MI MEMORIA POR EL LAGO: UNA NOCHE EN PUERTO RICO

Un recuerdo de una noche en uno de los bares más visitados de la Pereira de los años 80 del siglo pasado, bebiendo con la música en vivo de un famoso cantante que se siente tan de Pereira como cualquier otro. Remembranza de la música y las costumbres de una ciudad con tintes narcos que se niega a desaparecer.

 

Escribe / Guillermo Gamba – Portada / Instagram @AlciAlcosta

Pereira ha contado con sitios simbólicos de interacciones. En 1982, los mafiosos traían pasta de coca de Bolivia en avionetas que entraban por pistas para naves de fumigación, en La Virginia y Zarzal; había laboratorios en municipios cercanos y enviaban la llamada “la caspa de mi dios” entre los mecanismos de un avión o con jóvenes muleteros con tulas de doble fondo.

La policía aún no contaba con sus perros sabuesos, cuyo olfato distingue desde el período de una dama hasta los gramos que guarda entre su barriga una imagen de bulto del Corazón de Jesús que enviaron  a alguna abuela en Nueva York.

En tabernas de Nueva York y en otras ciudades del sueño americano había cadenas de personajes provenientes de los pueblos del occidente de Risaralda y del barrio Cuba que distribuían gramos de coca. El dinero llegaba limpio a unas cuentas en el Banco del Estado, el banquero mimaba a sus dueños.

Acá, consumidores incipientes acudían a las tabernas que mantenían buenos espectáculos, tango en La Boca y Caño 14, acordeón y música andina en La Flauta Mágica y La Victrola. Pare de contar ese cuento largo y me enredo ahí.

En los baños algún fulano vende para una traba. Lo saben el policía y la esposa del obispo, esa santa madre iglesia que la perdona toda.

Parque El Lago en los años 70, aproximadamente. Fotografía / Cortesía

Una noche de septiembre entré a la taberna Puerto Rico, de El Lago, que estaba solitaria. Un cantante, más solitario aún, esperaba que alguien le escuchara, tenía un contrato bien pagado para seis horas, era Alci Acosta. No recuerdo qué me atrajo verlo ahí, lo acompañé por verlo solo; tres amigos, botello de aguardiente y la seguimos. El cantante nos miraba y comenzó:

Ayer yo visité la cárcel de Sing Sing
Y en una de sus celdas solitarias,
Un hombre se encontraba arrodillado al Redentor:
Piedad, piedad de mí, mi Gran Señor.

Recordé a un amigo de Apía, donde fui maestro rural, porque en esa cana, la “Sing Sing”, correccional del Estado de Nueva York, construida en 1825 por los primeros cien convictos, allá pagaba una condena y ese paisano era gallada de maleteros y gente dura; incluso ellos le hicieron llegar al penal una muñeca inflable de silicona para que lo entretuviera. Y pensé que la pena de él era otra porque cuando soplaba la muñeca y se le subía, esa tipa de goma que tenía en el interior una válvula que aspiraba y expiraba aire, esa cosa pujaba, y entre tanto, toda la barra de paisanos presos gritaba: ¡hágale paisa, hágale paisa!

Cárcel de Sing Sing, 1971. Fotografía / Cortesía

Y continuaba Alci Acosta la canción:

 

Mas, cuando me miró, a mí se abalanzó; 
Y con voz temblorosa y recortada:
Escucha, triste hermano, esta horrible confesión;
Aquí, yo condenado a muerte estoy… 

 

Una hora, pedimos otra botella y a la taberna no llegaban clientes. En esa misma noche la policía hacía una redada brava en los sectores del centro de Pereira porque la llamada “Mano Negra” estaba muy activa, “limpiaba” la calle de mendigos y maricas. Y aquellas muertes tampoco tenían relación con la canción.

 

Yo tuve que matar a un ser que quise amar
Y, aunque aun estando muerta yo la quiero…
Al verla con su amante, a los dos los maté,
Por culpa de ese infame moriré.

 

Comencé recordar a los difuntos de las matanzas que se iban contando en Apía, Viterbo, La Virginia y Santuario por cuenta de “Gallo Extraño”, un chofer gatillero que contrataban mafiosos y ambiciones, que en su cuenta llevaba siete difuntos por causa de mujeres infieles. Aún estaba libre después de haber matado al “Merendero de Agualinda”, un músico rural y bebedor que llegaba a las fondas de Santuario y Apía para entrener a los parroquianos. Lo identificaron así porque cantaba mejor cuando le daban una buena merienda. De tanta rodadera el cantante merendero se enfermó, estaba mal y desahuciado cuando “Gallo Extraño lo finó”; aseguró que para hacerle un favor, que dejara de padecer, nos contó el compañero de mesa después de la canción de Alci Acosta.

Minutos nada más me quedan ya para expirar,
La silla lista está, la cámara también.
A mi pobre viejita, que desesperada está,
Entréguele este recuerdo de mí.

Invitamos a Alci Acosta a la mesa, quien jamás bebía licor y pidió agua. Nos dijo que vivió su infancia en Soledad, Atlántico; años después, trabajando como pianista en una orquesta en Barranquilla, decidió presentarse y hacerse cantante; su primer éxito fue “Odio Gitano”, y así,  entre sus canciones y sus descansos compartíamos su historia y le contábamos las nuestras.

Desde esa noche he sido un seguidor de Alci Acosta porque somos hijos de una tierra donde las canciones de cuna eran esa música de cantina. La música de cantina es caribeña, argentina, colombiana, mexicana, representa lo rural urbano de una Latinoamérica mestiza que migró de los campos a las ciudades.

Así pregonen que siempre seremos una tierra de bambucos, que son bellos y nos los hacían escuchar en el colegio, y aprenderlos para cantarlos en las veladas y los paseos. Aún recuerdo ese paseo a Pueblo Rico cuando un alumno del colegio Santo Tomás en Apía nos dijo al subirnos al bus: cantemos de una vez Los guaduales para que nos salgamos de esa pendejada y podamos seguir con una de Julio Jaramillo o Alci Acosta. Pues claro, esas no son las canciones de la vida, real es el tango Cambalache.