Algunos representantes del mundo espiritual—que semejan islas en medio del desierto material— como Mahatma Gandhi, la madre Teresa de Calcuta, Albert Schweitzer, Martin Luther King, Nelson Mandela y el Dalai Lama, han elevado su voz de libertad, de amor y compasión por los seres indefensos.

 

Por Jorge Triviño

El Bhagavad Gitâ, texto cuya datación es entre el 800 y 400 años a.C., nos plantea:

Uttishta! ¡Levántate! ¡Despierta!

¡Busca a los grandes Maestros y escucha! ¡El camino

es estrecho como el filo de una navaja! ¡Difícil de recorrer!”

“Pero aquél que ha percibido una vez a Aquel que Es;

¡Sin nombre, sin ser visto, impalpable,

Sin cuerpo, sin merma, sin extensiones,

Imperceptible por los sentidos, sin principio

Ni fin, intemporal, más alto que las alturas,

más profundo que las profundidades! ¡Mirad! ¡Ese se salvará!

¡La muerte no tendrá poder sobre él![1]

 

Este precioso pasaje —escrito hace mucho tiempo—, ha sido desdeñado por las generaciones que les sucedieron. Han sido ya tantas, que ha quedado en el olvido de las descendencias. Las guerras, la actividad volcánica, las pestes, las hambrunas, el agua, el hielo, los incendios y los terremotos, han acabado con civilizaciones completas, y las han reducido a cenizas, a quedar bajo el mar o bajo toneladas de lava; a permanecer sepultadas por la tierra o a ser relegadas a la indiferencia.

Un manto de olvido ha caído sobre construcciones monumentales desaparecidas, como: el coloso de Rodas, Los jardines colgantes de Babilonia, El templo de Artemisa en Éfeso, el mausoleo de Halicarnaso, El faro de Alejandría, la estatua de Zeus de Olimpia, la gran pirámide de Giza; todavía más: del coliseo romano apenas quedan algunas ruinas. Desaparecieron los arquitectos de Machu Picchu, los ingenieros de las pirámides egipcias, los maestros de obras de las pirámides de Teotihuacán, los edificadores de Tiahuanaco, etc.

Sin embargo, permanecen incólumes aún algunos vestigios de antiguas civilizaciones, como las pirámides de Egipto, las pirámides de los mayas, la ciudad de Machu Picchu, Bhangarh en la India y la de Herculano en Italia.

Y así, como se marginan las ciudades y se pierden por efectos diferentes, igual ocurre a las ideas. Van quedando abandonadas y casi podría decirse que apenas quedan algunos cascarones vacíos.

De esas ideas primigenias, solo permanecen vestigios, pues algunas fueron desechadas por otras, en apariencia más valiosas.

De esas humildes ánforas —que antaño contenían el zumo de la sabiduría— hoy solo subsisten algunos escritos en piedra, que se dejaron para que el polvo del olvido no las cubriera.

Las ideas —al igual que todo monumento, camino, ciudad, atalaya o castillo— han caído en desuso, por darle mayor importancia a lo más material, a lo más cercano o inmediato, se han ido dejando de lado aquellas ideas importantes para todo el género humano.

Los intereses particulares de algunos, han predominado sobre los intereses grupales; algunos, por mantener el poder de quienes lo detentan, ya sea económico, político o religioso.

¿Por qué seguir repitiendo o enseñando que los seres humanos, no somos seres humanos, sino seres divinos?, se preguntaron los antiguos gobernantes.

La idea de divinidad de cada uno de nosotros, ha sido sustituida por la de la divinidad de unos —los ministros o clérigos religiosos, los reyes o monarcas—; todo ello, con el fin de satisfacer su ego, y de mantener su autoridad a toda costa. ¿Cuántas vidas se han sacrificado inútilmente? Los mártires que ha dado la humanidad ahora son incontables. Pocos recuerdan a Juana de Arco, a Girolamo Savonarola, a Cayetano Ripoll, a Giordano Bruno…

Dibujo William Blake para “La divina comedia”

El olvido que somos

Pero aquí no terminan las atrocidades cometidas por los poderosos, pues muchos seres han sido desterrados y relegados a la indiferencia. Sus libros, han sido quemados o confiscados, hasta hacerlos desaparecer por completo.

El olvido ha sido el arma más peligrosa que han usado. Las demás cosas, como la hoguera, la desaparición forzada, el exilio, la recolección de los escritos, el descrédito y el escarnio público, solo son los instrumentos usados por ellos, para perpetuarse en el poder.

Nuestra procedencia o linaje divino, ha sido sustituido por una línea de obediencia, bajo el pretexto de que ellos heredaron su divinidad y nosotros, les debemos obediencia ciega.

Otro escrito, mucho más antiguo que el citado, nos dice:

El corazón de la humanidad es el sepulcro del que ha de resucitar el Salvador. Si el Dios latente en la humanidad despierta a la plena conciencia de su divinidad, aparecerá como un sol que derrame su luz sobre mejores y más dichosas generaciones.[2]

Pero la humanidad continúa sin comprender su origen, y sigue repitiendo que carece de elevadas potencialidades. De nada le ha servido poseer una voluntad inquebrantable, el uso de raciocinio, su capacidad imaginativa, una fuerza de deseo que le conduciría a escalar los más altos estados; un ideal que como faro iluminaría su camino; el poder de decisión, coraje para enfrentar los más difíciles senderos y el poder de su verbo creador, que le ha llevado a dominar a los animales más salvajes, a dirigir las mentes de los jóvenes mediante la enseñanza y a gobernar a sus subordinados; además de utilizar su sensibilidad o alma para crear y conectarse con sus congéneres y con el medio circundante.

Todo lo anterior, supondría que el ser humano podría elevarse a otros estados más sublimes y crear condiciones más prósperas, ayudando a que todos los seres humanos tuviesen una vida más digna y noble, pero el mal llamado egoísmo, cuyo nombre real es egotismo, le ha conducido al abismo de las necesidades insatisfechas de sus congéneres, a convertirse en un depredador de la naturaleza, en vez de ser un benefactor.

La sociedad ha venido avanzando a tumbos, pues esta verdad primigenia —la de su procedencia o linaje divino— ha sido suplantada por el servilismo.     Quienes han intentado elevar su estatus y enseñar esta verdad y otras más, han sido muertos, por no utilizar otra palabra más vergonzosa.

Es lamentable cómo los derechos del hombre fueron proclamados en Francia en 1789 y hasta nuestros días aún se lucha para que se respeten.

La cátedra de humanidades realmente es muy reciente, lo cual convalida la tesis de que la humanidad marcha a pasos lentos en cuanto a la comprensión y a la realización de esta verdad trascendental.

Ilustración / La divina comedia por William Blake

La filosofía en la religión

Existen algunos filósofos que han enseñado esta gran verdad, dentro de los cuales se encuentra Jesús de Nazaret, sobre cuya existencia no queda en duda, pues hay textos de historiadores ajenos al cristianismo que hablaron de él.

La biblia, en la carta de san Pablo a los Corintios, asevera: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?”[3]

Pero para que no quede duda alguna, el evangelista Juan dice: “Jesús les respondió: ¿No está escrito en vuestra ley: “Yo dije: sois dioses?…”[4]

Estas palabras, sin duda alguna, crearon el descontento en la sociedad reinante en la época de Jesús. Eran muy peligrosas —y lo siguen siendo— ya que desestabilizaban a quienes detentaban el poder en ese momento, pues consideraban que ambos reinos no podían, ni pueden coexistir.  Uno de los dos, sobraba; ya que ambos poderes chocaban.

¿Cómo es posible gobernar a quienes saben que tienen consciencia de su elevada ascendencia, de su alcurnia, de su divinidad?

Más que crucificar a Jesús por hacer milagros, es por el hecho de demostrar que realmente su estirpe es divina, y la de todos nosotros también.

¿A quién gobernar, si se ha probado que todos los seres pueden realizar prodigios? ¿Cómo manejar a una turba de descastados, entre los cuales se encontraban personas sin dinero, sin poder económico o poder social?

Debía dársele un escarmiento, crucificando a quien inculcaba tales enseñanzas, y eso fue lo que hicieron. Nadie puede controvertir el orden social y económico sin sufrir las consecuencias.

Pero este ser, llamado Jesús de Nazaret, trajo esas enseñanzas dadas por algunos filósofos griegos, que las habían recibido de persas, hindúes y egipcios.

Hay pruebas fehacientes de que esas enseñanzas —para llegar a tener contacto con el átomo maestro o átomo nous o athanatos o inmortal— se daban a los iniciados en la antigüedad, en los misterios griegos y en las pirámides; pero existen otros que han realizado la búsqueda y la han dado a conocer posteriormente.

Dentro de estos; los teósofos, los martinistas, los antropósofos, los rosacruces, los masones y algunos investigadores independientes como Paul Brunton, quien ha sido la única persona autorizada para permanecer por varios días dentro de una pirámide, según se narra en El poder mágico de las pirámides.

Los seres, a pesar de tener tantas capacidades para elevarse y manifestar sus potencialidades, permiten que les ordenen, que les subyuguen y que les digan qué es lo que deben pensar, a quién seguir y por quién ser manipulado. Nadie quiere pensar por sí mismo; y en vez de dirigir sus vidas, dejan en manos de otros su destino, pues han olvidado que somos los arquitectos de nuestro propio destino.

Prefieren hincarse ante los demás, antes que reconocer que su poder reside dentro de sí mismos. Prefieren ser salvados, antes que salvarse a sí mismos y dejar en manos de otros, aquello que les puede conducir a estados más sublimes y elevados.

Ilustración / La divina comedia William Blake

Muerte y poder

Quien percibe su divinidad, descubre que la muerte no tiene poder sobre él, pues sabe que es eterno.

En adelante, no se arrastrará sobre el fiemo, tal como lo hacen algunos congéneres —en cambio— eleva su faz al sol y labora por el bien propio, y lucha por sacar adelante a aquellos que puede.

No se vanagloria de su quehacer personal, pues entiende que es intrascendente. Lucha con denuedo, con caridad y amorosamente entrega sus conocimientos, pues está seguro de que la labor es conjunta y que solo así logrará llegar hasta la sima.

Trata a los demás seres con respeto —pues es consciente — que ellos son las manifestaciones de la divinidad que mora en el interior de cada uno.

Sorprende —sin embargo— cómo algunos continúan su plan de guerra, su método de exterminio de aquellos que piensan diferente; anulan sus ideas con la repetición de credos absurdos, que se repiten para que los seres no piensen por sí mismos, ni objeten las ideas antiguas que anulan el libre pensamiento. Enarbolan el falso nacionalismo, e imponen sus políticas económicas a las poblaciones más desvalidas.

Tampoco dejan incólumes a los grupos espiritualistas que parecen permanecer al margen de las políticas imperialistas.

Algunos representantes del mundo espiritual—que semejan islas en medio del desierto material— como Mahatma Gandhi, la madre Teresa de Calcuta, Albert Schweitzer, Martin Luther King, Nelson Mandela y el Dalai Lama, han elevado su voz de libertad, de amor y compasión por los seres indefensos.

Mientras esto sucede, otros, con menos carácter para elevarse sobre las dificultades en su camino, se arrastran físicamente declarándose impedidos e imploran con gestos de miseria y de esa manera abusan del sentido de caridad de los demás.

Yo imagino una sociedad diferente: una sociedad que considere que todos somos divinos, que tenemos todas las potencialidades para crear, para enfrentar los retos, para colaborar con la naturaleza, para mirar hacia adelante, llevando a las células vivientes, que son los seres humanos, al despertar de su consciencia y de su papel; a reconocer que todas las razas, los credos religiosos, las nacionalidades y las políticas, no deben ser óbice para hablar un solo idioma: el del amor hacia toda forma viviente.

Habrá, en el futuro, la declaración de los “Derechos Divinos”, pues se poseerá consciencia de que nuestra patria es el Universo, y que todos, absolutamente todos, somos mortales físicamente, pero nuestra alma es eterna e imperecedera. Como el ave fénix, esa idea —, desdeñada y olvidada—, resurgirá de las cenizas y la humanidad vivirá una nueva edad de oro.

[1] Katha upanishad. Sección I, Pt. III, 14-15. El secreto de la muerte.

[2] Bhagavad Gitâ XI

[3]La santa biblia. Carta de san Pablo a los Corintios. Corintios – III – 16.

[4] Juan 10:34-36