LA GAITANA: ¿HEROÍNA HISTÓRICA O MITO NACIONAL COLOMBIANO?

La Gaitana es revelada como personaje nativo, heroico y rebelde, y de resistencia contra la ocupación española, tras el fin de la gesta independentista de la Nueva Granada.



La gaitana

Escribe / Jaime Flórez Meza – Ilustra / Stella Maris

Ampliamente narrada en un famoso poema histórico, protagonista de obras de teatro, usada como nombre en distintas organizaciones y prácticas sociales (sindicatos, colectivos feministas, instituciones educativas, un frente guerrillero, monumentos, parques, cómics) la legendaria cacica La Gaitana ha sido elevada al nivel de símbolo de identidad y soberanía nacional en Colombia desde hace doscientos años, como también de la historia y las luchas de los pueblos originarios del país. Sin embargo, su existencia como tal en el período de la conquista española ha sido puesta en duda por la mayoría de historiadores en vista de la carencia de documentos históricos que la demuestren. ¿Fue más el producto de la febril imaginación de algunos conquistadores de la época que un personaje real?

El primer relato sobre La Gaitana aparece en el poema Elegías de varones ilustres de Indias (1589), de Juan de Castellanos (1522-1607), uno de los más destacados poetas hispanos del siglo XVI y quien viviera la mayor parte de su vida en el territorio de lo que hoy es Colombia, primero como conquistador y luego como sacerdote hasta el final de su vida. Esta obra, que narra en versos endecasílabos las campañas de los principales conquistadores españoles, es el poema más largo escrito en lengua castellana. En cinco de sus cantos, Castellanos narra los presuntos hechos en que la cacica de los indios Yalcones o Timanaes, llamada por los españoles Gaitana, apresó al capitán Pedro de Añasco para vengar la muerte de su hijo Timanco. Añasco había sido delegado por Sebastián de Belalcázar para fundar la villa de Timaná (llamada también Guacacallo) en lo que ahora es la región del Alto Magdalena, en el departamento del Huila, en 1538. Como era usual entre muchos conquistadores, Añasco buscó establecer relaciones amistosas con los caciques de la región para lograr efectivamente su sometimiento.

En particular, logró hacer amistad con uno de ellos a quien los españoles llamaban Don Rodrigo, que era hijo de uno de los más poderosos caciques de aquellos pueblos, Pigoanza. No obstante, los elevados tributos que empezó a exigir a los indígenas de la zona provocó una resistencia en varios caciques. Añasco recurrió, entonces, a la misma estrategia de Pizarro en el Perú: secuestrar a un líder indígena para atemorizar y presionar a su gente. Uno de los caciques rebeldes, de nombre Timanco, era hijo a su vez de una cacica, la que Castellanos nombraría como Gaitana. Añasco habría ordenado el apresamiento del Timanco y, una vez en sus manos, lo habría hecho ejecutar quemándolo vivo en la plaza de Timaná.

Al conocer la noticia, su madre habría convocado a los principales caciques de su región para vengar la muerte de su hijo. Pigoanza (que era pariente de la cacica) habría aceptado el plan de capturar vivo a Añasco, a pesar del riesgo que corría la vida de su secuestrado hijo, Don Rodrigo, en poder del conquistador. Pero Añasco sería emboscado y apresado y luego llevado ante La Gaitana, quien lo torturaría prolongando de manera superlativa su sufrimiento: sus ojos fueron extraídos, su boca y garganta perforadas y una soga introducida por el orificio para pasearlo de pueblo en pueblo.

Castellanos añade que la agonía de Añasco finalizó así:

Reconociendo que de ser humano

Huían los espíritus vitales,

El pié le cortan, otra vez la mano,

Otra vez pudibundos genitales,

Hasta que con paciencia de cristiano

Salió de las angustias de mortales,

Para volar, según píos motivos,

A la quieta tierra de los vivos (p. 471)

La venganza se completaría de esta manera:

Los atroces tormentos acabados

Según feroz bestialidad ordena,

Los caballos y dueños desollados

Y de ceniza la pelleja llena,

Unos y otros fueron cuarteados

Para guisarse la nefanda cena,

Y de los cascos ya limpios y rasos

Para beber en ellos hacen vasos (p. 471)

De este modo se habría iniciado el levantamiento de los Yalcones y otros pueblos contra los invasores, comandados por La Gaitana. Siguiendo a Castellanos, la cacica convocó a Nasas, Piramas, Pijaos, Guanacas y Panaos en esta guerra. Los capitanes españoles Juan del Río y Juan Cabrera habrían enfrentado y sofocado la rebelión en 1543, gracias a la colaboración del indígena Inando, que habría sido su informante. Al ser vencidos los indígenas, La Gaitana se habría suicidado en el cañón del Pericongo arrojándose al río Magdalena, cuyo nombre en quechua era Guacacallo, esto es, “camino sagrado” o “camino de los muertos”. A pesar de la derrota, la rebelión continuó y a los conquistadores les tomaría setenta años eliminarla por completo.

¿Cuáles fueron las fuentes que empleó Castellanos para contar la historia de La Gaitana? El poeta-cronista dice que fueron los tres únicos sobrevivientes del ataque a Añasco y su escolta: Florencio Serrano, Juan de Orozco y Arias Maldonado. El primero terminó viviendo como encomendero en Tunja, la ciudad donde Castellanos residió desde 1562 y 1607, año de su muerte. Habría sido durante ese período, pues, que Serrano le contó tales sucesos.

De todos ellos uno solo vivo,

Que milagrosamente se valía,

Y aun hoy me da razón de lo que escribo,

Y es Florencio Serrano, de quien siento

Que cuenta la verdad en lo que cuento.

A todos consta bien ser su costumbre

Sin interposición de vil artista,

Y él y Orozco, que me dan la lumbre,

De la dificultad desta conquista

No hablan cosa con incertidumbre.

Antes lo que deponen es de vista,

Y un Arias Maldonado, cuya fama

Otra más diligente pluma llama (p. 475)

La investigadora colombiana Susana Matallana Peláez afirma, citando al antropólogo alemán Hermann Trimborn, que Castellanos también usó como fuente los relatos de Sebastián de Belalcázar. Con todo, ni en estos ni en ningún otro documento histórico de la época se menciona a La Gaitana, como lo deja en claro el prestigioso historiador colombo-ucraniano Juan Friede, al subrayar que ninguno de los tres principales cronistas de la conquista del territorio que a partir del siglo XVIII sería nombrado Nueva Granada, menciona tampoco a la legendaria cacica. “A nuestro juicio”, dice Friede, “la historia de La Gaitana, que no carece de dramatismo precisamente por la intensidad de los sentimientos vengativos y por la misma crueldad empleada, es íntegramente una labor de la fantasía popular hispana, excitada por las guerras de la Conquista”. Los cronistas en mención son fray Pedro Aguado, Antonio de Herrera y Juan de Velasco.

Matallana agrega que Friede “también afirma que ni la probanza de méritos y servicios presentada por el nieto de Añasco ante la Corona, para conservar la encomienda que había heredado de su abuelo, ni ninguno de los documentos del cabildo de Timaná, ni ninguna de las deposiciones españolas que buscaban documentar las atrocidades cometidas por los nativos hacen referencia alguna a La Gaitana. Friede cita además a otro cronista llamado Pedro López, quien, a pesar de haberse visto envuelto presumiblemente en los acontecimientos, jamás menciona a La Gaitana”. Con estas evidencias pareciera que el personaje no pudo haber existido, pero la misma investigadora pone en duda el testimonio de López —transcrito, editado y publicado por Friede— porque presenta inconsistencias en otros detalles importantes, al manifestar, entre otras cosas, que fue el capitán Juan Cabrera el conquistador de la región y no Pedro de Añasco, y por tanto que fue aquél a quien los indígenas emboscaron, torturaron, mataron y canibalizaron.

En lo que sí parece haber un consenso es en el período y la forma en que Añasco fue muerto. Después de cotejar los testimonios de distintos declarantes de la época, Matallana concluye que Añasco “debe haber muerto en algún momento entre noviembre de 1543 y noviembre de 1544; y el castigo contra los Yalcones debe haberse organizado poco después, bien sea a finales de 1544 o a principios de 1545. Una vez más, el relato de López resulta ser inexacto”. De todos modos, el nombre de La Gaitana no aparece por ningún lado y solo aparecerá en la obra de Castellanos y en la de fray Pedro Simón, quien, al decir de Ernesto Mächler Tobar, “no hará sino plagiar, con algunas variantes, ese texto para escribir sus Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales (1627)”. Defendiendo su tesis de que La Gaitana es un personaje fantasioso, Friede concluye que “lo que se puede comprobar con documentos históricos es que Añasco fue muerto a manos de los yalcones en una guerra de coalición que formaron estos indios con los páez, pirama y guanaca”.

Hasta aquí parecería zanjada la cuestión de la no existencia de La Gaitana. Sin embargo, habría que preguntarse entonces qué pudo haber dado lugar a la leyenda de la heroica cacica. Matallana considera en ese sentido que hay importante evidencia para afirmar que durante la conquista de la región del Alto Magdalena sí existían cacicazgos femeninos, para lo cual cita a dos historiadores (Gómez Cubides y Tovar Zambrano) que encontraron el nombre “Guatipán” o “Guatepán” en un documento oficial de mediados del siglo XVI que da cuenta de un pleito entre dos encomenderos, en el cual se menciona dos veces el nombre: “una señora que se dize guatepan”, “un yndio que dixo ser hijo de la señora guatypan de la provincia de otongo”. Matallana aclara que la denominación de “señora” para una nativa y no el de “india”, que era el comúnmente usado para referirse a las mujeres indígenas, marca una diferencia importante. Guatipán es, por otro lado, el nombre autóctono con el cual se conoce en la tradición popular huilense a La Gaitana.

Para el historiador Gómez Cubides, Guatepán o Guatipán es un nombre que proviene del quechua waqtaqpay (o huactaqpay), esto es, agitar, instigar; acción que correspondería al papel desempeñado por la mítica cacica. Otro vocablo quechua similar haría referencia a otra característica suya: huactacpacuni, que se refiere a “tenderse sobre algo”. Ambas significaciones están presentes en los cantos de Castellanos:

“Para lo cual no fué pequeña parte

Una india llamada la Gaitana,

O fuese nombre proprio manifiesto,

O que por españoles fuese puesto.

En aquella cercana serranía

Era señora de las más potentes,

Y por toda la tierra se tendía” (p. 467)

¿De dónde salió entonces el nombre de Gaitana, que recogió por primera vez Castellanos? Según Matallana, bien podría provenir del quechua waqtana (huactana): porra o mazo. Castellanos usa la palabra macana como sinónimo de porra. Para Matallana “la palabra huactana se parece extrañamente a la palabra ‘gaitana’”. La autora considera, por tanto, que gaitana sería una adaptación española de ese vocablo quechua que designa lo que era “el arma predilecta de los indios y tal vez aquella que la legendaria cacica empuñara para instigar a los indios a pelear contra los invasores mientras recorría sus dominios”. Aun así, todo lo anterior no basta para establecer la condición histórica del personaje, pues, como Matallana advierte, no se ha podido determinar si la señora que se menciona en aquel documento del pleito entre los encomenderos sea la misma cacica Guatepán o Gaitana.

“Es posible que nunca lleguemos a establecer a ciencia cierta si la ‘señora de Guatepán’ (…) es la misma mujer que dio lugar a esta figura legendaria. Sin embargo, el nombre de Guatepán no tiene que ser el nombre de una única mujer; podría muy bien ser el título de un cargo o función que las mujeres, y en especial, las mujeres mayores solían ocupar en estas culturas”, indica Matallana.

Nace el mito

Después de permanecer confinada durante más de doscientos años en el poema de Castellanos, reservado al conocimiento y lectura de las élites ilustradas de la Colonia, La Gaitana es revelada como personaje nativo, heroico y rebelde, y de resistencia contra la ocupación española, tras el fin de la gesta independentista de la Nueva Granada (1810-1819). Es una suerte de descubrimiento y enarbolamiento de un “ícono proto libertario de la Guerra de Independencia” según Matallana, y en esa medida, será uno de los símbolos de la naciente república de Colombia, convirtiéndose en “abnegada y ancestral figura del período republicano”. En ambos casos se trata de una imagen romántica de una guerrera cuya existencia estaba aún más lejos de demostrarse de lo que puede estar ahora, y por ello se la presentaba como “una joven y hermosa mujer, que a pesar de haber perdido a su único hijo varón, consigue reunir el suficiente valor para guiar a los indios en la búsqueda de la libertad”. No resulta extraño que así haya sido en tanto es común que los pueblos, en su búsqueda de identidad y soberanía, creen sus propios mitos o le confieran el aura mítica a algún personaje que no tenía nada de fabuloso, pero que de alguna manera contribuye a la consolidación, como en este caso, de una nación. Muestras de ello son los monumentos a la cacica inaugurados en Neiva en 1974 y en Timaná en 1988, y el parque La Gaitana en Bogotá, inaugurado en 1998.

En tal sentido, Matallana diferencia la imagen popular y romántica que rodea al personaje de aquella que tienen los historiadores orales indígenas, y para ello cita el caso de Julio Niquinás, historiador oral del pueblo nasa, cuya descripción y relato de La Gaitana se asemeja más al del propio Castellanos y no tiene nada que ver con la figura nacionalista y libertaria que las élites construyeron en el siglo XIX: “De manera previsible, el retrato nacionalista omite mencionar el fuerte carácter de La Gaitana, su ferocidad o su particular gusto (y el de su pueblo) por la carne humana: son estas características que difícilmente cabrían en el perfil de una candidata al puesto de madre de una nación católica”.

A lo largo del siglo XX la leyenda de La Gaitana siguió avivando las prácticas de distintos autores en el contexto de “una nación que aún no se reconcilia con sus orígenes indígenas”. Mächler, por ejemplo, cita al escritor Rafael Gómez Picón, que en dos de sus obras aborda al personaje de manera poco menos que épica y grandilocuente: Magdalena, Río de Colombia (1945) y Timaná. De Belalcázar a La Gaitana (1960). Llega al punto de compararla con Caupolicán, Atahualpa y Juana de Arco. Una visión ligeramente distinta es la que presenta Rafael Méndez Bernal en su obra Grandes insurrecciones, con cierto sesgo colonialista. Sin embargo, si fueron estas tentativas biográficas Mächler reconoce que “hasta nuestros días no se ha hecho ningún estudio biográfico serio y completo sobre Gaitana; apenas ciertas páginas desgranadas en las crónicas de Conquista, algunos bocetos dispersos posteriores, y una que otra obra que busca ficcionalizar su épica historia”. Entre tales ficciones menciona tres obras de carácter escénico que llevan el mismo título, La Gaitana. La primera es de Osvaldo Díaz (1937) y fue estrenada por la Radiodifusora Nacional de Colombia en 1940; la segunda es de Luis Hernando Vargas Villamil (1959) y, aunque fuera presentada como novela, es más un guion radiofónico; y la tercera es una creación colectiva del desaparecido Teatro Popular de Bogotá (TPB), dirigida por Luis Alberto García y Jorge Alí Triana en los años setenta.

Pese a que todo lo anterior no ha bastado para reconocer con rigor un carácter histórico a un personaje como La Gaitana, Matallana concuerda con Mächler en la necesidad de no abandonar la investigación en torno a ella en la medida en que se extienda más allá de lo popular y nacionalista: “El interés evidente de una biografía justa, certera en la medida de lo posible, veraz, radica en un cuestionamiento de la versión popular”. Por su parte, Matallana concluye que “es posible que hayan existido no una, sino muchas Guatepanes o Gaitanas” y que, por lo tanto, “tal vez no sea posible establecer definitivamente si La Gaitana existió o no, pero descartarla (como a tantas otras figuras similares) apresuradamente como un producto más de la imaginación popular sin siquiera considerar la evidencia constituye un ejercicio de colonialismo historiográfico, que además anula toda posibilidad de hacer historia y de reconstruir un pasado significativo para las culturas indígenas”.

Referencias

Ernesto Mächler Tobar. “La Gaitana: preludio a una biografía a la espera”. América. Cahiers du CRICCAL. Disponible en https://journals.openedition.org/america/226

Juan de Castellanos. Elegías de varones ilustres de Indias. Biblioteca de autores españoles, tomo 4. Madrid, 1847, p. 467-475.

Susana Matallana Peláez. “Desvelando a la Gaitana”. La manzana de la discordia, Enero – Junio, 2012, vol. 7, No. 1, p. 7-21. Disponible en https://manzanadiscordia. univalle.edu.co/index.php/la_manzana_de_la_discordia/article/view/1569/pdf