El haiku no solo es una forma estética (tres líneas, diecisiete silabas referidas a la naturaleza, concreción…). No. Este género te seduce por la alternativa de vida propuesta, una ofrenda gratis para armonizar con este mundo, por su cosmovisión: universal, vigente y necesaria en estos tiempos.
Escribe / Fernando López Rodríguez – Ilustra / Stella Maris
“Definitivamente hay que vigilar. No nos queda sino vigilar mientras todos duermen”
Eugenio Montejo.
Febrero, segundo día de luna menguante. El salón de clase, vacío. Los estudiantes están reunidos con el prefecto de disciplina. Este rincón del colegio reboza con el canto de las chicharras, vuelo de torcazas y una calma inusual. Un sol tibio y su luz tamizada por el dosel de un bosque de eucaliptos, arrulla. A lo lejos, los niños de quinto elemental juegan, le dan cuerda a la vida con una ronda. No se ve el reto del juego, pero se adivina en el salto continuo de las niñas, colas y peinados al viento.
En esta fracción de soledumbre conecto la existencia con el universo: palpito, sueño, pregunto, callo, atisbo, siento, exclamo, gozo, respiro el aroma de la tierra; estoy vivo. Explorar el cielo e interrogarlo, exclamar ante las criaturas del aire, sonreír por causas elementales… es el verdadero sentido de la poesía. Luego la escritura aparece por obra y gracia de un relampagueo de loros cabeza azul; ante mis ojos el verso de Ramón López Velarde: “Los loros son el relámpago verde de la patria”. ¿Por qué tanto vuelo en tus versos? Por los árboles. Son tantos y están bien dispuestos en el camino, tengo serias conversaciones con ellos, aprendí sus nombres, comprendo su morfología, espero las florescencias tempranas y recobro la fe ante las flores tardías. No sé mirar el suelo, hace mucho tiempo interrogo nubes y montañas; enaltezco el aire, persigo arreboles, alabo el sol, respiro su ardor, ritualizo todo aleteo. Sí, eso soy: un ritualista del aire. Mi poesía es de aire, tiene alas, canta, se balancea entre el jazmín de arabia y se vuelve gajo en los naranjales.
Asumo la escritura de haiku como una búsqueda espiritual. Gracias a este género aprendí a ser contemplativo, a ir despacio por mis horas, a mermarle latidos al corazón, a estar en permanente comunión con la naturaleza, a buscar intimidad entre cortezas y sendas. Puedo dar fe de la existencia del “Camino del haiku” (Dö), te lleva a tus propias honduras, allí donde resuenan trinos y atardeceres; donde tiene una huella un vuelo sin nombre y es eterna la tonada olvidada de los abuelos. El haiku me ha permitido vivir una vida poética. Gracias a sus principios filosóficos desconecto la televisión, el teléfono, el ordenador y relaciono todos mis sentidos con lo existente. La tarea es ser relator de mis experiencias; dignificar en tres líneas lo cotidiano, volver eterno mi entorno para saberme vivo, despierto, bendecido. Luego llega el sosiego y una sonrisa sagrada ante la iluminación se revela, es la cosecha de esta forma tan elemental de vivir.
El presente inmediato del planeta es truculento. Todo se vuelve lucro, las propuestas estéticas se llenan de códigos de barras, el copyright importa más que el artista y su obra, la tele transportación de datos maravilla y agrede la atmósfera y las relaciones interpersonales; ahora mientras los loros inventan su día con diálogos aún no traducidos, ahora resisto con la escritura. Me defiendo con el espíritu del haiku (Haimi). Juan Gelman lo expuso con claridad: “La poesía es resistencia frente a un mundo que se vuelve cada vez más cruel, cada vez más terrible, deshumanizante”.
El haiku no solo es una forma estética (tres líneas, diecisiete silabas referidas a la naturaleza, concreción…). No. Este género te seduce por la alternativa de vida propuesta, una ofrenda gratis para armonizar con este mundo, por su cosmovisión: universal, vigente y necesaria en estos tiempos.
Vivir en tiempo de haiku significa valorar las criaturas más humildes de la naturaleza (hosomi); reconocer la naturaleza como único maestro; optar por la sencillez, por la humildad como fundamento de vida, como principio estético; estar en tiempo presente, renunciar a desear tanta basura globalizada (buscar más en la huerta de los abuelos, menos en los centros comerciales). Con el haiku resulta fácil entender la fragilidad del hombre en relación con el cosmos y las fuerzas de la sociedad. El haiku es: sutileza, observación, asombro, silencio, interrogación, sencillez, esbozo, iluminación, alborozo, chispa, inocencia, resplandor, misticismo, suspiro, meditación, negación del yo, esencia, exclamación, senda, eternidad de lo simple, desapego, conciencia de vida, respeto a los ancianos, a lo callado, solidaridad con los mendigos y vagabundos, aceptación de la transitoriedad de la vida.
Cuando en tres líneas debes describir una instantánea del camino te vuelves mejor ser humano y mejor escritor: te alejas de la retórica, de los trucos intelectuales y depuras tu escritura. Modelar la imagen exige la palabra precisa, por tanto, debes eliminar adjetivos y metáforas, restar figuras literarias y dejar la realidad en su justa medida, en la concreción del instante. El haiku obliga a describir con finura, sin empalagar, en una síntesis donde el lenguaje se comprime sin renunciar al duende poético. El escritor de haiku (haijin) no espera en su escritorio la iluminación, debe salir a buscarla, su oficio es una permanente andadura estimulada por un vitalismo a toda prueba y por su espíritu descubridor. Tiene razón quien propuso: “El haiku es más aspiración que inspiración”. Aspirar (en el sentido fisiológico del termino) para volverte uno solo con todo lo existente. Primero llega la imagen, luego se vuelve emoción en nuestro ser y en seguida la escribimos en tres líneas y se comparte sin estridencias ni vanidad. El haiku es la escuela de los sentidos en clave de inducción: una visión particular, un instante te lleva a comprender ideas universales.
En mi búsqueda espiritual encontré desolación cuando la luz de la tarde dejó ver los zapatos del abuelo bajo la cama esperando en una convalecencia eterna.
Bajo la cama
Los zapatos del abuelo
Hace un mes aguardan.
El silencio, el vacío, la pausa, los puntos suspensivos insinúan, dejan una puerta abierta.
Callar, sólo callar
Ante este trino
Sin nombre.
El poeta debe fundirse con el poema, ser el verso mismo, habitar la imagen como testigo, sin dejar ver su presencia, camina con pisadas de gato por su poema.
Podría estar toda la tarde
bajo la ceiba
viendo llover flores.
Las tres líneas no explican, no teorizan, sólo describen y sugieren, invitan a completar el instante.
Esta medialuna
ya es verso
en la sonrisa del mendigo.
Frente a la cotidianidad, el afán y la costumbre se debe hacer un alto en la jornada y descubrir.
Nadie advierte
este misterio de semillas
estallando en la tarde.
La totalidad del universo se condensa en el cri cri cri de los grillos. Resulta fácil relacionar una nebulosa con el aguijón de la abeja, con ese zumbido anónimo que es el mismo eco del Big Bang. En tres líneas se abrazan poesía y filosofía, sin explicación, sin elucubración, sólo dando fe de la vida, para poder decir, por ejemplo, que la eternidad habita en ese rayo de luz, en el canto del cucarachero asustado, en el viento de las cinco de la tarde sobre la piel, en la exclamación en una noche estival por el afinar de los grillos en un galanteo aún no descifrado.
¿En qué idioma enamoran los grillos?.. El haiku es un pórtico para llegar a la propia espiritualidad y dibujar con palabras este junio donde aún es posible escribir alabanzas para grillos.


