Escribe e Ilustra – Stella Maris Carmona
Hace exactamente un año comenzó un evento histórico que nos marcó como colombianos. El 28 de abril de 2021 se convocó a una movilización multitudinaria a nivel nacional. La razón, el hambre, la injusticia y la indignación; el detonante, la docena de huevos de $1.800, precio que dijo el entonces ministro de hacienda Alberto Carrasquilla en una entrevista. Fue y es indignante la distancia que tienen los gobernantes con la realidad del pueblo: imponen leyes, hacen reformas y plantean proyectos que benefician a un pequeñísimo sector de la población, esa elite que representa solo el 1,7 % de los colombianos.
Los medios tradicionales trataron de persuadir las marchas, los gobernantes intentaron prohibir el derecho a la manifestación; se escudaron en las cifras de contagiados de Covid19, en las víctimas de la crisis sanitaria, pero entre el hambre y la enfermedad, pesó más el hambre y salimos a las calles. No dejamos que los medios ni los gobernantes decidieran por nosotros, ese día Colombia despertó.
«El pueblo está berraco» fue una de las pancartas levantadas en la manifestación, el pueblo se emberracó, porque aquellos en los que confió con un voto en las urnas, al llegar al poder, le dieron la espalda; porque prometieron paz, pero sembraron guerra; porque de tres comidas al día se pasó a dos; porque el pueblo se cansó de llorar a sus muertos y de buscarlos río abajo.
El 28A fue el vaso rebosado que no pudo contener por más tiempo las aguas del dolor y la injusticia, y como un tsunami inundó las calles de manifestantes, el arte se hizo presente con performances, grandes murales, música, danza, tambores. El país se pintó de color, cada ciudad brilló con viva expresión cultural.
No tardó en llegar la violencia. Desde el día uno de las manifestaciones el ESMAD se hizo presente, repitiendo con dolor lo vivido en las protestas del 2019. Hubo fuertes enfrentamientos entre los marchantes y la autoridad policial: una lucha injusta del pueblo contra el pueblo. Como resultado quedó una población herida, mutilada, adolorida, pero furiosa muy furiosa; la violencia con la que se arremetió en contra de los civiles en lugar de aplacar su espíritu, lo enardeció.
Nació la primera línea: jóvenes dispuestos a poner el pecho para proteger a los demás, armados de valor: tambores metálicos partidos por la mitad como escudos, máscaras de gas, lentes, capuchas, punteros láser, palos y piedras; las armas más rudimentarias que se puedan encontrar. Para enfrentarse con sus hermanos, policías disfrazados como soldaditos acorazados, con armas que dicen ser «no letales» pero destruyen ojos y rompen costillas. A la primera línea, desde los balcones de los medios tradicionales y desde una parte de la población autodenominada «gente de bien», los dotaron de supuestos armamentos y de ideología, alentando a los escuadrones antidisturbios a que destruyeran las manifestaciones, amparados en conceptos como «Revolución molecular disipada».
Ha pasado un año ya pero el dolor sigue vigente, no puedo recordar aquellos días sin sentir un nudo en el pecho: recuerdo el terror, la desesperación, una profunda impotencia. Cada día despertaba con el temor de encontrarme con la noticia de un ser querido herido o desaparecido, lloré por cada muerto, a pesar de no conocerlo; cada video que llegaba, cada rostro de un desaparecido, cada ojo perdido, la sentí como una puñalada certera en mi alma.
Esta ilustración es solo un pequeño homenaje a las víctimas del paro nacional. Recordemos, para no repetir la historia.



