JUTE CONTRA SNOPES

Fragmento inédito de la novela Bacanal, del autor chocoano, residente en Pereira, Elbert Coes. Ha publicado antes los libros de cuentos Florida Killer y La noche de las ventanas abiertas. También tiene una novela corta, La isla.

 

Escribe/Elbert Coes – Ilustra/Stella Maris

Un tono vívido alumbró la vera del camino como si los árboles hubieran recibido un retoque del artista que los fabrica. Las ramas y las frondas habían ido acumulando hojas verdes en los días anteriores. Salió un sol floreado que vigiló la cabaña del club. Afuera los autos y un grupo de hombres en el antejardín pisando la hierba seca y la arena mientras fumaban tabaco y pipa. Saludaron. Jonathan y Snopes entraron tras mover el mosquitero y la chica del servicio los orientó a la habitación reservada. Pidieron whisky y vodka en las rocas, y aceptaron los emparedados de res que ella les ofreció para llevar al salón.

En la habitación ya había tres hombres adultos y Jonathan los presentó: Andrew Jute, juez de distrito, dijo. El señor Will Conrad es director de una agencia de ingeniería civil. Arthur Allen, médico pediatra. Señores, William Snopes: trabaja en seguridad privada.

Se estrecharon las manos. Jonathan y Jute se abrazaron.

Aún faltan Wayne y Samuel, dijo Conrad. Vienen en camino. No entiendo cómo un hombre tan viejo sigue haciendo cirugía de corazón abierto.

Vamos, sentémonos, dijo Jute. El dealer vendrá en quince minutos. Si no han llegado entonces, empezamos sin ellos. Tendrán que esperar la mano siguiente. Bienvenido, señor Snopes.

Para mí es un honor.

Me parece, Will, que debes dejar a Wayne en paz, dijo Allen. Tiene el pulso de un chico de quince años. Ha sabido cuidarse.

¿Alguien fuma?, preguntó Conrad.

Jonathan pasó y Snopes pasó.

En tres años hemos tenido pocos invitados a nuestro juego, dijo Jute. Will, Arthur, Jonathan y yo hemos sido constantes. Aunque Arthur lleva apenas… ¿Cuánto llevas, Arthur?

Año y medio más o menos, dijo Allen. Fue cuando conocí al coronel Seagee, allá en mayo del año pasado.

El coronel Seagee vino por unos tres meses, dijo Jute y bebió un trago de su whisky. Después enfermó y ahora prefiere dedicar tiempo a sus nietos. Es un buen hombre. Además, le gusta más el golf porque según él mueve el cuerpo y hay menos tensión cardiaca.

Los hombres sonrieron.

Snopes también es excadete, dijo Jonathan.

¿Marina?, preguntó Conrad.

Boina verde, dijo Snopes.

Estuvo en Kosovo, dijo Jonathan.

No hubo mucho para nosotros después de las bajas, dijo Snopes. Tiempo cumplido y carrera resuelta. No quería dedicarme a dar órdenes a muchachos, así que preferí la independencia.

Puedes ir a mi oficina y demandar al Estado si lo deseas, dijo Jute y los otros rieron. Hablo en serio, chicos, dijo y se inclinó mientras Conrad le encendía el puro que sostenía entre la boca pálida. En el noventainueve hice parte de un jurado marcial. Favorecí a un chico al que echaron solo porque salió a ver a su novia. ¡Dios! Llevaba dos años de servicio ininterrumpido. Lo reinsertaron y encima le pagaron un buen billete. Esos malditos congresistas siempre andan inventando leyes para perjudicar al pueblo. Se guardan el dinero para sus hijos universitarios, que aprenderán leyes para poner el sistema a su favor.

Debiste darle clases a Jerome, dijo Jonathan.

¿Tú socio?, dijo Jute. ¡Bah! Ese chico es caso perdido. Ni el buen juez Magnaud lo hubiera compuesto.

Entró por la puerta el doctor Wayne y los de dentro le hicieron corrillo. Todos se levantaron para estrechar su mano y Conrad lo recibió con un trago de whisky y una pipa de madera tallada. Nueva. El recién llegado agradeció y le dio un abrazo.

Eso es por los habanos de septiembre, dijo Conrad.

Snopes se le presentó. Mucho gusto: William Snopes.

Idiota, dijo Wayne a Conrad. No lo hice para que me regalaras nada de vuelta.

Vamos, Isaac, somos amigos, dijo Conrad. No es para tanto.

Señor Snopes, bienvenido al mejor juego privado de póquer de Atlanta, dijo Wayne.

Gracias. Es un honor.

Samuel debe estar aparcando, dijo Wayne, que se había dejado crecer la barba blanca y ya casi estaba listo para reemplazar a Santa Claus. Agregó: A medida que pasa el tiempo, el viejo Sam se vuelve torpe y lo que hacía en un minuto ahora le toma diez.

Apenas Wayne terminó de hablar, Samuel entró sonriente y cariancho, abriendo sus brazos como si quisiera abrazarlos a todos.

¿Alguien quiere ir por el dealer?, dijo Jute.

Y Snopes preguntó a Jonathan en voz baja cómo fue que dio con tanto vejete a sus treinta años. Jonathan señaló a Jute disimuladamente. Era amigo íntimo de mi padre, respondió. Fueron juntos a la escuela de leyes. A Columbia.

Eso te hace un viejo también.

Lo sé, dijo Jonathan en voz baja. Después se levantó y dijo a los otros: Yo iré por el dealer.

Salió y lo encontró en la recepción coqueteándole a una camarera joven de pelo corto. Volvió al recinto detrás del dealer, a quien los hombres recibieron con afecto y se fueron moviendo uno a uno hacia la mesa del compartimento de atrás.

El dealer repitió sus indicaciones: Nada de hacer trampa ni alianzas, nada de retirarse a destiempo, tampoco son válidas las donaciones directas. Vamos a jugar Texas Hold’em, señores, dijo. Veo un rostro nuevo. ¿Es su padre, señor Rice?

No, dijo Snopes. Pero lo será cuando me lleve el pote mayor.

Los hombres rieron y se burlaron.

El juego empezó, dijo Wayne.

Ciegas a cuarenta por ochenta, dijo el dealer. Abre usted, doctor.

Bien, dijo Wayne y tomó dos fichas del pote del frente y las depositó en el centro de la mesa. Lo siento, señor Snopes, pero fui yo quien se llevó el último gran premio en los tres juegos recientes, dijo. Y esta tarde estoy dispuesto a defenderlo con mi sangre.

Un hombre entusiasta, dijo Snopes.

Cada uno puso las fichas correspondientes a las ciegas mientras el dealer barajaba con ahínco haciendo pregunta sutiles y vacuas como un ritual de distensión y mostrando su respeto por los jugadores. Repartió de a una carta en dos vueltas, quemó otra poniéndola bocabajo y esperó a que todos completaran la ciega grande.

Conrad se retiró en esta instancia. Y cuando Wayne pasó, el dealer abrió el flop sobre la mesa. El médico, que era quien tenía la mano, volvió y pasó y Jute apostó cien, igualados por Samuel y por Jonathan, y aumentados al doble por Snopes.

Muy bien, dijo Jute, el nuevo jugador entró pisando fuerte.

Tengo una pregunta para usted, Juez, dijo Snopes.

Jute pagó. Lo que sea que no hable de mis vicios de viejo mujeriego, dijo.

Los otros rieron mientras Samuel y Jonathan renunciaban a la mano.

¿Qué quiere saber, señor Snopes?, dijo Jute pagando el aumento.

¿Por qué un juez que llevaría casi toda su vida dedicada a las leyes, veinte, treinta años, tiene discurso antisistema y no renuncia?

Jute miró a Snopes por encima de sus cartas y torció la boca como si la respuesta fuera obvia, o mejor, como si esperara una pregunta más intensa.

El mismo comentario hizo Conrad la primera vez que se sentó aquí, dijo y se tomó un momento para agregar: Cuando entré a la facultad tenía ideales comunistas como muchos de los senadores republicanos que hoy deciden el destino de este país.

Usted parece un hombre inteligente, dijo Snopes.

También ellos lo son, dijo Jute, y tras una pausa en la que el dealer sacó el turn, añadió: ¿Puedo saber a qué lado del corazón va usted? ¿O prefiere que adivine con lo poco que sabemos? Miró a Jonathan, que tenía una sonrisa de oreja a oreja, pero que contemplaba el pote central de fichas. Ese chico que está allí es mejor que yo en esto. Pero lo voy a intentar como si le hubiera aprendido sus habilidades.

Lo escucho, dijo Snopes.

Jute apostó doscientos en fichas. Tiene vocación republicana, dijo. Su edad está más o menos por los cincuenta y tantos, así que creció con dos eventos importantes. Tres, corrijo. El reaganismo en su esplendor, las libertades negras que incluyen el voto y la revolución hippie de los setenta. Va al ejército y después se retira por voluntad. Podría ser de centro derecha, pero para estar sentado en esta mesa, ha de ser que mi querido hijo putativo vio algo atractivo en usted.

Aseguró que jugaba al póquer, dijo Jonathan lavándose las manos. Además, Andrew, tengo muy pocas cosas en contra del capitalismo. La investigación hace justicia, pero también deja dinero. De este modo mi herencia se mantiene intacta. Nunca se sabe cuándo la vaya a necesitar.

Snopes, de mirada intensa pero llena de una bondad casi santificada, sonrió mientras pensaba la jugada. Pagó la apuesta después de ver sus cartas bajo sus manos negras y firmes. Observó a Jonathan y luego a Jute.

Soy el guarda privado del Fiscal de Distrito Bob Grace, dijo. No tendría ese trabajo si no fuera republicano.

Eres un hijo de perra, dijo Jute a Jonathan. Miró a Snopes con sus motas canas en barba y cabello, y añadió: ¿Se da cuenta, Snopes, que ese chico puede estar abusando de usted?

Perfectamente. Pero no me iré de aquí con las manos vacías.

Bueno, dijo Jute. Ya que ha sido tan honesto, le diré que mi permanencia en los tribunales obedece más a la necesidad de comer y vestir que a otra cosa. Tuve y aún tengo ideales, pero he hecho cosas de las que no estoy orgulloso. Y esas cosas, señor Snopes, me permiten dormir si sigo del lado equivocado. Si cambio ahora tendré que reinventarme, y eso implica un proceso de sanación tan arduo que he decidido posponerlo para una próxima vida.

Ignora a Andrew, dijo Jonathan. Una vez bebe el primer trago de whisky se vuelve metafísico.

Nada más cierto, dijo Wayne. Hace un par de meses se pasó toda una tarde hablando de un tal Maldacena y que el mundo era un holograma. Basura seudocientífica.

Lo divino me traspasa, dijo Jute. Qué puedo hacer. Cuando el river apareció en la mesa, agregó con evidente intención de desestabilizar la confianza de su actual rival: su jefe, ¿qué tal la está pasando con todo esto de la muerte de la hija? Me parece que lo ha tomado con mucha calma. En otros tiempos, Grace habría enviado un ejército de fiscales e investigadores contra el mundo. Demasiada altura para un evento tan trágico. Apunta eso en tu libreta, hijo, remató mirando a Jonathan.

Mi trabajo, juez, se limita a conducir su auto, dijo Snopes empujando todas sus fichas al pote del centro, llevarlo a donde él pida y proteger su vida de los enemigos. Voy todo, dijo.

Jute abrió una enorme sonrisa mientras contemplaba el rostro afable del hombre negro, y los otros jugadores, ya retirados de la mano, lo observaron. Jute movía la cabeza en una reiterada afirmación de elogio a su contrincante. Finalmente declinó. Snopes arrastró todas las fichas del centro hacia su lugar.