EL SIGILOSO TEATRO

Leer es leerse a sí mismo. Es igual que mirarse en un espejo, igual que pararse frente a una montaña, o un cañón, y hacer preguntas a gritos. Leer es ser Narciso y Eco al mismo tiempo. Y los libros son espejo y paredes escarpadas, que lisas o bruñidas, regresan nuestras preguntas

Escribe / Pablo Felipe Arango – Ilustra / Stella Maris

En 1967 Adolfo Bioy Casares viajó por Europa a bordo de un Peugeot alquilado, visitando amigos, amigas, editores, museos y restaurantes; iba solo. Cada tanto tomaba una fotografía de su hotel, alguna calle con un vehículo parqueado o transeúntes, y adjuntándola la enviaba con alguna breve nota dirigida a Silvina y a su hija. Las cartas, aunque escuetas, dejan traslucir la mirada atenta y de escritor de Casares, además de ese temperamento frío y caballeroso, tan de señorito argentino.

Una de aquellas fotos es, a mi juicio, estupenda, y no precisamente porque esté bien tomada.  Advirtió Bioy en la carta que la acompañaba que había sido tomada con su Polaroid. Se trata de una fotografía del propio escritor que apenas aparece por una esquina del espejo del baño de su habitación, y que obtura pronto la cámara como si quisiera capturar lo que realmente sucede en el espejo y no la propia imagen. Tal vez quería saber qué sucede en el espejo cuando no hay nadie al frente, y qué es lo que entonces, o a quién, refleja, si es que refleja.

El retrato de Bioy muestra al otro Bioy, habrá dicho Borges al ver la foto que con toda seguridad le mostró Silvina. Ya unos años atrás Borges había escrito: “…Si entre las cuatro/ paredes de la alcoba hay un espejo, / ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo/ que arma en el alba un sigiloso teatro”.

También había advertido Borges que los espejos le parecían abominables porque reproducían, como la cópula. Después reconoció que más que parecerle abominables les temía, por misteriosos y profundos.

En una de las tantas versiones existentes, Narciso quedó extasiado consigo mismo cuando vio su reflejo en un espejo de agua. Caravaggio pintó de manera magistral aquella cara asombrada momentos antes de que se arrojara a las aguas para morir ahogado; todo como castigo por haber rechazado el amor de la ninfa Eco, que amaba su propia voz, la que perdió cuando Hera la castigó por engañarla ayudando a Zeus, condenándola a repetir la última palabra que escuchaba. Eco se dejó morir condenada a tal martirio y desdichada por la indiferencia de Narciso. Ambos sin embargo fueron subyugados por el misterio de la repetición.

Leer es leerse a sí mismo. Es igual que mirarse en un espejo, igual que pararse frente a una montaña, o un cañón, y hacer preguntas a gritos. Leer es ser Narciso y Eco al mismo tiempo. Y los libros son espejo y paredes escarpadas, que lisas o bruñidas, regresan nuestras preguntas, no a manera de respuesta, sino replicando lo interrogado para que seamos nosotros mismos los que respondamos.

Más que ventana, como suponía el escritor israelí Amos Oz, la literatura es un espejo, y no de la realidad, que es prosaica, sino de nosotros mismos. El escritor y su obra son apenas un pretexto para percibir nuestro yo; incluso para lograr desentrañar nuestros yoes más profundos. Alguna vez el actor inglés Hugh Grant fue descubierto teniendo sexo con una prostituta, ante lo que un periodista norteamericano le preguntó si iría donde un psicoterapeuta, él le contesto: “No, en Inglaterra leemos novelas”.

Borges también escribió: “A veces en las tardes una cara/ nos mira desde el fondo de un espejo/ el arte debe ser como ese espejo/ que nos revela nuestra propia cara”. Algún día voy a sacar una reproducción de la fotografía de Bioy, la tomada con su Polaroid cuando recorría Europa, mientras flirteaba sin vergüenza con sus amigas casi como Grant, y la pondré en mi biblioteca.  Me parece la más exacta representación de un lector. Así, con el temor de un voyerista, nos acercamos a todo libro, no deseosos de descubrir las vergüenzas del escritor o sus personajes, sino las nuestras, y participar entonces de ese sigiloso teatro.

Razón tenía el triestino Bobi Bazlen, que sabía más que nadie de qué va la literatura, de lo que se trata. Es realmente de antropología, decía.