Lo bello es y punto, la rosa es sin un porqué como estableció Silesius; no se hace más bello un poema por el hecho de leerse en un café con fachada intelectual.

 

“The bad artists/poets imitate, the great artists/poets steal”

T. S. Eliot

I

Estaba yo en mi silencio de ajedrez fraguando un movimiento para aspirar a ganar mi primera partida del 2020, cuando un amigo de Cartago, de hígado y corazón envidiable, me envió al celular lo que al parecer era un artículo sobre crítica literaria. Al leerlo me sentí engañado. De inmediato intenté comunicación para reclamarle semejante embuste, pero no contestó. Me sentí abriendo uno de esos videos que envían por whatssap con título llamativo y que al final de cuentas, son solo gemidos que lo ponen a uno en situación incómoda. El prometido texto crítico era, también, puro gemido y escaso argumento. Sospeché una astilla clavada en alguna parte de ese autor, un dolor mezclado con cierto cansancio cósmico, cargado de planetas, como dijo mi eterno Carpentier.

Ahora estoy aquí moviéndome en ele, yendo atrás y adelante, revisando cada uno los textos aquí publicados. De entrada, debo decir que traje mi propia metáfora, la del ajedrez. Los escritos predecesores a este, enunciaron baile, fútbol, ecosistemas, trenes. Celebro eso, sin metáforas no existo y por si acaso, traje otra y la llamo dominó, porque al igual que el ajedrez, las fichas son claro oscuro. Espero no causar prurito a la élite Rubendariana de Pereira, al pensar en fichas, en objetos tan arrítmicos y carentes de emoción. Hace mucho le torcí el cuello al cisne, tal y como propuso el poeta Enrique González hace más de un siglo. El lenguaje determina a la metáfora y no al contrario, por eso aplaudo la eficacia comunicativa que logró Lord Violeta.

Una de las cosas básicas que aprendí de los buenos maestros que por fortuna existen en la Universidad donde me formé es que la literatura nada en ríos de lenguaje. En consecuencia, aquel que es prejuicioso con la semántica, es un mosquito que revolotea en ámbar. Esa pregunta tonta de quién es mejor, si ¿Borges por detestar el fútbol? o ¿Camus por ser arquero de la selección de Argelia? me la respondí en mi pregrado.

Me inquieta sobremanera pensar que en mi querida academia de la UTP se haya constituido un cartel de secuencias didácticas. En mis tiempos de estudiante de pregrado se rumoraba acerca de una mafia de la monografía y el ensayo. Me hago viejo; nunca sospeché que la ilegitimidad académica de la Escuela de Español y Literatura iba a ser gobernada por rúbricas y matrices pedagógicas. En todo caso, como egresado de la facultad, me alienta la exigencia de Justicia sobre aquellos mercaderes de la fe académica de los estudiantes y también me mueve conminar castigo para los profesores que aprovechan estudiantes con las manos levantadas para meter a fuerza su producción escritural debajo de sus axilas y, posteriormente, obligarlos a firmar letras de cambio donde se consigne una deuda pagada a cuotas. ¡Quiero nombres, nombres! Dejemos de especular.

Pronto, hay que allanar todo el plagio de los repositorios del pregrado, maestría y doctorado. No debe quedar un solo remedo de secuencia didáctica; que solo queden los muchos artículos escritos por profesores en revistas indexadas, el abundante registro de ponencias en eventos especializados, los copiosos libros de investigación, las prolíficas tesis laureadas y sobresalientes de los estudiantes, y los premios, por ejemplo el de Casa de las Américas de la escritora Adelaida Fernández Ochoa con su obra La hoguera lame mi piel con cariño de perro,  o el  Premio Nacional de Poesía Porfirio Barba Jacob, del poeta Alirio Quimbayo Durán, ambos egresados de la maestría en Literatura…

¡Jaque!

Bueno, se hizo chico el tablero. Dejaré de moverme con el caballo y jugaré como peón.

II

En primer lugar, agradezco a Lord Violeta por propiciar potencialidad, fuerza, o lo que los griegos llamaron dynamis. Es más, por evolución etimológica, dynamis deriva la palabra dínamo y en este sentido hago uso del término para metaforizar mi agradecimiento hacia usted: El dínamo es una máquina que genera energía y bueno, usted produjo acción, movimiento, al proponer discusión en torno al ejercicio crítico en la ciudad.

Sofistas como Georgias o Protágoras son referentes para hablar de unos orígenes de la crítica literaria de acuerdo a los principios de no contradicción y coherencia. De manera que una primera crítica literaria se orienta a las relaciones intrínsecas del texto, mediante el análisis de los principales aspectos del lenguaje literario; asunto que entra en correspondencia con aquello que los Formalistas y Estructuralistas llamarían, siglos después, literariedad. Ah, y lo más importante, muestran un interés especial por el manejo del discurso, o en palabras de Domínguez Caparrós: “creencia firme en el poder de la palabra”.

Ahora permítame destacar, según advierto en su discurso (cuando menciona que no hay formación retórica en la ciudad), su interés en la reflexión de lo que realmente compete acá: la relación entre la crítica y literatura en un espacio concreto: Pereira o la región, como se quiera llamar. Dicho lo anterior, usted alienta una crítica literaria con perspectiva sofista, lo cual sabemos, se inclina por cuestiones estilísticas del discurso. Ahora, la otra mirada que se precisa de esa primera escuela de finales del siglo V a.c, resiste análisis contemporáneos en materia de integralidad crítica. Es decir, la idea de un texto bello a partir de la coherencia o la superficie textual se queda corta. La crítica literaria busca establecer una poética del texto cuya arquitectura es robusta, conectiva, profunda y, en esta perspectiva, no solo es importante la consideración de recursos estilísticos literarios y análisis discursivo, también entran en juego otros elementos que la misma crítica a través de escuelas o movimientos ha utilizado a lo largo de la historia, hablo por ejemplo de las categorías de lo bello, la estilística, el estructuralismo, la nueva retórica, la estética de la recepción, entre otros.

Y si usted dice: “es que mi crítica fue a la academia”; entonces cierra toda posibilidad a la discusión, quedando solo un pathos en el ambiente, o mejor dicho, en lo que escribió.

Por último, considero que es necesario tener metodología para hacer crítica literaria. Esto implica conocer un poco los métodos, las escuelas, el desarrollo de la misma en otros países, solo un poco, para no caer en imprecisiones, pues no todo lector es un crítico y no toda obra es susceptible a tal. Recordemos lo que Borges dijo: “La crítica literaria enriquece la literatura”. En segundo lugar, hay que dejar de echar culpas: no culpemos a la academia, las editoriales, las entidades que organizan eventos o concursos, los escritores o las bibliotecas; aquí los responsables de la carencia somos todos. Y en tercera instancia, dejemos la fastidiosa mutua adulación, la suave palmada en el hombro: “excelente poema”, “magistral cuento”, “maravilloso ensayo”, “estupenda bibliografía”. Lo bello es y punto, la rosa es sin un porqué como estableció Silesius; no se hace más bello un poema por el hecho de leerse en un café con fachada intelectual.

Hasta pronto,

El Chinche.