CHARLAS DEL LUNES/ VILLEMAIN

El arte de admirar, hecho evidente, es una de las más raras pruebas del talento literario, un signo de los más delicados y seguros, como no lo es todo el arte de la sátira.

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve*

Su relato de la Elocuencia cristiana y eclesial durante los primeros siglos nos conduce a un mundo muy diferente. Las enseñanzas directas y los acercamientos hacia nosotros mismos no faltan; aparecen casi en cada página, podemos percibirlos bajo un ropaje y un lenguaje apenas disfrazado; encontramos nuestros males sociales, nuestra enfermedad moral, incluso vemos el remedio. El volumen sobre los Padres fue para el autor un estudio de predilección después de muchos años, como un retrato mitad literario y mitad religioso. Muy joven, brillante de éxito, abordó este asunto severo por una suerte de capricho del gusto, extrajo la flor para darnos el perfume. Yendo y viviendo con una intensificación de estudio y afectación singular, entró a ese mundo y nos ofreció sus abundantes riquezas. Gracias a sus análisis y traducciones verdaderamente admirables conocemos a los Basile, los Grégoire de Nazianze, los Chrysostome, las características de sus talentos y palabras, muy distintos de cómo los entendieron Bourdaloue y Masillon. El autor, que comprende todas las cosas, tiene el instinto para la elocuencia mejor todavía que el de la poesía, pero esta vez supo penetrar en esta poesía un poco oscura y ambigua que, en algunos de estos Padres, en Grégoire de Nazianze sobre todo, se muestra de acuerdo con los sufrimientos del alma y del mundo. “El bello genio de Grecia se oscurece: una nube corta su luz; pero es un progreso moral el que aporta el cristianismo, un progreso sobre el dolor en sí mismo y la caridad para los otros. El corazón de los hombres gana más de lo que ha perdido su imaginación. Grégoire de Nazianze es la prueba”.

¿Osaré decirlo? Leyendo este volumen me parece que una parte de este elogio podría aplicarse al mismo Villemain. Sin perder las gracias de otro tiempo, su talento ganó un matiz de melancolía que no conocía en el pasado y que lo rebasó. Creemos sentir en estas serias y extensas páginas, donde ningún trazo de inquietud literaria aparece, no sé qué de finitud que enseña al talento el conocimiento del mal oculto y la prueba misma del dolor. Desde la primera vez que el brillante escritor abordó esas porciones de estudio muy complicadas y tal vez oscuras, no había conocido más que las bondades de la vida, solo recibía fáciles aplausos: “Lector profano, busqué en las bibliotecas teológicas las costumbres y el genio de los pueblos…”. Para apreciar con justicia el genio de los Ambroise y de los Agustín durante los años extremos de la calamidad y de la agonía humana, tuvo que avanzar un paso más, hacia la consciencia de que uno mismo no es extranjero ante los actos del hombre. Es así el progreso a la vez moral y literario que creo sentir en más de un pasaje del estudio, convertido hoy en libro. M. Villemain no es más un lecteur profane como lo dijo. No solo provoca que en nuestros ojos brillen las cosas elocuentes, también palpa con emoción los hechos profundos.

Villemain contempla mucho, y nadie sabe mejor que él variar las formas y los aspectos de la admiración, de manera que no es nunca fastidioso ni monótono. El arte de admirar, hecho evidente, es una de las más raras pruebas del talento literario, un signo de los más delicados y seguros, como no lo es todo el arte de la sátira. “Es un gran signo de mediocridad, dijo Vauvenargues, admirar siempre moderadamente”. M. Villemain, en su estudio de los Padres y en el relato de su elocuencia, los exalta muchísimo; y en lo que es el colmo del arte, como dice, repartido entre todos, haciéndolos por tanto distintos los unos de los otros y dejándolos para nosotros reconocibles.

Brilla en el género del retrato literario propiamente dicho. Sobre el que hizo del siglo XVIII en particular me permitiré solamente hacer una anotación, extrayendo un pedazo del personaje que no podríamos omitir cuando hablemos del célebre crítico que es maestro de nuestra época. Lo propio de los críticos en general, como lo indica bien su nombre, es juzgar, son la necesidad de diseccionar y decidir. Tomen a todos los hombres considerables a quienes hasta el día de hoy se les aplica el título de críticos, Malherbe, Boileau (lo eran bajo la forma de poetas); el doctor Johnson en Inglaterra; La Harpe entre nosotros, también M. de Fontantes: todos estos hombres, autoridades de sus tiempos, juzgaban las cosas del gusto con vivacidad, tal vez con mucha exclusión, pero en últimas con un sentimiento inmaculado, decisivo e irresistible. Boileau sufría la haine d’un sot livre [el odio de un tonto], y no podía evitar burlarse. Al contrario, cuando juzgaba que una obra era bella, tomaba partido altamente, y la vengaba de las injurias de los idiotas durante los encuentros. Fontanes mismo, es decir, a su manera, vengó con pasión les Martys, atacados desde el nacimiento, admirándolos con evidencia.

Desde entonces las cosas han cambiado. La crítica es sobre todo histórica, ecléctica en sus juicios. Mucho ha dicho, todo lo comprende, poco ha concluido. Villemain más que nadie contribuyó a la unión y el mantenimiento de esta vía que, a causa de las muchas miradas, es más larga, fecunda, pero que, asimismo, a fuerza de ser larga, no llega a ningún lado. Así en el retrato literario del siglo XVIII, puesto que tiene para juzgar a la Henriade, ofrece todas las buenas razones para no admirarla, sin medición de ningún grado que la ubique al lado de las obras épicas que permanecen; pero cuando debe concluir formalmente, tropieza, va hacia atrás, se debilita; el juicio se empaña y, en cuatro o cinco lugares evasivos, ensayó esperando que la Henriade cruzara los siglos, que ella es pese a todo una obra durable, que tiene un rango aparte, un primer lugar después de las obras originales. Se aferra a cuatro o cinco apartados, en lugar de cortar limpio y en lo vivo de una buena vez, como su propio razonamiento lo autorizaba. Hay un lado débil en este espíritu raro. A sus exquisitos juicios sobre el origen son difíciles asirles la conclusión; es menester como sorprenderlos al vuelo, en el estado de epigramas seductores, o extrayéndolos uno mismo de las ricas sinuosidades donde se despliegan. Esto es verdad principalmente si hablamos de los vivos. La delicadeza se duplica, al punto de casi alarmar la mía en este momento. Ama, entonces, proceder por malentendidos, con alusiones.

 

[Fragmento]

*“Oeuvres littéraires de M. Villemain”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).