PEREIRA 158 AÑOS: DE LAS AGUAS MANSAS

En los 158 años de Pereira, el escritor Gustavo Colorado vuelve sobre la historia pero ahora remonta su otro río, el Consota, ese que siempre ha quedado de espaldas a la ciudad.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales. Ilustra / Stella Maris.

La clase obrera va al paraíso

“Tirar baño en La Curva” es lo más parecido a la dicha terrenal para las familias de El Rocío, Caracol- La Curva, La Unidad y otras barriadas habitadas por personas que sobreviven casi siempre de la economía  informal y de oficios como la construcción para los hombres y el trabajo en casas  de familia para las mujeres.

Las esperanzas no van mucho más allá. Pero  el río Consota con sus charcos y recodos ha significado siempre una forma del olvido y una fuente de purificación.

Cada fin de semana, sobre todo si hay verano , abuelos, padres, hijos, nietos y vecinos arman un fiambre con lo que encuentran a mano, compran una gaseosa en la esquina  y emprenden la caminata hacia los charcos formados con troncos, piedras y ramas que represan las aguas y forman piscinas  naturales donde todos se limpian de los afanes de la semana: los trabajos mal remunerados, las peleas con el vecino, los tormentos del desamor, las malas calificaciones en la escuela, el pan que no llegó  a la mesa, la derrota del equipo idolatrado.

Así ha sido desde hace por lo menos un siglo. Por eso los vecinos de este sector llevan el río puesto como  una segunda piel.  Conocen sus remolinos, sus encantos, sus espumas y sus peligros: en cualquier momento,  si se desencadena una tormenta aguas arriba, puede arrasarlo todo como un animal enloquecido.

Por eso  se cuidan de sus aguas mansas.

La ruta de la sal

Cosas de la vida. Muchos de ellos ignoran que este fue un importante centro de actividad económica, no solo para el área  de influencia, sino para la corona española.

Aquí nada más, si el caminante se desvía de la carretera que conduce a Armenia, a unos cuantos pasos del puente   encuentra la entrada a El Salado de Consotá, antiguo enclave de los pueblos indígenas que habitaban esta zona. Como en tantos lugares del continente americano, aquí abundó la riqueza.

Aparte de estar rodeado  por las quebradas El Chocho La Mina, las fuentes de oro, cobre y agua salobre hicieron de El Salado  un centro de intercambio comercial con  grandes repercusiones en la vida social y económica de estos pueblos.

El peso de la sal como moneda de cambio y como elemento esencial para la conservación de los alimentos le otorgaron un valor  tal, que  ya desde los tiempos del conquistador  Jorge Robledo se mencionaba en las crónicas la forma como los aborígenes habían diseñado un modelo de producción y distribución que llevó a los españoles a imponer tributos al comercio como una  manera de  robustecer el fisco.

Quién sabe. A lo mejor el cronista Pedro Cieza de León se bañó en estas aguas. Porque al menos describe muy bien “una fuente de agua denegrida y espesa” que los  indios procesaban con diversos aparejos hasta obtener la sal.

Es tan rica esta tierra que, según los registros, el Cacicazgo de Consotá debía tributar 60 mantas, 6 aves, 5 fanegadas de maíz, media fanegada de fríjol, 2 almudes de yuca, 2 arrobas de sal, 2 libras de algodón, media arroba de cabuya, aparte de  10 piezas de loza y pescado.

Quizás  en un gesto de gratitud por semejante fertilidad, los productores de  esa riqueza dejaron constancia de su paso por estas tierras en unas piedras  conocidas  como “Las marcadas” descubiertas  en el  sector de Tribunas, en el lecho de una pequeña quebrada que  serpentea ladera abajo buscando las aguas del  Consota.

Allá en Morroazul

La historia empieza a 2200 metros sobre el nivel del mar. Desde allí se desprende un  hilo de aguas heladas que más abajo recibirá el tributo de las quebradas El Incendio y El Manzano. Entonces empieza a cobrar forma de río.

Por aquí cerca pasó la ruta de El Libertador y cruzaron las caravanas  de colonizadores que bajaron del suroeste de Antioquia buscando el paso hacia el Tolima.

Pero eso fue mucho después: en el principio estos fueron reinos  de quimbayas y pijaos. Por eso el río lleva el nombre  de uno  de  esos guerreros: Consota. Morroazul es el nombre del cerro  donde nacen estas aguas que después de discurrir por una garganta encerrada por sectores como La Bella, El Jordán, Tribunas Mundo Nuevo, toman una línea paralela a la del Otún, el río  hermano que bordea la ciudad por el otro costado.

De hecho, la calle diecinueve de Pereira, bautizada con el nombre de Calle de La Fundación,  es  parte del camino que conectaba a los dos ríos. Cientos  de trochas surcan las montañas y forman un tejido que los aventureros recorrían en busca de sal o en procura de una ruta que los condujera a  los cauces del  Cauca o La Vieja.

Al lecho de este último van a parar las aguas del Consota. Pero para llegar hasta allí, primero deben  pasar bajo el puente de La Curva, allí donde habíamos dejado a los bañistas.  Unos  dos kilómetros más abajo está El Vergel, un sitio de peregrinación de jipis proclives a los hongos alucinógenos y de parejas furtivas que en los años sesenta y setenta del siglo anterior se consagraban a los goces  del cuerpo dorándose como cangrejos bajo el sol  de agosto, sin más lecho que unas piedras enormes y planas que  hoy permanecen allí, indiferentes   a los cambios de la ciudad, como testigos de tiempos mejores.

 Esa será  nuestra casa

Don  Evelio García tiene otra manera de ver el río.  Hace   sesenta años llegó de Belalcázar, Caldas, animado por dos propósitos: escapar de la violencia entre liberales y conservadores y  de paso hacerse a una vivienda  para su familia. Tiene la piel curtida y las manos callosas de lidiar  con la piedra, la arena y el ladrillo que le ayudaron, como a cientos de inmigrantes, a levantar su casa con material sacado de las aguas  del Consota, a la  altura de lo que hoy es La  Ciudadela Cuba.

“Eso fue por allá en 1960, cuando llegaba gente  de todas partes huyendo de las matanzas.  En compañía de mis padres levantamos un rancho cercano al río. De allí tomábamos el agua para el alimento y el aseo.  Después, cuando conseguimos trabajos, pensamos en la necesidad de construir una casa mejor. La idea era ahorrar para el cemento y el ladrillo, porque la arena, la piedra y el agua  la teníamos en el  Consota. Duramos cinco años trabajamos de sol a sol, hasta que tuvimos una casa decente donde meternos. Todavía  tengo vivo el recuerdo del día en que  bajamos de Belalcázar con una mano adelante y la otra  atrás. Mi papá, que había pasado por las verdes y las maduras, señaló  con el dedo  un lote enmalezado a unos cuarenta metros de las aguas, nos miró a mi mamá  y a mis dos hermanos y dijo con esa fe que no lo abandonaba  nunca : esa será  nuestra casa”.

De aquí en adelante, el río tendrá  que pasar por Galicia, un rosario de casas edificadas sobre los antiguos rieles del ferrocarril, antes de emprender el suave descenso que lo conduzca a su abrazo con las aguas de  La Vieja, allá abajo en el  Valle del Cauca, en ese  Cartago cuya historia, igual que la del Consota, está tan entrelazada al devenir de Pereira.