Y no lo envidio porque Aquiles, el de los pies ligeros, nunca pudo contemplar el rostro de su esposa dormida al amanecer, no disfrutó de la compañía de un perro en una noche lluviosa, no tuvo oportunidad de explicarle a su hija adolescente los peligros de un mundo dominado por hombres y la maravilla que supuso que cuatro muchachitos se juntaran a hacer música en Liverpool.
Escribe / Gustavo Agudelo – Ilustra / Stella Maris
Quiero empezar dando las gracias. Es una palabra usual, bastante simple, con catorce acepciones en el diccionario de la Real Academia y, si nos ponemos filológicos, tendríamos que remontarnos al vocablo indoeuropeo «gwere»[1], de donde proviene el latín «gratia» que ya está lo suficientemente documentado después de que William Jones (el filólogo inglés, no el matemático galés, aunque los dos, además de homónimos, sean padre e hijo), planteara la hipótesis de la conexión entre el sánscrito, el griego antiguo y el latín, lo que no sólo revolucionaría la forma de comprender los estudios lingüísticos, sino la historia europea en general. No fue el primero en plantearlo, claro que no, pero a diferencia del erudito holandés Marcus Zuerius van Boxhorn en el siglo XVII o el misionero y jesuita francés Gaston-Laurent Coeurdoux en el XVIII, los trabajos de Jones contaron con la difusión que los anteriores no consiguieron. Así son las cosas desde que se nos ocurrió medir el tiempo, la historia y la vida en pasado, presente y futuro como una manera de hacerle el quite al caos y tener la totalidad del mundo en nuestras manos; un ejemplo más de la arrogancia y la inocencia humanas.
Podríamos sospechar, por supuesto. Hoy en día, citar a tres tipos en un solo párrafo es causal de un juicio sumario y de serias inconsistencias históricas. ¿Cómo podemos estar seguros de que los planteamientos de van Boxhorn, Coeurdoux o Jones son originales y no la versión masculina y autorizada de las palabras de alguna mujer en la trastienda? Mira, Will, le dice a Jones su mujer, estuve leyendo algunos libros de la biblioteca, esos que tienes acumulando polvo y no volteas a mirar, como a mí, y me di cuenta de que algunas palabras del sánscrito pudieron pasar como préstamos al griego y luego al latín. A William Jones aquello lo sorprende; respira con dificultad, azorado, el calor de Calcuta no le permite pensar con claridad. Sabe que su mujer está en lo cierto y sonríe al saberse hombre en el Raj británico en pleno siglo XVIII. No hay pruebas de esto, por supuesto. Sabemos que no importan tanto los hechos (lo siento Russell), sino cómo los tomamos; no importan tanto las ideas como nuestra seguridad y así vamos por la vida encontrándole a cada problema una solución, clasificando el mundo en campos semánticos y legitimando nuestras sospechas puesto que preferimos la tranquilidad frente a la verdad. El mito de la caverna de Platón nunca había sido tan actual.
Esta introducción al tema de dar gracias podría tomarse como un despliegue innecesario de erudición, de utilizar el saber con arrogancia feudal, pero no es así. Basta con teclear en el buscador de Google para que la información aquí detallada pueda ser corroborada y lo que se ha llamado erudición no sea más que habilidad mecanográfica con 300 megas de velocidad como respaldo. La verdad es que escribo esto bajo la premisa de Vincent Moon en La forma de la espada de Borges, «lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres» y quiero creer que mientras escribo esto, en el interior de mi alma, resuenan las elucubraciones geométricas de Pitágoras, la estrategia de Pericles, la ambición de Alejandro, la justicia de Plinio el Joven, la disciplina de Isidoro de Sevilla, la sabiduría de Tolkien, la lucidez de Yourcenar, la valentía de Sor Juana, la erudición de Sánchez Ferlosio, la crudeza de Schweblin, la combatividad de Gutiérrez Girardot y la genialidad de Gómez Dávila.
Decir gracias es también una excusa, desde luego. Es bastante probable que ser agradecido implique el rompimiento de toda una serie de promesas. Quizá el hecho de pertenecer de manera forzosa a la tradición indoeuropea nos vuelva vanidosos, nos haga pensar que tenemos todo el tiempo a nuestra disposición, que el futuro es una de las formas de la inmortalidad y que discutir sobre el tiempo es lo más cercano a contemplar la esquiva mirada de los dioses. Prometí que iba a estar siempre y no sé si eso sea posible. Ya lo dije, arrogancia e inocencia son parte fundamental de la condición humana. Estaba en lo cierto Woody Allen cuando dijo que «las palabras más bellas de nuestro idioma no son ¡te quiero!, sino ¡es benigno!». A lo mejor me esté preocupando por nada y, como ha ocurrido muchas veces, esté abrazando mi lado apocalíptico, mi tendencia a la tragedia griega, al drama shakespereano o a la paradoja de Schrödinger, en fin. Tal vez esté perdiendo de vista que no habito la modesta Edad Media, sino el moderno mundo contemporáneo y que la expectativa de vida no es la misma ahora que en el siglo XIII. Quienes me conocen saben que no soy tanto de certezas como de incertidumbres y coincido con Gómez Dávila en eso de que «el mundo moderno parece invencible. Como los dinosaurios desaparecidos». Dios ahora es apenas un consuelo, un refugio; objeto de estudio cuando el dolor parece no dar tregua y la leucemia es un ejército de hormigas coloradas que me taladran el cuerpo, el ánimo y el espíritu. ¿Dios? Bueno, vuelvo a Woody Allen, «Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto y yo no gozo de buena salud».
Toda esta situación me ha llevado a habitar la paradoja de Aquiles. El colérico griego prefirió la gloria que lo llevaría a la muerte a la aburrida vida familiar que lo condenaba al olvido. No lo envidio. El diagnóstico es contundente y poco alentador, lo admito. No hay espadas o escudos que protejan del dolor y el desánimo. Y no lo envidio porque Aquiles, el de los pies ligeros, nunca pudo contemplar el rostro de su esposa dormida al amanecer, no disfrutó de la compañía de un perro en una noche lluviosa, no tuvo oportunidad de explicarle a su hija adolescente los peligros de un mundo dominado por hombres y la maravilla que supuso que cuatro muchachitos se juntaran a hacer música en Liverpool. Pobre Aquiles que renegó de los dioses y no disfrutó de una tarde de lectura y debate con su mejor amigo, no consagró su vida a la búsqueda del conocimiento y no comió hamburguesa con Coca-Cola mientras disfrutaba de un episodio de Stranger Things o Game of Thrones. Pobre Aquiles, murió ignorando que su lengua estaba emparentada con el sánscrito y no contó con la suerte de agradecer a los que amaba. Prefiero vivir y dedicarle lo mucho o poco que me queda a las personas que me aman, a mis mascotas y a mis libros y, como Odiseo, sufrir mil vicisitudes, pero confiado de que estaré de vuelta en Ítaca, en casa. Le prometí a mis seres queridos que iba a estar siempre y, bueno, recurro a Cerati para decir que «siempre es hoy».
Estoy preocupándome de más, lo sé. No debería de hacerlo puesto que, como afirmó Tony Stark en Endgame, «parte del viaje es el final. ¿Para qué me preocupo? Todo va a salir exactamente como debe ser».
[1] Alabar en voz alta.


