CUANDO LOS LIBROS SE VENGAN

Era de esas bibliotecas viejas y raídas, que con los vestigios que improperan el tiempo y el comején se desharía en mis manos calientes en cuestión de tiempo como algodón de azúcar.

Escribe / Eddie Vélez Benjumea – Ilustra / Stella Maris

La biblioteca de mi cuarto -esa chiquita y con las maderas agrietadas por aquello que llaman tiempo- tenía un par de libros piratas. Solo un par de vulgares ejemplares: anacrónicos, feos, pordioseros, malcriados. ¡Tanto que me recuerdan a mí! Era de esas bibliotecas viejas y raídas, que con los vestigios que improperan el tiempo y el comején se desharía en mis manos calientes en cuestión de tiempo como algodón de azúcar. Sus rendijas, además de viejas, guardaban esos recuerdos febriles que reza el pasado; no solo de mis múltiples orgasmos con los libros, sino de otras muchas aventuras que otras gentes mayores y ajenas a mí habían ya, con las décadas vadeando sus arrugas, vivido sin el permiso imperfecto de mis ojos. ¡Ah, piratas! ¡Ah, libros! ¡Ah, libros piratas! Para qué hablar de patas de palo o parches en los ojos, quién lo creería, mis libros no tenían ni loros en sus lomos o dientes de esos de oro que suelen dibujar en las películas de televisión, pero sí sus pelos lo bastante sucios y deshilachados, como para posar salados ante tantísimos dedos de amantes que manosearon sus vírgenes páginas antes que el tiempo me los regalara.

 

Dolores está ebria, -pero no acudo para contarles las vanidades de mi musa, sino para evidenciarles mi descontento con su disparate- aunque no lo bastante como para dejar pasar el tiempo y renunciar a su insistencia. Que los bote, a ellos, a mis libros piratas; a esos amantes de infancia; a esos delirantes que me aceptaron en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, pero con mayor esplendor en la última. Se han venido tantas veces en mis manos, que no recuerdo haber pasado un solo día sin tenerlas manchadas de tinta barata. Mi esposa dice que los libros piratas traen una mala suerte de los cojones, y que hieden a kilómetros a una extraña enfermedad llamada pobreza. Yo, sinceramente, no sé por qué Dolores está tan convencida de que los libros piratas huelen a pobreza. Lo que sí sé, y con una entera convicción que siento ya en la boca del estómago, es que esta mujer no puede saber a qué huele la pobreza, principalmente porque (y aunque no digo que sea imposible) no se puede ser sabio en algo si a duras penas se ha sentido; si nunca se ha padecido como se sufre una agonía eterna; si jamás se ha perdido como yo he perdido, o llorado como yo he derramado. No obstante, Dolores, sigue convencida de que los libros piratas huelen a pobreza y traen mala suerte. No vaya a ser que también le dé por decir que los gatos son un instrumento del demonio; o que la serpiente es un animal maldito y que por eso hay que acabar hasta con el nido de la perra. Mejor le dejo esa batalla a sus aires y me centro en lo realmente importante: mi noche de miel con estos libros pobres y mal suertudos.

 

Queda solo polvo fino en la ausencia de la literatura. Espacios vacíos y escoltados febrilmente por una soledad estoica, precisa, dócil, inmediata. Son esos, los libros, que en algún momento fungieron el silencio de los días y diluyeron mis miedos en diversión. Se hunden esas sombras mías, que alguna vez dejé sobre ellos, en una crisis de identidad; y se creen libros, originales o piratas, no es tan importante, pero a fin de cuenta, libros. Sin gritos, sin murmullos, sin jueces, sin abogados, sin los críticos precarios que satanizan su hálito de ser o no ser. Son libros, o bueno, eran libros: pequeños, grandes, leídos, rotos, mugrosos, olorosos, con hongos amarillos, grises y azules; manchados de café y orina de gatas y orgasmos y vida, mucha vida que allí hubo. Libros llenos de literatura pirata, y huellas de gente que agarraba sus cigarros y vasos de rones baratos e iguales de piratas, y luego manoseaban esos libros pequeños, chiquitos, minúsculos, infantiles, extenuados, -¡bibliófilos de mierda!- con el llanto entero y sumergido en una eterna cólera religiosa, satánica, alquimista, infernal, celestial, precária, santa, mágica, mágica, mágica… mágica.

 

Abrevio esta tristeza; la resumo, la vuelvo pequeña como el mismo verbo conjugado por Dolores para despotricar de mis libros piratas: “bótalos”, me decía. No le importaba ni mi tristeza, mucho menos mi infancia dejada en ellos. Como si fuera tan fácil echar al aire lo que a uno lo hizo feliz cuando la infancia lo infectaba a uno; como si se dejara atrás la historia sin condescendencia, sin remordimiento, sin el llanto rebosando estas pestañas.

 

Amargos son esos dolores, lo sé. Además, también, los míos y los de Dolores. Las circunstancias que hicieron de ese un momento incómodo, banal, doloroso. Que se enquistó en mi epitafio porque quería ser contrabandeado en mi bolsillo hasta el Olvido. Para que lo salvara. Para que él me salvara. Quería huir pasando por el Silencio; le corría al Tiempo para no sentir esos vestigios de verdugo, aquellos que mis libros piratas sufrieron sin piedad por la mano de Dolores…

 

Prefiero llevarme mis libros piratas a mi tumba. Ellos no tienen la culpa de haber nacido para satisfacer su morbo homicida. Esa sed suya le llueve a cántaros hasta su miocardio. ¡Y yo que pienso tanto en el suyocardio! Cardio, cardio, cardio. Cardiáco me siento ahora, luego de haberle desgañitado a Dolores mi piedad entera. Me hizo chiquito y se sublevó, ella, como se alza la niebla cuando arremete el sol en horas más tempranas. Como se duerme la densa lluvia luego de vaciar todo su petricor en la manga seca y al sonido de la aurora.

 

Dolores, mujer ajena. Deja a este hombre tranquilo con sus libros piratas. ¿No ves que no encuentro dulzura en la estética original? Estos libros son nada, por eso los quiero tanto. Me recuerdan a mí, exactamente, unos años en el futuro.

 

Mujer, me disuades argumentando que, en lugar de comprar diez libros de cien mil, compre dos de cincuenta; o que me lleve cuatro de veinticinco o cinco de veinte o tres de treinta y tres mil pesos, y que con los mil que sobran me compre una crema para humedecer mis dedos y deje de babear las hojas ya amarillas de tanta saliva vieja; o que mejor me compre una Kindle y me olvide, por fin y para siempre, de lamerme estos dedos lujuriosos con sabor a papel; llenos de letras usurpadas de literatura, y que vienen a mí como una suave tecla de piano que me invita a su coito. ¡Dolores, tú lo que estás es celosa! Creo que, de hacerte caso, perdería la libertad que gané al haberle explotado la placenta a mi madre en la víspera de mi nacimiento. ¿Quién te crees, tú, hija del carajo, para decirme que deje de lado mi libertad y me una a tu creencia religiosa, fanática, blasfema, decadente e hipócrita? No importa. Yo, aunque no siga tus doctrinas inquisidoras, te perdono y vuelvo a sonreír. En fin, los libros piratas son como una bacteria, que se multiplica en su huésped e invade la mente de otros receptores.

 

Llámame hereje, Dolores, tal vez mi fe viene de uno de esos libros piratas, escrito a modo de prosa por un séquito de poetas reunidos a la diestra de una antología. Espera un momento…

 

Mis manos no lo pueden evitar. Lloran a borbotones sudor erótico que surge de ese palpamiento caótico, inculcado religiosamente en las fauces de mi infancia como una antipoesía anarquista y que se subleva a la diestra del padre que nos abandona cada tanto. Uno, manoseo; dos, la seda textura de las hojas; tres, esa tinta en relieve que mis yemas callosas disfrutan palpar; cuatro, mi fotocopia dactilar quedada en las hojas ajenas; cinco, mi lengua lamiendo tinta revuelta de otros amantes literarios; seis, lo esponjoso de mis encías repletas de pigmento chino; siete, lo amargo de esa tinta bajando como tobogán de mi lengua a mi garganta; ocho, esta tos vibrante y sin eco, vieja y pulmonar que sube con sigilo hasta este garguero seco; nueve, la saliva naciente bajo mi lengua convirtiéndose en toda una adolescente ácida; diez, esta novela pirata  que se vino en mi mano. Se hizo en el éxtasis de su última página y se vino a chorros de letras.

 

¡Dolores, perdóname! Créeme, no es lo que parece; o tal vez sí, pero no quiero que sea lo que parece. Mejor ven, recuéstate conmigo y seamos tú, yo y este libro pirata. Te va a gustar. Sabe cosas que no habría imaginado que existieran. ¿Y si te canta? O no. Espera… ¡Ya sé! ¿Qué tal si te eleva a lo más prominente de tu orgasmo? Y que sea álgido ese momento. Perenne. Circunstancial como la misma circunstancia; elocuente como yo: escritor mentiroso, enredador, injusto, ebrio, maldito y bruto; humano, tan humano, como el primer humano hijo de Dios y que lleva por nombre mensajero de luz. Y si ese orgasmo es más potente que los que yo te he dado, ¡lo aceptaré! Seré cómplice de tu vicio con los libros piratas y originales, de la misma manera que yo lo he sido.

 

Pero esperen. Un momento. ¿Acaso no estaba hablando de la biblioteca de mi cuarto? Así es. Vuelvo a lo importante y perdón por tanto rodeo. Yo tenía un par de libros piratas. ¡Tenía! Pues uno de ellos me lo quitó Dolores, y no precisamente para botarlo. Se lo llevó a su cuarto y jamás me lo regresó.