BARON ROJO. SEMBLANZA

Era la celebración de una despedida, no una simple despedida. Por eso lloramos, reímos, quisimos destruir el mundo, identificándonos en comunión, para llegar a la casa y lagrimear nuevamente.

Escribe / Joe Stevens Rodríguez – Ilustra / Stella Maris

Hace varias semanas tocó Barón Rojo su concierto de despedida en Pereira. Para ese día, como un presagio, me preparé con una buena carga de nostalgia y alegría. Parecía, por las palabras que compartía con los parceros ya todos avejentados, que la despedida no sería la de una banda de rock, sino la de toda una generación, la de una marca impresa en el alma de unos adolescentes de más de cuarenta años. Y me preguntaba verdaderamente, qué hacía a Barón rojo ser eso para nosotros, una banda con la cual nos sentimos tan identificados. La respuesta la encontré en medio del concierto.

Los que hemos frecuentado este tipo de espectáculos, sabemos que muchas bandas teloneras, ocupan con honor ese puesto. Y que más de una vez en la escena del metal regional, no son los teloneros, sino las bandas principales que uno va a ver. Pero también sabemos que hay otras no tan buenas, a las cuales no les gastaríamos una entrada, aun cuando la regalen. Así las cosas, el concierto tuvo seis teloneros para el show de Barón Rojo. Grupos que calan en un gusto musical común, de rockeros que, entrada la noche, terminan en cualquier discoteca cantando rancheras. Son agrupaciones que logran una o dos canciones reconocidas, sonadas un poco en la radio, y que en la escena se conocen como las canciones que ponen en unos quince, en algún momento despechado de la noche adolescente.

Entonces teníamos letras de canciones como “Y vuelvo a la angustia, nada me sirve”. Dos frases cuya primera parte hace el vocalista… un peludo cuajo, queratino, lindo, en mangas de camisa y con una voz aguda. Y la siguiente frase, la hace un coro de dos calvos gordos, fofos, que hacen piruetas con el bajo y la guitarra. O la frase de un estribillo en una balada acompañada por un solo de guitarra, que dice: “el amor es así”. Entonces se encuentra uno con letras muy púberes, para púberes de más de cuarenta, que aún tienen amores trágicamente púberes. Y fueron estos los que, precisamente, entonaron alrededor de treinta canciones, divididas en seis bandas.

Es obvio el aburrimiento que sentíamos. Solo reíamos al hacer un análisis básico de dependencia emocional, cuando sonaban estos temas. Como si la mayoría de nosotros no viviera aun con sus padres, en un cuarto de la casa que se conoce, íntimamente, como “el cuarto del niño”. En fin, el concierto para esta gente se agotó, y salieron los viejos al escenario, y los “vieja guardia” a admirarlos desde la distancia.

Comencé a descubrir ciertas diferencias radicales… El espectáculo de despedida no fue de un gran montaje, digno de una banda de rock nivel superstar. No. Sobrio escenario, sobrio juego de luces. Lo que destelló del concierto fueron los músicos, los hermanos de Castro y Barón Rojo. Unos viejos de 68 años con una entrega total en la tarima. Disfrutando junto al público en una fiesta, en una comunión, o por lo menos, gracias a todo, yo lo sentí de esa manera.

Lloré como un adolescente enamorado. Porque cada tema resonaba en mí, en una actitud, en un recuerdo, en una experiencia. “Resistiré” evocó mi actitud ante el mundo, la descripción formal de un sistema contra el cual aún luchamos.

“Criminales disfrazados

Seres sin razón ni piedad

No hay palabras en el mundo

Que definan vuestra maldad

Por dinero asesináis

Por placer aniquiláis

Por poder nos destruís

Suciamente mentís”.

“Concierto para ellos”, junto a “cuerdas de acero”, describen mi relación con los grandes artistas de rock. Una relación íntima, casi religiosa con la música. “Chicos del rock” la marginalidad que viví en la escena, el “modus vivendi” del metalero paria. Y justo en este momento, “Siempre estás allí”, el homenaje que hace la banda de rock a sus fans. La experiencia de felicidad y tristeza, que se vive a la salida de un concierto de rock.

En esta rememoración, de comunión entre la banda y mi vida, pude observar que el concierto estaba preparado estratégicamente. La banda había organizado la playlist de tal manera, que oscilamos entre grupos de dos o tres temas, que se transformaban fluyendo, fundiéndose uno en el otro, llevándonos de la depresión a la fiesta y a la alegría que quiere explotar en una voluntad que resiste. La banda no quería una despedida simple y llanamente triste, de esas que saben a corazón compungido y dolor de muelas. No. Quería esa mezcla de alegría, de fiesta que hace contrastar la vida. Era la celebración de una despedida, no una simple despedida. Por eso lloramos, reímos, quisimos destruir el mundo, identificándonos en comunión, para llegar a la casa y lagrimear nuevamente, al ver cómo “hoy solamente, mientras te duermes, los ojos de tus héroes te miran desde la pared”.

 

jsrodriguez@uniquindio.edu.co