El pensador político ruso Piotr Kropotkin ya nos lo advirtió: “Ninguna revolución social puede triunfar si no es precedida de una revolución en las mentes y en los corazones de los hombres…y esta revolución interna tiene que llevarse a cabo a través de las escuelas”.

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Por: Jorge Beltrán

¿Cómo la comunicación y la educación están en deuda con las nuevas generaciones en Colombia a partir de los hechos históricos del 2 de octubre?

Cada acontecimiento histórico que marca los caminos, las existencias, la vida. Deben ser siempre marcas imborrables para la creación de nuevas ideas que combatan desde la memoria, como un hálito de insurgencia contra las continuas opresiones y dictaduras, sobre todo ideológicas, a las que nos vemos sometidos por parte de diversas instituciones como la iglesia y el Estado.

El actual llamamiento al cambio representa una vía totalmente desconocida hasta ahora en la historia de nuestra nación y un momento oportuno para construir una paz colectiva en un contexto de guerra.

El olvido siempre nos ha parecido, especialmente a los colombianos, una especie de ingrediente infaltable en la toma de decisiones y prácticas cotidianas. No contentos con ello, dejándolo todo al azar, a la aventura que es el dolor de otros, no asumimos responsabilidades; si bien no todos cabemos en un mismo recipiente a la hora de preparar la receta.

Con los hechos del 2 de octubre no cabe duda que son muchos los colombianos que, como azúcar al bizcocho, le ponen olvido a su memoria, que incluso a nivel individual, como lo expresa el historiador austríaco Michael Pollakes, “es indisociable de la organización social de la vida”.

Si algo tiene que quedar claro y la comunicación y la educación están en el deber de testificar es que Colombia ha de ser una antes y otra después del 2 de octubre.

La comunicación hay que entenderla más allá de una compleja interacción entre seres vivos, es lo que hace posible la existencia de un mundo que sólo existe cuando el hombre entra relación con el medio y con quienes comparte ese medio.

En coexistencia continua construye un sentido, produce reflexión, diálogo, la alteración en el otro, un efecto más allá de la palabra, mucho más allá del silencio y del cuerpo.

Es un encuentro y un desencuentro constante; un devenir de ideas, saberes, conocimientos, placeres, posicionamientos, intenciones, errores y aciertos. Es la herramienta humana vital para la educación en sus múltiples aspectos.

Detrás de ese manto casi mágico y al mismo tiempo humano, la comunicación trae detrás de sí un universo paralelo de significados y significancias, un relato narrado desde diferentes aristas y épocas.

Cada uno tiene algo por comunicar. Si el hombre tiene dos obligaciones consigo en la vida más allá de vivir, es la muerte y la comunicación; la educación es un derecho.

Estas dos armas que producen, más que conocimiento, sociedad, deben  estar  ancladas a los acontecimientos escondidos, a las estadísticas que desde la ciencia también nos cuentan algo, no necesariamente las oficiales. ¡Más vale que no sólo sean esas!

Después de la decisión de la mayoría de los colombianos en el plebiscito por la paz, lo que queda es poner la mirada en los lugares que contienen todo el dolor, esos territorios que están lejos de la burocracia, de la  comodidad de las élites y los egos presidenciales.

Es ahí donde se tiene que mirar, donde tenemos que mirarnos a los ojos y escucharnos, ahora con más viveza que nunca; alterarnos los saberes habilitándolos en el diálogo, la reflexión, la comunicación; como diría la investigadora y docente argentina Graciela Diker: “estar-siendo”.

paz1La educación siempre ha sido un concepto utilizado para comunicar algo y ahí radica una de las más peligrosas relaciones entre la comunicación y lo que se adapta a la noción verbal de educar, porque en medio de toda esta trama, como en todas las tramas y los dramas del ser humano, hay un magma de intereses particulares que habitan esa relación y que por esa misma razón se hace exquisita de estudiar.

La noción de comunicación como producción de sentido es la que me interesa profundizar porque es la que se adhiere más a la verdadera noción de educación que debemos poner en práctica, porque después de la caída no sólo puede haber tropiezos.

Estas dos nociones son inmensurables y deben plantearse desde múltiples cuestionamientos: ¿Qué es comunicación? ¿Cómo se comunica? ¿Qué se hace pasar como comunicación y no lo es? ¿Cómo la comunicación no comunica?  ¿A quién se comunica? ¿Qué es educar desde la pedagogía? ¿Quién educa a quién? ¿Quién comunica a quién? ¿El que comunica siempre educa o el que educa siempre comunica? ¿Qué son los saberes? ¿Quién es el otro? ¿Qué sabe el otro?  Y sobre todo, para pensar en paz, ¿cuál es el contexto del otro?

Bien sabemos que la comunicación se ha utilizado como arma de guerra y de manipulación durante toda la historia de la humanidad, sobre todo desde las reconocidas propagandas de la Alemania nazi entre 1933 y 1945, específicamente en el exterminio de los judíos en el Holocausto.

Sin irnos muy lejos, en las campañas políticas y religiosas de América Latina la educación ha sido reformada de acuerdo a conveniencias de quienes han asumido gobierno de imperios y naciones.

De este modo, es a través de la comunicación como se imparten muchas veces ideologías y conceptos errados, movilizando estrategias de una resistencia ajena al verdadero sentido de las cosas y de la realidad que nos habita y muchos no ven desde la comodidad de sus casas en la ciudad.

Es decir, la comunicación es el arma para transformar y la educación para bien o para mal parece su principal objetivo. Por eso mismo, la educación y la comunicación están en deuda con las nuevas generaciones en Colombia, aún más a partir del 2 de octubre.

Una deuda que si bien no es imposible de saldar, nos debe costar la capacidad de mirarnos colectivamente, aunque a partir de aquel día, como lo fue para Argentina la dictadura Cívico-Militar de 1983,  para Chile el régimen militar de 1973 y los diversos golpes de estado en los últimos periodos a los gobiernos latinoamericanos, tengamos que ser los votantes más culpables de una próxima dictadura y nos cuesten otros tantos años de guerra para anhelar más de cerca la paz.

Hay que estimular el sentimiento nacional desde la educación y la comunicación, en el deber de darles a las próximas generaciones una razón para luchar, un propósito colectivo que mantenga un argumento digno de representar una  sociedad que quiere la paz, enseñarles las bondades de la tierra.

El reconocimiento del territorio, como expresa el sociólogo mexicano Gilberto Giménez, como “medio de subsistencia, fuente de recursos, pero también como paisaje, como belleza natural, como entorno ecológico privilegiado, como objeto de afecto, como tierra natal, como lugar de inscripción de un pasado histórico y de una memoria colectiva”.

No podemos vivir envenenados con los juegos de la guerra para siempre. Cada ciudadano debe asumir su deber social, saber comunicarse y saber informarse.

El pensador político ruso Piotr Kropotkin ya nos lo advirtió: “Ninguna revolución social puede triunfar si no es precedida de una revolución en las mentes y en los corazones de los hombres…y esta revolución interna tiene que llevarse a cabo a través de las escuelas”.