El simulacro no es lo que oculta la verdad.
Es la verdad la que oculta que no hay verdad.
El simulacro es verdadero.
Baudrillard.
PRÓLOGO AL POEMARIO YO, ADÁN, DE MATEO QUINTERO
Escribe / Esteban Cruz – Ilustra / Dall-E
Es la poesía de Mateo Quintero un simulacro donde el hombre se sienta en una barra y dialoga con Dios, y termina siendo un soliloquio, porque Dios no habla, solo el hombre habla para sí mismo y desafía a Dios a responder, lo desafía a que exista, a que lo refute, a que lo confronte; sin embargo, aunque la obra está marcada por visos teológicos, no es el único enfoque, hay otros temas que le interpelan como un golpe en las costillas, como un ardor en la mano, es la pluma un arma con el pomo ardiente que quema tras cada movimiento, tras cada palabra, y ese ardor, esa sangre negra que provee la llama, permea su poesía, la constituye, como el dolor constituye al hombre.
“Bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto”, J. L. Borges.
Son esos dos espejos opuestos que habitan dentro del poeta, espíritu y cuerpo, reflejo y refracción, lo que construyen el laberinto que es la poesía de Mateo Quintero, una confabulación de tópicos que circundan en el aire por el amor en todas sus formas, por el odio desde todos sus matices y por la resignación de haber nacido, por la condena de ser libre a la cual aludía Sartre. Se propicia la concatenación de su razón con su sentir, hay un sabor añejo en sus sentencias, novedoso para alguien tan joven, que está bien encaminado en la construcción de su estilo, con influencias literarias notables, con intuición y picardía: es una poesía disfrutable y concisa, la imagen se construye y deconstruye en espacios estrechos, satírico y preciso en dicha sátira, logra un hilo coherente con espacios que prefiguran su ideal de mundo, su ideal de que el mundo en sí es un <no lugar>, concepto que profundiza el antropólogo francés, Marc Augé en su libro: Los no lugares.
Podrá reconocerse en la escritura de este joven autor mucha verosimilitud, sincretismo de formas para la representación de las imágenes que reproduce su espíritu, lleno de tedio, pero a la vez, guarda una especie de esperanza que reposa en la piel, en lo palpable, en lo tangible, promete además una posibilidad, tema valioso en una sociedad llena de vacío. Si bien su obra está colmada de propiedad e influencia por la fuerza del ego, ya que se yuxtapone como sujeto superior (lo es en efecto desde su percepción de mundo, su mundo, es él el Dios de ese mundo) y entabla una protesta, una concientización implícita sobre cómo se debe asumir el sujeto frente a las imposiciones religiosas y culturales, sujeto inacabado, pero, consciente y consecuente.
No quiero hablar de sus poemas de forma particular, le dejo ese deleite al público que se acerque, por deseo, consecuencia o por equivocación; sabrá entonces que estas letras propician un espacio para los erráticos, los que se equivocan, los que piensan y confrontan, no hay espacio para el silencio, aquí yace un discurso que ataca, que desde el ritmo mismo propende desestabilizar, acentuar y distorsionar, todo en una misma sinfonía. Como diría Gómez Jattin: “Los poetas, amor mío, son seres horribles, monstruos de soledad, evítalos siempre, empezando por mí”.
A Mateo hay que evitarlo, pero, es ese deseo inagotable, ese morbo insaciable, lo que hace que uno regrese a este paraje e intente entender que Mateo Quintero tiene una razón y eso es suficiente para desbordar su pensamiento por el mundo y, en esa misma medida, ser odiado y amado por lo mismo.
Estimado lector, sea cauteloso, esta prosa contiene una especial vitalidad para replantear pensamientos que muchos ya tienen establecidos, sea precavido, que puede sentirse tan solo como el autor se siente y, en ese orden de ideas, seguir su impulsivo y potente discurso con cólera y pasión, como un nómada que no tiene nada que perder, ya que no tiene un lugar donde estar, ni sabe dónde parar. Es este poemario una posibilidad de rebelarse contra usted mismo, contra Dios, contra el amor, contra el dolor, contra sus raíces, contra la vida.
Por eso me quedo con esta frase de F. Nietzsche: “Cuando me encuentro con una criatura, encuentro la voluntad del poder”.
Mateo es esa criatura.


