Arte bajo el terror (II): El caso Oesterheld

“Lástima que los hombres sólo dan valor a lo raro… No aprecian lo que abunda… Para ellos vale más un pedazo de oro, sin trabajar, que una hoja de árbol o una pluma de pájaro…”. 
Héctor Germán Oesterheld, El Eternauta, 1959[1]
 
Hombres de hierro que no escuchan la voz
Hombres de hierro que no escuchan el grito
Hombres de hierro que no escuchan el dolor
Gente que avanza se puede matar
Pero los pensamientos quedarán
 León Gieco, Hombres de hierro, 1973[2]  
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Héctor Germán Oesterheld
Imagen: http://www.ellitoral.com

Por: Jaime Flórez Meza

Veinte años antes de ser secuestrado, en abril de 1977, por órdenes de la dictadura militar argentina, el escritor y guionista de historietas Héctor Germán Oesterheld (1919-¿1978?) había fundado con su hermano la editorial Frontera, desde la cual daría a conocer su más célebre comic, El Eternauta, en septiembre de 1957. En él Oesterheld narra una invasión extraterrestre en la misma ciudad de Buenos Aires, ejecutada por unos horribles seres que obedecen las órdenes de otros que nunca se muestran, los “Ellos”. La invasión se inicia con una insólita tormenta de nieve que acaba con la vida de buena parte de sus habitantes. Oesterheld reeditó su famosa historieta dos veces más a lo largo de su vida. La última fue en 1976 cuando su país entraba en el período más oscuro de su historia: en marzo un golpe de Estado militar implantó la que sería una de las más atroces dictaduras del continente. A partir de entonces Oesterheld empieza a vivir la pesadilla que había prefigurado desde 1957: adherido a la organización guerrillera Montoneros, al igual que sus cuatro hijas, pasa a ser su jefe de prensa y entra en la clandestinidad, desde donde termina el guion de El Eternauta. Segunda parte, dictándole los textos por teléfono a su dibujante Solano López.
En la navidad de 1977 el historietista fue visto con vida en un centro de detención clandestino por un testigo secuestrado que sobrevivió para contarlo, Eduardo Arias. Por ser Nochebuena, los guardias les permitieron a los secuestrados quitarse las capuchas, fumar un cigarrillo y hablar entre ellos durante cinco minutos. El aspecto de Oesterheld, de 58 años, era absolutamente penoso. A Arias, si es que lo leyó alguna vez, le pudo haber recordado a aquel extraterrestre capturado y agonizante de uno de los capítulos de la historieta, cuyo semblante se torna humano y canta un conmovedor estribillo de despedida en su lengua. Se presume que al año siguiente Oesterheld fue asesinado. El mismo destino tuvieron sus cuatro hijas y sus yernos. Este contexto de horror parecía ser una exteriorización real de su famoso relato gráfico.
Durante los meses de clandestinidad Oesterheld vivía en hoteles, bares e incluso plazas. Sus hijas Beatriz y Diana (embarazada de seis meses al momento de su secuestro) fueron asesinadas por miembros del régimen en 1976, y su nieto Fernando, hijo de Diana y de apenas un año, llevado a una casa cuna y registrado como N.N. hasta el 10 de agosto de ese año en que fue recuperado por sus abuelos paternos. El siguiente en caer fue el propio Oesterheld: el 27 de abril de 1977 fue secuestrado en la ciudad de La Plata. Su yerno Raúl Araldi, esposo de Diana, fue asesinado en agosto de 1977 por miembros de la policía. Siguió Marina, la menor (18 años), embarazada de ocho meses, en noviembre de ese año. Y por último Estela, la mayor (24 años): el día que despachaba una carta en la que le comunicaba a su madre la desaparición de Marina, ella y su esposo Raúl Mórtola fueron asesinados a quemarropa. Su hijo Martín, de tres años, fue llevado al centro de detención donde se encontraba su abuelo para que éste les dijera a sus carceleros dónde podían entregar al niño. Fueron las únicas horas que Oesterheld pasó con un miembro de su familia durante su cautiverio. El mismo día, 14 de diciembre de 1977, el niño fue entregado a Elsa Sánchez, la esposa del historietista. Veinte años después el propio Martín, para entonces diseñador gráfico, declararía: “Cuando un taxista me dice: ‘Acá estaríamos mejor con mano dura’, no lo puedo creer. Porque además de la vida y la memoria, el país perdió la cultura: con los desaparecidos se fue una generación de gente pensante. Y ese hueco se siente. Se necesita educación para que la gente despierte y piense”.[3]
 
Elsa Sánchez perdió a su marido, sus hijas y sus dos yernos; solo el cadáver de una de ellas, Beatriz, le fue devuelto. Su nieto Fernando se crió con sus abuelos paternos. Algunos informes sostienen que Diana y Marina dieron a luz en cautiverio y que sus bebés fueron robados; otros afirman que los dos bebés nunca nacieron. Siete miembros de la familia Oesterheld asesinados por orden de la dictadura, la misma que organizó el mundial de fútbol de 1978, que celebró el triunfo de su selección, mientras mantenía su Proceso de Reorganización Nacional bajo el imperio del terror; la misma que desató una guerra suicida contra Inglaterra por las islas Malvinas. Ese proceso de reorganización nacional costó la desaparición de 30.000 personas, sin contar los muertos de la guerra.
3107_01Imagen: http://www.ellitoral.com
Tanto El Eternauta –la obra maestra de Héctor Germán Oesterheld– como la definición de los militares de las víctimas, el neologismo argentino del “desaparecido”, dan cuenta de un “proceso” que sigue sucediendo, un horror del que no es posible despertar. Mientras que en este clásico de la historieta argentina el protagonista Juan Salvo (El Eternauta) viaja en el tiempo intentando infructuosamente encontrar a su esposa e hija, los familiares de los desaparecidos buscaron durante décadas a sus seres queridos que en una siniestra maniobra de los militares argentinos fueron “expulsados” a otra dimensión: la de la “desaparición”. Basta aquí recordar las tenebrosas y tan citadas palabras de Videla (el dictador de turno): “Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos. Están… desaparecidos”.[4]

En aquellos años de terrorismo de Estado las opciones que tenían los argentinos frente al mismo eran pocas: el silencio, la protesta pacífica (como la de las Madres de la Plaza de Mayo que clamaban por sus hijos desaparecidos), el exilio, la rebelión… Oesterheld y sus hijas optaron por la última, la militancia clandestina en la organización Montoneros.

En la segunda parte del relato, la que Oesterheld escribiera en la clandestinidad, Juan Salvo es el líder de una rebelión armada contra los invasores que cada vez actúa con más saña, aun a costa del sacrificio de sus propios combatientes, sin inmutarse ante el dolor. Era lo que pasaba con Montoneros, organización que terminaría desarticulada política y militarmente. Desde un comienzo la historieta tuvo un fondo político: situándose la invasión en un país periférico, la Argentina, los países del Norte le dan su apoyo con armas y bombas nucleares; luego, en la segunda reedición -la de 1969 que pone fin a la primera parte de la saga-, el Norte traiciona al Sur vendiéndolo a los jefes invisibles de la invasión, los “Ellos”, para salvarse de ésta. Oesterheld escribe en un momento particularmente intenso de la Guerra Fría. Una posible lectura política es que si en un comienzo el enemigo era el imperialismo soviético (el de Stalin y Kruschev), el imperialismo estadounidense va a dejar al Cono Sur en manos de sus militares y sus dictaduras (Operación Cóndor) a su triste suerte: “En El Eternauta se encuentra toda una construcción jerárquica de dominación: los cascarudos, los gurbos, los hombres-robot son controlados por los Manos quienes a su vez son lugartenientes oprimidos por los Ellos, verdaderos amos del tablero de la vida y la muerte”.[5]  
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Viñetas de El Eternauta
Imagen: http://roberthood.net
Aunque no todos concuerdan en reconocer el cómic o historieta como una forma de literatura, se le ha llamado literatura de la imagen, literatura dibujada o literatura gráfica. Otros consideran que el cómic es un arte en sí mismo. Sin embargo, muchos lo ven aun como un género menor.
Héctor Germán Oesterheld Puyol, de ascendencia alemana y española, fue un innovador de la historieta en Argentina. Con El Eternauta mostró que así como en la realidad la atención mundial podía estar en la periferia, con sus hechos, países y personajes, una historieta sudamericana bien podía ubicarse en su propio territorio reflejando un poco el momento histórico, la geopolítica actual y lo que se veía venir en años posteriores dentro de la dinámica de esa guerra fría que libraban las dos mayores potencias del planeta.

No sólo las esquinas y monumentos de la ciudad de Buenos Aires -fácilmente reconocibles por los lectores argentinos- están explícitamente incorporadas en la historia: también el momento histórico-político se deja entrever en los detalles: se divisan, por ejemplo, grafitis políticos (“Vote Frondizi”) que reflejan el aquí y ahora del lector. Esto constituyó una revolución en la narrativa argentina: los extraterrestres no sólo invadían New York o Londres sino que ahora aterrizaban en Buenos Aires, lo que rompía […] un cierto gesto colonialista que aseguraba que la aventura siempre estaba en el centro y nunca en “nuestra periferia”.[6]

Además de esta y otras importantes historietas de ficción como Sargento Kirk, El Indio Suárez, Ernie Pike, Rolo el marciano adoptivo, Mort Cinder, Sherlock Time y La Guerra de los Antartes, que lo convirtieron en el más importante historietista argentino de su generación, Oesterheld escribió relatos infantiles (fue así como inició su carrera literaria) y recibió el encargo de escribir dos biografías en formato de historieta: una sobre el Che Guevara y la otra sobre Eva Perón. La del Che -dibujada por Alberto Breccia, uno de los más grandes e influyentes historietistas de todos los tiempos, y su hijo Enrique- se publicó en 1968, pero el gobierno militar de entonces ordenó retirarla de circulación y secuestró los originales. La de Evita no se llegó a publicar en vida del escritor sino póstumamente en 2002. Se cree que la biografía de Guevara  (que había molestado mucho a los militares), la militancia en Montoneros y la segunda parte de El Eternauta fueron los motivos principales que llevaron a la dictadura a desaparecerlo.
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No obstante, Oesterheld nunca empuñó un arma, su trabajo estaba en el área de prensa de la organización subversiva que, de todos modos, lo utilizaba en ocasiones para enviar mensajes cifrados a través de la historieta en cuestión. Su viuda considera, por obvias razones, que el ingreso de Oesterheld y sus hijas en Montoneros fue un error fatal. El escritor decidió seguirlas hasta las últimas consecuencias en aquella aventura suicida que logró transponer en su historieta maestra. Él mismo pasó a personificar una conmovedora historia de resistencia que vivía día a día. De hecho, ya desde El Eternauta I había decidido incluirse a sí mismo en la historia como testigo y narrador de la aparición de su personaje. Y siguió figurando en la segunda parte, manifestando incluso dudas por los cambios que sufría su héroe, por las decisiones que tomaba. Su obra era también un ejercicio de auto-ficción. ¿Pero hasta qué punto Oesterheld estaba convencido de la temeraria opción que había asumido después de mostrarse un tanto escéptico frente a la mutación extrema de Juan Salvo, su alter ego? Nunca lo sabremos. “Me invade una rara mezcla. Piedad y rechazo”,[7] escribió en una de las viñetas. Lo dolorosamente cierto es que acabó por encarnar, en el mundo real, su propia desaparición. Es la historia de Oesterheld, otro de esos casos en los que vida y obra van de la mano hasta un trágico final, sin doblegarse nunca ante el miedo institucionalizado.
[1] Citado por Liliana Ruth Feierstein en “El Proceso”: de Kafka a Oesterheld, pdf., p. 198.

[2]  Canción de León Gieco, cantautor perteneciente a una brillante generación de músicos de folk y rock argentinos, como Luis Alberto Spinetta, Charly García, Litto Nebbia y Juan Carlos Baglietto, entre otros. Gieco hubo de exiliarse durante la dictadura (1976-1983). De ese período es su más conocida canción, Sólo le pido a Dios.
[3] Testimonio recogido en http://www.desaparecidos.org/arg/victimas/o/oesterheld/hector.html “Nadie pudo matar al Eternauta”.
[4] Liliana Ruth Feierstein, op. cit., p. 178.
[5] Ibíd., p. 197.
[6] Ibíd., p. 195.
[7] Citado por Liliana Ruth Feierstein, op. cit., p. 200.