Cardos y amapolas

Me fijé en la manera como tus ojos se desviaban de mi cara en plena conversación, y descendían por mi cuerpo. Y asentías como un tonto. Ay la arrechera…

Rio_ArtFair_Rain_Kiss

Por: Giussepe Ramírez

No tan querido Ernesto:

Tus besos saben a cadáver. Te alimentas de cadáveres, y la carne la detesto. Náuseas. No  pienses que porque te besé la primera noche, bailando sudados entre el vaho de la gente, conocerás mis bajas humedades. No me humedeces. Cuando apareces, mi vagina es un  paraje desértico donde solo crecen cardos y amapolas. No seas pendejo. Eres un ridículo  con tus etílicos regalos: copas, sacacorchos y botellas. Pretendes reducirme a un estado de  conciencia en el que voluntariamente te agarre ese alegre cadáver que se encuentra entre tus piernas. Lo sentí en mis muslos palpitando la noche que bailamos.

Cuando vienes a mi casa te invito a mi cama porque no hay más donde sentarse. No asumas nada. No presientas nada. No imagines nada. No niego que me gusta el olor que dejas en la almohada: hueles dulce. Pero no eres más que eso: un olor a vino, caña y muerte. Sabes que me hago la tonta para evitar besarte, pero tienes tanta fuerza que no siempre puedo zafarme. Ojalá no te arriesgues a conseguir el otro premio con maneras salvajes, porque a la mano tengo tus regalos. Dejo la puerta de la casa abierta porque sé que no te gusta hacerlo al aire libre, con el viento acariciándote las nalgas y la latente posibilidad de ser descubierto.

Pretendiste ser un salvavidas ante la crisis con mi novio, y pescar algo en el río revuelto de mis problemas. Llegaste ese día con aires de altruista a proponerme tu incondicional compañía: no creías en los proyectos amorosos a largo plazo, pero conmigo asumirías el riesgo. Y en ese gesto barrunté la artimaña de perro de Pavlov para hacerse al bocado que provocaba tanta baba colgando del hocico. Ese bocado era mis piernas. Mis torneadas piernas. Mis vigorosas piernas. Mis lascivas piernas. Me fijé en la manera como tus ojos se desviaban de mi cara en plena conversación, y descendían por mi cuerpo. Y asentías como un tonto. Ay la arrechera, juega a esconderse tras sublimes intenciones, pero los mentecatos como tú siempre la delatan.

Y aunque mi novio sea un drogadicto, y tú seas más guapo y muevas mejor las caderas en la pista, no harás el amor conmigo porque dejas ver muy pronto tus mentiras. Eres mal estratega. Debes entender que así no se ganan las guerras. En los hombres la belleza es lo de menos. Para conquistar países, mujeres, planetas hace falta el impudor de la mentira irrefutable, de la vehemencia del deseo. Entonces te dejo con la palabra en la boca, que es lo mismo que esta carta en tu mano, y es lo que más te emputa.