Yo creo que la lectura es un consuelo y quienes recurren seguido son quienes más aliento necesitan. Yo tampoco soy muy buena persona con los libros. Recurro a ellos cuando todo está mal o siento que los necesito.
Escribe / Sebastian Pineda – Ilustra / Stella Maris
—No es falsa modestia –le respondí mientras continuaba revisando las estanterías repletas de libros–. Realmente soy un mal lector, incluso me considero una mala persona con los libros. Pero también le puedo asegurar que estoy intentando mejorar. Ya sabe, llevar una relación más sana.
El librero era un muchacho de veintitantos años que vestía como los demás vendedores. Batas blancas con marcas de polvo que dejaban los libros cuando se apoyaban en ellos. Era como una tela a rayas grises y tenues, además de muchos bolsillos y un pequeño bordado con el logo de la librería.
El tipo no dejaba de seguirme entre las estrechas estanterías y buscarme conversación. Era una actitud que también había tomado la última vez que visité el lugar, pero en esa ocasión compré rápido lo que necesitaba y me fui. A pesar de que al principio me mostré retraído, decidí seguirle la corriente sin dejar de andar entre los pasillos. Pero antes aproveché la oportunidad.
—Usted me ha visto desde hace rato por aquí –le dije con más soltura, incluso creo que alcancé a sonreír mientras lo decía–, ¿me va a hacer un descuento si encuentro algo que me guste?
—Obvio, obvio –me respondió–, mientras tanto cuéntame por qué eres una mala persona con los libros.
Unas por otras
—Primero que todo hay que entender algo –comencé a responder mientras pasaba las páginas de un libro de tipografía que sostenía en mi mano–. Ser un mal lector es diferente a ser una mala persona con los libros. Yo me considero un lector aceptable, que se esmera en comprender lo que lee y procura leer con cierta frecuencia. Pero sobre todo me interesa disfrutar lo que leo. Supongo yo que ese es el camino del buen lector.
Es como hablar de ser buena o mala persona –continué mientras le pasaba el libro de tipografía al muchacho para que me lo sostuviera mientras seguía curioseando por el pasillo–. Yo me considero buena persona en tanto intento comprender y reflexionar con cierta frecuencia y sobre todo no aburrirme con lo que hago. Por otro lado, yo sé que soy una mierda con las demás personas, pero me pasa como con los libros, estoy intentando mejorar.
En ese momento decidí ir a sentarme en un amplio sofá que hay en medio de la librería. Allí había dejado otros libros que me interesaban y quería decidirme por alguno. Todo el tiempo el librero estuvo al tanto de lo que decía, a pesar de que yo estaba enfocado en los estantes e intentando no tropezar con las torres de libros dispersas por todo el lugar. Yo siempre andaba con la mirada hacia abajo, enfocado en el camino o en lo que sostenía en las manos. A pesar de eso, podía notar que él no me quitaba la atención de encima, siempre siguiéndome el paso y las palabras.
Ya sentados en el sofá fue que volvimos a hablar tras un rato de silencio. Me dijo que creía entender lo que le estaba diciendo, pero seguía sin comprender por qué me consideraba mala persona con los libros. Sobre todo, si también me consideraba un lector aceptable.
—Se lo puedo explicar de una manera algo más específica –le dije ya mirándolo también a la cara. Quería mi espacio para elegir el libro entonces debía liberarme pronto de ese interrogatorio. El otro día, eso fue hace como un año, creo que usted todavía no trabajaba aquí, no lo recuerdo –comencé a contar con algunos gestos de duda. A lo que me respondió que llevaba seis meses fijo, antes solo trabajaba por temporadas. Y me preguntó yo que hacía. Soy diseñador en una tipográfica desde hace un año que me gradué. Trabajo por encargos y me estoy enfocando en diseñar portadas de libros y revistas. Como sea –le dije y continué–. Hace como un año estaba yo re fiesto, ¿si me entiende? Llevaba como dos días de rumba, mucho licor, ambiente pesado, esas cosas. El punto es que anduve por varios lugares durante ese tiempo junto a algunos amigos. Al final estábamos tomando cervezas en la terraza de la casa de una de las muchachas que iba con nosotros. Ya estábamos en sintonía de irnos a dormir, pero no tardamos en darnos cuenta de que sí queríamos seguir parchando. La música sonaba bien a pesar de ser un pequeño parlante de bolsillo. Eran las cuatro de la tarde y el clima era cálido y agradable. Los últimos sorbos de cerveza le enfriaban a uno el alma, o no sé si eran los rezagos del papel. No nos queríamos ir, todos queríamos algo para seguir. Ya fuera más licor o algo para comer. Ya todos habíamos manifestado nuestras necesidades y deseos, pero nadie tenía más plata. Nos habíamos soplado todo. Fue en ese momento cuando se me arrimó uno de los muchachos, yo estaba parado al borde de la terraza con otro amigo. El que llegó viene a decirnos que él lo pone fácil, que tiene su cámara profesional en el bolso y él va en un momentico y la empeña. Que lo que quiere es seguir tomando y bailando. Eso después se saca, decía.
—¿Por qué tenía la cámara ahí? –me preguntó el librero como pensando que se la había robado–.
Le expliqué que, tras la primera noche de fiesta, estábamos tan activos en la mañana que nos bañamos, pusimos ropa cómoda, compramos una botella de ron, más cerveza y nos fuimos a avistar aves al parque principal de la ciudad. Las muchachas se habían ido a dormir durante la mañana, pero regresaron al medio día e hicimos algo así como un picnic con pizza y coca cola con alguito de ron. Había que reponer fuerzas ya que al anochecer iríamos a un lugar de techno a pasar el viaje de los papeles que teníamos. El caso es que obviamente no íbamos a dejar que empeñara la cámara. Con eso es que él trabaja. Sin embargo, parte de la idea tenía algo de viable. Llamé a la amiga que vivía en la casa donde estábamos. A ella también le gustan los libros y yo le había prestado varios, le pedí que me recordara cuales tenía ahí. Había cinco libros que eran de valor. En total costaban casi quinientos mil pesos, tres eran ediciones de lujo, y todos difíciles de conseguir. Por su puesto no nos los iban a recibir en una casa de empeño. Los libros no son algo que compre en esos lugares y menos sin factura. La única opción viable era venderlos en una librería. Le dije a mi amigo el de la cámara que me trajera aquí a la librería en su moto con los libros en un maletín. Yo sabía que no me los iban a comprar por lo que valían, ni siquiera por la mitad. Solo recateé un poco el precio y logré sacar ciento veinte. Ustedes son unos haraganes –le dije al librero y ambos soltamos una risa.
Mi amigo estaba esperándome afuera en la moto –seguí relatando–. Cuando salí y le dije lo que me habían dado me respondió que eso pa qué, que con eso no nos enfiestamos en ningún lado. Lo mandé a comer mierda y le dije que era lo que había, que con eso compramos una botella de algo, comida y sople pal que quiera y podíamos seguir parchando en la terraza. No sé en qué momento me dejé convencer de que fuéramos a apostar a un casino esa plata y así nos podíamos enrumbar donde quisiéramos si hacíamos una buena apuesta. Yo nunca había entrado a un casino y me di cuenta muy tarde que mi amigo tampoco. Apostamos la mitad de lo que llevábamos en una máquina que aún sigo sin entender cómo se jugaba. Perdimos sesenta y ya solo teníamos sesenta. Antes de que me convenciera de otra estupidez salimos del casino y cogimos rumbo a la terraza.
—¿Y luego qué? –me preguntó el librero–.
—Luego nada, con esos sesenta compré de camino una salchipapa grande con gaseosa dos litros por treinta barras para todos. Y con lo otro compré una ensalada de diez para toda la noche y otro papel que disolvimos en una botella con agua pal que quisiera. Al llegar a la terraza algunos se habían ido y otros se habían dormido. Sólo estaba la dueña de la terraza bailando con otra parcera. Les contamos la historia de por qué nos habíamos atrasado, mientras comíamos salchipapa y sonaba un reggae para bajarle al voltaje. Estando llenos, fumamos algo para la digestión y nos bajamos la botella de agua suavecito con la música de fondo. Estar allí era refrescante, un descanso después de varios días de ajetreo. Disfrutando del descanso de soñar despierto. Ser mala persona con los libros es venderlos para seguir la fiesta –le dije de manera conclusiva al librero, quién quería seguir preguntando cosas, como cuáles eran los libros que había vendido tan baratos–. No le gustaría saberlo –le contesté–. Pero le aseguro que me consideraría un idiota.
—¿Se arrepiente? –siguió preguntando.
—¿Usted es que es marica? Para nada. –contesté, y noté que no le gustó mi reacción– digo marica por molestar. Yo no es que sea homofóbico ni nada, pero tampoco me gusta la maricada. Eso lo explican en un capítulo de South Park, la diferencia entre marica y gay –y no respondió nada así que continué con lo que veníamos hablando– como tampoco me arrepiento de cuando usé mis ahorros para un concierto en comprar un libro que llevaba meses buscando y encontré de camino a comprar la boleta que finalmente no adquirí. El concierto supe que fue de lo mejor, así como lo eran esos libros que vendí y lo que pasé aquella noche y el libro que encontré esa tarde en lugar de ir al concierto. Le pedí al muchacho que me pasara el libro de tipografía que había guardado en uno de los tantos bolsillos del delantal. Me lo pasó y se fue a atender a otro cliente que lo había llamado. Aproveché para revisar los libros que tenía para escoger, si bien me llamaba la atención uno de historia del arte que estaba muy bien ilustrado, decidí quedarme con el de tipografía, los demás eran más fáciles de conseguir. Éste era un libro especializado y muy bien conservado para ser de segunda, además tenía un descuento.
Por la quinta con puñalada
Tomé el libro que quería comprar y me dirigí al mostrador para pagarlo. Tuve que caminar por un largo pasillo para llegar. De camino me encontré de nuevo con el librero que asesoraba al mismo cliente de antes. El muchacho me miró y me dijo que esperara que él me atendiera para hacerme el descuento. Le dije que estaba bien, pero sin dejar de caminar. Capaz y salía con alguna otra pregunta.
Esperé al lado del mostrador de cristal mientras miraba algunas agendas y elementos de papelería en su interior. Pocos minutos después llegó el librero y me dijo que todo bien, que me regalaba el libro. No insistí mucho en lo contrario, le di las gracias y justo antes de darme la vuelta para salir, como la vez que mi amigo me invitó a apostar, no sé cómo ni por qué, terminé volviendo hacía el interior de la librería, hacía el sofá donde había dejado los otros libros.
—Entonces hagamos algo –le dije– yo igual tengo algo de dinero para gastar, voy a ver si encuentro algo más y deja que ese lo pague. Él aceptó y no tardó en seguirme el paso y preguntar de nuevo. ¿Qué hice? –me cuestioné en mi interior–.
—Lo que le pasó con los libros que vendió fue un caso especial, eso no tiene por qué hacerlo una mala persona con los libros –me dijo mientras caminaba a mis espaldas entre el pasillo cubierto de textos–.
Aceleré el pasó sin responder y llegué hasta el sofá. Ya los libros no estaban, otro empleado de la librería los se los había llevado. Me giré y me encontré de frente con el muchacho, tanto que podía oler el polvo en su delantal, me hostigaba ese olor tanto como lo que decía.
Me fijé en su rostro durante un momento de silencio. Cuando le contaba la historia me perdía en mis pensamientos y aunque lo tenía al frente no le prestaba atención. Ahora era inevitable no hacerlo ya que no había palabras de por medio. Su cabello era oscuro y muy corto, cejas bien pobladas, pintoso, lo que no contrastaba con la voz que llevaba rato escuchando y era incluso molesta. Él había hecho su comentario esperando una respuesta que yo no quería dar. En ese momento sonrió y eso me molestó más.
—Sabe qué –le dije– voy a dejar el otro libro para después, me tengo que ir.
De inmediato se le borró la sonrisa, pero no tardó en reponerse y agradecer por la historia, diciendo que había sido grato escucharme. Una tras otras se juntaron mis acciones sin razón, actuaba en contra de todo lo que deseaba. En lugar de irme, me senté en el sofá y así como me seguía el paso, imitó ese gesto y se sentó al lado.
—Estaba yo el otro día en una de las bibliotecas del centro aquí cerca –comencé a contar mientras él se disponía a escucharme–. Estaba leyendo un libro que yo quería, pero no se consigue en ninguna parte. A veces lo prestaba para llevarlo a casa o lo leía cuando visitaba el lugar como en esa ocasión. De repente se fue la energía en la biblioteca, las luces no hacían falta, estaba temprano y el brillo del sol pegaba a través de los enormes ventanales. Sin embargo, nada funcionaba en la biblioteca, ni los tomacorrientes, ni los computadores para hacer búsquedas, ni las máquinas esas que hay en la entrada para detectar si sacan libros sin registrar. Se sobre entiende que me robé el libro. Pienso que eso me hace una mala persona con los libros, incluso un mal ciudadano y mala persona.
—¿Y de eso sí se arrepiente? –me pregunto fríamente.
—No –respondí en el mismo tono–, ese libro nunca nadie lo prestaba. Solo yo. Lo digo porque en la tarjeta de registros que tienen los libros de biblioteca pública sólo estaban mis fechas de préstamo. Durante años nadie lo pidió. Pero ahí no termina todo. No justifica, pero tampoco me arrepiento. Al irme de la biblioteca, como tres cuadras después, me atracaron. Me robaron con cuchillos. Ellos me mandaron una puñalada ¿adivina qué me salvó? –le pregunté sin dar tiempo a nada– ¡el libro! ¡El hijueputa libro de más de quinientas páginas me salvó! Ellos llegaron por la espalda, sin mediar palabra y me puntearon. Tanto el libro como el maletín en el que lo llevaba me salvaron, pero el golpe me alcanzó a tumbar. Estando en el suelo me quitaron el maletín, lo abrieron y lo esculcaron, pero no encontraron nada de valor. Me quitaron el celular y diez mil pesos que llevaba en el bolsillo. ¿Sabe cuánto costaban los demás libros que llevaba? –volví a preguntar sin dar tiempo a nada–, ¡Más de cien mil! Si se los hubieran llevado ganaban más que con esa mecha de celular y diez mil pesos. Como sea, el caso es que me salvé. ¿Cómo juzgar como malo lo que hice si esa decisión me salvó? Supongo que una cosa no quita la otra.
—Aún puedes regresar el libro o donar más libros a la biblioteca –me dijo de manera calmada y sugestiva.
—Supongo que sí –le dije mientras me paraba y tomaba rumbo por el pasillo– pero por ahora me voy.
Noté que me seguía hacia la salida. Seguí caminando despacio y a mitad del pasillo me detuve y tomé un libro de las estanterías, comencé a ojearlo y estando el librero al lado comencé a hablar con el mismo sentido de la apuesta en el casino.
Tengo un mal hábito –le dije–. Muchos en realidad, pero hay uno que me define como una mala persona con los libros, para que termine de entender. Al ser un hábito no es algo esporádico como los libros que vendí para la fiesta o el libro que robé, se trata de algo constante. Lo que hago es que en fechas especiales como cumpleaños o momentos de regalar algo a otra persona, suelo dar libros, con dedicatoria y todo el asunto. Me lo tomo en serio, busco algo que pueda gustarle a quien se lo voy a dar. Algo que le aporte.
—¿Y eso es malo? –me preguntó mientras yo regresaba el libro a su estantería y me giraba hacía él.
—Lo malo es que lo hago con una intención, con el propósito de que más adelante la persona me preste el libro y, en la medida de su olvido, no regresarlo. Son libros que me gustan a mí, tanto como les podría gustar a quienes se los doy.
El muchacho sonrió y dijo “al final qué importa”. Yo quedé mirándolo y no dije nada.
Matar un libro
—¿Usted hace esto con todos los clientes? –le pregunté al librero.
—¿Qué cosa?
—Andar tras ellos haciendo preguntas.
—Eso no suena muy bien -respondió-. Yo lo que hago es identificar las personas que vienen seguido y hacerlos sentir bien. Me gusta saber qué leen para ayudarlos a conseguir algo bueno, ese tipo de cosas –me decía con calma y con las manos entre los bolsillos del delantal. Tomó una pausa, me miró fijamente y siguió hablando–. Yo creo que la lectura es un consuelo y quienes recurren seguido son quienes más aliento necesitan. Yo tampoco soy muy buena persona con los libros. Recurro a ellos cuando todo está mal o siento que los necesito. Pero a veces los olvido, los dejo en el abandono por meses. Soy utilitarista con los libros, un muy buen lector, pero mala persona con los libros.
Seguíamos uno frente al otro, muy cerca, hablando suave para no perturbar la atmósfera de biblioteca que tienen las librerías de viejito. Me quedé pensando, pero me sentía como en la noche del casino. Estaba alterado, como ebrio y con ganas de seguir. Lo miré por un momento y regresé por el pasillo hacia el centro del lugar. Por donde está el sofá también hay unas estrechas escaleras que dan a un pequeño balcón que, como toda la casa, también guarda libros. Subí y tras de mí el librero, pero ya no caminaba tan cerca, iba algunos metros tras de mí, pero lo distinguía por el aroma del polvo en su delantal, era un polvo diferente al que había en todo el local.
Me dirigí a una esquina y agarré un libro cualquiera de la estantería. Yo estaba con el libro en las manos, pero mirando hacia un rincón como si estuviera regañando, mirando la nada. Escuché cómo el muchacho subía por las escaleras de madera que crujían a cada paso firme. Cuando lo sentí tras de mí, respirando a la espera de alguna historia, me giré y lo besé. Durante un mínimo instante me detuve, aún unido a sus labios. No se retiró. Con una mano sostenía el libro y con la otra tomé su rostro. De inmediato se quitó.
—Creo que estás confundido –me dijo dando un paso atrás y con una sutil sonrisa– yo no soy homofóbico ni nada, pero tampoco me gusta la maricada.
En ese momento algo reventó dentro de mí, no sabía que me daba más ira, el comentario o la risita. Apreté el libro en mi mano y lancé un fuerte golpe con el lomo al rostro del muchacho. De inmediato cayó al piso con la nariz rota a borbotones de sangre. Me miró como desorientado. Yo miré el libro con el que lo había golpeado. Tanta casualidad tenía que ser una broma de mal gusto. Era uno de los libros que había vendido el día de fiesta. Eso me dio más rabia, podía sentir el rojo ardiente en mi rostro. Miré al librero y le chanté otro golpe. Creo que le di en la mejilla, el pómulo debió quedar tan mal como la nariz.
Él se quedó tendido allí, estaba consciente pero inmutable. Nunca lo había visto tan callado. Bajé las escaleras mientras guardaba el libro untado de sangre en mi bolso. Salí de la librería, fui al parque del centro y leí algunos poemas.


