EL EXHUMADOR DE CADÁVERES

Hace veintisiete años, cuando apenas tenía diecinueve, Luis Fernando Vargas decidió aceptar el trabajo que pocos jóvenes estarían dispuestos a realizar: sepulturero y exhumador del cementerio de Rionegro.

 

Texto / Norvey Echeverry Orozco – Fotografías / Camilo León – Ilustraciones / Stella Maris

Después de preguntar por cuál de tantas calles se puede llegar hasta el cementerio del municipio, y de subir y bajar una empinada cuesta de montaña rusa, la puerta principal aparece. En ella, todas las mañanas, el exhumador enreda la cadena oxidada que protege la entrada. En lo más alto dos estatuas de ángeles se creen integrantes de una orquesta sinfónica, empuñando cada uno un clarinete.

Debajo de una cúpula roja hay otra estatua de color blanco, con una túnica azul que rodea su cintura, con la mano derecha señalando hacia Rionegro –así como cualquier persona indica la parada de un autobús, o como cualquiera hace saber una despedida.

El cementerio de Rionegro está ubicado en lo más alto de una colina. Aquí también se cumple una regla: pocos son capaces de vivir cerca a los muertos, por eso contados cementerios quedan en el parque de un pueblo o en el centro. En poblados así se decidió llevarlos a una zona apartada o a los barrios marginales.

Allí se encuentran los homenajes a dos hijos importantes de Rionegro que nacieron en otro tiempo: Pascual Bravo Echeverry y José María Córdova, ambos con tumbas imponentes, grandes, con más espacio del que ocuparon en vida. Una mujer, sin conocer a los dos sujetos que vienen atraídos hasta el lugar por la curiosidad, sin saber si son fumadores, con toda la confianza que puede existir en una voz, grita desde lejos una pregunta, que, perfectamente, pueden escuchar varios de los transeúntes que pasan por el lugar: “Amorcito, ¿tiene cueros?”. En los alrededores del cementerio se fuma marihuana, el lugar de despeje y aterrizaje preferido es un quiosco de color rojo, mientras del otro lado se divisan cientos de casas, casuchas y edificios que devoran las pocas praderas que quedan con vida en el Valle de San Nicolás.

‘Rata’, un perro aburrido, de pelaje amarillo asoleado, detalla a los nuevos visitantes mientras está echado sobre el techo de concreto del cuarto de utilidades. Todo el día pasa en el cementerio, pero en la noche duerme en una casa de unos buenos vecinos que lo quieren.

Luis Fernando Vargas Vargas llegó a Rionegro poco antes de cumplir los veinte años. Atrás había quedado Aguadas, Caldas, el pueblo en el que creció y jugó cuando era niño. Allí se dedicaba a hacerle los mandados a su papá. No aprendió a escribir ni leer, pero se sabe de memoria la ubicación de muchos difuntos. Un día visitó el cementerio para acompañar el entierro de un vecino. Ahí mismo, esa tarde, se hizo amigo del viejo que trabajaba como sepulturero. “Muchacho, ¿no te gustaría laborar en esto?”, le dijo el anciano; además, le prestó un palustre y le pidió que revocara los bordes de una de las tumbas. Nunca se olvida del número de su primera labor: 961.

Se convenció del trabajo. Dijo que sí, pero eso no bastó. El párroco puso problema: no, es muy joven. Y era normal, pues aquél era un muchachito de diecinueve años. En los cementerios, según Luis Fernando, siempre trabajan sepultureros que ya tienen edad. No se rindió. Su papá era amigo de un concejal del pueblo, por él quedó en el trabajo que todos los días, desde los últimos veintisiete años, desempeña: sepulturero y exhumador de Rionegro.

Vive con Alexandra; tienen una hija, Tatiana, que dentro de poco cumplirá seis años. Alexandra le dice que él es muy verraco. También, de sus labios y los de su familia, ha escuchado la misma pregunta que le han hecho en anteriores entrevistas varios periodistas: “¿No te gustaría cambiar de empleo?”. Luis Fernando les responde que no, que a él le gusta este trabajo.

En otra época las exhumaciones se podían realizar todos los días. Desde los últimos años son llevadas a cabo los sábados y domingos. Luis Fernando calcula que en el mes puede realizar, en promedio, veinticinco.

Martillar y martillar

Es sábado. Cielo parcialmente nublado. Calles cercanas con pocas personas. Rionegro apenas comienza a hacer bulla con sus motores, fábricas, aviones y vendedores. En el cementerio no hay ruido, solo unos cuantos pájaros que espantan por completo la sensación de soledad y tristeza. Luis Fernando se acerca a la puerta principal para que ingresen los familiares del ser querido que, hasta hoy, disfrutó del descanso en dicho lugar. El hombre, de poca estatura, es formal, saluda, mientras retira una gruesa cadena. Tiene botas plásticas La Machita; una sudadera azul, con un escudo del Atlético Nacional pegado en la rodilla derecha; viste una camisa verde con una estampa de la catedral de Rionegro, y una gorra negra y blanca.

Una parte del cementerio tiene columnas que se asemejan a las de un templo de Atenas, aparenta ser una capilla: adentro hay una cruz, varias bancas y miles de tumbas. Sobre el césped hay cientos de piedras, así como si hubiera caído un diluvio de un meteorito estrellado, que fueron pintadas por sus manos de blanco y rojo.

A las ocho de la mañana, el número de familiares y amigos que se han acercado hasta allí son seis: cuatro hombres y dos mujeres. Número que en los próximos minutos ascenderá con el paso del sol. Luis Fernando se acerca hasta donde los familiares, les pregunta si han traído el documento para hacer la operación y también el pequeño cajón en donde serán depositados los restos del difunto. Ambas inquietudes son respondidas de manera afirmativa por una de las presentes.

–Sí. El documento está acá –dice, esculcando su bolso.

El papel blanco sale a la luz. Luis lo revisa atentamente –como si fuera un agente de tránsito que repara los documentos de un vehículo. Todo está en orden.

La mujer que acaba de entregar el documento, piensa que el cajón de madera que tiene una cruz encima está muy pequeño para guardar los restos.

–¡Yo veo esa caja muy pequeña! –sentencia.

Mirando fijamente al hombre que la compró, le rememora un anterior suceso con otro familiar, en el que la caja quedó pequeña y tuvieron que comprar otra.

Luis Fernando interrumpe la conversación, con un tono de voz que denota experiencia.

–¿El difunto era muy alto?

–No, un poco más bajo que este muchacho –dice la mujer, señalando con la mano derecha a su hijo.

–Ahí sí da… –responde Luis Fernando–, si era muy alto, no les da –agrega, mientras las dudas se pelean con el silencio.

Como a Luis Fernando no le alcanza su metro con sesenta y pocos centímetros para bajar ataúdes desde lo más alto, les hace una pregunta a los familiares, antes de perderse hacia el cuarto de utilidades.

–¿La tumba del difunto está en un lugar alto o bajo?

–En el medio –dice la mujer.

Ya no necesitará escalera, solo un balde con un par de martillos y un cincel.

El grupo de familiares se empieza a desplazar por los pasillos del cementerio, como procesión en Semana Santa. Los pasajes conducen hasta la tumba 2248. Tal vez alguno de los presentes apostará tal número en la lotería de las once. El vecindario de difuntos tiene nombres de mujeres y hombres, muchas de estas con fotos que están pegadas sobre las lápidas: mujeres lindas, sonrientes, con labiales y peinados de otra época; y, por otra parte, también hombres, la mayoría de ellos con rostros inexpresivos. Una de las tumbas resalta entre tantas: es verde, tiene el escudo del Atlético Nacional y el rostro de un joven que no había cumplido veinte años de vida.

Lugar donde son intervenidos los restos mortales exhumados.

Todos hacen un cerco. Llegan más familiares: mujeres y niños. Murmullos: “Hola, ¿qué más?”. ”¿Cómo están?”. “Tiempo sin verte”. “Hola, hermanito”. Las manos se abrazan, unas sudan frío, otras están calientes, unas son más ásperas; las mejillas vuelven a saber de sus besos. Desde varios días atrás no coincidían el iris café opaco del tío con el café brillante del nieto. La familia es numerosa, el difunto había tenido varios hijos con diferentes mujeres, algo común en Antioquia. El ruido desaparece de la escena. Por su parte, la cuerda de la que prende el suspenso se tensa. Algunas rodillas tiemblan. Los corazones se aceleran. Las miradas se chocan y no dicen nada. Unas cuantas lágrimas caen al suelo.

Luis Fernando les pregunta a los familiares del difunto si puede dañar la lápida, ya que se encuentra muy bien pegada. Aquellos que están más cerca responden que sí. Saca la decoración de vidrio que hay en la tumba. Se la entrega a Ramón –su ayudante–. Él, con cuidado, ubica el vidrio en el suelo. Para romper el silencio de las más de tres mil tumbas del cementerio, uno de los presentes dice que el vidrio estaba pegado de nada. Nadie presta atención. Ninguno quita la mirada de la misma lápida. Quizás unos están rezando, otros simplemente recuerdan los momentos de felicidad que coincidieron en la vida del muerto, por eso se forman los nudos en sus gargantas y los ríos de lágrimas que descienden de sus mejillas. Después, Luis Fernando, como policía que desaloja una plaza de venta de droga, empieza a mandar martillo a diestra y siniestra. Por los bordes, por abajo, en la esquina superior derecha. Los sonidos estrellados se expanden con su eco por todo el cementerio, tratando de despertar a los muertos.

El nombre del difunto comienza a quebrarse letra por letra. La fecha de su muerte ya no tiene mayor importancia. Se han consumado los cuatro años de descanso. Luis Fernando y Ramón hablan con naturalidad, ya están enseñados, no los asombra, no les causa miedo. La charla es divertida, ambos, en diferentes momentos, dejan conocer unas risas camufladas entre sus dientes. A la conversación solo le hacen falta dos tintos y una mesa.

La lápida es retirada de su lugar. Se repite la escena del vidrio: es entregada a Ramón, quien, con cuidado, la ubica al lado de la primera. El cajón queda a la vista: no es tan brillante como lo fue el día del entierro, es madera opaca que se fractura con facilidad. Luis Fernando quiere que manipular los huesos de este muerto sea fácil: que no tenga pantano, que no haya sido empacado en bolsas –esto se hace cuando los cuerpos están descompuestos–, ni que tampoco vaya a encontrar lo que él llama “colada”, un tipo de líquidos desagradables, putrefactos, que se confunden con la ropa. Lo más difícil de su oficio ocurrió en el inicio: le daba asco comer carne, no era capaz, trasbocaba, porque se acordaba de la exhumación de ese día. Muchas veces, cuando había levantamientos de cadáveres, tenía que recoger los sesos y gusanos que iban cayendo al suelo. Con los años, la experiencia trasformó tales sensaciones en costumbre.

Manda un martillazo seco donde están los pies del difunto. Un hueco, con la medida de su mano, queda a la vista. Ingresa su menique, índice, pulgar y corazón y arrastra el cajón hacia su hombro. Ramón sostiene el ataúd con ambas manos, así como si fuera un hombre que asiste a un gimnasio para levantar pesas. Luis Fernando, mientras tanto, se ubica debajo de la caja con la columna erguida, imitando a un silletero en Feria de las Flores. El cajón cae sobre su hombro derecho. Y así, como si fuera uno de esos superhéroes que levantan automóviles en las películas de villanos, sin mayor rastro de trabajo se pierde con el ataúd por los pasillos del cementerio.

El exhumador ha llevado el cajón al centro del cementerio. 

La operación

La mayoría de ojos siguen el ataúd, así como si con ellos se estuviera grabando la última película de muertos. El periodista no sale de su asombro, pues es esta la primera vez que ve algo semejante. Ninguno de los presentes tampoco lo hace. El silencio no se quiere ir. Ramón, el ayudante, quien antes trabaja en una floristería, se queda limpiando la tumba que ahora está desocupada. Tiene un overol café que le cubre todo el cuerpo, menos las manos, y un peinado hacia atrás con gomina.

Luis Fernando tiene a la muerte como una buena amiga. En los veintisiete años que lleva trabajando en el oficio, se ha quedado tres veces durmiendo en el cementerio. Cuando se atreve uno a preguntarle el por qué, dice, entre risas: “para ver que se siente acá… No se siente nada. Lo único que se siente es un frío horrible entre las dos y tres de la mañana. Un frío impresionante, como hielo. Y también unos vientos que se chocan acá –señala el cielo– y hacen un silbido”. Para terminar, comenta una frase digna de quien descubre a América: “No cualquiera cuenta eso de que se chocan los vientos”.

El exhumador ha llevado el cajón al centro del cementerio. Es una pequeña pieza que no tiene más de dos metros de ancho. En su fachada un letrero azul hace saber que es el cuarto de información. Las paredes, como las piedras que hay repartidas en el llano, son blancas y rojas. Todos vuelven a rodear el ataúd. Ya no tiene tapa: los restos están al aire libre. Sin hacer caso a la prohibición, uno de los que está más cerca al ataúd es un niño que mira los restos, y después, tratando de encontrar una respuesta, dirige su mirada a la de los mayores, pero ninguno se detiene a contemplar su rostro. Todos los ojos no dejan de enfocar lo que es la vida después de la muerte: un reguero de huesos y una ropa derruida. Luis Fernando sale de la habitación. Ahora viste un traje blanco y unos guantes negros con los que cualquier latino en Estados Unidos fregaría la loza de un restaurante o los baños de un centro comercial. Sus rodillas se doblan a un lado del cajón –parece un niño que se dispone a jugar con canicas. Quita la ropa, lo que fue la ropa es hoy una capa negra que se asemeja a la fragilidad del papel con el que se hacen los globos que vuelan en diciembre. La mordida es perfecta, no falta ninguno de los dientes. Las fosas en donde iban los ojos que enamoraron tantas mujeres están vacías. Los huesos quedan descubiertos: fémur, costillas, quijada, clavícula.

En el rostro de Luis Fernando no queda evidencia alguna que muestre imposibilidad ante el trabajo. Cuando se murió su padre y uno de sus hermanos los ayudó a preparar en la funeraria: inyectó el formol, puso el algodón por la nariz y les pegó la boca con pega loca. Él, algunas horas después, fue el encargado de enterrarlos. Su mamá lo admira mucho, dice que “tiene mucho corazón, porque él mismo ayudó a preparar el papá y el hermano, eso cualquiera no lo hace”.

Cada una de las costillas va desocupando el ataúd. Todas son abrazadas por la mano izquierda y después, cuando ya no queda rastro de ellas, echadas al pequeño cajón. En un intervalo, a Luis Fernando le molesta su ojo derecho. Se quita los guantes, se rasca el ojo. Después, de pronto por olvido, sigue buscando rastros de huesos, pero sin guantes. Algunos huesos son estrellados contra el cajón, con violencia, para que se desprenda de ellos la tierra. Uno de los hombres, el tío, comenta que no debería de ser con tanta brusquedad, pues cada golpe genera dolor en una madre, un hijo, un nieto… En alguien que sí conoció al difunto en vida.

Ilustración /Stella Maris

Se cumple la profecía que dijo la mujer al inicio: “¡Yo veo esa caja muy pequeña!”. La tapa no ajusta. La mujer está más ofuscada que maestra de prescolar con un alumno que no deja dar clase: “Vio, yo le dije que estaba muy pequeña”, dice. Luis Fernando también recibe parte del regaño: “¿Por qué no acomoda los huesos de otra forma?”, agrega. “Ya no da, mire, señora, es que es más grande, este queda por fuera, no cierra”, responde él, tratando de buscar una manera diferente para acomodar los huesos. “Si quiere quebramos este hueso”, dice, sosteniendo con su mano derecha el resto que recubrió parte del cráneo. “Si quiere se llevan la caja medio abierta”, agrega. Ingresa de nuevo al cuarto de utilidades. Saca una caja de metal color gris. Esta, a diferencia de la primera, es mucho más grande. Por un billete hacen el cambio de ataúd. Luis Fernando pasa los huesos a la nueva. La tapa ajusta perfectamente.

Ramón se acerca por el viejo ataúd. Lo ladea y riega en el prado los gusanos muertos que han quedado para alimentar a las plantas. No lo levanta, lo lleva arrastrado cerca del cuarto de utilidades. El millón quinientos que le costó a la funeraria se ha reducido a cero en cuatro años: la madera está podrida. La tela blanca, al igual que la almohada, arderán a fuego lento en los próximos días.

A Luis Fernando le gustaría ser el celador del cementerio, dice que se siente capaz, pero el párroco de la catedral no lo deja, porque lo pueden matar y se lo cobrarían a él. Para dejar en evidencia el problema de seguridad del cementerio en las noches solo es necesario detallar el techo y algunas lápidas: ningún bombillo, ningún plafón. Varias lápidas, por su parte, trataron de ser robadas, algunas de ellas están despicadas, prueba de que fueron forzadas.

Ramón se ríe del asombro que tiene el periodista en el rostro. Le pregunta si es la primera vez que ve algo así. El periodista responde que sí. Se vuelve a reír. Divide en varios pedazos lo que era el ataúd. Su pie derecho se apoya en la mitad de las tablas, cada una va quedando dividida en ocho partes. Las echa en un costal blanco. Los familiares buscan la puerta. Uno de los más jóvenes carga la caja gris. La mayoría llevan la mirada perdida, piensan que la vida es muy efímera. Se pierden, se van. El cementerio queda de nuevo con su soledad, ‘Rata’, Ramón y Luis Fernando.

Twitter: @norveyorozco