Texto y fotografías: Jessica Arcila Orrego y Christian Camilo Galeano B.
Una cabeza de cerdo es lanzada por los aires durante la marcha del 28 de abril en Pereira, tiene marcada en la frente un mensaje: “DuQue Hp”. La indignación de las personas explotó con las palabras del entonces ministro de hacienda sobre el valor de una cubeta de huevos, cuando lo entrevistaron por la reforma tributaria que tenía entre manos; se unió la ingenuidad con una alta dosis de cinismo por parte del funcionario, al expresar que un panal podría valer tres mil pesos. El panal cayó de la mesa, y se convocaron marchas a lo largo y ancho del país. Colombia se agrietó: el paro duró alrededor de tres meses, la indignación se mezcló con la sangre de los heridos, los cuerpos sin vida de jóvenes y la ausencia de los desaparecidos. Incluso, estando ad portas de finalizar el año, y cuando de las marchas solo quedan las imágenes, los muertos y los jóvenes siendo judicializados por haber participado en las protestas, son un eco de aquella rabia que persiste en el ambiente.
Hace un par de meses, Christian Roa contaba, desde su casa arriba en las montañas ubicadas en el barrio Las Brisas, en la comuna Villa Santana, todo lo que cambió este lugar cuando inició el paro nacional. Una fotografía de él, con un grupo de pequeños que celebran el grado está al lado del comedor. En ella se ven niñas y niños mestizos, indígenas y afros, es el grado de una escuela donde trabaja como profesor y es también la muestra de la diversidad étnica que se da en ese territorio que se integró al paro. Christian es uno de los fundadores del proyecto 222 Studios, un colectivo juvenil que desde el barrio pretende impulsar los talentos que emergen en su territorio: cantantes, músicos, modelos, artistas jóvenes que quieren cambiar el estigma de violencia que tiene su comuna. Afirmaba que, con el paro, el proyecto tomó más fuerza y fue más visible. Las cosas pueden ir cambiando, decía.
Este joven líder de la comuna Villa Santana en Pereira, relataba que al inicio del paro más de 100 personas se movilizaron desde la comuna al centro de la ciudad, luego vinieron las velatones, chocolatadas que, según él, son eventos que permiten hablar de política desde el arte. Porque alrededor de todo esto llega la batucada, el teatro, la música; el arte politiza las comunidades. Como si no bastara, cuenta Christian, fueron los jóvenes los que movieron a las personas, ya que los chicos de colegio (cuya edad está alrededor de los 14 años) cumplieron un rol de divulgación importante a partir del voz a voz.
“Los mismos chicos me buscan para realizar iniciativas en torno al paro, demuestran interés. Creo que esto se dio por la acumulación de sucesos. La reforma, los asesinatos a líderes, esa acumulación de momentos hace que la gente diga ¡no, hasta aquí fue! Acumulación de hambre, pobreza, desempleo, rabia. Uno podía ver cómo los pelaos buscaban en Internet acerca de la reforma tributaria y en las mismas casas hablando acerca de lo que pensaban respecto del paro. La gente sigue apoyando el paro independientemente si no está marchando por sus mismas ocupaciones. Pero es claro que la iniciativa de los jóvenes ha sido importante para dar a conocer esas problemáticas sociales que se dan ahora.” Esto lo afirmaba Christian cuando el paro ya llevaba más de un mes en pie, cuando aún se mantenían las marchas en la calle, y el Viaducto seguía siendo espacio de encuentro y resistencia.
Desde otro extremo de la ciudad, en Cuba, Gustavo de 25 años de edad y estudiante de Etnoeducación y Desarrollo Comunitario, integrante del colectivo Sembrando Sueños, contaba cómo creció el paro en la comunidad desde el polideportivo, en San Joaquín. “Todo tomó fuerza a partir del toque de queda del 3 de mayo, a eso de las 3 de la tarde de ese día me encontré con compañeros que traían marcadores, pancartas y luego nos tiramos a la calle. Empezamos a cerrar la vía, no había megáfono para las arengas, en realidad, nadie sabía arengas. Pero la gente fue cayendo, hubo una marcha en el barrio de 250 personas, nunca se había disfrutado tanto y visto tanta gente reunida protestando. Alguien trajo las partes de una cama para hacer una fogata y preparar comida, las veterinarias nos prestaron la luz y la gente no quería irse. Familias enteras haciendo paro. Después matan a Lucas y hacemos una velatón, se empieza a armar un evento cultural, se armó el foforro, se jugó, se charló y todos ahí reunidos. Eso fortaleció las relaciones de las personas, a pesar del temor y la violencia que empezaba a gestarse. Luego asesinan a Héctor, hacemos un mural en su honor. Dejamos el micrófono abierto para la gente. Las personas estaban prendidas, hicimos arroz con leche y le dimos hasta a los de las ambulancias. La comida integra y la protesta para. Pero no faltaron los problemas, en una ocasión un motociclista quiso pasar a la fuerza, se presentaron unos roces y a los minutos volvió haciendo unos tiros al aire. Todo ha sido muy fuerte porque a pesar de la tensión en el barrio nos hemos integrado”. En San Joaquín, luego de ese 3 de mayo, se empezó a gestar un colectivo sin buscarlo. Hoy tienen los motores puestos para continuar procesos culturales y pedagógicos más allá de las marchas: huertas comunitarias y procesos de formación con jóvenes y adultos.
“Ser más allá del paro”, afirmaba Gustavo después de que una patrulla de policía viniera a hacernos una requisa el día que lo conocimos a él y Manuela, su otra compañera del colectivo. “Hay un plan de vida con la comunidad, con procesos de educación popular, para la integración a partir de la cultura. Esto lleva a un proceso barrial comunitario”, expresaba mientras una sonrisa se dibuja en su rostro. “La verdad esto tiene que venir de la gente, porque la institucionalidad no ha aportado nada, ni la de derecha ni de izquierda. Por ejemplo, los sindicatos son reformistas, no transformadores, ellos piensan solo en el trabajador, pero no en la comunidad. Además, en las marchas nos han dejado solos, ellos van hasta una hora (jornada laboral) y se van después a descansar, no se ha visto el apoyo en las tomas que hemos hecho del Viaducto u otros espacios. Es con la gente del barrio que hay que trabajar”.
Para él en el barrio está la raíz de la sociedad y es desde el barrio donde se debe hacer pedagogía, vincular a las personas que no han logrado conectarse con lo que sucede en el país porque creen que no va a cambiar, que esa vida es la que les tocó y así debe ser siempre. Las periferias son los puntos de resistencia, decía.
Asimismo, Manuela, de 23 años, afirmaba que la transformación social está entendiendo las problemáticas que se ven en los barrios, esa es la radiografía de un país fragmentado y pegado a retazos; la idea de transformación, afirmaba, es imposible que se den si no cambiamos la forma de relacionarnos, si no cambiamos, por ejemplo, los roles de género, esa figura de la masculinidad que somete a los hombres como proveedores. “A mí me duele mucho ver a mi papá obligado a ser eso y no integrarse en otros espacios de la formación familiar, por ejemplo. Tener la experiencia de una sociedad agrietada -continuaba- permite una mayor consonancia de por qué salimos a marchar”. Las protestas no solo permitieron aglutinar a jóvenes y comunidades alrededor de luchas por garantías sociales, sino que pusieron sobre la mesa los problemas de género. El paro abrió la puerta a que los debates sobre los roles de hombres y mujeres, que solían darse solo en las universidades, llegasen a las calles, como lo atestiguan las marchas feministas, la violencia de género y los debates al interior de los colectivos.
Las tensiones sociales en las periferias de la sociedad colombiana son permanentes: comunidades que afrontan crisis sociales y económicas, grupos armados ilegales, fuerza pública en constante choque con las comunidades. De ahí que no sea extraño toparse con el cuerpo de un líder social asesinado por reclamar los derechos de su territorio o socorrer el cuerpo de algún joven herido por parte de la policía con armas de fuego; un cuerpo que, si no muere, es perseguido, amenazado o desplazado.
¿Cómo entender el arraigo de las y los jóvenes que se mantuvieron en pie de lucha a pesar de la represión policial? El paro y los espacios que este abrió, parece que permitieron crear una identidad con el territorio, los y las jóvenes de barrios populares, por fin se vieron parte de una comunidad. Esa desazón ante el mundo que se ha instalado en los individuos de la actual sociedad, donde se reconoce los errores sociales y económicos que generan desigualdad y violencia, pero no se logra construir una posible alternativa al cambio, parece haberse agrietado durante el paro. La indignación creó un lazo entre los individuos, las comunidades y los territorios; podría pensarse, siguiendo el concepto de resonancia del pensador Harmunt Rosa, que los protestantes se identificaron con su espacio, se conectaron con esos otros marchantes que gritaban arengas. En otras palabras, que las calles retumbaban en un solo grito.
Cuando ya se cumplían más de dos meses desde la primera marcha, el colectivo Parque Industrial Resiste convocó, una vez más, a una olla comunitaria en uno de sus sectores. “Es a partir del arte, de la música, de los murales que vamos a dar la pelea, quienes hacen las marchas de silencio vestidos de blanco, quienes pintan las paredes de gris, es porque no tienen absolutamente nada qué expresar, es porque no tiene nada qué decir, mientras nosotros tenemos el arte, la cultura y las ideas de nuestro lado”. Esas fueron las palabras que cerraron ese encuentro barrial en el Parque. Ese día se cerró la calle, se pusieron carpas, se montó la olla para el sancocho y se trajeron carteleras y témperas para que las niñas y niños pudieran acercarse a pintar. “Un día antes del evento nos faltaban cosas, pero al otro día apareció hasta un pollo entero, eso pasa cuando la gente se une”.
La indignación no basta, esta idea camina por las cabezas de los integrantes del colectivo del Parque Industrial, quienes saben que el cambio solo se logra, según sus palabras, con constancia y organización. Todo porque quieren recuperar los espacios comunes del barrio donde se criaron: las canchas, las casas de la juventud (que no operan) y las casetas comunales, esos lugares de la cultura que la politiquería de barrio ha silenciado. Porque el territorio adquirió un nuevo matiz en el cual se reconocen como parte de un todo que les sirve de plataforma para pensar, no solo las problemáticas barriales, sino para alzar la voz respecto a los problemas del país.
Cautiva ver el entusiasmo y la forma en que se preparan, según ellos, para llegar a la Junta de Acción Comunal del barrio, para tener voz y reorientar las acciones políticas y sociales en el Parque Industrial. Año tras años de ver a adultos ocupar los puestos de poder en el barrio y solo servir a los caciques políticos de turno, los han cansado. Daniela, una joven madre y trabajadora, que lideraba las jornadas culturales en el Parque, expresaba que: “me siento bien liderando. A mí los chicos me escuchan y aceptan mi opinión. Yo me he formado a partir del hambre y las necesidades que me ha tocado vivir, por eso estoy aquí con los muchachos, porque quiero un mejor barrio para mí, además que quiero dejarle un mejor país a mi hijo”.
Una niña rueda sobre un cochecito en la calle que ha sido cerrada por el colectivo Parque Industrial Resiste, mientras que un joven habla por el micrófono y resalta que “la organización y la lucha barrial es la única que entrega insumos necesarios para transformar la realidad del país que tenemos”, los demás escuchan atentos las palabras y se emocionan por lo realizado a lo largo del día con los demás integrantes del colectivo. Para Harmurt Rosa la sociedad actual ha fragmentado a los individuos y ha hecho que el miedo al otro impere. En tanto que no se asuma el reto de construir proyectos comunes con los otros, a pesar del temor y la desconfianza, es improbable avisara un futuro diferente para la sociedad.
Bajo esa misma línea, como destaca Sergio Ramírez, líder social del municipio de Santa Rosa, “el entusiasmo que tienen los jóvenes es muy importante, pero si esto no se une a procesos concretos desde la institucionalidad, ellos no van a consolidarse. Porque es poco realista querer cambiar esas lógicas establecidas desde la institucionalidad sin estar al interior de estas. Ellos deben darse cuenta que como grupos sociales deben tener un pie en las calles y otro en la institucionalidad. Como es el caso de los Piqueteros en Argentina, son esas personas que trabajan en la calle, y que se dieron cuenta que no bastaba con exigir derechos a los gobiernos, es necesario que los grupos sociales participen de la institucionalidad para moverla hacia los intereses de estos nuevos grupos sociales. Esa idea de no negociar con las instituciones o salirse de las lógicas representativas no traerá frutos para nadie, y solo beneficiará al establecimiento.”
La semilla del 28A germinó en la creación e impulso de espacios de conciencia y resistencia social. “Si la periferia se politiza, no se deja utilizar ni manipular del asistencialismo al que los ha acostumbrado el sistema. Desde los barrios se deben crear escuelas populares, que le den a la gente herramientas para ser autónomos”, enfatizan los chicos del colectivo en San Joaquín, Cuba. Para ellos la escuela formal, como institución, no tiene funcionalidad en las comunidades.
El espacio pedagógico de consciencia social que le corresponde a los salones de clase, se dio en las calles con las acciones culturales y artísticas de los jóvenes. Y cuando hablan de pedagogía no necesariamente se refieren a ir a explicar conceptos de manera puntual, el medio se ha vuelto invitar a espacios donde el alimento y el arte son las mejores plataformas de enseñanza y conciencia social. Así ha sucedido en Villa Santa, como cuenta Christian: la misma comunidad ha cambiado la mirada sobre expresiones juveniles que antes rechazaban, y las iniciativas desde la música o el teatro son ecos de esos mensajes “la gente del barrio ahora se siente feliz cuando piden los espacios para hacer grafitis, ahora aceptan el arte callejero”. El mundo que les ha sido dado, quiere replantear.
La figura de las marchas en Colombia después del 28A del 2021 cambió. La masa homogénea que leía pliegos de peticiones ha sido cambiada por teatreros interpretando momentos icónicos y dolorosos de la historia de nuestro país; las camisas blancas con íconos socialistas o de centrales obreras, cambiaron por una amplia variedad de colores y texturas de las artes circenses. Y las marchas que exclusivamente solían darse en el centro, empezaron a darse también en las zonas periféricas, el barrio vibraba en consonancia con la causa.
El año se acerca a su fin y aunque varios colectivos han seguido trabajando, la intensidad ha mermado. Además, la proximidad de las elecciones ha radicalizado algunos discursos que quieren mantenerse por fuera de la institucionalidad, pero afirmarse en la organización social. El próximo año será clave para comprender la forma cómo los grupos sociales y colectivos que estallaron durante el paro, asumen un papel activo en las elecciones. Tomando distancia, haciendo parte de alguna campaña que recoja sus ideas o cayendo en las redes de la politiquería tradicional; las posibilidades están abiertas, pero el futuro es incierto para estos jóvenes que alzaron la voz. Las calles fueron el espacio donde los manifestantes, por un periodo de tres meses, sintieron una conexión con el mundo y los otros. La rabia que generaron las acciones y discursos del gobierno nacional, se transformó en movimientos ciudadanos de protesta donde jóvenes y adultos discutían, bailaban, cantaban y dibujaban alrededor de los problemas que siempre han afectado al país. Podría pensarse que las calles se convirtieron en un espacio de resonancia, tal como en algún momento lo definió el filósofo Harmund Rosa.









