Asistíamos a un cambio de “ethos” o mentalidad en la cultura, pues si nuestros ancestros afirmaban que los sueños en la vida se alcanzaban a través del “trabajo” y “el sudor de la frente”; los nuevos ricos de la cocaína demostraron que había un camino más corto, aunque peligroso, para alcanzar la prosperidad.

Por Carlos Alberto León

El historiador Hermes Tovar Pinzón en su bien informado estudio La cocaína y las economías exportadoras en América Latina: El paradigma colombiano indaga sobre los orígenes de la coca, encontrando que antes de 1492 esta planta fue muy importante para las culturas andinas -Incas, Quechuas, Aymaras, Chibchas-  ya que “(…) estuvo vinculada a fines rituales” en la relación entre los hombres y la naturaleza.

Además, era utilizada con fines analgésicos y curativos en intervenciones médicas, como energético para el trabajo[1] o como agente psicoactivo para inducir trances ceremoniales.

Sin embargo, de ser consumida en principio por los aborígenes en sus rituales mágico míticos dio un viraje convulso en su utilización a finales del siglo XIX y principios del XX ligándola al contrabando y rodeándola de un carácter delictivo por parte de las autoridades hacia los consumidores. A continuación se esboza mejor esta idea:

La cocaína es el primer producto masivo de exportación que es manejado por grupos marginados de la sociedad latinoamericana. Salidos del anonimato, estos nuevos actores del Tercer Mundo pueden demostrar su capacidad empresarial. Clases bajas y empobrecidas de la sociedad latinoamericana, habitantes del desempleo y de la ausencia de oportunidades, están prestos a incorporarse a los mercados subterráneos e informales, con el fin de lograr el ascenso que la sociedad en general les niega. Estos actores ligan su historia al contrabando, a las esmeraldas, a la marihuana y a otras formas a las que se les ha dado un carácter delincuencial.

“La reina de las drogas”[2], “pura vida” o el “oro blanco”, así se le denomina a la cocaína; alcaloide que tuvo gran demanda y aceptación en ciertos círculos intelectuales[3] y de la élite entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX. En Colombia se dio la exportación de cocaína por la misma razón que se había entrado en el negocio de la marihuana. Un puñado de extranjeros buscaba esta mercancía ilegal y pagaba muy bien por ella.

En septiembre de este año Colombia fue declarado el mayor productor de coca. Las hectáreas cultivadas de hoja de coca aumentaron 11%, pasando de 188.000 en 2016 a 209.000 en 2017.

Antioquía, departamento reconocido por la laboriosidad de las personas y por la prosperidad en la producción de café y fabricación de textiles, sería uno de los epicentros de la industria de la cocaína en Colombia. De hecho, dos químicos de Medellín, los hermanos Tomás y Rafael Hernán Olózaga[4], fueron los pioneros en la fabricación de este alcaloide. Ya desde los años cuarenta habían procesado “(…) morfina, heroína y cocaína para venderlas a la mafia cubana”, según James D. Henderson. Además, el mismo autor afirma que “El diario El Espectador de Bogotá publicó un reportaje… sobre la detención de los Olózaga en su casa del elegante vecindario de Medellín, El Poblado, acusados de vender 2,5 kilos de heroína a traficantes cubanos por 350 000 dólares” (ver).

Pablo Escobar en un partido de fútbol con su esposa Victoria Eugenia Henao y su hijo. Fotografía / El Tiempo

Medellín se reafirma como capital de los narcos

Paralelamente, un contrabandista establecido en Medellín, Alfredo Gómez, conocido como El Padrino, y el jefe de los delincuentes que robaban carros en Cali, Gilberto Rodríguez Orejuela, se encargaron de enviar cocaína a los Estados Unidos. En el libro Pablo Escobar: Auge y caída de un narcotraficante, de Alonso Salazar, se afirma que Alfredo Gómez utilizó numerosas pistas clandestinas para transbordar cocaína a través del puerto ribereño de Leticia sobre el río Amazonas.

Asimismo, Abdón Espinosa Valderrama en su artículo periodístico “Vivencias y estragos del narcotráfico” va más allá y afirma que según la agencia de seguridad nacional de Colombia, DAS, la pasta de cocaína comenzó a transportarse a través de Leticia en 1971 y que para 1973 se contrabandeaban anualmente más de 1000 kilos de pasta a través de este puerto amazónico.

Mientras se esforzaban en enviar cargamentos cada vez mayores de cocaína[5], los narcotraficantes despacharon también a amigos, familiares y socios de negocios a Estados Unidos para manejar la distribución de la cocaína y recolectar los pagos.

Cabe destacar que se utilizaron cientos de mulas[6] (especialmente personas de los estratos populares); Alonso Salazar Jaramillo las recuerda como “un ejército de hormigas” que viajaban a los Estados Unidos para transportar  coca utilizando  múltiples formas: oculta en su ropa, adherida al cuerpo, en maletas de doble fondo o en pequeñas bolsas en sus estómagos.

Una de las “mulas” más eficientes fue Griselda Blanco[7], llamada en el mundo del hampa “La Viuda Negra”, que de 29 años llegó a New York en 1973 y lideró la violenta eliminación de los distribuidores cubanos en esa ciudad.

Según el historiador estadounidense Robert Sabbag “La Policía de Nueva York tenía alguna idea de la guerra de territorios desencadenada en las calles de la ciudad, y advirtió que para 1973, se vendía en la ciudad más cocaína que heroína”. La razón quedó comprobada al año siguiente, cuando Griselda Blanco fue procesada por un tribunal federal de Brooklyn, donde se le acusaba de distribuir 150 kilos de cocaína. Tiempo después, esta mujer violó la fianza y huyó a Miami, donde adquirió la reputación de ser la principal distribuidora de cocaína y asesina en los Estados Unidos.

La transformación física de Griselda Blanco fue evidente desde su juventud, hasta los días en que fue detenida en Estados Unidos (derecha). Foto / Cortesía.

Dentro de este marco, una de las fechas más importantes en el país fue el 10 de marzo de 1984, ya que el mundo conoció la magnitud de la industria de la cocaína en Colombia. Aquel día, la policía colombiana y la DEA estadounidense llegaron en helicóptero al complejo de procesamiento de Tranquilandia[8], márgenes del río Yarí (entre Caquetá y Putumayo), donde se confiscaron 15 toneladas de pasta de coca y 3.000 kilos de droga procesada.

Quedaba en evidencia entonces que los grupos de traficantes de Medellín y de Cali habían construido una empresa sofisticada que enviaba millones de kilos de cocaína a los Estados Unidos y que como lo afirma Sewall Menzel en su libro Cocaine Quagmire, la mayor parte de esta droga fue transportada por “(…) aire y sin ser detectada”.

Las personas que se hicieron millonarias con este negocio lo empezaron a materializar a través de una vida ampulosa: carros de lujo, fincas, mansiones, viajes y caballos de paso fino.

Asistíamos a un cambio de “ethos” o mentalidad en la cultura, pues si nuestros ancestros afirmaban que los sueños en la vida se alcanzaban a través del “trabajo” y “el sudor de la frente”; los nuevos ricos de la cocaína demostraron que había un camino más corto, aunque peligroso, para alcanzar la prosperidad.

 

Notas

[1] El periodista, escritor y político Alonso Salazar en su libro Drogas y narcotráfico en Colombia indica que los grupos indígenas, al igual que sus ancestros, usan la hoja de coca para fortificar su espíritu y su cuerpo. La coca les permite realizar grandes caminatas a su lugar de trabajo sin fatigarse y soportar largas horas de trabajo sin comida. La hoja ayuda además a neutralizar los efectos que produce la altura y el frío” (2001: 22).

[2] Así la denominó el famoso actor estadounidense Dennis Hopper en los años setenta.

[3] Es conocida la famosa carta del escritor estadounidense William S. Burroughs titulada “Letter from a master addict to dangerous drugs” donde  habla acerca de los efectos producidos por la cocaína: “La cocaína es la droga más estimulante que he usado. La euforia se concentra en la cabeza. Tal vez la droga activa los centros de placer directamente en el cerebro….El deseo por la cocaína puede ser intenso. He pasado días enteros de una farmacia a otra para cambiar una receta médica de cocaína…El uso continuo de cocaína provoca ansiedad, depresiones, algunas veces episodios psicóticos con alucinaciones paranoides. La ansiedad y la depresión que resulta del uso de cocaína no se alivian con más cocaína” (Web: 1956).

[4] En el informe de la sección de policía sanitaria del Ministerio de Trabajo, Higiene y Previsión Social (Documento 31) se habla a profundidad de los hermanos Tomás y Rafael Hernán Olózaga, diciendo lo siguiente: “El 20 de febrero de 1957, agentes del Servicio de Inteligencia de Colombia, ayudados por un oficial antinarcóticos de los Estados Unidos, descubrieron una fábrica clandestina de heroína y cocaína en la propiedad de Tomás y Rafael Hernán en Medellín, Colombia. Estos hermanos habían estado dedicados al narcotráfico desde 1948. La heroína de este laboratorio era vendida en Cuba, donde los acusados fueron arrestados por la policía cuando a Tomás Herrán se le encontró en posesión de 800 gramos (1,8 libras) de heroína el 24 de diciembre de 1956. Antonio Botano Sojo, un ciudadano cubano, fue arrestado por poseer una pequeña cantidad de heroína que él había comprado a los Herrán” (Sáenz, 1996:90).

[5] Un incidente ocurrido el 22 de noviembre de 1975 ofrece una acción metafórica de lo que aguardaba a Colombia: “Aquel día una avioneta aterrizó en el aeropuerto de Cali. Debido a que no había recibido la autorización correspondiente, la policía la registró y descubrió que su carga consistía en 600 kilos de cocaína destinados a la venta en Estados Unidos. Dado que un kilo de cocaína se vendía en Estados Unidos a 45 000 dólares, la carga de la avioneta valía cerca de USD 27 millones.

El incidente de Cali desencadenó una ola de violencia en Medellín, ciudad donde se había originado el vuelo. Durante la semana siguiente, 40 personas perdieron la vida a causa del frustrado envío. Conocido como la “masacre de Medellín”, este baño de sangre anunció el comienzo de un nuevo capítulo de la violencia en Colombia, según Henderson.

[6] En el libro El parlache de Luz Stella Castañeda y José Ignacio Henao definen la palabra mula como “persona que transporta droga al exterior”.

[7] Sobre Griselda, la Reina de la Coca, se han tejido muchas leyendas: << (…) que mató al padre de uno de sus hijos; que mandaba a ejecutar a sus propios socios y, para completar la trama, asistía al sepelio como la más dolida de las mortales y pagaba los gastos del entierro, que tenía un anillo de la reina Isabel, que mataba a sus amantes tras las bacanales… El propio jefe del B-2, la inteligencia del Ejército de Medellín, advertía a los periodistas: “Con mañita, esa vieja es muy verraca, muy brava, no jodan con esa vieja Griselda, déjenla tranquila”>> (Salazar, 2012: 42).

[8] El periodista Óscar Escamilla en su libro Narcoextravagancia: Historias insólitas del narcotráfico afirma que Tranquilandia “recibe este nombre por la tranquilidad del lugar y la ausencia de autoridades en la zona. Con una extensión de 10 kilómetros cuadrados, cuenta con diez laboratorios, siete pistas de aterrizaje y es administrada por El Mexicano. La policía allana este lugar el 10 de marzo de 1984, gracias a la información de la DEA, y como parte de la ofensiva del gobierno contra los narcos.