CHARLAS DEL LUNES/ VICTOR COUSIN

La revolución introducida por M. Cousin en la crítica literaria consiste precisamente en tratar el periodo del siglo XVII como si ya fuera una antigüedad, estudiada con la necesidad restaurativa que merecen los monumentos…

 

Por / Charles Augustin Sainte-Beuve* – Ilustración/ Stella Maris

19 de noviembre de 1849

Alguien que sin abandonar la filosofía elevó altamente la posición de la pura crítica literaria fue Victor Cousin. Muy ocupado por la perfección, y con el sentimiento de mejoría que es el alma de los grandes talentos, repasó y recogió durante los últimos años sus Cursos y fragmentos de filosofía en una docena de pequeños volúmenes. A pesar del asunto, resultan casi siempre simpáticos, o al menos colmados de una variedad de intereses. La literatura reivindica ahí ya una buena parte; singularmente las páginas sobre lo bello son las más memorables de nuestra lengua. Pero lo abordaríamos más cómodos acudiendo a sus trabajos literarios directos, y esto importa tanto porque después de un tiempo esa fuerza de espíritu fue toda una revolución de la crítica. En dos palabras, así:

El siglo de Louis XIV ya está lejos de nosotros. Los escritores correctos, aspirantes al título de clásicos, hasta tiempos muy cercanos se adulaban no solamente recordándolo sino buscándole continuación. Los señores Auger y Roger, más algunos otros, vivían de esta ingenua ilusión. La primera vez que se dijo que la literatura de Louis XIV es admirable pero antigua, hubo llanto, y todavía recuerdo un escándalo. En 1818, un gran escritor poco popular, Ballanche, avisó diciendo: “La literatura del siglo de Louis XIV no es más la expresión de nuestra sociedad; comienza a ser entonces, en ciertos aspectos, una literatura antigua, arqueológica”.

¡Y bien! La revolución introducida por M. Cousin en la crítica literaria consiste precisamente en tratar el periodo del siglo XVII como si ya fuera una antigüedad, estudiada con la necesidad restaurativa que merecen los monumentos, como haríamos en materia de arqueología. La calificación de antiguos aplicada a los Pascal y los Racine que, de nuestra boca, puede parecer epigrama y blasfemia, se convierte, cuando él lo hace, en homenaje y piedad. Nadie mejor tuvo la misión, en efecto, de apasionarse de la lengua del gran siglo y reivindicarla como suya: es, ciertamente, de los escritores de nuestros días, quien mejor renovó las formas resucitando naturalmente con su pluma la grandeza. A buena hora sintió un doble instinto, una doble pasión casi contradictoria.

Es un hombre ocupado en los textos, que investiga los manuscritos, interesado en escolios y comentarios. Transcribe hasta la última palabra sin complacencias para sí o los demás, sin alteraciones o instrucción; y, a través de todo esto, asciende, abarca, generaliza, enseña sus concepciones de artista y el verbo del orador. Tenemos pendiente un texto polvoriento y sutil, con algún oscuro parágrafo que debe descifrarse, y de golpe vemos una estatua vistiéndose. Tanto, que estudió a Proclo y a Platón (pero esto nos afecta menos); el método nos es muy sensible después de su aplicación en Pascal, Gilberte Périer, Jean-Jacques Rousseau o Mme de Longueville. Al principio solo parecía ofrecer textos más correctos, cartas o papeles reencontrados en el sótano de las bibliotecas, pero voilá porque los hizo aparecer en toda su altura, como grandes figuras, reanimando con fuego candorosas fisonomías. Este es el talento y el arte de M. Cousin. Cuando restauró el alterado texto de las ediciones de Pascal demostró que un trabajo análogo está por hacerse con casi todos nuestros autores clásicos, creando algo que podríamos llamar la filología francesa, cuyo nacimiento, a él gracias, ha sido apasionante.

* “Oeuvres littéraires de M. Cousin”, Causeries de lundi, París, Garnier frères, 1857 (3e éd.), tome premier. Versión de Kevin Marín Pimienta (@_sobreeldolmen_).