lo invita a uno a adentrarse en los recovecos de la historia del mundo, como un primer paso hacia la comprensión total del universo novelístico del que su autor hace gala.

Por: Kevin Marín

 

www.revistaarcadia.com

www.revistaarcadia.com

 

Es, sin permitirnos ninguna duda, la novela de cualquier persona: la historia del hombre dentro de la historia, de ese azar caprichoso que nos determina en cualquier momento, que nos llena la cabeza de recuerdos, personas, relaciones y lugares a través del espectáculo que nos toca vivir y del cual es casi imposible salir. Mo Yan, por supuesto, no logró hacerlo y como todo escritor relató en sus libros su época, sus grandes inquietudes, enmarcados todos en el relato de las políticas (independientemente de cuál sea su verdadera ideología) que construye la historia de China.

Cambios, es una pequeña novela, que Consuelo Gaitán se inclina en llamar “divertimento” pero que, sin embargo, está embriagada con las aventuras (patéticas, inútiles, inconscientes) de un niño que es el mismo Mo Yan, en la que en poco más de cien páginas construye -eso sí, someramente- la historia de su país, las políticas públicas que eran visibles para un niño y un adolescente que descubre con premura las vicisitudes de una educación autoritaria y hostil, las paradojas de la vida (representadas en su rebelde amigo), la pobreza, los sueños que desencadenan los vacíos económicos aliviados por el cine y el encuentro frontal con la realidad de un país que divide a sus ciudadanos en derechistas y obreros. Que le muestra (aparentemente) que su única oportunidad para sobrevivir honradamente era enlistarse en el ejército. Es curioso: cuando las oportunidades son tan patéticas y los sueños de la infancia tan arraigados, el adolescente empieza a construir su vida como una propia novela: lo que vio, lo que sintió, lo que elevó su imaginación (como un Gaz 51 soviético) precisamente, le hace construir su realidad con meras fantasías.

El comunismo, Mao, la guerra contra Corea, las revoluciones culturales, los militares, las distinciones de clase, los privilegios, las raciones de alimentos; todo eso, creo, para comprender el sentido del título del libro. Todo corre, nada escapa, todo está en movimiento, las ideologías pasan y todo sigue igual (pero con mil muertos más, o con mil menos).

Yo me atrevería a decir que es una novela histórica, a pesar de que sea explícitamente memorística y, como es un género literario al fin y al cabo, no tiene porque detenerse a explicar cada acontecimiento, aunque lo haga disimuladamente.  Príncipe y Mendigo -ejemplo que siempre tomo por ser particularmente descriptivo- no hace más referencia a la historia que cuando se sitúa en la época de Enrique VII y la ambientación de sus lugares y personajes sin hacer pausas rigurosamente analíticas de porqués, cuándos y cómos, que es lo que haría un tratado de historia.

Es la novela, me parece, que lo invita a uno a adentrarse en los recovecos de la historia del mundo, como un primer paso hacia la comprensión total del universo novelístico del que su autor hace gala. Porque no es solamente la historia de un niño, sino la de toda una sociedad que vive y ha vivido los flagelos impuestos por totalitarismos que prometen grandes cosas e ideologías rampantes, que sobrevive muy a su pesar, que siente como un ser individual y debe arreglárselas como tal.

Toda la novela se sostiene a pesar de las paradojas que vinculan a Mo Yan en su vida como literato crítico y miembro de un partido político que satíricamente también enlaza en su novela más personal, sin atreverse a desecharlo.