CHARLAS DEL LUNES/ SOBRE LA CRÍTICA LITERARIA BAJO EL IMPERIO

La crítica sola hace poco y nada puede. La crítica no trabaja más que de la mano del público, en colaboración.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

25 de febrero de 1859

 

[…]

Muchas doctrinas que parecían siempre novedosas hoy son triviales. La primera condición para apreciar las críticas antiguas y sus producciones de circunstancia es, desde luego, encontrarlas desplazándose sobre los espíritus de ideas que son todas las épocas. Lo esencial para la crítica, activa y práctica, es menos encontrar una ciencia profunda de las cosas que buscar sentirlas, inspirando el gusto, haciéndolo parte de todo. Se puede decir que de 1800 a 1814 éramos salvajes en tantos asuntos, menos eruditos que hoy; pero en cuanto al ensamblaje de las cuestiones literarias, se le prestaba mayor atención, era un interés prioritario.

La crítica sola hace poco y nada puede. La crítica no trabaja más que de la mano del público, en colaboración. Oso decir que la crítica es como la secretaria del público, pero una tal, que no permite protocolos ajenos; más bien revuelca buscando pistas, organizando, sin miedo de sus ideas; muy temprano en la mañana será portavoz de ideas audaces. Igual, así la crítica exprima nuestros deseos o anhelos, una parte de las alusiones, conclusiones y consecuencias, una parte todavía viva, permanece en el espíritu de los lectores. Releamos los viejos periódicos y los artículos de crítica con mayor éxito: solo encontraremos la mitad de lo que dice el artículo: la parte ausente es el espíritu de los lectores. Imaginemos una hoja impresa donde únicamente leemos un lado del papel; el reverso está desaparecido, en blanco. Las letras que lo conjurarían, es la disposición del público aludido, la solícita redacción, y usualmente no la menos inteligente ni menos activa. Esta es la manera que debemos restituir para ser justos cuando juzgamos a las viejas críticas, nuestras antecesoras.

En 1800 podríamos situar una de esas épocas de reforma para el espíritu público. Todavía se luchaba, pero había organizaciones, era posible la concertación. Se podía dirigir. Salíamos de un largo y terrible período de relajamiento, libertinaje y confusión. Un hombre poderoso podía desplazar desde sus bases todo el orden social y político. Siempre que ocurren ciclos de orden y caos, o reorganización, se encauza el orden literario en el vaivén social, siguiéndolo con optimismo. La crítica (cuando la hay) es el refugio de un poder tutelar, ayuda a la consecución de su obra, y sirve a los intereses de la común restauración. Bajo Enrique IV, después con la Liga, estuvo Malherbe; bajo Louis XIV, después la Fronda, tuvimos a Boileau. En 1800, después del Directorio y bajo el primer Consulado, sobresalió la herencia de ambos, es decir, hombres de genio y con sentido, aplicados, instruidos, más o menos mordaces, agrupados y entendidos, trajeron el buen orden a las cosas del espíritu. Eran los policías de las Letras. Otros ejercieron su trabajo con mayor entusiasmo; la mayoría aportó sus pasiones, pero casi todos, vistos desde un punto de partida, fueron útiles.

En las épocas que siguen a los grandes peligros de los que escapamos sentimos con precisión lo que es el bien y el mal. Es necesario disponerse para excluir y prohibir lo que cause la maldad, es el momento para la crítica de mayor colaboración con el público. La gente honorable (piense en esta expresión tan largamente como usted quiera) está dispuesta a prestarse con toda su disposición. La crítica puede ser valerosa, pero no es una heroína y, como todos los valientes, tiene la necesidad de sentir respaldo. En 1800 había tanta lucha que el coraje era esencial para una crítica combativa de las doctrinas y declaraciones de moda, o en vía de ser destronadas. Con tanto entusiasmo civil no hubo necesidad de heroísmo. Quizás un poco de moderación, o de contención, no hubiera caído mal, porque en medio de un loable reordenamiento general y del regreso a una saludable desilusión, el viento tira hacia la reacción, y el peligro está, como siempre, en que solo salimos de una falsa corriente para lanzarlos ciegos a la siguiente.

[Fragmento]

* “M. de Feletz et de la critique littéraire sous l’Empire”, Causeries du lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).