BAILANDO SOBRE LA TUMBA DE LA ANTROPOLOGÍA AVESTRUCIANA

Mientras en la antropología social, ya declarada muerta por Hallpike, seguimos embelesados con la deconstrucción (ya ni siquiera como método de análisis sino como tecnología política), en la antropología que aún busca explicar qué es la humanidad, se repite una y mil veces reconstrucción. Como estrategia para acceder a las huellas del ser humano más allá del absolutismo político.

Escribe / Juan Sebastián Zapata-Mujica – Ilustra / Stella Maris

¡Nobel de medicina para la antropología! Este reconocimiento hecho por la Academia Sueca a Svante Pääbo es celebrado por diferentes académicos del mundo, aquellos que se dedican a reconstruir el proceso de la especie humana que nos ha conducido desde sus lejanos orígenes hasta lo que somos hoy día. Pero los departamentos de antropología social parecen no tener nada que ver con esto.

La antropología entra con la frente en alto a Colombia durante la primera mitad del Siglo XX. Al mismo nivel que la matemática, las ciencias naturales o la literatura. Junto al resto de ciencias sociales, la ciencia del hombre, como la llamó Paul Rivet en su momento, pertenece a un conjunto de conocimientos que se imponen como nuevo horizonte cognitivo al país. Atrás quedaban los aprendizajes por memorización y repetición, en adelante el reto consistía, principalmente, en la construcción de las capacidades que posibilitarían conocer el mundo mediante la comprensión de los procesos comprobables empíricamente.

Tras su institucionalización, la antropología colombiana tomó dos grandes vertientes: la etnografía, dedicada al estudio de las sociedades indígenas con que compartía territorio nacional el Estado colombiano y la arqueología, dedicada a develar quiénes habían vivido antes en lo que hoy se llama Colombia.

El reto era enorme. Pasaríamos de creer que los indígenas eran seres de otra dimensión a entender que se trataba de personas de carne y hueso con las que compartíamos mucho más de lo que se veía a simple vista. Lo que en primer momento se percibió como una obscena alucinación diabólica, pasó a verse como el más inquietantes de los espejos.

Por ejemplo, Alicia Dussan y Reichel-Dolmatoff encontraron que, en el proceso de campesinización de los indígenas de Atánquez, una pequeña aldea en las faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta, se encontraba condensada una y mil veces la historia del cambio que condujo a Colombia a la modernización durante la edad de oro del capitalismo.

Tan enorme era el reto que muchas veces hubo resistencias a esos conocimientos nuevos, los desajustes que producían en la forma en cómo se tenía organizado el mundo hasta entonces eran severos. Cuando Virginia Gutiérrez, la mujer que hoy aparece en el billete de $10.000, estudió la composición de las familias en Colombia, se encontró con que en la Guajira las mujeres eran compradas y vendidas. Hablando sobre el tema con una mujer de Maicao, la antropóloga se exasperó con su interlocutora cuando esta le preguntó cuánto era su precio. Acalorada y angustiada, por el hecho de que las mujeres se vendieran en la Colombia del siglo XX, respondió: “¡yo no costé nada, absolutamente nada, porque yo no soy vendida!”. Al reflexionar sobre el exabrupto, Gutiérrez misma se percata de que aún no estaba preparada para enfrentarse a esa situación: “aún no era una buena antropóloga”.

Aún más, el mismísimo gobierno, encabezado por Laureano Gómez, proscribió los estudios antropológicos de la familia colombiana: el gobierno aún no estaba listo para reorganizar el conocimiento sobre la realidad de sus pobladores. Ya volveremos sobre las resistencias al conocimiento.

Cuando estas investigaciones etnográficas y arqueológicas estaban en curso en Colombia, Claude Lévi-Strauss, Marshall Sahlins, Margaret Mead o María Reiche estaban en actividades similares aquí y allá. Con esto quiero decir que la antropología social estaba sintonizada con ciertas inquietudes generales sobre el ser humano.

Sin embargo, con las modas intelectuales francesas que habrían de expandirse como la tinta del pulpo en agua cristalina, las preocupaciones intelectuales se redirigieron a cuestiones relativas al poder. Con el poder como causa absoluta de la condición humana, el embudo necesariamente conduciría a la pugna política.

En la antropología esto implicó la orientación política, y ya no cognitiva, de los problemas a investigar. Si bien lo que cuenta la leyenda negra de la antropología es verdad, que esta ciencia es hija del colonialismo imperial, no es menos cierto que sólo la necesidad de incrementar el conocimiento sobre las gentes de otras tierras posibilitó que los imperios impulsaran las expediciones etnográficas en vez de continuar con las ya conocidas cruzadas holocausticas que marcaron los siglos anteriores.

Con la motivación política de las investigaciones antropológicas, entiéndase bien, no me refiero únicamente a los estudios que buscan solidarizarse con indios o campesinos, mujeres o personas trans. También a la etnografía de mercadeo. Lo que tienen en común ambas, investigaciones comprometidas con movimientos políticos (organizaciones populares o empresas privadas), es que no producen conocimiento nuevo, no generan situaciones de incomodidad ante las que las personas necesiten cambiar su visión de mundo. Ya sabemos que ser mujer afro y vivir en un tugurio es una situación de precariedad donde se imbrican todas las fuerzas sociales de forma negativa. Y ya sabemos que, visibilizando las preferencias de un cierto grupo poblacional, podremos engatusarlo de manera más eficiente para que compre, así no tenga cómo, determinada mercancía.

Ni el mercado, ni las facultades, salvo notables excepciones de profesores universitarios, están empujando el estado de conocimiento actual hacia un nivel mayor.

La información que se produce engrosa cuantitativamente el conocimiento que tenemos, pero no empuja a la lógica causal a su transformación cualitativa hacia un análisis sistémico procesual de la condición humana.

La consecuencia es lógica: “si esto no es natural, y fue normalizado por el poder, por el poder vamos a cambiar las cosas, ¿o es que acaso no vamos a poder?”. De ahí al “querer es poder” hay sólo una teoría de la agencia de por medio.

El tema de la subordinación de la antropología a la política ya fue tratado magistralmente por Hallpike en su artículo Political correctness and the death of cultural anthropology. Veamos aquí solo unas líneas traducidas que nutrieron a estas que acabo de escribir:

si bien la investigación actual se centra en la antropología del turismo, los salones de belleza, la industria de la moda, el ciberespacio, los efectos culturales de la globalización, las sociedades postsocialistas, la conservación, el cuidado infantil, la vivienda social y el uso de vehículos recreativos por parte de los ancianos, es posible que (o puede que no) sea muy interesante, ¿qué contribución harán al mundo del aprendizaje, qué cuerpo de conocimiento coherente producirán que merezca la pena llamarse antropología? (Hallpike, 2011 p.7)

Parece que la respuesta sólo podría ser una, tajante y decepcionante: ninguna.

Pero esto no se debe a que la antropología social ya no tenga nada por decir, se trata de que la destitución de las teorías evolutivas en la antropología condujo al callejón cognitivo sin salida de las intestinas luchas por el poder.

Y es que hay que decirlo con claridad: hoy en día puede producir más escándalo en un departamento de antropología hablar de evolución, o desarrollo, que decir que “la realidad se deconstruye con discursos contrahegemónicos”. La concepción de un mundo disecado en el tiempo ha asesinado a la historia. Nos guste o no, parece triunfar la concepción, que no discurso, del fin de la historia.

Pero hay otra antropología que nunca ha claudicado a explicar la condición humana, y a pesar de ser conjurada una y mil veces por “evolucionista”, pues eso ya se convirtió en un auténtico insulto en las facultades de ciencias sociales, hoy esa antropología ha sido reconocida con la más alta distinción.

Svante Pääbo dirige el Departamento de Genética del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva y tras estudiar con técnicas novedosas el ADN de restos óseos desarrolló una nueva rama científica que une los estudios genéticos y la arqueología: paleogenética. Con ello descubrió que el homosapiens, nuestros ancestros, se reprodujeron con los neandertales, pariendo de la entraña una subespecie de homosapiens llamado denisovano. ¡Hubo hasta canibalismo en esta historia descubierta! Pero la investigación no se orientó a ver cómo la violencia jodió a unos y favoreció a otros.

Esta y muchas otras investigaciones van a la trastienda del poder y permiten preguntarse por sus condiciones de posibilidad, poniendo en perspectiva filogenética y sociogenética el ejercicio del poder.

Mientras en la antropología social, ya declarada muerta por Hallpike, seguimos embelesados con la deconstrucción (ya ni siquiera como método de análisis sino como tecnología política), en la antropología que aún busca explicar qué es la humanidad, se repite una y mil veces reconstrucción. Como estrategia para acceder a las huellas del ser humano más allá del absolutismo político.

Pero así estamos: mientras la antropología evolutiva celebra un Nobel de medicina, la Asociación Colombiana de Antropología, casi en simultáneo, lanza la invitación a una tertulia en el Instituto Colombiano de Antropología e Historia titulada “Activismo y militancia en tiempos convulsos. Cómo cambiar el mundo desde la antropología”. Como si la convulsión histórica no viniera dándose desde que los neardentales pelaban los huesos de sus congéneres para apaciguar el hambre. Cuando se producía una nueva especie y se extinguían esta y una de sus progenitoras, la neardental.

O cuando el molino satánico se puso en marcha para machacar al ser humano volviendo mercancías al trabajo, la tierra y la moneda, desincrustando al mercado de la sociedad. Síntoma de una convulsión que encuentra sus orígenes, siguiendo a Polanyi, a comienzos del Siglo XIX, algo que es comprensible al estudiar el intercambio de brazaletes en los archipiélagos de Nueva Guinea para reconstruir el proceso que condujo de las economías primitivas al neoliberalismo.

¿Quién podría, hoy, desde los departamentos de antropología social criticar los desarrollos de Pääbo sin recurrir a la falacia ad hominem? Estamos de espaldas al desarrollo del conocimiento, y al pie del cañón de la pelea política.

Como dijo recientemente un protagonista de la política latinoamericana contemporánea sobre golpear el poder con la razón: “prendan de nuevo las luces del siglo”, prendamos las luces del siglo en nuestra antropología social, no la dejemos ahogar, inerme, entre sus estertores.

El distanciamiento emocional de los problemas humanos no implica, por supuesto, el abandono de la militancia, activismo o de la acción política. Yo mismo padezco el dolor de las desgracias que viven los indígenas kogi e ikʉ en la Sierra Nevada de Santa Marta, donde quedó mi corazón atrapado desde 2015, y también soy atropellado sistemáticamente por el desmantelamiento mercantil de la sociedad. Por lo que permanentemente intento actuar, micro y macro políticamente, para impactar y resistir.

Pero a punta de pasión no vamos a incrementar nuestras capacidades para actuar en el mundo. Se necesita, también, de tenacidad y juicio, para salir de vez en cuando del compromiso inmediato y comprender la trastienda de la disputa por el poder: una auténtica emancipación intelectual.

 

@enganhifa

 

Referencia:

Hallpike, Christopher (2011) On primitive society and other forbidden topics. Authorhouse. London.