Arenas, el monumentalista que inmortalizó la montaña

 

Rodrigo Arenas Betancourt fue un enamorado de su territorio, de su montaña, de su familia, y de la mujer, pero también idealizó al ser humano y fusionó la figura de Cristo y Prometeo bajo la idea del sacrificio y la inmortalidad.

 

Escribe / Felipe Osorio Vergara – Ilustra / Stella Maris

 

En el Seminario de Yarumal, por allá en el 1931, la disciplina era casi de monasterio medieval. En las frías noches del Altiplano Norte de Antioquia, los profesores entregaban velas a sus pupilos para que se recluyeran en sus alcobas y estudiaran latín, castellano, teología o se nutrieran, como ellos decían, del alimento espiritual del Evangelio hasta que la vela se consumiera. Alumno por alumno recibían su vela, y se daban la vuelta con dirección a su habitación, disipándose entre la niebla húmeda de montaña. A diferencia de los demás, un jovencito de 12 años se enclaustraba en su alcoba, no a leer ni a instruirse en cuestiones monacales, sino a tallar Cristos en cera; era Rodrigo Arenas Betancourt.

Al Seminario había llegado luego de que sus padres, una pareja de campesinos del Uvital, en Fredonia, hicieran grandes esfuerzos pidiendo a familiares, amigos y conocidos para completar el ajuar y reunir el dinero para el boleto del ferrocarril y los trasbordos hasta Yarumal. “El día de la partida para el Seminario es difícil de describir por su escalofriante tristeza. (…) Fue a las tres de la mañana, dentro de la profunda soledad y oscuridad de la montaña. No solo soledad y oscuridad, sino desvalimiento, el terrible desvalimiento de la indigencia”, como describió en su libro autobiográfico Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte.

Su primer acercamiento con el férreo catolicismo lo había tenido con su abuela, una mujer que tenía las paredes de su casa cubiertas con tablones religiosos y con imágenes de santos y vírgenes hasta donde daba la vista. De ella conoció un Dios al que había que temer, idea que le reforzaron en el Seminario.

A Yarumal había ido buscando a Cristo, pero no lo encontró en la rigidez del ritual eucarístico ni en las fórmulas teológicas, sino en la libertad del arte.

Para desquitarse de la dureza de ese “cuartel de generales y sargentos”, como Arenas calificó al Seminario, creó Cristos sufrientes y lacerados. En las noches, encerrado en su alcoba, tallaba un Cristo mortificado en la cera de la vela, y encendía el pabilo. Disfrutaba ver cómo el calor fundía las formas y convertía la escultura en una masa amorfa de esperma seca, como redimiendo el martirio de su Cristo sufriente.

Su paisano del Suroeste, el intelectual y expresidente Belisario Betancourt, estudió también en el Seminario de Misiones de Yarumal, de donde fue expulsado tras diferencias con su profesor de latín.

Camilo Hoyos, doctor en Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra, de Barcelona, escribió, en un artículo, la importancia de Cristo para la escultura de Arenas: “La figura simbólica de Cristo jamás abandonaría a Arenas Betancourt. No simplemente por el temor inculcado por su abuela, sino porque él mismo ya había conocido, en su primera época, una imagen que parecía estar esculpida y rigurosamente copiada de la del Cristo sufriente, cruento y lacerado: la del campesino antioqueño”.

 

El Cerro Bravo, la sombra de su escultura

“He caminado por el mundo llevando una hirsuta bandera vegetal y un arisco espíritu aventurero, que busca reproducir en imágenes las vivencias del Cerro Bravo, del hambre primigenia, de las montañas ensangrentadas por el sol crepuscular y de las crestas andinas en galope azul”.

Rodrigo Arenas Betancourt. Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte.

 

Su infancia la definió la pobreza y la montaña. Poco le servía la exuberancia natural que lo rodeaba, pues nada de esa tierra era suyo. Su único escape a la realidad precaria era cuando iba al “filo a divisar”. Allí, entre las historias de brujas y duendes que le contaban sus padres, y soportando los ventarrones helados de la cordillera pegado a sus hermanos para mantener el calor, se abstraía viendo el movimiento de las nubes sopladas por el viento, como un anhelo de libertad, mientras que la inamovible silueta del Cerro Bravo, a veces nublado, a veces soleado, le mostraba la grandeza.

De la montaña bebió la monumentalidad, que reforzaría después con el muralismo del que se permeó en su autoexilio en México. De la pobreza, por otro lado, partieron sus ideas de izquierda y su notable humanismo y cercanía al pueblo. “A él le encantaba hacer navidades, invitar a casi todos los niños de la vereda, hacer las novenas y comer natilla, elevar globos. Era feliz viendo a los niños disfrutar las navidades. Me imagino que como una revancha por las tantas carencias que tuvo”, señaló María Elena Quintero, quien fuera su esposa por 18 años.

Y es que, a pesar de su vida fuera del país y del éxito que tuvo después de su regreso a mediados de la década de 1960, la montaña, el Cerro Bravo, seguía ejerciendo una atracción magnética en él. “Él siempre tuvo la nostalgia de su terruño, por eso, cuando llegó a Colombia, en vez de quedarse en Bogotá, volvió a sus orígenes, porque mantuvo la montaña clavada en el alma”, explicó José Alvear Sanín, historiador de la Academia Antioqueña de Historia y coautor del libro Acercamiento a Rodrigo Arenas Betancourt (2019).

Ya en Colombia, Arenas compró una finca en el Uvital, en la que solía pasar largas temporadas reflexionando, dejándose absorber por la inmensidad de la cordillera y empapándose de la neblina húmeda. “Nosotros vivimos diez años en el Uvital, ahí nacieron mis dos hijos. A él le encantaba sentarse, sobre todo en la noche, a ver las veredas iluminadas que quedaban en la parte de abajo. Luego llegaba un momento en que se apagaban todas esas luces y quedaban solo las estrellas. Era un momento muy bonito, y a él le encantaba ver ese contraste donde se apagaban las luces y se encendían las estrellas, parecido como un poema de García Lorca que dice “se apagaron los faroles y se encendieron los grillos”, relató la viuda del maestro.

Su primer maestro y orientador en arte fue su “tío” (le decía así, aunque se trataba del primo segundo de su madre) Ramón Elías Betancourt, quien había trabajado con Gaudí en Barcelona y había regresado a Colombia después de la Guerra Civil española. Sin embargo, las cabezas de animales que tallaba su padre en madera de naranjo y el profesor Yepes que le dictó dibujo en la escuela urbana de Fredonia también marcaron su acercamiento con el arte.   

Un legado en el viento

“Tú no te mueres porque tu obra está en el viento, en el aire, en la calle; le está diciendo a los colombianos cómo deben soñar, cómo deben pensar, cuál es el futuro: Tu mensaje es eterno, nunca vas a desaparecer…”

Otto Morales Benítez a Arenas Betancourt.

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La obra de Arenas Betancourt es destacada porque rompió con los cánones europeos que primaban en la escultura figurativa colombiana del siglo XX. “Una de sus mayores contribuciones a la escultura fue la de libertarnos de los modelos europeos. Arenas logró que nuestros héroes no aparecieran con retorcidos entorchados, con silbos de adolescentes griegos, con coronas impuestas por tipos de mujeres que no corresponden a nuestras múltiples bellezas colombianas”, como planteó su gran amigo, el escritor Otto Morales Benítez, en su libro La montaña de la dura cerviz.

Sus años en Europa, enviado por Guillermo León Valencia como agregado a la Embajada colombiana en Roma, le permitieron conocer el arte clásico y renacentista y ver, de primera mano, museos y sus colecciones de pintura y escultura de diferentes corrientes.

En Nueva York, por ejemplo, vio el arte moderno, pero, sobre todo, chocó con la modernidad metálica: “Nueva York es la encrucijada del hombre, el canto al acero, el poema de la máquina – hembra”, como narró en sus Crónicas de la errancia. Sin embargo, el vuelco a las raíces, a la identidad colombiana, a su montaña, y su estudio de las culturas prehispánicas mesoamericanas influyeron en gran manera en su obra. “Rodrigo supo captar la esencia y la idiosincrasia colombiana sin renunciar a una visión totalizadora del mundo”, expresó José Alvear, historiador y coautor de Acercamiento a Rodrigo Arenas Betancourt.

Su legado más visible son sus esculturas monumentales, su arte público, que le da vida a plazas y parques en Colombia y México, de ahí que su obra dote de sentido estético las ciudades, como afirma Daniel Botero, especialista en Periodismo Público y magíster en Ciencias Sociales: “Las esculturas redimensionan el espacio, lo dotan de sentido, y le dan una mayor conciencia estética a la ciudad”.

En el caso de Arenas se destacan sus monumentos enfocados en la identidad regional (Monumento a la raza, Monumento a los fundadores), a la historia nacional (Lanceros del Pantano de Vargas) y a los próceres de la Independencia (Bolívar desnudo, homenaje a José María Córdova), lo que los convierte en hitos de la construcción de identidad y preservación de la memoria. “Los monumentos reducen la traición que representa el olvido, independientemente que se sepa por qué se hizo o no”, explicó Ana María Valencia, artista visual y docente de estética y semiología del Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín.

Pero sus esculturas no son los únicos testimonios de su legado. Su esencia está también presente en:

Sus tres libros: Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte, Los pasos del condenado, y Memorias de Lázaro.

Los reportajes y notas informativas que publicó en su etapa de periodista en México.

Decenas de artículos y contenidos periodísticos que, como este, hablan de su vida, obra y legado, incluido un perfil escrito en 1955 por Gabriel García Márquez para El Espectador.

Los libros sobre él, como Arenas Betancourt, un realista más allá del tiempo (1986), o Acercamiento a Rodrigo Arenas Betancourt (2019), sin contar los capítulos dedicados a su escultura.

Desde lo audiovisual, la televisión regional de Antioquia ha llevado a cabo contenidos en su honor, como el noveno capítulo de la serie Más allá del Tiempo o el microdocumental sobre él en la serie Y también es paisa. No obstante, el mayor despliegue, hasta ahora realizado, por recrear su vida y acercarla al público, consiste en la miniserie Arenas, que está próxima a estrenarse.

Conversamos con Claudia Parra, productora de la miniserie, quien nos contó el detrás de cámaras de la obra y nos adelantó algunos detalles de esta producción. Escúchala en la entrevista a continuación.

La Fundación Rodrigo Arenas Betancourt, liderada por su esposa, María Elena Quintero, ha hecho esfuerzos por mantener vivo su legado y tratar de que se cumpla la Ley 748 de 2002, por la cual la Nación exalta la memoria, vida y obra de este escultor antioqueño, pero los esfuerzos han sido en vano.

En un testamento que Arenas dejó, manifestaba su interés en que su casa taller en Caldas, llamada Villaney, se convirtiera en una casa museo. Aunque cada gobernador que ha pasado por Antioquia ha prometido abrir este espacio, las palabras se han quedado en el viento, pues aún no se ha concretado nada. “Falta voluntad y visión. Un espacio de esos puede llamar la atención y sería un sitio para enriquecer mucho el municipio [de Caldas], y no ha habido quién tenga esa visión. La hemos luchado desde el momento de su fallecimiento hace 26 años, yo hago lobby, visito, envío cartas, correos, doy lucha… pero nada da resultado”, señaló María Elena Quintero.

En el Valle de Aburrá se encuentra gran parte de su obra. Solo el Centro de Medellín es casi un museo a cielo abierto que cuenta con siete de sus esculturas, todas visibles, públicas, listas para ser encontradas por el ojo contemplativo.

Resulta paradójico que un artista que consagró gran parte de su obra monumental a representar las gestas y próceres de la historia colombiana para mantener viva su memoria, sea ahora el olvidado o, mejor dicho, el ignorado, pues su nombre solo se recuerda por las administraciones, con bombo y platillo, en sus efemérides, pero el resto del año pasan por alto la apertura del museo.

El espacio museístico no solo es una deuda con el maestro y un tributo a su legado, sino también una importante oportunidad turística que podría hacer del municipio de Caldas un referente en arte para el departamento y el país.

Conoce más acerca de la obra de Arenas en el siguiente escultour, un recorrido interactivo por sus obras monumentales más destacadas y su ubicación. 

Portada especial / Rodrigo Arenas Betancourt

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