André Namir al fin entenderá todo, y sabrá que pronto pasará al olvido porque así lo he decidido. Se me salió usted de las manos, señor Hofman. Hadara —permitiré que le diga—, esposa mía, ya no necesito está máquina. El Señor me llama y debo acudir.
Escribe / Elbert Coes – Ilustra / Stella Maris
Cierto escritor israelí despierta una mañana y descubre que, aunque muchas cosas siguen iguales su vida no es precisamente la misma del día anterior. La casa que habita se mantiene igual, pero organizada de un modo distinto. La sala de estar es el estudio musical, con un piano de cola en el centro, y el estudio donde escribe sus relatos, un bar. Su mujer ocupa en un salón de baile aquella que el día anterior fuera el dormitorio de su hijo de siete años. El niño no existe. A pesar de tratarse del mismo año y la fecha respectiva, este, según la esposa, no ha nacido. Ella es bailarina y él escritor. No obstante, recuerda que hasta el día anterior ambos trabajaban en una misma escuela. Daba clases por la mañana y escribía relatos en horas de la tarde. Desde hacía dos meses se había embarcado en el proyecto de un cuento que le rompe el coco. Esa mañana, cuando acepta que algo anda mal y se autoconvence de que ha soñado el día anterior, decide que si bien no ha escrito las primeras páginas, lo hará antes que las ideas desaparezcan.
Por todas las cosas que este buen hombre dice a su mujer, que la realidad está mal y que ellos tienen un hijo, ella le insiste en que debe visitar al médico. Él promete que lo hará. Antes dime dónde puse la vieja máquina de escribir. ¿La recuerdas?, pregunta. La que mi padre me cedió por veinte monedas de plata. Ella no comprende, pero se esfuerza por complacerlo, y, en efecto, antes de irse a ensayar baja al sótano y vuelve con una caja de cartón que pone en el salón de música. Después va a la alcoba matrimonial y le dice al hombre, Ya está, esposo mío. La puse junto al piano. Quítale el polvo antes de usarla. No sé para qué quieres esa máquina vieja que ni tinta ha de tener. Me iré. Si te sigues sintiendo mal, llama al médico.
Él besa la frente de su esposa, abandona el desayuno y corre a desempacar la vieja Underwood número 5. El relato en su cabeza puja. Pronto improvisa un estudio en el salón de música, al lado opuesto del piano de cola, frente al ventanal, de cara a un jardín de violetas. No se da cuenta en qué momento la esposa sale de la casa. Se encierra en el salón todo el día, hasta caída la tarde, cuando la mujer entra y le pregunta cómo se ha sentido; por qué se halla escribiendo en penumbras y si ha comido algo. Para entonces él ha tachado varios inicios y ha dañado tres hojas antes de redactar el primer párrafo del manuscrito:
Cuatro días después del aterrizaje, Alice caminó más allá de los límites trazados por el Argó. La vida es ilusión, viene por defecto. Lo único real es la conciencia, y el hombre es telespectador de una inmensa pantalla, es él el oráculo y el observador. Alice sintió que algo la asfixiaba. Se quitó el casco y respiró hondo…
André Namir Hofman se incorpora tosiendo, igual que Sidney Orr para recoger la caja que se le cayó del mostrador, igual que yo para recoger La noche del oráculo que se cayó de mi cama. Pongo el libro encima de la mesita de noche y salgo del cuarto. Al levantar la bocina Hofman recuerda que en su sueño a Sidney Orr lo despertó el teléfono a las siete de la mañana y que desde el otro cuarto la esposa le dijo lo mismo que ahora le dice Hadara a él, Cariño, contesta; debo llevar al niño a la escuela.
¿Cuál niño, mujer?
¡Cómo que cuál niño, André! ¡Odio cuando trasnochas con esa máquina! Te crees uno un día y otro al día siguiente.
¿Aló?
Habla Elbert Coes. Llamo para editar su cuento La frontera.
¿Mi cuento? Todavía no lo he escrito.
Hoy es mañana, señor Hofman, y mañana es hoy, como prefiera. Recibí su cuento. Fue seleccionado.
Marque nuevamente. Quizá haya tecleado mal un número.
Usted escribió La frontera.
Sí, señor. Lo estoy escribiendo. ¿Quién es usted?
Soy el que soy.
¿Es usted un agente?
Del destino.
¿No es un agente literario?
Literario o del destino, es lo mismo. Usted lee y usted escribe. Usted escribe sobre lo que lee y lee sobre lo que escribe, vive lo que escribe y lee, y lee y escribe lo que vive.
Entiendo, pero como le dije, todavía no lo termino.
Escuche, señor Hofman. Hace un tiempo lo hice a mi imagen y semejanza. Lo hice, pero se sale usted de mis manos como la maleza. Por favor deje de evocarme para saber qué ropa usar. Viva por usted mismo.
Vivo por mí.
Y además le oí decir «Señor, gracias por hacerme de lo que tú estás hecho: sustantivos y verbos. Oh, Padre, déjame escribir algo que otro no haya escrito antes».
Es la evidencia de mi fe, Señor.
Cariño, no olvides revisar el desagüe del lavaplatos. Nos vamos. Te queremos.
Claro que sí, esposa mía.
También le oí decir «Señor, que hoy mis palabras tengan sentido. Amén. Mañana será otro día! Señor, llena mi vasija de tus letras». Mañana es hoy, señor Hofman.
Igual que él, salgo a comprar el desayuno en la tienda más cercana; pan, café y leche. Me siento al comedor y como. Luego nos ponemos a escribir nuestros relatos. Hofman se interrumpe. Asoma por la ventana del estudio y cuando no ve a su mujer decide recorrer toda la casa; esculca la cocina, cada gaveta y cada rincón; el jardín, escarba la tierra y se ensucia las manos; las habitaciones de baño en la primera y segunda planta; el ático, abre y desordena cajas. No halla nada.
De pie en el cobertizo dice Señor, he vaciado mi vasija y la he llenado de tu gracia y ahora derrama tu luz para darte y comprender mi pasado, pues hice mis correcciones en los tiempos como el mundo y sus pobres sistemas y nuestros sextos sentidos lejos están de tu fuente, así pues trae el deseo y realiza la intensión justa de un escriba y en tu nombre doy testimonio de altruismo sin comprender el castigo que escogiste y escondes al esposo hijo y padre de la sociedad inconexa para la visión de futuro de los próximos pueblos del semitismo que divide la idea linimento y tristeza y pones a prueba en bandeja de años la prole del alma en soledad desterrada como el poeta tengo atributos de mujer para ser visto desde lo alto en mi deseo que es tuyo.
Después André Namir Hofman escribe en el estudio a partir de lo que anotó dos días atrás. Dado que el relato del día anterior no es este, sino uno que empieza cuando el Argó… Antes de irse a dormir, va a la habitación del hijo. Le pregunta si cumplió con sus deberes escolares, si repasó su lección de la Torá, y cuando el niño responde afirmativamente, el papá le dice que ya es hora de dormir, y antes de salir de la habitación lo bendice.
A la mañana siguiente se halla en el sofá de la sala de estar. Escucha música proveniente de la segunda planta y sube. De paso ve que la habitación donde habló con el niño es totalmente distinta, está desocupada y en ella danza con destreza su esposa.
¿Dónde está el niño, Hadara?
Ella se detiene y lo mira. ¿Cuál niño?
Pues nuestro hijo, mujer.
No tenemos un hijo.
Pero qué estás diciendo.
Que no tenemos un hijo, Namir.
No juegues con eso.
Te digo que no tenemos ningún hijo, hombre.
¡Ya para esa música, por el amor de Dios!
¿Qué es lo que sucede contigo? ¿De dónde sacas que tenemos un hijo?
No entiendo, dice desesperado el hombre, tomándose la cabeza con las manos. No entiendo.
Vete a escribir, esposo mío, que eso te tranquiliza. Anda, vete. Te llevaré desayuno.
Estoy enloqueciendo, mujer, eso es.
No, esposo mío, no es así. Anda, vete a escribir.
Diez minutos después, Namir Hofman teclea sentado delante de su Underwood número 5, La misión era sencilla: El Argó tenía que ir de la tierra a Júpiter, dejar provisiones en la estación espacial que orbitaba Europa y… Se detiene a pensar en la nave. ¿En qué lugar y tiempo la pondrá de regreso a la tierra? Cierra los ojos y recuesta la espalda en el sillón. Hadara tiene razón; escribir lo tranquiliza. Ya sé, se dice, la pondré en donde haya tanta calma que parecerá estar detrás del origen o después del fin; sí, una calma tan paradisiaca que la máquina dejará de operar y Alice creerá con certeza que se halla fuera de todo límite.
En los próximos días el médico le mandará exámenes de rutina, y después otros, más precisos, que acabarán con Namir Hofman hospitalizado, porque los resultados arrojarán principios de meningitis cuyos síntomas, en efecto, él mismo ha empezado a percibir, tales como vértigo, dolores de cabeza, náuseas, además de la evidente falla en la memoria.
Después de una hora hospitalizado la enfermera le introducirá una aguja en la coyuntura del brazo para ponerle un catéter. Namir le pedirá que por favor le consiga una máquina de escribir, ya que querrá redactar su testamento antes de perder definitivamente la memoria, porque estará convencido de que eso se habrá accionado en su cabeza: El Señor ha sonado la campana y ha enviado un heraldo que me llevará de vuelta a casa. La enfermera, joven y de ojos lechosos, dirá a lo de la máquina de escritura que aquello es imposible por política de la institución. Pero cuando Hadara regrese, le traerá la suya, porque intuitivamente sabrá, sin que él lo haya mencionado, que esta sería necesaria, y le pedirá que sea prudente, pues difícilmente le habrán permitido ingresarla. Por la tarde, después de almorzar y de su segunda dosis de medicamentos cerebrales, Namir continuará escribiendo el sueño que yo tendré esa misma noche: que él será Sindey Orr y que yo seré Paul Auster.
André Namir al fin entenderá todo, y sabrá que pronto pasará al olvido porque así lo he decidido. Se me salió usted de las manos, señor Hofman. Hadara —permitiré que le diga—, esposa mía, ya no necesito está máquina. El Señor me llama y debo acudir. Rezará, y antes de perder la memoria, lo mataré. En el último cuadro del relato, las enfermeras lo encontrarán a las cinco de la mañana, inundado su organismo en una sopa de somníferos. En la mesita, la Underwood número 5 habrá escupido una cuartilla con dos líneas mecanografiadas, Este relato no puede explicar qué sucedió con el Argó. El hecho es que, durante el informe, un funcionario en tierra dijo que la nave había desaparecido. Consultamos con la base en Marte, pero…


