EL VASO PÚRPURA

Consideró que ya era el momento de realizar la segunda parte del singular evento, volver a su estado corpóreo y así dispuesto se colocó frente a la enorme mesa en cuya superficie descansaba el vaso púrpura.

 

Escribe / Helí Sandoval

Tuvo buen cuidado de asegurar con gruesos pasadores y un viejo, pero efectivo candado. La sólida puerta del sótano que durante tantos años había servido de laboratorio y campo de pruebas de los más variados experimentos nacidos todos de su fértil imaginación y de una constancia poco común. Bajó los peldaños invadido por una frenética ansiedad de lo que se avecinaba.

Así, encerrado, nadie lo molestaría en la ejecución de la prueba máxima para la cual se había preparado duramente en los arduos años anteriores. Solo él sería autor y testigo único del formidable evento que estaba próximo a realizar.

El vasto y sombrío salón que le servía de laboratorio era un variado compendio de cuantos artilugios requiere la química y la física experimental; de algunas retortas aun salía un vapor verdoso que irritaba con su ácida emanación buena parte del lugar.

Una que otra rata huía por las vigas y tuberías que enmarañaban el gris cielo raso. Solo la luz temblorosa de un mechón humedecido en petróleo hacía esfuerzos por iluminar el santuario secreto del hechicero que, en aquel instante, completamente desnudo, se colocaba de pie al frente de dos vasos, uno de verde contenido y otro de un líquido rojo oscuro, colocados uno junto al otro sobre una mesa de negra madera.

De un solo trago apuró el verde brebaje del vaso situado a su izquierda, luego de unos pocos minutos una sensación de calor lo invadió primero por fuera a flor de piel y luego esa misma sensación de fuego fue penetrando hasta sus huesos. una extraña condición de levedad lo invadió, algo así como si su cuerpo perdiera poco a poco el peso propio de todo sólido; con algo de temor bajó la mirada hacia el suelo y pudo comprobar que sus piernas habían desaparecido obedeciendo a un fenómeno ascendente que con lentitud, pero con inobjetable incertidumbre, iba borrando su cuerpo de la faz de la tierra. En poco más de quince minutos, el mago desapareció por completo.

***

Estaba dichoso, exultante. el experimento había salido tal como lo había diseñado. Aunque ahora su cuerpo era uno con el aire, aun lo seguía sintiendo en toda su solidez, el palpitar de su invisible corazón era evidente, con sus inexistentes ojos dio una atenta mirada a su alrededor, al espejo que de antemano tenía preparado y cuya superficie no reflejó nada al colocarse frente a él.

Pasó un buen rato por el interior de su laboratorio dando de vez en cuando una furtiva mirada al vaso con el líquido rojo que al beberlo revertiría la prueba llevándolo de nuevo a su estado natural.

Consideró que ya era el momento de realizar la segunda parte del singular evento, volver a su estado corpóreo y así dispuesto se colocó frente a la enorme mesa en cuya superficie descansaba el vaso púrpura. El sueño de tantos alquimistas, magos, ocultistas estaba totalmente cumplido en él en este día memorable y jubiloso, digno de un reconocimiento universal. Lo que antes era tema de fantasiosas novelas, de relatos especulativos, ideas de enfebrecidas y delirantes mentes, él lo había transformado en una inobjetable realidad.

***

Su invisible mano derecha fue en busca del vaso con el líquido rojo; sus dedos cercaron el cristal del recipiente y apretaron su entorno, pero, al tratar de levantarlo, se dio cuenta con espanto que el vaso no se movía un milímetro de su sitio. Lo intentó de nuevo dos y más veces con igual resultado: la ausencia de su cuerpo físico eliminaba cualquier influencia sobre los objetos materiales. Estaba vivo y a la vez no era nada, por lo menos en el mundo de las cosas visibles.

Desesperado lanzó un manotazo de ira destinado a derribar el vaso. Su mano abierta cruzó veloz el aire y pasó de largo a través del recipiente… el vaso seguía ahí, incólume en la quietud, en la inercia común a todos los objetos que poblaban el silencioso y solitario laboratorio.

El hechicero la emprendió contra los morteros, los matraces, las retortas y todo lo que por su cristalina consistencia era susceptible de reventar en pedazos, pero sus patadas y manotazos pasaban de largo sin ocasionar la menor alteración en aquellos adminículos indiferentes al drama atormentador que estaba sufriendo su dueño quien, amenazado por el pánico, decidió salir huyendo del lugar.

Subió velozmente los escalones y agarró con fuerza uno de los pasadores tirando de él hacia atrás, pero, al igual que el vaso púrpura, la gruesa barra de metal no cedió un milímetro; inició un forcejeo frenético contra el aldabón de hierro pero solo logró un agotamiento de sus fuerzas que no se compadecía en forma alguna con los nulos resultados obtenidos. Abatido, sentado sobre uno de los peldaños de la escalera, comprendió que había quedado atrapado en la nada para siempre.