LAS MOSCAS Y LOS ABRUMADOS

podría tener sentido decir que las moscas son como la verdad, porque nuestras búsquedas de ese ideal y sus justificaciones están colmadas de afirmaciones desconcertantes y escurridizas.

  

Escribe / Juan Diego Vargas Ospina – Ilustra / Stella Maris

Cuando el ruido posterga las calles y el sol se hace más abrasador, irrumpe una mosca sin novedades ni respuestas. Todas son tan notorias como ignoradas y van llevando con serenidad o desorden lo mismo el alma de emperadores que de nuestros antepasados. ¿Hay que repetirlo, aunque ya esté dicho de tantas formas?

Esta mosca siempre ha entrado en el mismo lapso. Nunca ha puesto sus patas en las frutas de la cocina o en las ollas o en los platos servidos o en la gente. Llega desde algún lugar entre las paredes de cemento y el guayabo del entrepatio, como dirigida hacia la sala siempre en penumbras. Sería bueno buscar su procedencia exacta y averiguar también si alguna otra irrumpe en las casas de los vecinos con la misma rutina. Pero ellos no responderían y se debe ser demasiado optimista como para querer dar con su origen.

Ella va a trompicones chocando por arriba contra las paredes y el encielado hasta encontrar la luz de los ventanucos. Pero están cerrados con candado y no los abro. Así que a veces le lanzo un trapo listo para echar a la lavadora y otras veces dejo que se apague su zumbido mientras se pierde quién sabe en qué penumbra. Cuando se tarda más en encontrar alguna salida opto por acorralarla detrás de las cortinas. Así ha sido durante los últimos diez años, entre las once y las dos. Quién sabe cuántas generaciones de moscas han persistido en esa rutina de espíritu amaestrado. Pero hace un tiempo escuché hablar de las moscas que huyen del calor y desde entonces las acorralo menos. A veces pasan más de dos días entre la cortina y los ventanucos hasta caer. Bueno, me pareció que en todo eso había algo para contar.

Más por asegurarme de no repetir lo ya dicho, que por curiosidad, comencé a leer sobre ellas. Casi al principio me topé con un ensayo de Augusto Monterroso. Monterroso  tuvo siempre a cuestas una mordacidad que lo hizo breve y parco en su escritura. Como es natural, escribió un corto ensayo sobre ellas: “Quiero cambiar de estilo y de razones—comienza citando—”. Luego continúa: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas”. Y da la estocada final, sin haber salido siquiera del primer párrafo, diciendo como sabio tramposo: “No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo”.

Entonces me dije pretenciosamente, porque no entendí que iba corriendo hacia el cepo: el que sabe más ve más (cosa que ni es cierta ni novedosa). La historia del conocimiento está llena de sabios que no ven los bordes de su propia nariz. Además, eso ya está dicho de tantas formas.  Pero la arrogancia y la curiosidad son tercas y me dije, como removiéndome en la trampa: podría tener sentido decir que las moscas son como la verdad, porque nuestras búsquedas de ese ideal y sus justificaciones están colmadas de afirmaciones desconcertantes y escurridizas. Las acorralamos, se nos escapan entre las penumbras o se quedan con desconcierto ante la luz y, finalmente, tras caer vuelven a aparecer.

Pensaba hablarles más sobre eso o de su constante presencia en el drama de la literatura. Pero, naturalmente, redundaría como Monterroso —que dijo también lo de las moscas y los emperadores— o como Monestier que las llamó “íntima obsesión” en su tratado. Quisiera decir que ayer cerré la puerta del patio antes de las 11, pero no lo hice.