de atracción que es la mesa. Hay frescura y calidez. La puerta que lleva al balcón permanece abierta, para que los vientos bondadosos que empujan las ramas de la pomarrosa refresquen la tertulia.
Al fondo está el despacho abundante en objetos de valor. Desde el pequeño equipo que reproduce a lo largo de la jornada músicas de las emisoras culturales de la ciudad, pasando por los estantes que conservan lomos clásicos que resaltan nombres ilustres en letras doradas o filas enteras de poesía colombiana, literatura universal y local en ediciones diversas, hasta una foto en un marco de antaño que recuerda las épocas de la librería en la carrera Córdoba del centro de la ciudad.
Luis Alberto está con Juliana, su hija, echando cuentas de la librería y rememorando el cabo de año de la ausencia de su amigo, Elkin Obregón, o el último bohemio, como lo nombra en medio de una sonrisa que se interpreta agradecida y nostálgica. Su rostro trae señales de cercanía, de esas que invitan a empezar con tinto, y luego, a hacer el cambio de frente al aguardiente. Pero esta vez es solo tinto americano, tipo brea, como lo toman en su casa.
En un momento claramente identificable por tratarse de asuntos varios, Luis Alberto comenta un tema fundamental, de primer orden para insistir en las memorias, en este caso referidas a los sueños que tienen que valerse del paso de mucho tiempo para llegar a un feliz término. Hacia finales de la década de 1950, por los días de los chequeos de ciclismo en Antioquia, él acompañaba a su tío Bernardo Mejía, quien conducía un Volkswagen escarabajo con destreza absoluta, moviéndose por todo el recorrido de la carrera que iba hasta La Pintada. El momento de mayor furor era la bajada después de Santa Bárbara, momento especial para el tío, que era capaz de seguir la huella de los mejores pedalistas y luego mermar velocidad y esperar el paso de los rezagados. “Mijo, téngase fino que vamos a seguir a Halaixt Buitrago”, decía el tío en medio del descuelgue a 90 km/h. Pura cabrilla. Durante esos acompañamientos se enamoró del escarabajo, automóvil que tiempo después apareció en su vida para engalanar sus andanzas citadinas. Luis Alberto no solo es un librero, es un librero con un escarabajo cromo modelo 96.
¡Qué bien se despliegan las palabras de Luis Alberto! Entre comentarios que siguen siendo varios, misceláneos, se establece una pausa cuando llegan los tintos. Luis Alberto se para, va a su despacho y retorna con un libro en su mano. “Mirá, este ejemplar es tuyo”. Me extiende un libro liviano, pequeño, que titula Prosas en collage de un amanuense. Su sonrisa sostenida es una demostración clara de cercanía, además, es la constatación de quien se deleita con la conversación y construye un tiempo propio que nada tiene que ver con imposiciones u horarios por cumplir. Es la sonrisa inteligente, del buen comentario, del chiste que nunca cae en un mal momento, del agradecimiento.
El libro es bello. Luis Alberto mira a su hija y relata que ella es el origen y la causa de esas páginas impresas. El amanuense guarda papeles y la hija, por el afecto, rescata el valor de la escritura y lo lleva al libro. Es un texto cuidado, acompañado de una serie de collages que definen las referencias citadinas, literarias y amistosas que allí están contenidas.
Son crónicas que reviven años de apuntes, papeles que han quedado en algún cajón de escritorio y que merecían ver la luz de los ejercicios honestos de escritura. De entrada, una verdad que pasa en Medellín de generación en generación, aunque con tendencia a desaparecer. Es más, cada vez que se escucha, a pesar de las oposiciones, se recompone gracias a la idea de los lugares familiares, de los rostros que se ven una y otra vez en las calles, del saludo y el buen trato que todavía define a algunos espíritus: “Por más ínfulas que se dé, Medellín sigue siendo una aldea, una aldea grande”. Resaltando la confianza en su máxima, Luis Alberto hace una defensa extensa de su sentir, que se arraiga en la nostalgia y en las imágenes de lugares icónicos que marcaron su ciudad: el café Metropol, el Maracaibo, La Bastilla; los teatros María Victoria, Lido y Ópera; la librería Aguirre y el Salón Versalles. Todos estos fueron registros de una ciudad que se sostiene en códigos que mantienen en actividad el oficio de la tertulia.
Mientras Luis Alberto señala pasajes de su libro, amplía las historias que vienen del espacio privado de la nostalgia. Una por una narra las imágenes de los viajes a Ciudad Bolívar, en el suroeste antioqueño, con las lecciones inolvidables de baile de las primas, siguiendo los meneos a los que invitan las orquestas de Lucho Bermúdez y Pacho Galán, bailes que se acompañaban de los “primeros anisados” en el Club don Simón, de los juegos de billar en el Café Marne y de las trasnochadas de juerga y cartas en El Alaska. Luego de tomar un poco de su tinto oscuro, remata señalando un pasaje de la crónica “Nostalgia bajo un samán”: “Hoy, allende el tiempo, en ejercicio de mi tercera edad, descuelgo un par de lagrimones para aceitar la nostalgia, la memoria, y viajar, no en el capacete de la Línea, sino a bordo de las neuronas que contienen toda la cauda de lugares, personas y situaciones que me hacen evocar…”.
Luis Alberto continúa recuperando imágenes, las trae de las tantas oportunidades de la buena tertulia, esa que escasea por estos tiempos y que, sabiéndola encontrar, se halla en lugares como Palinuro —su librería—, y que rememoran las jubilosas noches con Manuel Mejía Vallejo, acompasadas por el recurso de la guitarra y el ron. Con la misma alegría que habla de Mejía Vallejo lo hace de su añorado Cuchiclub, reunión fraternal para compartir la pasión por el cine, o de su afición por el jazz y las crónicas de Leila Guerriero, o su lectura encantada de Palinuro de México de Fernando del Paso.
¡Eso, precisamente la crónica! Ese es el tono de Luis Alberto cuando conversa y escribe, porque su postura vivencial es la de relatar la vida cotidiana, con las reflexiones que se pueden tomar como atisbos de certezas, o como lo dice: “conversar y escribir sobre cualquier cosa”. Así se conserva el tiempo, en anécdotas y relatos que sobreviven por ser definición de un momento que, entre el olvido y la memoria, sigue el curso de los hechos recuperados.
Un tema infaltable en la tertulia es la amistad. Sin amistad es imposible la comunicación íntima, y sobre esto sí que tiene rescates Luis Alberto, como queda consignado en el homenaje a su amigo Elkin, en las últimas entradas del libro. El amigo es la mano que salva del naufragio y, también, en este caso, es el intrépido que elige siempre la aventura. Luis Alberto y Elkin compartieron el mundo, o mejor, la bohemia, que es un mundo aparte, reflexivo, pasional y conversado.
Por el balcón de la librería se ve una señora desesperada que sale a la calle a recoger unos papeles que se le han escapado de su maletín. Como buen observador de las cotidianidades, Luis Alberto atiende, desde su mirada panorámica, el evento que no deja de tener gracia. “Los contratos y las cuentas por pagar”, dice el librero mientras termina de observar el regreso de los papales a un lugar seguro. Ahí hay un tema de escritura, con seguridad. Una pausa necesaria para terminar el tinto e ingresar de nuevo a su despacho a buscar algunos libros.
A la mesa de conversación llegan otros tres libros. Todos derivados de papeles recogidos. Desorden alfabético, Antología bisiesta y Una razón suficiente. En este último sobresale una advertencia que devela a Luis Alberto: “Soy solo un amanuense… Todo sucedió con la primera carta que ensayé escribir y enviar. Me divertí. Y la diversión envicia. Sentí que me gustaba armar frases, giros, contar anécdotas, situaciones; poner en el papel pensamientos, ocurrencias. Y he ensayado toda la vida. Una osadía”.
En Desorden alfabético, ejercicio de síntesis de cuestiones fundamentales, hay dos entradas que llaman con rapidez la atención: “Amistad: Esquivo sentimiento que siempre está tratando de sobrevivir. Frágil como el que más. Si resiste, será hasta el tuétano. No tiene sexo, vida tan solo. Se da incluso con un árbol, un paisaje o un perro. Enseña, pervierte, anima o destruye. Aparece de vez en vez”. Mientras pasan las páginas de este libro, Luis Alberto tiene una mirada más contenida, introspectiva, como si reviviera el instante de surgimiento de estas notas. El afecto de la amistad lo define, se le nota en la disposición del ánimo para compartir las palabras, el pensamiento y la risa. Tal vez porque sabe que la amistad y la tertulia son felicidades que, una vez descubiertas, son imposibles de abandonar, como se puede interpretar cuando escribe: “Felicidad: No debe durar más que un parpadeo, porque empalaga. Su sucesión, que puede no existir, no importa porque hay seres que no tienen un vientre para incubarla. Pero existe. Descubrirla es el gran secreto. ¿En dónde está? En lo impensado: en la extracción de una nigua, por ejemplo”.
Una nueva pausa. Esta vez para tener presente la tarea de imprimir los egresos. No se pueden olvidar los asuntos contables de la librería. Inmediatamente, la atención retorna a los libros, con más precisión, a la poesía. En Antología bisiesta (porque algún amigo, ya muy mencionado, lo bautizó el poeta bisiesto), Luis Alberto reúne algunos de sus atrevimientos poéticos. ¡Qué fuera de la vida sin ellos! Los poemas son cercanos al eco del cronista, del observador minucioso de las pequeñas transformaciones del mundo propio. Así como en su oficio de librero, cuando toma en sus manos una edición de la editorial Aguilar de Tolstói o de Aguirre editor de León de Greiff, o como cuando limpia su primer LP de jazz —de la época de los ahorros de la adolescencia, Off beat de Don Lamond y su orquesta—, de igual forma pone su concentración en las palabras precisas para que surja el poema:
Un día
No parece gran cosa.
Es el principio del fin
o el fin del principio.
Es una pluma o un pesado fardo
Leve u hostil, es motor.
Arrastra, detiene, sonríe y llora.
Puede ser solo silencio
o bullaranga sin límite.
Y es lo obvio: diástole o sístole,
resignación o avivamiento.
Aparece con la creación,
desaparece con la rutina,
y al sumar resta.
Un día del librero, contertulio, amigo, padre, amanuense, melómano y otros menesteres. Todo en un mismo espacio que se preserva para la idea de los lugares amables. En Palinuro habita Luis Alberto rodeado de libros, de los collages de Juliana Arango, de la luz de la tarde del occidente de la ciudad, de la música clásica y el jazz. Así que no es solo una librería, es un tertuliadero, como esos que su memoria arrastra, desde hace unas buenas décadas, del Medellín que era aldea, que lo sigue siendo y que lo será mientras perduren los impulsos de conversaciones entrañables y sin medida.
Mañana, con seguridad, habrá claridad sobre los egresos. Por el momento es mejor cerrar la jornada con el recuerdo de Elkin:
Aviso a los navegantes
Cierro los ojos, muero, atravieso el túnel.
Al traspasarlo, veo un ámbito de luz ambarina.
para el cual soy todavía demasiado nuevo.
A la salida me espera,
sonriente y piadoso,
mi viejo Ángel de la Guarda.
-No mires hacia atrás- me dice-.
Solo verías un país devastado.
(De este lado, empieza a amanecer.
Siento un poco de frío,
pero ya se me pasará).


