DOS MOSCAS Y UNA PRESA DE POLLO

Cuando empezó a salir con Andrés semanas después de la muerte de su padre, ella tenía las uñas largas, cada semana las pintaba de un color distinto y, a veces, se entretenía imaginando diferentes diseños para ellas. Solo fue secuestrar al niño para que se le partieran todas

Escribe / Giovanni Campanella – Ilustra / Stella Maris 

—Necesitamos la plata —murmuró Andrés—. Ya no me aguanto a mi esposa, todo el tiempo está chillando.

—La llamé hoy. Me dijo que me la iba a entregar mañana.

Dos moscas volaban alrededor de los huesos de pollo que estaban en el plato. Lucia las había espantado antes, pero ya estaba cansada de dar manotazos al aire. Andrés no les prestaba atención, porque estaba repasando las fotografías que le había tomado al cuerpo desnudo de Lucia. Ella se levantó, dejó el plato en la mesita de noche, buscó las chanclas debajo de la cama entre el montón de cajas y maletas que habían acomodado allí hace tres días, luego alzó las cobijas que estaban en el suelo y se las tiró a Andrés.

—Huele a mierda, desde que llegamos huele a mierda.

Andrés no respondió, soltó el celular y se deshizo de las cobijas de una patada. A los pocos minutos, se incorporó mientras bostezaba, buscó sus boxer bajo la almohada y sus pies desnudos cayeron sobre el piso de cemento.

—Y ¿Si tu esposa llama a la policía?

—No la va a llamar, está muerta del miedo.

—Tu hijastro ya me tiene harta, comenzó a llorar desde las cinco de la mañana.

—Que llore todo lo que quiera, ya le dimos de comer.

—Eso fue esta mañana. Deberíamos llevarle el ala que quedó y un par de papas—buscaba entre una bolsa donde sobresalían unos huesos roídos—. Ah, y una de estas cobijas, está haciendo mucho frío.

Andrés no respondió, miraba a las moscas, se acercaba lentamente al plato que sobrevolaban en círculos; después de tres aplausos, una quedó estripada en sus manos y la otra se perdió en la cocina.

—¿Las mataste?

—Necesito bañarme —abrió sus manos y las acercó a la cara de Lucia—. La otra se me voló.

—¡Qué asco! —se inclinó hacia atrás— Se te untaron de sangre.

Lucia levantó el plato de la mesita de noche y dejó rodar los huesos en la caneca de la cocina. Había apartado la comida del niño y echó encima, sin lavar el plato, el ala junto a dos papas saladas. Necesitaba sacarlo para que Andrés se bañara, entonces entreabrió la puerta del baño. Asomó la piel blanca con varios morados y algunos raspones; el niño dormía al lado del lavamanos. La primera vez que Lucia lo vio en una foto, se preguntó por qué era tan blanco; le gustó su cabello, parecían canas, por algún motivo la llevaban a pensar en el cielo y por un momento creyó que ese niño era un ángel. Lo despertó. Sus manos acariciaron las mejillas frías, le hizo a un lado un mechón y le quitó las gafas de enorme cristal. Los ojos rojos del niño quedaron al descubierto. Se los vendó con una de las pañoletas que acostumbraba a usar en la cabeza antes del secuestro, deshizo el nudo de la cabuya que ataba sus muñecas y lo tomó de la mano; el niño caminó dando traspiés hasta la cocina.

—Ya, ya, entra, entra —dijo mientras miraba a Andrés y al baño, a Andrés y al baño.

El niño intentaba seguir con la cabeza los ruidos detrás de los pasos, quiso levantarse la pañoleta, pero la cachetada llegó al instante, su cara giró a un lado casi dando media vuelta. Uno de sus labios se había reventado; brotó un poco de sangre. Lucia lo amarró al mesón y le descubrió los ojos. Ella le examinó la cara, porque el temor de un golpe irreparable la embargó, aún le dolía la palma de su mano tras la cachetada. El niño no abría los ojos, ella lo sacudió: nada, su cuerpo era un peso muerto. Se agitó la respiración de Lucia; la del niño estaba ausente. Lucia temblaba, enmudeció, en toda la casa apenas se escuchaba el golpe del agua contra el piso de la ducha. Prendió la linterna del celular, le abrió los párpados, y la colocó directamente en los ojos del niño, al instante él se cubrió con los brazos.

—¡Hijoputa albino! Se vuelve a hacer el muerto y yo lo mato, lo mato —gritó mientras lo sacudía y lloraba, al poco se desplomó sobre los hombros del niño.

Después de algunos minutos, Lucia reunió la fuerza para levantarse del piso y se detalló las manos. Sus uñas estaban cortas. Cuando empezó a salir con Andrés semanas después de la muerte de su padre, ella tenía las uñas largas, cada semana las pintaba de un color distinto y, a veces, se entretenía imaginando diferentes diseños para ellas. Solo fue secuestrar al niño para que se le partieran todas; nunca había golpeado a alguien en su adultez, al tratar de recordar, únicamente se le venía a la cabeza una pelea en quinto de primaria con un Kevin, él le había levantado la falda y ella le reventó la nariz de un puño en la cara.

—Sal, sal —dijo al escuchar cómo se abría la puerta del baño. No se atrevió a mirar a Andrés—. Sin gafas no ve un culo.

Andrés se encerró en el cuarto. Lucia le colocó las gafas al niño, solo le había puesto la pañoleta para evitar cualquier sorpresa, pero a esas alturas sentía que ya no le importaba la plata. La policía podría descubrirlos y entonces ellos tendrían que huir lejos, muy lejos de ese niño albino que se hace el muerto y se caga en el piso aun estando en el baño. Sí, se repetía a sí misma, no necesitarían dinero, bastaba con Andrés, eso era suficiente, siempre lo había sido. Probaba tomar aire y botarlo por la boca, lento, como le habían enseñado en su clase de yoga. Se entró a la habitación.

—Creí que él había muerto, creí que él había muerto —rompió en llanto—. Ya no me aguanto más, ya no puedo, no puedo hasta mañana.

—Ya está oscureciendo, solo son unas horas —respondió Andrés sin mirarla—. Necesitamos la plata ¿De qué viviríamos tú y yo? Ni siquiera puedes pagar la hipoteca de tu apartamento. No tenemos plata y…, encima con la policía detrás. Yo no me casé con esa vieja para vivir así.

—No puedo pagarla por tu culpa ¡Hijoputa parasito! Te la di toda y te la gastaste—su boca temblaba, sus pómulos estaban húmedos—. Ahora la vieja te va a botar sin darte un peso ¡No entiendo cómo alguien puede ser tan bruto! Como dices que firmaste esos papeles sin darte cuenta.

—Esa plata de la hipoteca te la doy apenas nos paguen por ese chino —la miró a los ojos como quien dice una cosa obvia, después la apartó y buscó su camisa—. Además, esa sapa hijoputa nunca me habló de capitulaciones, ahí ya no es culpa mía.

—Todos deben estar sospechando de ti ¿Por qué viniste? En qué momento de enamoré de alguien tan bruto —gritaba Lucia agitada— ¡Pedazo de mierda! ¡Pedazo de mierda! Nos van a agarrar, nos van a agarrar, estoy segura.

Andrés no le respondió, la miraba de arriba abajo y luego empezó a abotonarse la camisa. Él había conocido a Lucia en una de las ferreterías de su esposa; ella se encargaba de la caja. Cuando ambos se miraron a los ojos, él supo lo que pasaría; se acercó a ella días después y a las pocas semanas comenzaron a salir. Él tuvo la impresión de que ella estaba enamorada y triste por la muerte de su padre.

—Ven acá, ven. Ya mañana se acaba, ya mañana se acaba todo —tomó de las manos a Lucia y la llevó contra su pecho— Te amo, te amo tanto.

—Tú no le limpias la mierda —lo empujó—, se caga fuera del inodoro ¡¡Ese niño hijoputa se caga en el piso del baño!! Tú solo me quieres acá, porque soy la única, la única que se aguanta toda esta mierda.

Lucia salió de la habitación. El estruendo tras cerrar la puerta hizo eco durante algunos segundos. No comprendía, no. La cabeza le daba vueltas, creyó que se iba desmayar; entró al baño y, frente al espejo, el llanto sobrevino de nuevo, también un dolor en el pecho, un hormigueo en las manos.

—Estoy tan cansada —se dijo frente al espejo.

Lucia maldijo el momento en que fue al colegio y convenció a ese niño albino, junto con Andrés, de que los acompañara. Maldijo el trasteo a Usme, la casa en Brisas del Llano con una pieza, una cocina y un baño. Antes del secuestro, Lucia vivía en un apartamento de Chapinero, la única herencia que le dejó su padre antes de morir. Su habitación olía a flores frescas y su baño a shampoo de sábila. El banco la iba a embargar, tendría que decirle adiós a todo. Lucía imaginaba el plan del secuestro como un renacer, estaría con Andrés en algún país exótico, en una casa diez veces más grande que su apartamento y sin ninguna preocupación, harían el amor todos los días y el recuerdo de su padre ya no le dolería tanto. Aun así, quiso volver por un momento, acostarse en su cama, encender la televisión y ver series hasta quedar dormida como acostumbraba al llegar del trabajo. Pero no, debía soportar ese olor que se debatía entre la mierda y la orina, el colchón desgastado y el agua helada de la ducha.

—Estoy tan cansada —se dijo nuevamente frente al espejo.

Ayer el niño no dejaba de llorar, gritaba, preguntaba por su mamá. Lucia tuvo que usar el baño y él le dio un par de patadas mientras lo sacaba. Ella no recuerda muy bien, pero luego de unos segundos tenía una correa en las manos. Lo golpeó con la hebilla hasta que su brazo cedió al cansancio y el niño, ya ensangrentando, no opuso más resistencia. Ayer Lucia no se reconoció, se tendió en la cama y se quedó horas mirando sus manos, las imaginaba llenas de sangre. A la medianoche, llamó a Andrés para preguntarle cuándo se iba acabar, cuándo se irían del país con el dinero. Solo en la madrugada concilió el sueño.

Se lavó la cara con agua fría. Tenía ojeras. Respiro hondo, ya se sentía mejor. Salió del baño, abrió la puerta de la habitación y dijo.

—Tacaña hijoputa —abrazó por la espalda a Andrés—, tiene un montón de plata con esas ferreterías y le duele soltar un centavo por el hijo, ahora, se hace la del rogar; pero mañana no me voy sin antes decirle un par de cosas, ya mañana puedo desquitarme.

Andrés se había terminado de vestir, solo se ajustaba la corbata.

—Esta noche la vuelves a llamar. Yo voy a convencerla —le susurró Andrés al oído.

—¿Será que mañana sí? Parece que tu esposa no quiere a ese chino.

—Ya verás que mañana no nos vamos a preocupar por nada. Tengo que irme para que no sospechen.

Lucia se asomó a la ventana para ver a Andrés caminar bajo la luz de los postes. Él había dejado el carro en una vieja ferretería que él administraba hace dos años; el dueño lo conocía, juntos acostumbraban a robar mercancía hasta que el negocio se cayó y su esposa lo vendió.

Lucia permaneció junto a la ventana, a pesar de que Andrés ya había desaparecido y aún tras haber escuchado un carro a lo lejos cruzando la avenida; la despertó de ese letargo un escalofrío que le sacudió el cuerpo y se tiró sobre la cama para envolverse en las cobijas.

—Vamos a llamar a esta hijoputa —dijo en voz alta.

Sacó uno de los celulares del cajón de la mesita de noche, ya se había aprendido el número. Timbraba. Colgó. Se le ocurrió ir a la cocina, amordazar al niño y hacerlo gritar; tal vez, sería más rápido así, una cuestión de horas. Estiró los brazos, se levantó y caminó despacio. La casa le pareció más grande

—¡Qué lástima! Voy a extrañar esta casa —intentó sonreír.

Volvió a llamar de nuevo, tenía al niño de frente, le acariciaba el cabello con una de sus manos; ya mañana se acaba todo, repetía, ya mañana se acaba todo; juntaba las manos como si estuviese orando, intercalaba intentos de sonrisa con leves balanceos. Colgó de nuevo, no le salían las palabras. Pensó en la policía. Se acostó sobre el piso, lo sintió helado. Respiró hondo. Allá, en el techo estaba la mosca que se le había escapado a Andrés y creyó, por un motivo desconocido para ella, que era una señal de esperanza. Se levantó con delicadeza, se quitó la chancla, acercó el brazo. Silencio. El estruendo de la chancla en el techo, la mosca alcanzó a huir, después de unos segundos un manotazo la tiró al suelo; ahí, en el piso, alcanzó a mover torpemente un ala.

—¡Esta hijoputa! Estaban llenas de sangre —la estripó con la chancla. Suspiró—. Ya mañana se acaba todo, ya mañana se acaba todo.

Fue a buscar otro celular. Miro la hora: las siete. Encendió la televisión para ver las noticias y en los titulares salió el rostro de Andrés, su carro completamente destrozado, estrellado contra una tractomula durante una persecución de la policía. Lucía cayó sobre la cama, no lograba respirar ni mover el cuerpo, otra vez el hormigueo, el vacío atravesando su pecho, las manos empapadas de sudor, la mirada fija en el televisor.

El ruido de las sirenas se escuchaba a lo lejos.