academia3Quien cree que está solo, está condenado a perderse. Me refiero al miedo inconsciente a no ser reconocido, expresado en esas frases de adolescente que aparecen en las páginas de  los libros de algunos académicos…

 

Por: Hernando López Yepes*

Existe un currículo oculto en el trabajo de algunos profesores en nuestras universidades. Empeñados en el decorado de su gloria  y en la defensa del dogma de determinadas sectas del saber, adherentes ciegos a algunas figuras literarias reconocidas, niegan todo interés por  cualquiera  creación que no sea la propia,  la de un compañero de logia, o el producto  de una gloria consagrada, objeto de su veneración. Es evidente  su decisión de impedirle cualquiera oportunidad a la palabra creadora, cuando es tan solo una hija espuria, cuando no se la presenta acompañada de certificaciones que garanticen la pureza de su origen y el grado de beneficio que pueda reportar su análisis y difusión. Existe un empeño en  silenciar estas obras, en ahogarlas…

En el mundo de la cultura encontramos personas que  condicionan la valoración de una novela, de un texto de relatos o  de un libro de poesía. Para ellas, su concepto favorable posee “un valor”. Jamás reciben un pago en dinero: ellas practican intercambios. Lo que les  preocupa e interesa es la  impresión de un volumen con sus escritos, el tejido de una red de apoyo, el agregado de un nuevo renglón al currículo, un nuevo cargo, la obtención de una beca de estudios en el exterior, el establecimiento de contactos internacionales. ¡Y todo ese esfuerzo para nada! En nuestro medio hemos asistido al florecimiento y la desaparición de esas glorias de la academia y de otras glorias municipales y regionales del ámbito cultural, apadrinadas por el poder estatal.

Quien cree que está solo, está condenado a perderse. Me refiero al miedo inconsciente a no ser reconocido, expresado en esas frases de adolescente que aparecen en las páginas de  los libros de algunos académicos:

“Madrid, verano del 2006”,

 “París, otoño del último año del segundo milenio”

academia1De entrada, se empieza por compadecer a los autores de estas frases por su fragilidad intelectual y por su carencia de fuerza espiritual. Al leerlas, el lector  debería detenerse y decidir no ir más allá, cerrar el libro. Pero el lector es curioso y pasa página tras página, para encontrarse con la verdad de que estos trabajos son las obras que siguen escribiendo los autores clásicos desde sus tumbas, por medio de sus clones; aprovechando la acción de unas terceras manos que cumplen su tarea con la mayor seriedad e inocencia. La experiencia nos permite conocer algo de la verdad de los literatos profesionales. Goethe obró como un comerciante de su persona y de su obra cuando escribió su texto “Poesía y verdad”; también cuando escribió su autobiografía, apoyándose en ese parlante humano que fue Eckermann. Su actitud lo emparentó con cualquier mercader de cualquiera época, de cualquier comercio del más bajo nivel: Goethe reescribiéndose. Goethe anticipándose a toda interpretación de Goethe que no fuese la de él mismo

Algunos intelectuales desperdician sus vidas con sus ojos puestos en La Arcadia; dedican los mejores años de sus vidas laborales al análisis de “El estudio de un estudio de un estudio, acerca  de un artista del siglo IV, antes de Cristo”, de quien los separan enormes distancias culturales, amén de las imposibilidades lingüísticas. Han perdido la capacidad de ver y de verse. La historia tiene capítulos que  muestran a muchos cultores de la palabra ejerciendo funciones de comediantes. Sus conductas son   las acciones vergonzantes de quienes decidieron convertirse en los escribas de unas profesiones de fe extrañas, impropias… Un hombre culto desperdicia su vida cuando silencia su voz para hablar con la voz de otro, cuando dedica sus días y sus noches a reescribir una obra ajena, cuando mutila todo brote de luz propia en su espíritu, medrando por un sitial en los escenarios oficiales, parado sobre los hombros de los muertos. Una vida así, a pesar de transcurrir en el espacio de lo académico, se convierte en una sumatoria de gestualidades banales, en la deformación del propio ser frente a un espejo, en el desperdicio del talento, en la siembra de una semilla prometedora en una maceta de jardín interior, semilla que pudo y debió convertirse en  árbol.

academia2En nuestra adolescencia confundimos la untuosidad, el habla sibilina, los gestos remilgados de algunos simuladores de cultura  con la bondad del sabio y del maestro. Cuando fuimos jóvenes nos deslumbraron los poetas que conocimos en los recitales y en los talleres de literatura. Nos asombraron con su erudición, con sus maneras de glosar lo cotidiano, con sus citas de otros autores, con sus artificiosidades, con sus colecciones de libros autografiados por los mandarines de la literatura. Muchos, entre ellos, eran profesores de literatura en nuestras universidades. Poco o nada se recuerda hoy de su obra. Los  elementos que adornaron sus vidas y que parecieron formar parte de su ser eran sólo pedrería sin  valor, ausencia de vitalidad,  expresión de desgano, gestualidad frágil, alzamiento  de cejas, fruncimiento de labios, voz de insecto melífero…

Ningún fragmento de sus obras perdura en la memoria de su pueblo. Sus nombres permanecen en la oscuridad de la que nunca salieron. Es absurdo renunciar a “ser” en el presente, por anhelar el brillo mortecino del prestigio del sepulcro.

Nuestra formación nos hace ajenos a la aprobación ciega del texto que se improvisa. Estamos en contra de las publicaciones hechas a destiempo. No nos permitimos desperdiciar nuestras horas en la lectura de obras cuya insuficiencia es evidente; las hacemos a un lado tan pronto nos percatamos de su pobreza lingüística o conceptual. Nos negamos a dar limosna intelectual.  Consideramos, sin embargo, que entre tanta tierra árida  analizada por los profesores-críticos debe hallarse alguna pepita dorada, si el ojo del crítico es bueno y si el crítico es un buen buscador. Quienes hacen de la creación por la palabra una búsqueda sincera tropiezan, caen muchas veces. Un escritor  falla en su intento, retoma su tarea una y otra vez, persiste en  su escritura con el anhelo de  crear su propia voz; lucha por encontrarle expresión a su manera personal de sentir  e interpretar el mundo. Pocos cumplen su anhelo.

Constituye un deber de quienes han consagrado su existencia a la enseñanza, al  estudio y el cultivo de la palabra, criticar con respeto la lucha de quien escribe por alcanzar su estrella. Los comentarios aduladores de un catedrático  sobre la obra de un premio Nobel no llegarán a los oídos de éste, por más que el autor de los mismos lo desee; pero la tarea de juzgar la obra de un escritor de su entorno debería ser tomada por él como el mayor honor y el mayor reto en el ejercicio de su magisterio. Un hombre responsable con la tarea que la sociedad ha puesto en sus manos, no puede permitir que su discurso y sus conductas degeneren en lo que los Chinos cultos han llamado “Adulación de la sepultura.”

Lea la primera parte aquí  

*hernandolopezyepes@hotmail.com