Un comentario del caso escrito por Alberto para el medio digital La Cola de Rata sobre lo necesario que sería indagar un poco más este crimen removió el interés y tres días después salió una segunda noticia en El Diario, ahondando en el entorno familiar del muerto.
Escribe / Deyvi Gutiérrez – Ilustra / Stella Maris
A Elbert Coes
Era lo de siempre, como la mayoría de casos que aparecen en la prensa amarillista: ves algún detalle que captura tu interés, quieres saber más, quieres que se resuelva; pero estos asuntos en Colombia no se resuelven así y quedan solo como un dato anecdótico, que también olvidas con los días. El dato curioso en este caso fue que el cuerpo del muerto tenía una venda atada a la cabeza que decía Theos-Dios, y fue suficiente para que el Q’hubo encabezara con: «Fue hallado el cuerpo de dios». Así, sin mayúscula inicial. Esta prensa conoce su público, no se atrevería a tanto. La gente se escandalizaba al principio cuando pasaba el vendedor de periódicos gritando la nueva. Lo interrogaban de una manera grave, casi increpándolo. Después se burlaban al conocer más el asunto. Al final regresaba el tono serio, pues se trataba de un muerto.
Estoy en el café de siempre, María Antonia, cuando Alberto llega y me pregunta sobre la noticia. Por supuesto, todos hablan de ella. Supe que iba de nuevo con aquello de resolver problemas en los que nadie más se va a meter. «Mira lo que dice la prensa: que era un indigente que al parecer se creía “dios”». Alberto me señala la foto. Tal vez es una que pasó la familia al periódico, donde el muerto está más joven. En ese momento no parecía que su cara llegaría a parecerse a la de Dios que está en el cuadro de Miguel Ángel llamado «La creación de Adán». El letrero de Theos-Dios en su frente y su rostro aprobado por la tradición de la pintura católica hacía inquietar a la gente. «Yo conozco a este viejo, he tomado tinto con él. Indigente no es, además las razones del crimen que dan son una burla», me dice Alberto. Me muestra la otra nota digital de periódico El diario donde la noticia y el encabezado aparecen menos llamativos. Mi relación con el viejo se remite a cierta ocasión en que lo vi parado junto al edificio de la Gobernación mientras yo pasaba en el bus. Tenía la cinta en su cabeza y una ropa blanca similar a una túnica. Las chicas que iban en la silla de frente dijeron: «Mira, qué pesar… Sí, qué pecaíto». Yo me daba cuenta por qué lo decían: en medio de aquella construcción moderna se veía como un loco vulnerable y sereno. No me compadecía pensándolo un loco; me ganaba su figura imponente.
—¿Viste? Lo encontraron a la madrugada, muerto a puñaladas, y la policía y la prensa piensan que fue la delincuencia común —me dice. ¿Un vicioso lo mató? No, no. Además no saben nada de él. No dicen que viene de una familia con buenos recursos que le daba lo suficiente para que no muriera de hambre, que lo soltaba al arbitrio de la ciudad. A veces tardaba días en volver a la casa y lo buscaban con displicencia. Eso me lo contó él mismo. No quería a su familia y ellos no lo querían a él, eso parecía, pero no supe la razón. No creo que sea como dice la noticia; se me hace extraño también que la familia no hubiese dado más detalles sobre él y con eso ahorrar especulaciones.
—¿Por qué crees que no fue así? —le pregunto. Tiene sentido lo que dices, pero de seguro hay una explicación. Los crímenes que reportan por aquí con esas características casi siempre resultan ser causados por malandrines comunes, locos y adictos. Mira el sector donde lo encontraron. Si el señor no hubiese tenido esa cinta de Dios en la cabeza y esas anécdotas que le perseguían, hubiese pasado como con los demás. Ahora parece que de verdad le importa a algunos.
—No te puedo dar más detalles porque apenas los voy completando, pero te mostraré de qué va todo esto. Me voy a reunir con alguien que me va a aclarar algo.
Alberto es un abogado de profesión que se resiste a ejercer, es un buen lector, y su pasión por la novela negra le hacen pensarse muy suspicaz. Es un talento natural de la deducción que se mueve como si anduviera de incógnito en la sociedad. Veo en él ese deseo de meterse al campo, de encontrar el hilo oculto de las cosas y halarlo. ¿Lo hace para que sus proyectos futuros de escritor se vean más serios como me lo ha dicho? Tal vez. Un día se podía parar de la silla como si al tiempo de estar hablando contigo tuviera una conversación más importante con sus ideas y todo el conocimiento le cayera sobre la cabeza de pronto: «Claro, así es», te decía un par de cosas y se iba.
Un comentario del caso escrito por Alberto para el medio digital La Cola de Rata sobre lo necesario que sería indagar un poco más este crimen removió el interés y tres días después salió una segunda noticia en El Diario, ahondando en el entorno familiar del muerto. Alberto pone sobre la mesa del café los dos periódicos que han mencionado el caso, más unas impresiones. Me dice que son noticias de internet que son calcadas de los dos diarios. «Mira lo que tenemos», me dice:
Periódico Q’hubo 20 de noviembre de 20…
«En horas de la madrugada se encontró el cadáver del señor Antonio Rodríguez Ruiz por el sector de los puentes en la Avenida del Ferrocarril con dos puñaladas en el abdomen. Antonio era residente del sector de Cerritos, pero desde hacía años se le conocía por huir de la casa y vagar en el centro de la ciudad. Las hipótesis de la policía van dirigidas a que es un asesinato por robo, ya que el señor Rodríguez, según los testigos, no frecuentaba esa zona sino para desplazarse hacia otros lugares habituales suyos como la Circunvalar o Dosquebradas. No era vicioso, afirmaron los vendedores ambulantes que lo conocían del lugar. La cinta en su cabeza con la inscripción Theos-Dios, su apariencia, y lo que decía a los que se encontraba, le ganaron el apodo del Loco dios… Así fue que entonces se encontró el cadáver de dios junto a una olla de Pereira».
En el periódico El Diario del 20 de noviembre sale la noticia inicial señalando los mismos elementos que el periódico Q´hubo, solo que con un tono más relamido. Y como si El Diario se hubiese querido reivindicar, tres días después repasó la noticia. «Sé que en algo tuvo que ver la crónica que subí al portal de La Cola de Rata», me dice Alberto mientras me muestra:
Periódico El Diario 23 de noviembre de 20…
«Nuevos hallazgos en el caso que sonó por toda la ciudad en días pasados por lo pintoresco del personaje representado por el señor Antonio Rodríguez, que ya sabemos que se hacía llamar Theos o Dios…».
«¿Se hacía llamar?…», pregunta Alberto con sorna.
Era puro bla, bla, bla. La parte que interesa y sobre la que Alberto me hace gestos para que repare era esta:
«… Antonio había sido un emprendedor que había hecho una pequeña fortuna y que por cosas de las que no se tenía precisión abandonó a su mujer y a su hijo. Luego de desaparecer unos años había vuelto con su fortuna disminuida y con notables problemas mentales y se refugiaba con su hermana mayor en una casa quinta a las afueras de la ciudad. A su mujer y a su hijo los visitaba a menudo. Ambos afirmaron que Antonio había empeorado en los últimos días y permanecía en la calle más tiempo y decía más incoherencias. Su esposa continuó con el negocio que dejó Antonio y ahora su hijo Alexander, seis años después, estaba al frente. Sus familiares y la gente que lo conoce afirman no saber por qué lo mataron ya que en medio de su locura “Antonio no le hacía mal a nadie”».
—Bueno mi compa, qué me dice de esta nueva noticia. ¿Aún crees que las cosas eran tan simples como las pintaron en un comienzo? —me dice Alberto. —Sin embargo, de la primera noticia que salió en el Q’hubo me quedo con el estrambótico título —continúa en burla:
—Dios ha muerto en América. Más preciso aún: El cadáver de dios ha sido encontrado en Suramérica.
—¿Vas a caer en eso tan simple? —le digo—, en esa mala y pretenciosa paráfrasis a Nietzche.
—Ja,ja, no es eso, man (sic) —me dice—. Mira lo que está pasando, yo no me estoy inventando nada, creo que más de uno lo pensó al ver la noticia. Solo que a mí me parece algo más que curioso o cómico, es un símbolo de algo. Algo hay ahí, mi hermano. Igual en esos medios no ahondaron en los detalles que puse en mi artículo de internet ¿lo leíste?
—Claro que lo leí —le digo—, si no soy yo, quién más te va a leer por ahí.
Para el escrito que publicaron en el sitio de internet La Cola de Rata, se había entrevistado con un testigo presencial. Un conocido drogadicto del lugar (quizás por eso El Diario evitó el testimonio). Le decían Mincho y en ese momento no había metido aún su dosis de bazuco. Esto afirmó, con lo cual no quería que restaran veracidad a sus palabras. «Un tipo salió de la parte de atrás del puente y no era ninguno de los locos que parchan por aquí, pero estaba muy oscuro y no puedo cantarle con precisión. Tenía tenis y jean y una chaqueta. El tipo lo agarró de imprevisto. Yo al cucho lo distinguía, él pasaba por aquí, claro, a veces paraba por aquel parquecito. El tipo le dio dos latazos y se abrió por donde llegó, pero antes sacó algo de los bolsillos del man. Por aquí solo a los locos de la calle les dan piso cuando la han cagado feo…», escribió Alberto para el portal en palabras de Mincho.
El caso sin duda era más complejo. Le pregunto a Alberto sobre lo que piensa y se queda un rato en silencio mientras sorbe dos tragos de café. Luego recoge todo el material de la mesa y me dice que en ese momento aún está redondeando la idea, pero que esperara un poco.
—Mano, cuidado con esas entrevistas —le advierto—, se está metiendo en esas ollas a preguntar cosas y eso no es bueno.
—Yo les digo que es un trabajo de la universidad y los manes colaboran, incluso me he quedado un rato compartiendo con ellos.
—Cuídese de todas maneras —le insisto—, y sale apresurado por el corredor del café mientras cierra el maletín. Diligente. Se me figura alguien convencido de que en realidad está resolviendo la muerte de Dios.
II
Pasan tres días y me empiezo a preguntar por el estado de las investigaciones, la salud de Alberto y sus nuevos hallazgos. Le dejo un mensaje por las redes sociales que me responde en la noche. Un supuesto duro del sector de los puentes llamado Liche que le iba a ayudar con el caso, le ofreció información a cambio de dinero y lo hizo ir a preguntar por mucha gente que no apareció. Se hablaba de que los culpables eran los de una banda vecina buscando causar allanamientos y requisas en el sector de los puentes, pero nada estaba claro. En un momento le dijeron que dejara eso así, que eso había sido por robarlo, que no había más misterio. «Pobre del viejo, pobre del Loco diosito», había dicho una señora que se persignó por la blasfemia.
También se entrevistó Alberto con la esposa y el hijo de Antonio y había grabado la conversación. De esas otras conversaciones me habla al día siguiente, en el café.
—Es una señora callada, muy formal, no tuvo ningún problema en dejarme pasar a su casa.
En la grabación estaba una señora tranquila contando los mismos detalles que ya habían pasado por televisión y la prensa. Tenía una buena relación con su exmarido, recalcó —aunque no fueran separados—, e insistió un par de veces en que esos delincuentes de la calle deberían ser agarrados. Que cómo se habían atrevido a hacer eso a un ser como Antonio. Al decir esto perdía un poco la tranquilidad que había tenido en un principio. A veces discutían por algún asunto sobre la empresa y su hijo, pero eran cosas muy alejadas de lo que en realidad pasaba. Alexander —el hijo de Antonio— llegó poco después, sobre la noche, según lo había citado Alberto también para la entrevista, y no contribuyó con alguna nueva información. Sin embargo en la grabación hay una parte importante donde asegura que su padre llegó a su oficina quince días atrás y luego de insultarlo a él salió tirando objetos al piso por el corredor que llevaba a la salida de la empresa. Gritaba cosas, pero Alexander no pudo precisar qué cosas.
Cuando vi al viejo aquella vez frente al edificio de la Gobernación, vulnerable y con la tira en su cabeza, sentí que a pesar de lo simple pero inhabitual de la imagen era algo importante que estaba pasando. En aquel momento no lo pensé mucho y ahora es como un raro déjà vu que me alcanza, que en ese momento tiró una soga hasta aquí. Alberto mueve sus papeles y es como si estuviese buscando algo que cada vez se parece menos a este caso del loco y más a otra cosa, filtrándose a través de él, incapaz de contenerse. Y él sabe que es otro lo que busca, o tal vez eso lo sé yo y él solo va frenético hacia la historia de un viejo bajo unos puentes. Sigue intercalando sus notas, armando este raro mapa que encontró.
Me dice que también fue donde la hermana de Antonio. «Creo que era el personaje del que menos se había hablado. Inicialmente me dije que por ahí era el asunto. Por fin pude ir. Se llama Cecilia; me atendió en la puerta, muy desconfiada. Al parecer ya habían pasado muchos chismosos por allí».
»—Yo trataba de evitar que se fuera mucho de la casa, pero él seguía desapareciendo a menudo. En algún momento pensé que esa iba a ser su suerte, lo que le pasó. Pobrecito mi hermano» —sollozaba.
Ella recordó que Antonio los últimos días se comportaba más callado de lo habitual, pero que tenía una notable mejora. Cuando hablaba lo hacía muy coherente y totalmente centrado. Cecilia llegó a pensar que su hermano ya se iba a recuperar por fin de esa locura e iba a retomar su vida como antes. Alberto le preguntó que si recordaba algo de lo que él le dijo en esos momentos de cordura, ella se adentró en más detalles:
—Él dijo que era increíble que se hubiese ido por tan corto tiempo y su esposa, su hijo y su empresa ya lo desconocían. Estuvo hablando con su hijo y lo había echado de la oficina. Además me contó que salió gritándoles a todos que eran unos ladrones que se habían apropiado de su empresa y que estaban haciendo las cosas como no eran. «Seis años no es poco tiempo», le dije; él se quedó pensando y me replicó: « ¿A qué te refieres?». Luego se metió en un saco de silencio y se fue.
Alberto sustrajo de su maletín los documentos, entrevistas y la grabación y se las mostró a ella. Luego de oír la grabación donde salía la voz de su cuñada y sobrino se quedó en silencio pensando un poco; bajó sus cejas y le dijo a Alberto que tenía algo qué hacer. Se despidió a los tropiezos y cerró la puerta. A pesar de eso le pareció menos sospechosa en el momento.
Alberto toma un sorbo de su café y me mira insistente: «Ahora estoy seguro de que te puedo contar lo que en realidad pasó». Deja el pocillo con contundencia sobre la mesa y la seriedad que pone al empezar a argumentar hace que toda mi atención se vuelque hacía él:
—Ampliando lo que dicen los diarios y volviendo a la información que nos dio Mincho, a Antonio le dieron dos puñaladas durante la noche. También se llevaron algunas de sus cosas. Este punto es importante, ya que era sabido por todos que el difunto andaba con poca plata. Si alguien que disponía de un arma hubiese querido conseguir un buen dinero al que su arma le daba acceso, Antonio no era una opción. El hecho de que alguien que se le salga un robo de las manos tenga que atacar y aun así se quede con algo del muerto es aún más sospechoso. Creo que el móvil no fue un robo que se salió de las manos. El criminal quiso que todo apuntara en esa dirección al vaciar los bolsillos de Antonio, pero en esto cometió un error, asumió la ignorancia de la policía y la desidia para considerar estos casos. Descartado un crimen común, voy a los autores intelectuales del crimen. Nos quedan sus familiares como sospechosos.
Cecilia, la hermana de Antonio es una señora huraña que no tendría motivo para deshacerse de Antonio, más que el que tuviera una persona cansada de tener a un loco en la casa y que considera que por eso está en riesgo su salud. Por dinero no es el caso, ya que Antonio le había dejado el control de una parte considerable de lo ganado en sus días de empresario y eso les permitía vivir bien. Precisamente, atendiendo al silencio que guardó Cecilia al oír las grabaciones y ese deseo que tuvo de huir de la entrevista, volví de nuevo a la esposa de Antonio y a su hijo. Desde antes el hijo empezó a perfilarse como el gran sospechoso. Tenía una empresa en la que había trabajado para mantenerla vigente y a pesar de todo no lograba el éxito que tenía el negocio cuando era de su padre. Pero él y su madre parecían convencidos de que el esfuerzo era de ellos y que Antonio los había dejado solos. En los testimonios de Alexander, el hijo de Antonio, era notable un distanciamiento y una relación tensa con su padre, pero lamentaba realmente que estuviera en esa condición y no fuera un soporte para ellos.
La culpable del asesinato es su esposa —continúa Alberto mientras cambia de postura—, o su ex según ella aunque no había divorcio. Había aprendido a odiar a Antonio luego del abandono y quizás desde antes. Antonio, como afirmó su hermana, andaba por una época de lucidez. Podía volver a sus negocios de antes y esto su esposa lo vio como una amenaza. Pensó que lo que tenían ahora no tenía que ver nada con Antonio que se había quedado al margen y ahora era su hijo Alexander el que tenía los méritos. Contrató un maleante que haría de sicario fortuito; ella le ayudó a encontrar el lugar más adecuado donde no tendría que lidiar con investigaciones, en el que todo pasaría como algo común. Estoy seguro que esto lo hizo sin involucrar a Alexander, que él no supo nada, porque ella confiaba en tener una cápsula de escape para él en caso de que todo se complicara. Por eso pensó que si en últimas daban con ella, Alexander estaría limpio de todo y de esta manera también ganaría.
No me sorprende ese nivel de lucidez de Alberto al buscar el culpable. Volvemos a la mesa, al mundo tangible y no en el de los razonamientos.
—¿Qué vas a hacer con todo ese material? —le pregunto.
—Pienso mostrarlo a un amigo que tengo en la policía. Ya sabes cómo es esto por aquí; pero antes voy a poner del lado mío a la hermana de Antonio para impulsar una revisión del asunto.
Él seguía consultando inquieto su celular y algunos papeles, distraído por momentos.
—Creí que ibas a estar más tranquilo cuando te dieras cuenta de lo sucedido con el anciano.
—Investigando este caso di con algo más importante, esta fue solo la insinuación de aquello otro. Es un caso grande, el más grande de todos… uno que ha rodado en el mundo desde hace mucho tiempo —me dice. Luego suelta una perorata que no le entiendo muy bien sobre deidades y temas que me resultan enrevesados. Me desconecto por un rato.
La investigación parecía estar siguiendo el guion que Alberto me planteó. Casi un mes después encontraron a un maleante en una redada de la policía en el centro. Era del barrio vecino a los puentes. Tenía un arma que resultó ser con la que mataron a Antonio y una libreta con un pequeño adorno en oro que también perteneció a este. Luego diría el sicario que por lo que estaba escrito allí, evitó deshacerse de la libreta. En otro momento no se hubiese quedado con esa evidencia, pero algo lo llevo a agarrar esos apuntes y además leerlos. Confesó que la esposa de Antonio lo había contratado por una buena suma de dinero. Algún testigo vio al sicario a menudo consultando la libreta, deambulando con ella en la mano por diferentes lugares mientras hablaba solo: «Aquí está todo. ¿Sí oye, hijueputa? Aquí está todo», decía a cualquier curioso. Con lo cual se ganó la bronca de todos. Pero qué importaba, si según él tenía lo más importante.
En una sesión de café más, le digo a Alberto que es irónico que Dios, que ya empezaba a morir en Europa, haya caído con cuerpo y todo en Suramérica, precisamente en Colombia. Muerto por un sicario común. «Recuerda que fue la esposa, pensando en el hijo de ambos», me sonríe Alberto. Le respondo que así es: «La gran señora. Por el hijo». Al rato estamos de acuerdo en que su lucidez en este caso amerita festejar con unas cervezas. En la mesa de afuera en que nos sentamos nos alcanzan los rayos de un sol reverberante.


